Yggdrasil Prologo

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Sinopsis

En un mundo plagado de antiguos dioses y criaturas primordiales, Noah, un joven marcado por la tragedia, lucha por encontrar su propósito tras su trágico pasado.

Genero:
Fantasy/Adventure
Autor/a:
Aaron
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo

                      

El pueblo de Muse se despertaba lentamente bajo el tenue resplandor de la aurora. Era un lugar pequeño y pintoresco, rodeado de colinas cubiertas de verde y campos dorados que se extendían hasta perderse en el horizonte. Los lugareños siempre decían que en Muse el tiempo pasaba más despacio, como si el mundo hubiera olvidado la existencia del lugar. Y eso le parecía bien a Noah, un muchacho de 12 años, que solía disfrutar de las simples rutinas que definían su vida.

Cada mañana, su padre, Jack, el herrero del pueblo, lo llevaba a la forja para enseñarle a manejar el metal. Aunque los lugareños hablaban de él con respeto, a menudo susurrando sobre sus hazañas pasadas como "El Dios de la Guerra", para Noah no era más que su padre, el hombre de manos fuertes y voz amable que siempre encontraba tiempo para compartir historias de sus viajes con aventureros y guerreros.

Por las tardes, cuando el sol caía y el viento se volvía fresco, Noah se sentaba junto a su madre, Sofía, en el jardín. Ella solía encender pequeñas llamas de colores en la palma de su mano, con la misma naturalidad con la que otros cultivaban flores. Era una maga, capaz de dominar los elementos y conectar con los espiritus de una forma que pocos podían comprender. Sin embargo, rara vez hablaba de los tiempos en que había sido una aventurera. Para ella, esos días pertenecían a otro mundo, uno que no quería que perturbara la paz de su vida actual.

A pesar de la aparente tranquilidad en Muse, había ciertos rumores que los adultos compartían en voz baja, cuando creían que los oídos jóvenes no escuchaban. Algunos hablaban de cómo el Imperio mostraba un inusual interés en las tierras cercanas, bajo la excusa de que la cercanía al Bosque de Gehena traía mala fortuna. Decían que había oficiales imperiales visitando pueblos vecinos, ofreciendo “protección” a cambio de obediencia. Aunque Muse parecía insignificante en comparación con las grandes ciudades del Imperio, su proximidad al bosque maldito le daba un aire de misterio y peligro que atraía más atención de la que sus humildes habitantes desearían….


El eco de los pasos resonaba en la vasta sala del trono, cuyos muros estaban cubiertos por enredaderas doradas que reflejaban la tenue luz que se filtraba a través de los vitrales. El vitral central, una obra maestra de siglos de antigüedad, mostraba a una joven de cabello plateado danzando bajo la luz de la luna, rodeada por espíritus de la naturaleza. El rey elfo, Ailren, permanecía de pie frente a la imagen, con el ceño fruncido y las manos tensas a sus costados.

La desaparición de su hija, Sofía, había dejado una profunda cicatriz en el reino. La noticia de su paradero había llegado de la manera más inesperada. Un espía élfico, con el rostro cubierto por un manto de sombras y moviéndose con una gracia inquietante, apareció en la sala del trono, arrodillándose a una distancia prudente del monarca.

“Mi señor, he regresado con noticias urgentes” dijo el espía, su voz era un susurro que parecía mezclar palabras con la brisa que se colaba por los ventanales gigantes.

El rey Ailren giró lentamente para enfrentar al espía, sus ojos brillaban con un destello de esperanza contenida y preocupación.

“Habla” ordenó con un tono que no admitía vacilaciones.

“Sí, mi señor” respondió el espía. La princesa Sofía ha estado viviendo en un pequeño pueblo llamado Muse, oculta bajo el alias de "Archimaga de la Luna". Ha estado acompañada de un hombre conocido como "El Dios de la Guerra". He confirmado que este humano es su esposo.

La sala quedó en silencio por un momento. El vitral proyectaba un débil resplandor azulado sobre el rostro del rey, cuyos labios se tensaron en una delgada línea. Después de años, finalmente había una pista clara. Pero la revelación de que su hija se había casado con un humano, calaba por dentro en el corazón del rey.

“Así que se ha negado a volver al reino” dijo, entrecerrando los ojos. Y se ha... casado.

“El hombre con el que está casada, mi señor, es ese hombre, el que los lideró…” añadió el espía. Las posibilidades de recuperarla pacíficamente son escasas. El Imperio ya se ha movilizado para tomar Muse y ha contratado a un grupo de mercenarios conocido como "Los Lobos Negros". El rey se giró hacia su consejero, un elfo de avanzada edad que había presenciado muchas de las guerras del reino. “Escriban al emperador de Nazel y avisen a mi esposa sobre esto. Acordaremos un intercambio: “si capturan a mi hija y la traen de regreso, el reino no interferirá con sus planes para Muse. Que lleven también al guerrero, vivo; él pagará por su osadía…”.


