Capítulo 1
Maya
Club de Striptease Silver Charm – SE BUSCA PERSONAL. No se requiere experiencia. PAGO EN EFECTIVO CADA NOCHE.
Efectivo. Justo lo que más necesitaba para encontrar un lugar donde instalarme. Debajo de la oferta había una dirección y una nota: PRESENTARSE EN PERSONA.
Se me revolvió el estómago. Me miré las piernas y los pies descalzos. El frío me estaba matando y estar así, con la piel al aire, solo empeoraba las cosas. No me quedaba nada encima. La mejor opción ahora mismo era conseguir algo de dinero rápido y pensar qué hacer después.
Llevaba más de cinco horas fuera de casa. Mi padre me mataría cuando se enterara de que me había ido. No, en realidad mi madre sería la que lo haría. Con todos los preparativos y las invitaciones enviadas a sus amigas, seguro que esa mujer ya había puesto la casa patas arriba.
Hacía apenas una semana que mi padre había anunciado mi compromiso con un empresario millonario. Era un hombre al que solo había visto una vez. Casi ni me habló y no le importaba nada más que la fortuna de mi familia. Se esperaba que yo obedeciera y aceptara el lugar que me tocaba por nacimiento sin rechistar. Pero la asfixia de ese futuro me había llevado al límite.
Es una puta locura que me traten como a una niña cuando tengo veintiún malditos años. Soy una adulta, ¡por el amor de Dios!
Bueno, ya pueden buscarse a otra para ocupar mi lugar. Eso si es que tienen otra hija después de mí. Soy la única hija de Alexander Hartwell. El presidente de la corporación multifuncional más grande del país: Hartwell Enterprises.
Prefiero una vida llena de libertad y aventuras. No quiero una donde la gente se haga mi amiga solo por el beneficio del apellido de mi padre. He pasado toda mi vida en Nueva York. Ahora, por primera vez, he dado un paso valiente para escapar.
Me parecía irreal verme escapando de casa con nada más que una mochila, mi pasaporte y una cartera con algunas tarjetas y algo de efectivo.
Esa misma mochila me la acababan de robar hacía unos minutos. Eso me obligaba a buscar un trabajo para conseguir dinero rápido. Se me puso la piel de gallina al recordar cómo me atracaron.
Lo perdí todo nada más llegar a Chicago. ¿No será esto una señal por ir en contra de mi padre?
Quizás esto es lo que pasa cuando desobedezco a mis padres. A lo mejor las maldiciones de mi madre fueron la razón por la que me robaron y me quedé sin nada.
—¡Ah! —grité cuando un dolor agudo me recorrió el pie. Miré hacia abajo y vi que se me había rajado la piel del dedo gordo—. ¡Esto es una puta mierda! —exclamé, sin importarme que mi voz resonara por todos lados.
Tal vez acabaría tragándome el orgullo y llamando a mi padre para aceptar mi destino. Porque no había forma humana de que me quedara en esta ciudad extraña y cruel sin nada para mantenerme.
El corazón me latía a mil en el pecho, pero sabía que era mi última opción. Necesitaba efectivo. Nadie conocía mi cara. Conseguiría el dinero y desaparecería sin dejar rastro. Una sonrisa asomó a mis labios cuando vi el cartel: SILVER CHARM.
Empujé la pesada puerta y el retumbar sordo de la música salió a recibirme. Dentro, las luces tenues proyectaban sombras por toda la sala y el aire estaba cargado de perfume. Me quedé dudando cerca de la entrada, buscando con la mirada a alguien con quien hablar.
Antes de que pudiera armarme de valor, una voz cortante gritó desde un lado.
—¡Eh! ¡Llegas tarde! —Una mujer con una carpeta me miró de arriba abajo.
Abrí la boca para explicarme, pero ella me cortó con un gesto impaciente.
—Ahórratelo. Ve atrás y prepárate, que hoy nos falta gente.
Pestañeé confundida, pero ella ya se había ido, dejándome allí plantada en medio del caos. El corazón me golpeaba el pecho mientras seguía los carteles que indicaban "Camerinos".
Había mujeres moviéndose de un lado a otro con trajes brillantes. Se retocaban el maquillaje y se arreglaban el pelo bajo unas luces fluorescentes muy fuertes. Me quedé parada junto a la puerta sin saber a dónde ir.
