El primer juego
Capítulo 1: “El Primer Juego”
La iglesia de San Elías se alzaba como una sombra sobre el pueblo, su estructura maciza y vieja dejando una sensación de pesadez en el aire. El sol no lograba penetrar completamente entre las vidrieras sucias y las paredes de piedra, y el ambiente siempre parecía húmedo, como si el lugar estuviera impregnado de secretos oscuros. A pesar de su aspecto antiguo, el sitio era venerado por los fieles del pueblo, aunque los que trabajaban allí lo sentían más como un castigo que como un refugio. Dorian lo sabía muy bien: pasaba más tiempo en sus pasillos que en su propia casa. La iglesia era un mundo aparte, un espacio detenido en el tiempo, donde las horas se deslizaban lentamente.
Fue allí donde conoció a Silas, un chico callado que parecía surgir de las mismas sombras del lugar. Su madre, una mujer de carácter férreo y ojos fríos como el hielo, lo había llevado al sacerdote un día, explicando que su hijo necesitaba encontrar una “buena dirección”, como si la religión pudiera salvarlo de algo que no estaba dispuesto a revelar.
El sacerdote, un hombre mayor y paranoico que había servido a la iglesia durante décadas, lo aceptó sin cuestionamientos. No era raro que jóvenes de todo el pueblo llegaran buscando consuelo, aunque él sabía que algo en Silas era diferente. Lo vio entrar con su madre, una figura que, aunque distante y severa, lo observaba con un aire de vigilancia, como si supiera que algo oscuro se cernía sobre ellos. La mujer dejó a Silas en sus manos y se despidió sin emoción, dejándolo allí como quien entrega una pieza más al engranaje de una maquinaria rota.
La primera vez que Dorian vio a Silas, fue mientras él arreglaba el altar. Silas parecía moverse con una calma perturbadora, como si conociera el lugar mejor que nadie, como si cada rincón tuviera una historia que solo él pudiera entender. Era un joven con una mirada penetrante, profunda y oscura, casi como si estuviera esperando el momento adecuado para hacer su jugada.
Las Bromas y el Juego con el Sacerdote
Silas comenzó a introducir pequeñas bromas en la iglesia, bromas que no solo desafiaban las normas, sino que parecían burlarse de todo lo que la institución representaba. La primera de ellas ocurrió una mañana, cuando el sacerdote, metido en sus rituales acostumbrados, no sospechó nada. Silas se encargó de vaciar la copa de vino del altar y reemplazarla por un líquido oscuro y espeso que había sacado de un animal que había matado esa misma mañana. No era vino. Era sangre. La sangre de un conejo que Silas había sacrificado con la misma precisión de un ritual pagano, siguiendo un proceso macabro que Dorian, sin saberlo, observó con fascinación. La mezcla era sutil pero repulsiva: la sangre que se vertió en la copa se mezclaba con el vino, creando una sustancia que no se podía identificar a simple vista, pero cuyo olor inconfundible flotaba en el aire.
Cuando el sacerdote bebió, no percibió la diferencia, pero algo en su interior cambió. Los ojos del hombre brillaron con una intensidad que no se había visto en mucho tiempo, y por un momento pareció perder el control. Al principio pensó que era un malestar pasajero, pero poco a poco comenzó a sentirse más confundido, su voz tartamudeaba al recitar las letanías y su piel palideció aún más. Dorian no podía apartar los ojos de la escena, su corazón latiendo desbocado. Algo en el fondo de su ser le decía que estaba mal, pero no podía negar la extraña atracción que sentía por la oscuridad que Silas comenzaba a desplegar.
Silas no le dijo nada a Dorian sobre lo que había hecho, pero una sonrisa que no parecía humana cruzó su rostro cuando vio la confusión del sacerdote. “La fe es tan fácil de manipular,” murmuró con voz baja, mientras ambos se retiraban, dejando al sacerdote en su delirio.