El salón de guerra del Imperio retumbaba con el eco de los pasos de los “Lobos Negros” al entrar. El primero en cruzar la puerta fue su líder. Su figura robusta y cubierta de cicatrices proyectaba una sombra alargada en el suelo de piedra, mientras que su lanza vibraba suavemente en su mano, emanando un leve resplandor espectral. Su melena negra caía en desorden sobre sus hombros, enmarcando unos ojos que ardían con una intensidad salvaje, como si el simple acto de estar ahí fuera una provocación.

A su lado, una mujer, se movía con una gracia elegante, contrastando con el aura inquietante que derramaba, sus cadenas tintineando suavemente a cada paso que daba por el gran salón. Vestida de negro, sus movimientos eran un baile macabro, y en sus ojos brillaba una mezcla de deseo y locura. Sin apartar la mirada del emperador Roderick, acarició las cadenas con una mano, mientras la otra descansaba juguetona sobre la lanza del hombre de melena negra.

“Así que aquí estamos de nuevo, listos para la diversión” murmuró la mujer con una sonrisa torcida, su voz sedosa, pero cargada de malicia. “¿Qué tan desesperados están esta vez?”

El emperador, sin inmutarse por el tono desafiante, esbozó una sonrisa fría mientras les explicaba los términos de la misión. Muse debía caer, y entregar el “paquete” que se había escondido allí. La voz del gobernante era firme y calculadora, como si hablara de mover piezas en un tablero de ajedrez.

El líder se rió entre dientes, un sonido bajo y gutural que resonó en la vasta cámara. Sin esperar una respuesta formal, levantó su lanza ligeramente y la apoyó contra el suelo con un golpe seco.

“Un trabajo fácil” dijo, sus palabras impregnadas de arrogancia.  “Azhara, vayamos por ese traidor”.

Azhara lo miró de reojo, una chispa sádica en sus ojos.

“Oh, claro, mi querido. Me aseguraré de que cada uno de sus gritos sea inolvidable.”

“Recuerden que no deben matarlos, deben entregarlos con vida” dijo el emperador.

Roderick, acostumbrado a tratar con personajes oscuros, observó el intercambio con cierta indiferencia. No necesitaba saber más sobre la relación entre ellos; sólo que harían el trabajo.

“Entonces, es un trato,” dijo el emperador Roderick, extendiendo la mano. “Muse caerá al amanecer, y espero que cumplan con su reputación.”

El líder de los lobos sonrió con un destello de arrogancia en los ojos, extendió su mano y al apretar la mano del emperador, lo hizo con tal fuerza que los nudillos del gobernante crujieron bajo la presión. La sonrisa de líder se ensanchó al ver el leve gesto de incomodidad en el rostro del emperador.

“No me digas lo que debo hacer, Roderick. No estamos aquí para recibir órdenes.”

Los guardias del emperador dieron un paso al frente, alertados por la brusquedad del gesto, pero Roderick levantó la mano con calma, ordenándoles detenerse. Aunque el dolor aún se reflejaba en su mirada, una sonrisa fría asomó en sus labios.

“Confío en que no me decepcionarás” dijo Roderick... .


El amanecer pintaba el cielo con tonos suaves de rosa y dorado, filtrándose por la ventana de la pequeña habitación de Noah. El aire fresco de la mañana se colaba por las rendijas de la madera, llenando el cuarto con el aroma del campo. Desde abajo, la voz de su madre lo despertó con una calidez que ya le era familiar.

“¡Despierta, dormilón! El desayuno está listo y no pienso dejar que se enfríe” dijo Sofía, con su tono siempre amable pero firme.

Noah bajó con los ojos aún entrecerrados, pero el olor a pan recién horneado y a hierbas que siempre acompañaba los platos de su madre lo llenaron de energía. La mesa estaba servida con un guiso de verduras y una pequeña hogaza de pan. Sofía se movía con fluidez en la cocina, con su largo cabello plateado recogido en un lazo y una sonrisa tranquila mientras removía el estofado.

“Buenos días, mami” murmuró Noah, estirándose antes de sentarse en la mesa.

Sofía le devolvió la sonrisa y le sirvió una porción generosa de guiso.

“Buenos días, cariño. Hoy tengo muchas cosas que hacer en el jardín. Los espíritus han estado inquietos, y creo que se viene un cambio en el clima. Tendrás que ayudarme más tarde a podar las rosas.”