Antes de que pudiera reaccionar, una mujer bajita con un sujetador de lentejuelas y pantalones de cuero me agarró del brazo. —¡Date prisa, novata! El perchero de los trajes está por allá. Sales en cinco minutos.
—Yo no soy... —empecé a decir, pero la mujer ya se había marchado. El pánico me invadió. ¿Cinco minutos? Ni siquiera sabía qué tenía que hacer.
Pero cuando mis ojos se posaron en un conjunto negro sencillo que colgaba del perchero, algo dentro de mí cambió. Esto era una cuestión de supervivencia. Agarré la ropa y me la puse con las manos temblando.
Una voz potente gritó desde fuera. —¡La nueva! ¡Vamos!
Sin tiempo para pensarlo dos veces, salí del camerino.
La música me golpeó como una descarga eléctrica al llegar al borde del escenario. Las luces me cegaban. Me quedé parada un momento, con el corazón a mil. No podía respirar.
—¡Démosle la bienvenida a nuestra nueva artista! —anunció la voz por los altavoces.
Al principio me movía con torpeza, dándome cuenta de golpe de lo que estaba haciendo. El público empezó a silbar y a vitorear, pero me obligué a seguir. Me contoneé al ritmo de la música lo mejor que pude.
No fue algo elegante ni seductor. Pero era mi forma de sobrevivir.
Sin embargo, cuando mi cuerpo empezó a moverse con más naturalidad, eché un vistazo a la zona VIP. Fue entonces cuando lo vi.
Estaba sentado en las sombras y su presencia era imposible de ignorar. Me clavaba una mirada penetrante, fría y calculadora, como un cazador vigilando a su presa. A diferencia del resto de la gente, él no aplaudía. Simplemente... observaba.
Se me aceleró el pulso y mis movimientos flaquearon bajo el peso de su mirada. El corazón me martilleaba, pero aguanté y me obligué a terminar la actuación. Cuando sonó la última nota, me quedé quieta, jadeando, sin saber si sentía alivio o miedo.
Los aplausos eran fuertes, pero aquel extraño no aplaudió. En su lugar, se echó hacia atrás en su silla con una ligera sonrisa en la comisura de los labios. Parecía que hubiera visto algo que nadie más había notado.
Le susurró algo al hombre que tenía al lado, quien se levantó rápido y desapareció hacia los camerinos. No tenía ni idea de qué vendría después, pero de algo estaba segura: no acababa de bailar para el público. Había bailado para él.
Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento cuando un hombre alto con traje oscuro se me acercó. Tenía un aire de autoridad y me analizó con una mirada intensa y silenciosa.
—Te quieren arriba —dijo con una voz suave pero firme.
—¿Arriba? —repetí confundida.
—Sí. —Miró por encima del hombro, como esperando que lo siguiera—. No le hagas esperar.
Se me revolvieron las tripas. Él. ¿El hombre de la zona VIP? Mi instinto me pedía a gritos que me negara, que saliera corriendo por la puerta de atrás y no mirara nunca más hacia aquí. Pero no podía. No tenía dinero ni para comer, mucho menos para escapar.
Tragué saliva y mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera reaccionar. El hombre me guio por los pasillos traseros del club, pasando por salas llenas de humo y murmullos.
El hombre abrió una puerta y me hizo un gesto para que entrara.
Entré y allí estaba él.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara sobre la mesa. Estaba sentado en un sillón, relajado pero con la mirada afilada. De cerca, imponía todavía más. Tenía el pelo oscuro, la mandíbula marcada y unos ojos tan fríos que parecía que me atravesaban.
Al principio no dijo nada, solo se me quedó mirando.
Me crucé de brazos intentando disimular mi nerviosismo. —¿Qué quieres?
Él sonrió con superioridad, un gesto muy sutil. —Eres nueva aquí.
—Sí, ¿y qué? —solté de golpe. No sé por qué me estaba irritando de repente.
—O eres muy valiente o eres increíblemente estúpida para hablarme así.
Se puso de pie y su imponente estatura me hizo sentir minúscula. Dio un paso hacia mí e instintivamente retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared.
