Capítulo 1
De su letargo sueño despertó, la opresión de su pecho le impedía respirar, moverse, solo la luz de la luna alumbrando por su ventana le permitía ver la horrible figura que se encontraba sobre ella.
No podía hacer nada, su vida había acabado por un ser espantoso, que respiraba en cuclillas frente a su rostro, podía saborear el vaho que exhalaba un hedor a podredumbre, a muerte.
Los ojos de la criatura eran todo pupilas, negras, vacías como la imagen del universo, las arrugas que la sonrisa malévola dibujaba sobre su rostro le parecían horripilantes y su nariz colgaba de un tajo de piel que no terminaban por desprenderse, la sonrisa que apenas distinguía mostraba unos dientes punzantes de un humanoide carnívoro.
¿Qué le esperaba? ¿Qué infierno había desatado todo aquello que le estaba pasando? ¿Cuándo terminaría su sufrimiento? Se preguntaba.
Cuando la criatura sonriente dejaba de ser sonriente, comenzó a acercarse más y más hacia su cara, la olió, la saboreó y sintió un fluido viscoso caer sobre ella, la devoraría, y nadie la extrañaría, nadie la recordaría.
Con cada centímetro que la criatura se acercaba hacia su rostro, una nube de oscuridad nublaba la escasa luz de la luna, era su fin y abriendo sus brazos para recibir a la muerte con los ojos cerrados…
¡Ring, Ring, Ring! Sonó a lo lejos. ¡Ring, Ring, Ring! Sonó insistentemente.
La luz vislumbraba su habitación, alumbrándose ahora por el amanecer de un nuevo día ¿Acaso había sido un sueño? El reloj despertador que se encontraba en su buró había sonado, eran las seis en punto de la mañana y el sol despertaba con ella y se haría tarde para volver al trabajo.
La sola idea de levantarse, ducharse, y cambiarse le cansaba, pero tenía que hacerlo, tenía qué… ¿Vivir?
Su cuerpo expedía adrenalina por ese sueño tan vívido, seguía acostada, su corazón latía sobremanera, como una bomba a punto de estallar y notó una sábana fría debajo de ella, húmeda de sudor.
Con la poca orientación de aquel despertar se sentó sobre el borde de la cama y miró el despertador, eran las seis con diez, tenía tiempo de alistarse, tomó el portarretrato que yacía detrás del reloj y lo observó, era su padre, su madre y ella en medio, cargando a Virgilio, el gato persa que la acompañó en su infancia, estaban tan felices en esa pequeña casa a las afueras de la ciudad, y la sensación de extrañarlos le heló el cuerpo, abrazó la fotografía y lloró.
Seis con veinte, tiempo de espabilar, creyó.
Por su cuerpo desnudo, recorría las gotas tibias del agua de la regadera, miraba sin mirar cómo caían hacia ella, pensando en absolutamente nada, sin un rumbo específico de sus pensamientos, comenzó a tallar con sus manos su cuerpo durante unos minutos hasta que se sintió satisfecha, cerró la regadera y salió a secarse.
La nube de vapor que inundaba el cuarto de baño era densa, con una de sus manos limpió el espejo que se encontraba en el tocador, se miró, triste, con ojeras, su mirada seguía sin rumbo, tomó su cepillo de dientes, los cepilló, y salió del cuarto, cubierta por una toalla alrededor de su cabeza y otra más colgada de su brazo, acompañada de una densa nube de vapor detrás de ella.
Tomó la toalla que tenía en su brazo izquierdo y la extendió para secarse cada una de las partes de su esbelto cuerpo, la suavidad de esta la abrazó con tanta calidez que sintió paz por un momento, caminó hacia su cama, y desnuda, se sentó en el borde de esta, miró por un momento su apartamento, recordó cuando emocionada habló con su mejor amiga y le contó que lo había encontrado a un precio fascinantemente económico, tenía su propio comedor, cocina integrada, un dormitorio y ¡Un baño para ella sola!
Despejando su cabeza se dispuso a vestirse conforme lo hacía todos los días, primero su ropa interior, la tomó del buró, la extendió y vistió, su pantalón posteriormente, sus zapatillas color carmesí, acomodó su cabello ondulado, y prosiguió, al final, pero no sin perder la habilidad que había ganado por años, la blusa blanca llena de arrugas.
La abrumadora sensación del pesar de su melancolía, parecía sofocarla, sus pesados párpados le impedían abrir los ojos como cuando era más joven, estaba cansada.
Tomó su bolsa donde tenía todo lo necesario; un bote de aspirinas, su cajetilla de Delicados, su encendedor, su billetera con apenas veinte dólares, su libreta de anotaciones que más bien usaba para dibujar cuando se sentía aburrida, llena de garabatos y bosquejos de personas y lugares que siempre visitaba, su celular, crema hidratante, las llaves de su apartamento y lo más importante, sus auriculares inalámbricos que muerta olvidaría.
Seis con cincuenta, tenía tiempo, después de tomar un vaso con agua y haber revisado sus cosas, se volvió a su habitación, tomó del bolso su cajetilla de Delicados, su encendedor que yacía dentro de la cajetilla y tomó uno de esos cigarros con aquel olor tan específico que le gustaba antes de encenderlo. Lo acomodó entre su dedo índice y corazón de su mano derecha, lo acercó a sus labios mientras se acercaba al pequeño espacio que estaba en su ventana en la que se disponía a sentarse, lo encendió con su mano izquierda y dio una bocanada larga, tan larga como el solo dejar espacio para expulsar el humo por su nariz. Cinco minutos bastaron para olvidarse y concentrarse únicamente en la tranquilidad que le daba fumar. La cajetilla solo tenía doce cigarrillos más. De regreso compraría una caja más.
Extinguió la colilla sobre el cenicero que estaba dispuesto sobre el buró, pues acostumbraba a fumar antes de dormir y se dirigió a la puerta principal, colocándose los auriculares en sus oídos y reproduciendo la música en aleatorio, saboreando cada una de las notas que producían las vibraciones de la música, tomó el picaporte, lo giró y salió de su departamento, siguiéndola la nube de vapor que quedó atrapada dentro de su apartamento cuando cerró la puerta detrás de ella.