Noah asintió con entusiasmo. Le gustaba pasar tiempo en el jardín con su madre, sobre todo cuando los espíritus se manifestaban. Era como si un toque de magia llenara el aire, aunque para Sofía, era algo cotidiano.

En ese momento, Jack entró en la cocina. Su figura alta y musculosa llenó el umbral de la puerta, y su voz resonó como un trueno amistoso.

“¡Buen día, mi pequeño aprendiz!” saludó, dándole un suave golpe en la espalda mientras se sentaba. Hoy te enseñaré a darle forma a un cuchillo. No quiero verte holgazaneando después de desayunar.

“¡Seguro, papá!” respondió Noah con una sonrisa amplia, sintiendo la calidez y la seguridad de las palabras de su padre.

Después del desayuno, siguió a Jack a la herrería, un lugar que siempre olía a metal caliente y carbón. El sonido del martillo golpeando el yunque llenaba el aire, acompañado por el chisporroteo del fuego en la fragua. Jack le mostró cómo sostener el martillo con firmeza, pero sin apretar demasiado, y guiarlo con la muñeca para darle al metal la forma deseada.

“Recuerda, hijo,” dijo Jack mientras Noah intentaba golpear con precisión una pieza de acero incandescente. “La paciencia es clave. Si golpeas con demasiada fuerza, lo romperás, y si eres demasiado suave, no lo moldearás. La vida es igual, hijo…” Jack se detuvo un momento, como si sus pensamientos se dirigieran hacia algo distante. “A veces, no es la fuerza lo que te salva, sino saber cuándo y cómo actuar.”

Noah estaba tan concentrado que no prestó atención a las palabras de su padre y continuó martillando.

Las horas pasaron rápidamente, y Noah se sintió agotado pero satisfecho. La forma de la pequeña daga empezaba a definirse, aunque sabía que aún le quedaba mucho por aprender. De camino a casa, se detuvo a observar cómo los demás niños del pueblo jugaban con espadas de madera y arcos rudimentarios, pero decidió que no tenía tiempo de unirse a ellos. Su madre lo esperaba en el jardín.

El jardín botánico de Sofía era un lugar mágico. Árboles frutales y flores de colores brillantes rodeaban la casa, el aire siempre olía a tierra húmeda y pétalos frescos. Noah podía ver a su madre arrodillada en el suelo, susurrando en voz baja mientras sus manos trabajaban con cuidado sobre una planta marchita. Pequeños espíritus de luz flotaban a su alrededor, ayudándola a reanimar la vegetación.

“Ven, Noah. Ayúdame a podar estas rosas” le dijo sin levantar la vista, sintiendo su presencia antes de que él dijera una palabra.

Se sentaron juntos en el suelo, y Sofía le pasó unas tijeras de podar. Noah observaba cómo los pequeños espíritus seguían a su madre, brillando débilmente, como luciérnagas al atardecer.

“Mamá, ¿cómo es que puedes hablar con ellos?” preguntó Noah, refiriéndose a los espíritus.

Sofía le sonrió con dulzura y le pasó una rosa recién cortada.

“Es cuestión de escuchar con el corazón, hijo. Ellos no hablan como nosotros, pero sus susurros pueden sentirse si prestas atención. Cada planta y cada criatura tiene una voz… algunas veces, solo necesitan que alguien esté dispuesto a oírlas.”

La tarde fue transcurriendo lentamente.


El trabajo en el jardín era tranquilo y casi meditativo, y Noah disfrutaba de los momentos en que su madre compartía historias sobre las propiedades de las hierbas y cómo usarlas para curar heridas o preparar pociones.

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las colinas, la familia se reunió para cenar. La chimenea crepitaba suavemente, llenando la pequeña sala de estar con un calor reconfortante. Mientras Noah terminaba su plato, Jack contó una historia de sus días de aventurero, cuando enfrentó a un grupo de mantícoras. Sofía, con una sonrisa, refutó algunos de los detalles exagerados, pero siempre disfrutaba de las historias de su esposo.

Después de la cena, Sofía se acomodó junto a Noah cerca de la chimenea para contarle un cuento. Los espíritus de luz volaron desde las esquinas del cuarto y comenzaron a formar figuras en el aire. La voz de Sofía resonaba con suavidad mientras relataba:


“Hace mucho tiempo, en un valle perdido entre montañas, existían dos almas destinadas a encontrarse en cada vida. Un guerrero y una hechicera, quienes luchaban juntos contra la oscuridad para mantener la paz. Cada vez que sus caminos se cruzaban, su amor hacía florecer la primavera en el invierno más cruel…”

Noah interrumpió con una mezcla de curiosidad e impaciencia.