—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz baja y pausada, como un depredador atrayendo a su presa.
—Maya —dije con la garganta seca.
—Maya —repitió él, y la forma en que pronunció mi nombre me hizo estremecer—. ¿Sabes quién soy?
—No. —Cómo iba yo a saber quién era.
Entornó los ojos. —Entonces deja que te ilumine. Me llamo Roman Volkov. Este club me pertenece. —Se inclinó hacia delante, dejando su cara a escasos centímetros de la mía.
Me quedé helada y la cabeza me empezó a dar vueltas. Volkov. Solo ese nombre ya era suficiente para hacerme sentir una profunda inquietud.
—No tengo tiempo para juegos, señorita —siguió diciendo, sin apartar sus ojos de los míos—. Puedo ofrecerte por una sola noche más dinero del que has visto en toda tu vida. A cambio, pasarás la noche conmigo. Sin preguntas. Sin compromisos. Solo una noche.
En mis veintiún años de vida, nunca me había cruzado con un hombre que tuviera un aura tan poderosa que me hiciera perder el sentido. No era por su propuesta, sino por cómo su voz profunda me calaba hasta los huesos. No me sentía nada cómoda.
¿He mencionado que sus ojos eran tan oscuros como mi vestido? Eran peligrosos y fríos.
—¿Estás diciendo que quieres follar conmigo? —La pregunta se me escapó de la boca sin pensar. Él me respondió con una leve sonrisa.
—Las mujeres no suelen cuestionarme. Eres... única.
¡Qué! ¿Eso significa que se ha acostado con muchísimas mujeres? A lo mejor con media Chicago. Todos mis instintos me gritaban que huyera, pero mis pies no se movían, atrapados por su mirada y el peso de mi situación.
Sentía los pies pegados al frío suelo de mármol. Por no hablar de los escalofríos que me recorrían la espalda mientras aquel extraño me atacaba con sus ojos peligrosos.
Lo único que necesito es dinero, no acostarme con un hombre al que acabo de conocer en mi primer día en la ciudad.
—Sé lo que necesitas —dijo, interrumpiendo mis pensamientos. Yo ni siquiera había soltado el aire cuando añadió—: Dinero.
No intenté ocultar mi asombro ante su revelación. Él miró de reojo su reloj de pulsera. —Mi tiempo es oro.
—Tienes razón, necesito el dinero, pero lo siento, no he venido por este tipo de trabajo. —Empecé a caminar para irme, pero se me cortó la respiración.
Una fuerte descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Casi no podía respirar cuando mi cuerpo rozó el suyo. Sentí un cosquilleo entre las piernas. ¿Cómo podía perder el juicio solo con el simple roce de este extraño?
—Después de esta noche, puede que tus problemas desaparezcan por completo... si sabes jugar bien tus cartas, Mi Amor. —No sé a qué se refería con eso. Sin embargo, lo único que pasaba por mi cabeza mientras sostenía su mirada intensa era lo que sentiría si sus manos tocaran otras partes sensibles de mi cuerpo.
Esto es una locura. Ni siquiera debería planteármelo. Todo mi ser me pedía salir de allí, correr lo más rápido posible lejos de esa habitación asfixiante. Pero su presencia era magnética y me atraía a pesar de todas las alarmas que sonaban en mi cabeza.
Sus ojos se clavaban en los míos, oscuros y peligrosos, como si pudiera ver a través de cada capa de mi cuerpo. Mi respiración se volvió más agitada cuando su mano rozó la mía apenas un instante. Fue un contacto tan breve pero tan potente que me dio un vuelco todo el cuerpo.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué me pasaba? Este hombre era un peligro.
Pero una noche no hace daño a nadie, ¿verdad? Al fin y al cabo, no volveremos a vernos. Cogeré el dinero y saldré corriendo. Sin ataduras.
No tuve tiempo de decidir si aceptaba o me iba, porque sus labios se estrellaron contra los míos. De inmediato se encendió una chispa en mi pecho que me puso la piel de gallina. Sus manos me agarraron la cintura con firmeza y autoridad, acercándome hasta que no quedó ni un milímetro de espacio entre nosotros.
—Disfruta de tu libertad mientras puedas, Maya —susurró contra mi boca—. Porque esta noche, eres mía.