Prólogo: La Última Noche
La fábrica de conservas de Greywater estaba viva esa noche. Los silbatos resonaban, mezclándose con el rugido del oleaje al chocar con los acantilados. Adentro, las máquinas vibraban, expulsando un eco metálico que se extendía por los pasillos vacíos. El turno nocturno trabajaba en silencio, pero había una tensión que se filtraba entre las paredes, un nerviosismo que nadie mencionaba en voz alta.
En el almacén, Nathan, apenas un adolescente en ese entonces apilaba cajas bajo la luz parpadeante de una bombilla. Sus manos temblaban, aunque no era el frío de octubre lo que lo perturbaba. Afuera, más allá de los ventanales polvorientos, una figura se movía entre la niebla, oscura y borrosa, como un borrón en un cuadro.
“Nathan, ¿qué haces ahí parado?” La voz de Jonás, un par de años mayor, lo sacó de su trance. Jonás siempre parecía despreocupado, pero aquella noche su sonrisa tenía los bordes afilados.
“Hay alguien ahí afuera”, murmuró Nathan, señalando hacia la oscuridad.
Jonás bufó, aunque sus ojos se dirigieron instintivamente hacia la ventana. “Es la niebla. Siempre juega trucos con la mente. Vuelve al trabajo antes de que te vea el capataz.”
Nathan asintió, pero no podía apartar la vista del cristal. Fue entonces cuando la luz parpadeó de nuevo, y la figura apareció más cerca, al borde del almacén. Estaba inmóvil, pero algo en su postura –la rigidez, la manera en que su cabeza se inclinaba hacia ellos– era profundamente incorrecto.
Antes de que Jonás pudiera decir algo más, las máquinas en el área de ensamblaje se detuvieron de golpe. El estruendo fue reemplazado por un silencio que parecía absorber todo sonido, incluso el del mar. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que erizaba la piel.
“Nathan…” La voz de Jonás era apenas un susurro, y por primera vez, sonaba realmente asustado.
Un grito cortó la quietud, proveniente del área de producción. Fue agudo, inhumano, y se interrumpió tan abruptamente como había comenzado. Nathan y Jonás se miraron, paralizados, mientras otros trabajadores comenzaban a murmurar y a moverse hacia las puertas.
Entonces, las luces se apagaron por completo.
La oscuridad era absoluta, y con ella vino un olor acre, como metal oxidado mezclado con algo más, algo que hacía que la garganta se cerrara. Nathan sintió el peso del pánico apoderándose de su pecho, pero antes de que pudiera moverse, algo lo rozó. Era frío y húmedo, como si la niebla hubiera ganado forma y se deslizara entre ellos.
Los gritos comenzaron de nuevo, esta vez desde todas direcciones. Pasos desesperados resonaban mientras la gente corría, chocando con las máquinas y con sus compañeros. En el caos, Nathan cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra una caja. Antes de perder el conocimiento, alcanzó a ver una silueta inclinarse sobre él, con un brillo extraño en los ojos.
Cuando despertó, la fábrica estaba en silencio, pero no estaba solo. Las cajas estaban abiertas, las máquinas apagadas, y los trabajadores… desaparecidos.