“¿Y luchaban juntos, ¿verdad? Porque seguro que el guerrero era fuerte y la hechicera podía lanzar hechizos que quemaban a los monstruos. dijo, sus ojos llenos de entusiasmo.

“Por supuesto, hijo. Eran inseparables, pero lo que realmente los mantenía juntos no era la batalla, sino su amor por la vida y por el uno al otro. continuó Sofía, acariciando el cabello de Noah mientras los espíritus seguían dibujando escenas brillantes en el aire.

El cansancio se apoderó de Noah poco a poco, y su mente se fue apagando hasta que finalmente se quedó dormido en el regazo de su madre.

Pero esa noche, la paz que llenaba el hogar fue rota. En plena madrugada, Noah se despertó sobresaltado por gritos y el estruendo de espadas. El olor a humo invadió sus sentidos y el reflejo de llamas iluminaba la ventana.

La noche caía como un manto opresivo sobre la aldea en llamas. La luz de las antorchas y el fuego que devoraba los hogares proyectaban sombras alargadas y retorcidas sobre el suelo manchado de sangre. El aire estaba saturado del olor a ceniza y carne quemada, mientras los gritos de los aldeanos resonaban como un lamento de muerte en la distancia.

Noah avanzaba entre los escombros, jadeando de terror, con el corazón martillándole en el pecho. Sus pies descalzos se manchaban de barro y sangre mientras corría hacia la plaza principal, donde el eco de una batalla frenética rompía el silencio mortal.

Allí estaba su padre, Jack, sosteniendo su espada con ambas manos, frente a un hombre alto y esbelto de cabellos negros platinados que se movía con una velocidad letal y pasos pesados. La figura sombría del “hombre”, si así se le podía llamar, vestía una capa negra que parecía fundirse con la oscuridad de la noche, y sus ojos ardían con un brillo carmesí, llenos de un odio antiguo y profundo. Su voz cortó el aire, fría y burlona.

Sabía que te encontraría aquí, Jack. Dijo el hombre, girando su lanza entre los dedos con desdén. ¿Qué ha sido de ti? El gran líder... ahora reducido a defender esta miseria.

Jack respiraba pesadamente, pero no se acobardó. Sus ojos se clavaron en los del hombre, con una mezcla de rabia y cansancio.

“Siempre te gusto ser un perro fiel... Val”. Las palabras de Jack eran duras, pero su tono era controlado.

Val dejó escapar una risa gélida, que resonó como el crujido de los árboles muertos en la oscuridad.

“Cállate, jodido traicionero. Replicó, dando un paso adelante. Te alejaste de lo que éramos, ¡DE NUESTRA GLORIA! Esa mujer, te volvió débil... y ahora lo pagarás, con sangre.

Sin decir más, Val se desvaneció en un instante y su lanza surcó el aire en dirección a Jack con una fuerza devastadora. El choque de acero resonó como un trueno cuando Jack logró bloquear el ataque con su espada. La fuerza del impacto hizo que los brazos de Jack temblaran, pero se mantuvo firme. La lucha estalló en un frenesí de movimientos, el suelo bajo sus pies se teñía de rojo mientras sus armas se entrelazaban en un macabro baile de vida y muerte.

Jack contraatacó con una ráfaga de golpes, demostrando que aún conservaba la fuerza y la destreza que lo habían hecho temible. Sin embargo, Val respondía con una rapidez y agilidad casi inhumanas, desviando cada ataque con movimientos precisos. Los dos se movían con una velocidad vertiginosa, y el aire se llenaba con el sonido del metal cortando la carne y los gruñidos de dolor.

La batalla se intensificaba; chispas volaban cada vez que sus armas chocaban, y la sangre salpicaba la tierra ennegrecida. Jack logró cortar la capa de Val, rasgando la tela y alcanzando su hombro, pero Val apenas mostró una mueca de dolor antes de lanzar un contraataque brutal. Con un giro rápido, su lanza se deslizó hacia el costado de Jack, rasgando profundamente su carne y haciendo que el guerrero se tambaleara hacia atrás.

“¿Esto es todo lo que queda de ti, Jack?”. Se burló Val, sus ojos brillando con una intensidad casi demoníaca. “Te has oxidado. Ni siquiera eres una sombra de lo que fuiste.”

Jack cayó de rodillas, sosteniendo su herida mientras la sangre fluía entre sus dedos. El dolor era insoportable, pero aun así levantó la cabeza, lanzando una mirada feroz a su enemigo.

“¿Siempre fuiste así de arrogante? Jadeó, su voz rasgada por el esfuerzo. Todavía... puedo luchar.

