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Capítulo 1: Una noche de pasión
La música vibraba como un latido en las paredes del club nocturno más exclusivo de la ciudad. Las luces destellaban sobre la multitud, creando sombras que danzaban con la misma intensidad que los cuerpos en la pista. Angelrenesme Agudelo se movía al ritmo de la música, perdida en la sensación de libertad que tanto anhelaba. Su vestido negro resaltaba las curvas que ella misma solía esconder, pero esa noche no había reglas ni límites. Solo ella, la música y el deseo de escapar.
Mientras giraba, sintió la presencia de alguien a su espalda. Una mano firme y cálida se deslizó por su cintura, deteniendo suavemente su movimiento. Un escalofrío recorrió su columna antes de que pudiera girarse.
—¿Puedo unirme a ti? —susurró una voz profunda y grave en su oído.
Angelrenesme alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de un extraño. No, no era solo un hombre. Era una fuerza, un depredador vestido de traje oscuro que irradiaba peligro. Su mandíbula cincelada, la barba cuidadosamente perfilada y esos ojos helados, tan azules que parecían cortar el aire, la hicieron tambalearse por dentro.
—Claro —murmuró, sin reconocer su propia voz.
Él sonrió, pero en esa sonrisa había algo más que encanto; había control. Angelrenesme sintió cómo el pulso se le aceleraba mientras él la guiaba por la pista, sus manos firmes, sus movimientos calculados. Cada giro la acercaba más a él, y cada roce hacía que el calor se encendiera en su piel.
No sabía si era el alcohol, la música o el magnetismo oscuro de ese hombre lo que la mantenía pegada a él. Pero había algo en sus ojos, una sombra que la advertía de que ese no era el tipo de hombre con el que una mujer como ella debía involucrarse.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella, intentando recuperar el control.
Él se inclinó, su aliento acariciando su oído.
—Martín.
No hubo apellidos, ni explicaciones. Solo un nombre, pero dicho con tanta certeza que se quedó grabado en su mente.
La noche continuó como un sueño febril. Bailaron hasta que sus cuerpos parecieron sincronizarse, moviéndose al ritmo de algo más que la música. Las manos de Martín eran exigentes pero seguras, y su mirada nunca la soltó. Angelrenesme sintió cómo la adrenalina se mezclaba con algo más oscuro y peligroso, algo que la invitaba a dejarse caer.
Cuando finalmente se apartaron de la pista, él la condujo hacia una esquina apartada del club.
—No deberías confiar en extraños —susurró él, pero su tono no sonaba como una advertencia, sino como una provocación.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí? —replicó ella, levantando la barbilla.
Martín sonrió, esa sonrisa que parecía prometer el cielo y el infierno al mismo tiempo.
—Porque quieres saber qué pasa cuando cruzas el límite.
Y entonces la besó. Fue un beso que le robó el aliento, firme y posesivo, como si él ya supiera que le pertenecía. Angelrenesme debería haber retrocedido, pero no lo hizo. En lugar de eso, se dejó arrastrar por la corriente arrolladora de su deseo.
Cuando Martín le ofreció su mano y le preguntó:
—¿Quieres venir conmigo?
Ella no dudó.
Asintió, y juntos salieron del club.
Mientras el coche negro de Martín desaparecía en la noche, Angelrenesme no podía sacudirse la sensación de que acababa de hacer un pacto con el diablo. No sabía su apellido, ni el alcance de su poder, pero algo en su interior le decía que esa noche no era solo una aventura pasajera. Era el comienzo de algo que iba a consumirla por completo.