Días después, la broma alcanzó un nivel mucho más macabro. El sacerdote, ya visiblemente afectado, comenzó a obsesionarse con la idea de que el mal había invadido la iglesia. Las discusiones sobre lo que estaba pasando se convirtieron en paranoias. Estaba seguro de que Satanás había comenzado su ataque en su propio santuario. Eso lo llevó a incrementar las misas y a imponer reglas aún más estrictas, pero algo en su interior le decía que estaba perdiendo el control, que el mal se estaba apoderando de su fe. Cada vez que pasaba por la iglesia, sentía que las sombras se alargaban, que algo lo acechaba.
En ese ambiente creciente de tensión y caos, Silas ideó una nueva broma. Esta vez, la Virgen María, la figura más venerada en la iglesia, sería el objetivo de su juego. Silas cazó una liebre en el bosque, su cuerpo frío y cadavérico, y lo llevó en secreto a la iglesia. La intención era clara: tomar la figura de la Virgen, en su actitud protectora, y sustituir al niño Jesús en sus brazos por la liebre muerta. Con una destreza que solo alguien con una mente trastornada podría poseer, colocó la criatura muerta en el regazo de la figura. La sangre goteó por el mármol, manchando la pureza del lugar.
Dorian observaba, indeciso, como Silas preparaba la escena. “La madre de todos, abrazando la muerte,” dijo Silas, riendo suavemente mientras ajustaba la liebre. Dorian, aunque horrorizado, no podía apartar la mirada. Era una imagen grotesca, pero al mismo tiempo, no podía evitar sentirse atrapado en la idea. El contraste entre la figura sagrada y el cadáver de la liebre era repulsivo, pero, para Dorian, representaba una extraña mezcla de libertad y caos.
Pero lo que vino después fue aún más extraño. Silas se acercó a Dorian con una propuesta.
“Hoy, necesito tu ayuda,” dijo con calma, pero algo en su voz hizo que Dorian se sintiera incómodo. “Quiero darle un pequeño ajuste a la cruz.”
La cruz, esa imponente figura en el centro de la iglesia, era el símbolo de la fe, y Silas quería deshacerlo. Dorian, en su interior, se resistió. Algo en él le decía que no debía involucrarse, que estaba cruzando una línea que no debía cruzarse. Sin embargo, Silas lo miró, sus ojos negros buscando su reacción. “Es solo un juego,” dijo, mientras aflojaba los tornillos que mantenían la cruz fija.
Dorian se negó a ayudar, pero vio cómo Silas trabajaba con una calma enfermiza, aflojando los tornillos, haciendo que la cruz quedara inestable. Sin embargo, al no haber ayudado a girarla, la broma no se completó. La cruz, aunque suelta, seguía en su posición correcta.
El Incidente de la Cruz
El día de la misa, la iglesia estaba llena. El sacerdote, aún perturbado por los eventos recientes, no había notado que los tornillos de la cruz estaban flojos. Al comenzar la misa, la cruz comenzó a tambalear lentamente, hasta que, con un ruido estruendoso, se desplomó sobre él. El sacerdote no murió, pero quedó gravemente herido, con la cara destrozada y el cuerpo incapaz de moverse sin ayuda.
Dorian, observando desde las sombras, sintió un nudo en el estómago. Aunque había rechazado ayudar a Silas, de alguna manera se sentía responsable. “Podría haberlo evitado,” pensó, sintiendo una creciente culpabilidad. El impacto fue brutal, y el sacerdote, mientras yacía en el suelo, murmuraba incoherencias sobre el mal acechante.
Pero lo que realmente hizo que Dorian se sintiera aún más atrapado en esta espiral fue lo que sucedió después. Esa misma noche, vio a Silas reírse de la situación. La risa era fría, vacía, como si todo fuera un juego para él. “Lo sabías,” le dijo, mirando a Dorian con esa sonrisa siniestra. “Lo sabías todo el tiempo.”
La culpabilidad que Dorian sentía se convirtió en una condena silenciosa. Sabía que Silas lo había manipulado, que él había sido parte de algo mucho más oscuro. Sin embargo, la fascinación por él seguía ardiendo, incluso en medio de todo el caos.