En ese instante, Noah, que había estado escondido, soltó un grito ahogado al ver a su padre en el suelo. “¡PAPÁ!”.  Grito Noah, la voz se le quebró en la garganta, pero Val lo escuchó. El mercenario giró su mirada hacia el niño, y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

“Mira quién tenemos aquí.... Dijo, avanzando lentamente hacia Jack. “¿Tu hijo, Jack? Qué conmovedor.”

Jack se arrastró con las pocas fuerzas que le quedaban, interponiéndose entre Val y Noah. Sus manos temblaban mientras alzaba su espada una vez más, pero era evidente que ya no podía pelear.

“Aléjate de él...”. Gruñó, con la voz cargada de desesperación. “No tiene nada que ver con esto...”

Val lo miró con lástima, una expresión de desprecio y satisfacción en su rostro.

“Oh no no no, creo que no entiendes Jack...”. Murmuró, mientras levantaba su lanza. “Las consecuencias de tus decisiones. Ahora, tu hijo será testigo de lo que significa ser un traidor.”

Sin darle tiempo para reaccionar, Val hundió su lanza en el pecho de Jack con una fuerza implacable. El cuerpo de Jack se estremeció cuando la hoja atravesó su corazón, y la vida se desvaneció de sus ojos. Cayó al suelo, inmóvil, mientras su sangre formaba un charco oscuro que se extendía lentamente.

Noah sintió que todo a su alrededor se derrumbaba. La imagen de su padre muriendo ante sus ojos, la voz de Val resonando en su mente, lo llenaron de un terror paralizante. Quería gritar, correr, pero sus piernas no respondían, el miedo lo mantenía clavado en el lugar.

Val bajó la mirada hacia él, sonriendo con una satisfacción cruel.

“Recuerda esto, niño”. Dijo con voz sibilante. “Recuerda cómo tu patético padre no pudo salvarte... ni salvarse a sí mismo.”

Con esa última burla, Val giró sobre sus talones, dejando a Noah solo con el cadáver de su padre. El niño cayó de rodillas, las lágrimas brotando de sus ojos mientras un grito mudo de dolor y desesperación se desgarraba en su garganta.

Noah permanecía de rodillas junto al cuerpo de su padre, incapaz de apartar la mirada de la figura inerte. Las palabras de Val resonaban en su mente, una y otra vez, como un eco cruel: “Recuerda este momento para siempre.” La expresión vacía y las heridas mortales de Jack se grabaron en su memoria con una intensidad dolorosa. El joven sintió cómo su mundo se desplomaba. Su cuerpo tembló, y algo profundo en su interior se quebró.

De repente, un impulso instintivo se apoderó de él: pararse y correr hacia su madre. Se levantó de golpe, sus piernas se sentían pesadas, como si el suelo quisiera aferrarlo, pero aun así avanzó. Cada paso era una lucha contra el peso invisible del miedo, el dolor y la desesperanza que lo envolvían. El ambiente a su alrededor parecía distorsionarse, como si las sombras se alargaran para envolverlo. La oscuridad del cielo se fusionaba con el humo que aún se alzaba de las llamas dispersas por el lugar. A lo lejos, los gritos de los aldeanos moribundos se apagaban lentamente, dejándolo solo con el latido ensordecedor de su corazón y el eco de sus propias pisadas.

Mientras corría, la imagen del rostro sin vida de su padre se aparecía una y otra vez en su mente. No podía pensar con claridad; el dolor lo entumecía, y sus pensamientos eran fragmentos caóticos que no lograba ordenar. Solo sabía que tenía que llegar hasta su madre, que era lo único que le quedaba en ese momento. Sentía que, si la alcanzaba, si la tocaba, podría aferrarse a la última chispa de esperanza que le quedaba.

Finalmente, llegó hasta Sofía, que curaba a los campesinos malheridos. Tropezó y cayó a sus pies, con el aliento entrecortado. La mirada de su madre se llenó de horror al ver a su hijo cubierto de polvo y sangre. Antes de que pudiera decir algo, Noah intentó hablar, pero las palabras no salían. Sus labios temblaban, su garganta se cerraba, y solo emitía débiles jadeos que intentaban ser palabras. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, pero no podía llorar; era como si estuviera atrapado en un vacío emocional donde el llanto no existía, solo el profundo silencio del trauma.

Sofía lo tomó en sus brazos con una urgencia casi desesperada, abrazándolo con toda la fuerza que le quedaba. “Noah… mi niño, ¿qué ha pasado?” preguntó, su voz quebrada por la angustia. Sin embargo, su intuición ya le gritaba la verdad. Las lágrimas empezaron a rodar por su rostro mientras lo estrechaba más fuerte, como si con ese abrazo pudiera sanar todas las heridas invisibles que su hijo había sufrido.

Noah se quedó inmóvil, sintiendo el calor del abrazo de su madre, pero la desesperación en su interior era demasiado abrumadora. El eco de la muerte de su padre seguía resonando en su mente, y aunque estaba en los brazos de Sofía, sentía que se hundía en una oscuridad de la que no podía escapar. Se aferró al vestido de su madre, temblando, con los ojos vacíos, como si no supiera si lo que estaba viviendo era real o una pesadilla.

En ese instante, un sonido metálico cortó el aire. Una cadena se envolvió alrededor del cuello de Sofía con un movimiento fulminante, y el abrazo se rompió abruptamente. Noah retrocedió, cayendo al suelo. “¡Mamá!” gritó, mientras veía a Sofía alzarse en el aire, sostenida por la cadena que apretaba su garganta.

“Al fin te encuentro, maldita elfa,” dijo Azhara con una voz cargada de odio y satisfacción. La demoníaca figura se acercaba lentamente, jalando de la cadena, mientras una sonrisa cruel se extendía por su rostro. Sus ojos brillaban con un deleite oscuro, disfrutando de la desesperación que había sembrado. El aire se llenó de la tensión más opresiva, un frío que parecía drenar la vida del entorno.

Sofía luchaba por liberarse, invocando un espíritu de fuego para sobrecalentar las cadenas y derretir el metal, pero Azhara soltó una risa burlona. “¿En serio crees que algo tan patético funcionará? Mis cadenas devoran la magia,” dijo, jalando de la cadena para apretar aún más.

La presión de las cadenas la ahogaba, cortándole la respiración y debilitando sus fuerzas. Sofía sentía el calor de su propia magia dispersarse sin efecto, como agua sobre una roca fría. Una mezcla de furia y desesperación la invadía, y por un instante, las sombras de la derrota comenzaban a nublar su mente.

“No...”, pensó, cerrando los ojos y tratando de calmar el temblor en sus manos. “No dejare que toquen a mí hijo.”

El rostro de Noah pasó por su mente, ese niño al que había jurado proteger con cada fibra de su ser. Sabía que cualquier error sería el fin, pero había algo más, una reserva de fuerza oculta, un poder que evitaba usar a menos que fuera realmente necesario. Sabía que llamarlo no solo drenaría lo poco que le quedaba de energía, así que lo llamaría a cambio de una parte de su vida.

“Si he de ser consumida... que así sea.”

Cerró los ojos un instante, invocando una fuerza antigua. "Señor Mei... por favor," susurró, su voz apenas un hilo, una súplica que resonaba en el vacío que la rodeaba. De repente, el entorno cambió, y un escalofrío recorrió su cuerpo.

El suelo bajo sus pies comenzó a desvanecerse, transformándose en un lago inmenso que se extendía en todas direcciones. La textura de la superficie era tan nítida y perfecta que parecía un espejo, reflejando un cielo nocturno repleto de estrellas que brillaban con un fulgor casi divino. Una niebla densa y brillante flotaba sobre el agua, y aunque parecía que estaban parados sobre una frágil capa líquida, ninguno se hundía. Todo el lugar vibraba con una energía antigua y majestuosa, un dominio en el que lo tangible y lo etéreo se entrelazaban en un solo latido.

Azhara se detuvo un momento, con una mueca de desprecio en su rostro, pero en sus ojos brillaba una chispa de incertidumbre. "¿Otro truco desesperado?" se mofó, su voz impregnada de burla. Sin embargo, su expresión se congeló cuando el agua comenzó a brillar con una intensidad inusual.

De las profundidades emergió una colosal ballena, su cuerpo translúcido y de un azul resplandeciente iluminando el entorno como si llevara en su interior las mismas estrellas del cielo. Mei era una criatura de proporciones incomprensibles, una bestia antigua cuyas luces internas parpadeaban como un universo propio, llenando el espacio con una presencia imponente y tranquilizadora. La ballena abrió sus mandíbulas, y en un solo movimiento, devoró a Azhara, arrastrándola a las profundidades.

Sofía cayó de rodillas, jadeando, sintiendo cómo el peso de la invocación se hacía presente. El precio había sido alto, pero Noah estaba a salvo.

"¿Estás bien, pequeño?" preguntó Sofía, con la voz temblorosa mientras volvía la mirada hacia Noah. Aún recostada sobre sus rodillas, se esforzaba por mantener la compostura mientras el cansancio consumía su cuerpo. Noah asintió, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de asombro y miedo. "¿Qué... qué era eso, mamá?"

Sofía tragó saliva, buscando las palabras adecuadas. "Mei," murmuró, su voz apenas un susurro reverente. "Bueno, así lo llamo yo, es un espíritu anciano... uno de los muchos guardianes del equilibrio de este mundo. Ha existido mucho antes que nosotros, mucho antes que los dioses menores. Criaturas así... son como fuerzas primordiales, que no deberían mezclarse con los asuntos de los mortales. Solo unos pocos, aquellos con lazos profundos y verdadera devoción, pueden invocarlos."

Noah permaneció en silencio, su rostro iluminado por la tenue luz de las estrellas reflejadas en el agua. La inmensidad de la ballena y su presencia aún parecían envolver el espacio. "¿Y tú... tú puedes llamarlo?"

"Sí, pero a un precio," continuó Sofía, apenas logrando respirar mientras el agotamiento la consumía. "Mei responde a quienes le entregan parte de sí mismos... sus recuerdos, su fuerza, sus emociones. Cada vez que lo invoco... siento que una pequeña parte de mi alma se queda con él. Es como entregar un fragmento de mi espíritu al mar de estrellas." Al decir esto, su voz se apagó, y su mirada se perdió en la inmensidad del cielo nocturno, contemplando algo más allá de la realidad.

El lamento profundo de una ballena resonó en el aire, un sonido que prometía protección y esperanza, pero fue interrumpido abruptamente, como si una presencia terrible lo devorara. En un instante, el cielo se tornó oscuro, cubriéndose de una sombra que no permitía paso alguno de luz. Desde lo alto, una figura envuelta en cadenas descendió, su forma retorcida y grotesca como una masa de brea que se desmoronaba en pedazos.

Las cadenas se fueron desenredando, revelando a Azhara con su sonrisa sádica, ampliada y desbordante de malicia. Su sola presencia parecía succionar la vida del entorno, corrompiendo la esencia misma del aire. Un aura de oscuridad y podredumbre emanaba de su cuerpo, expandiéndose como veneno. "Vaya... eso de verdad estuvo cerca," dijo, riendo suavemente, su voz reverberando en sus oídos como un veneno. "Pero mi corrupción es más fuerte que esos ancianos.”

El dominio de Mei comenzó a desgarrarse, sus aguas cristalinas ahora teñidas de sombras y el cielo estrellado apagándose como velas ahogadas en oscuridad. Pronto, el reflejo del cielo se desvaneció y el agua desapareció, dejando a Sofía y Noah de nuevo en la aldea en llamas. Sofía se tambaleó, el agotamiento transformándose en desesperación pura. Su intento de salvar a Noah había sido inútil. La protección de Mei, que representaba lo más poderoso y sagrado que ella podía invocar, no había sido suficiente.

"Ya jugué suficiente contigo," murmuró la demoníaca figura antes de lanzarse hacia Sofía con una velocidad impresionante. Ella apenas logró esquivar el golpe, sintiendo la hoja afilada de la cadena rozar su barbilla. Al retroceder, desgarró su vestido verde para moverse con mayor libertad, cada movimiento calculado a pesar de que sus fuerzas la estaban abandonando.

"¿Por qué lo prolongas, maldita elfa?" rugió Azhara, y su cadena realizó un movimiento en U, regresando hacia ella con la punta afilada envuelta en esa brea negra. Esta vez, Sofía no pudo esquivarla; la hoja la alcanzó de lleno, cortándola desde el torso hasta el brazo. En ese instante, un destello de recuerdos cruzó su mente: Noah cuando era niño, sus risas y llantos, los días de paz que había imaginado para él junto a su marido... comprendió que este sería el fin. La muerte la aguardaba, y lo único que podía hacer era asegurarse de que él sobreviviera.

Con lo último de su fuerza, Sofía extendió la mano hacia Noah, susurrando un hechizo de protección. Una barrera translúcida envolvió al joven, protegiéndolo de lo que se aproximaba. Sofia, invocando cada fragmento de su alma restante, canalizó su habilidad más devastadora: "Pulsar."

Un núcleo brillante surgió en el aire, expandiendo una energía colosal que transformó el entorno en un caos absoluto. La temperatura descendió drásticamente, y el aire parecía volverse denso y letal. Los pulsos de energía se expandieron en todas direcciones, devastando el terreno, haciendo que la tierra temblara y la magia misma se distorsionara como si el tejido de la realidad estuviera siendo desgarrado. Noah, protegido por el escudo, sintió que el mundo se ralentizaba, cada segundo alargado mientras la energía lo aplastaba contra el suelo.

Cuando la devastación cesó, Sofía yacía gravemente herida. Su cuerpo estaba cubierto de quemaduras y cortes, y los espíritus de luz apenas lograban contener la corrupción que ya se había extendido por casi toda su piel. La visión se tornó borrosa y pesada para ella, pero, aun así, miró a su alrededor, buscando a Noah.

Noah, aun temblando, se incorporó con dificultad. Todo a su alrededor parecía girar, el aire era espeso y pesado en sus pulmones. Cuando sus ojos se posaron en el cuerpo de su madre, sintió que el mundo se le venía abajo. Un mareo lo embargó, su estómago se revolvió y, sin poder evitarlo, vomitó. Sin embargo, ni el dolor ni el mareo lo detuvieron. Apretó los dientes y, tambaleándose, se obligó a correr hacia ella, desesperado, su cuerpo protestando con cada paso.

"Mamá... por favor, no me dejes..." sollozó, sintiendo cómo cada palabra se quebraba en su garganta.

Sofía alzó una mano con esfuerzo, limpiando una lágrima del rostro de su hijo. "Pequeñín..." susurró con una voz temblorosa, "todo... está bien… ya no estaré contigo... ni con tu padre... pero quiero que sepas... que siempre serás mi luz... y lo mejor que me paso en la vida..." Sus palabras eran como un bálsamo y una herida a la vez, llenas de ternura y dolor. Sofía cerró los ojos un instante, luchando contra el llanto que amenazaba con romper sus últimas palabras. "Lamento… tanto que debas pasar por esto… No fue justo para ti..."

Noah apretó la mano de su madre, sintiendo el calor que lentamente desaparecía. Las lágrimas caían sin control por su rostro, cada sollozo era como un cuchillo atascado en su torax.

"Noah... la vida será difícil de ahora en adelante…" Sofía hizo una pausa, su respiración se entrecortaba, cada inhalación parecía más pesada que la anterior. "Pero... ¿podrías ser fuerte... por mí? ¿Ser fuerte... cuando yo ya no pueda estar aquí?"

El muchacho asintió, aunque sus sollozos le impedían hablar. Sofía le sonrió con ternura y, con manos temblorosas, se quitó el collar que siempre había llevado, una pieza de plata con un pequeño cristal azul en forma de media luna, y lo puso en la mano de su hijo.

"Llévalo contigo... Cuando te sientas perdido... mira al cielo. Los astros te guiarán..." Sus dedos apenas podían sostener el collar cuando añadió, "Y.… si descubren quién eres... el collar te ayudará... Aun si no me tienes, siempre tendrás un camino…"

La voz de Sofía se fue apagando, su cuerpo se volvía cada vez más frío. Hizo un último esfuerzo para mirarlo a los ojos, una última promesa reflejada en su mirada agonizante. "Lo siento… mi pequeño... te amo…"

Sofía dejó escapar un último suspiro, mientras sus ojos se cerraban suavemente, dejando solo el peso de su ausencia en los brazos de Noah.

Antes de que Noah pudiera si quiera llorar, la voz cruel de Azhara rompió el aire con una carcajada ensordecedora. “¡PENSÉ QUE ME MATABAS, PERRA!” gritó, mientras se regeneraba de las quemaduras por radiación en todo su cuerpo, su ropa estaba hecha girones, aun así, deleitándose en su victoria mientras el eco de su risa se extendía por el desolado paisaje. Noah miró a su madre; Sofía había cerrado los ojos por última vez. Todo su mundo se había hecho pedazos.

Noah sintió que una ola de dolor lo consumía, destrozando cada parte de su ser. Quería gritar, pero el grito no salía. Su corazón latía con tal fuerza que cada pulso era un recordatorio doloroso de que estaba solo. Un instinto primario comenzó a aflorar en él: su madre había dado su vida por él, y su sacrificio no podía ser en vano. Su pecho ardía con la desesperación de escapar, de vivir, y así honrar ese último deseo de Sofía.

Miró alrededor, y solo había una dirección que le ofrecía una posibilidad de ocultarse: el Bosque de Gehenna. Era el lugar del que siempre le habían hablado con temor, donde las sombras parecían tener vida y la naturaleza misma podía volverse letal. Pero ahora, lo que antes era prohibido se había convertido en su única esperanza.

Sin tiempo para pensar o procesar el horror que acababa de vivir, Noah apretó el collar de su madre contra su pecho, se giró y comenzó a correr. Cada paso lo alejaba de la devastación y el eco de la risa de Azhara, aunque no podía escapar del dolor en su corazón. No sabía qué le esperaba en aquel lugar, ni si el destino le deparaba algo peor al otro lado. Pero ahora solo tenía un propósito: sobrevivir.