Alma de Dragón

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Sinopsis

Nessa Valora, princesa de Lotharien, ha pasado su vida atrapada entre las exigencias de su padre, el rey Ardan y las expectativas de su pueblo. Sin embargo, su corazón anhela libertad y un propósito más allá de las murallas del palacio. Todo cambia cuando comienza a escuchar un llamado en sus sueños: la voz de Cian Blaze, el último dragón negro. Guiada por un impulso que no puede ignorar, Nessa desobedece al rey y se adentra en la montaña prohibida para liberarlo. En su huida, Nessa y Cian enfrentan amenazas humanas y mágicas, mientras un vínculo poderoso surge entre ellos durante la convivencia encubierta, transformándose en un amor que desafía los límites de sus mundos. Ahora, Nessa debe decidir si enfrentará su destino como princesa o si luchará por una nueva vida junto al dragón que ha devuelto fuego a su corazón. Registro Safe Creative 2501180672219 Todos los derechos reservados

Estado:
Completado
Capítulos:
70
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5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La Prisión De Oro

La luz del amanecer teñía de un dorado cálido las torres del palacio de Lorhatien, pero dentro de sus muros, Nessa Valera sentía el peso de un día más de su vida perfectamente calculada. La princesa estaba de pie frente a un espejo de marco dorado, mientras dos doncellas ajustaban su vestido de seda azul claro. Cada movimiento era preciso, cada pliegue debía caer con la gracia esperada de alguien de su rango.

- Está lista, alteza - anunció una de ellas, retirándose con una reverencia.

Nessa miró su reflejo. Su cabello rubio plateado caía en suaves ondas, brillando con un resplandor natural que parecía reflejar la luna misma. Sus ojos, de un azul profundo, eran un espejo de las emociones que debía ocultar: frustración, resignación y un anhelo por algo más. Sus manos, delicadas, pero fuertes, descansaban contra los pliegues de su falda. Aunque por fuera parecía una princesa impecable, por dentro se sentía como una prisionera en su propia vida.

- Gracias, pueden retirarse - dijo con suavidad, obligándose a sonreír.

Cuando las doncellas cerraron la puerta tras de sí, Nessa dejó escapar un suspiro. Caminó hacia una de las altas ventanas de su cámara y apoyó las manos en el alféizar, mirando hacia los jardines perfectamente cuidados. Desde allí podía ver los muros exteriores del palacio, altos y robustos, diseñados para protegerla. Pero para ella, eran barreras que impedían que el mundo exterior la alcanzara.

Su rutina estaba meticulosamente diseñada. Cada mañana comenzaba con lecciones de política y protocolo, seguidas de audiencias con su padre, el rey Arden, quien rara vez le hablaba con la calidez de un padre. Para él, Nessa era un símbolo, una extensión de su poder y la promesa de la continuidad de la familia real.

El eco de pasos resonó en el pasillo y Nessa supo que el mayordomo, el señor Garven, venía a buscarla para sus deberes matutinos. No tenía un momento para sí misma, ni siquiera para practicar su magia sin supervisión.

El don de Nessa era una de las bendiciones más raras y, según su padre, una de las más peligrosas. Podía canalizar energía mágica pura, invocando luz capaz de sanar o destruir, pero las leyes del reino dictaban que su magia debía ser limitada a usos ceremoniales. Cualquier muestra de poder fuera de esos parámetros era castigada con severidad.

Había una razón para ello: la magia de Nessa no solo era poderosa, sino impredecible. Cuando era niña, en un arrebato de ira, había destruido accidentalmente un salón entero. Desde entonces, su magia había sido vista más como un arma que como un regalo. Su padre la mantenía bajo estricta vigilancia, asegurándose de que nunca utilizara su poder sin permiso. Incluso sus guantes de encaje llevaban runas diseñadas para limitar su flujo de energía.

- ¿Alteza? - la voz de Garven interrumpió sus pensamientos - El rey la espera en el salón del consejo.

Nessa se giró con calma, alisando su vestido.

- Gracias, Garven. Estoy lista.

El mayordomo la escoltó a través de los largos pasillos del palacio, cada uno decorado con frescos que narraban la historia de la dinastía Valera. Dragones derrotados, magos poderosos doblegados y héroes que empuñaban espadas bañadas en sangre. Nessa siempre sentía un escalofrío al pasar frente a esas imágenes. Eran un recordatorio constante de la crueldad con la que su familia había gobernado para proteger su trono.

Al llegar al salón del consejo, Nessa encontró a su padre de pie junto a la mesa principal. El rey Arden era un hombre imponente, con una barba bien cuidada y una mirada severa que rara vez se suavizaba. Vestía una túnica de tonos oscuros y su postura proyectaba autoridad absoluta.

- Nessa, llegas justo a tiempo - dijo sin mirarla, mientras señalaba un mapa desplegado en la mesa - Hoy recibirás a los emisarios de Rethgar. Quiero que recuerdes que nuestra posición es firme: no toleraremos ninguna insinuación de alianza con aquellos ya que se oponen a nuestra magia.

- Por supuesto, padre - respondió ella, manteniendo el tono sumiso que él esperaba.

Sin embargo, por dentro, Nessa luchaba por contener sus pensamientos. Sabía que su padre la veía como un instrumento político más que como una hija. Cada palabra, cada movimiento, estaba calculado para reforzar su imagen de perfección.

La reunión fue tediosa, como de costumbre. Nessa escuchó con atención, asintiendo en los momentos oportunos y hablando solo cuando era necesario. Cuando finalmente la dejaron retirarse, se sintió tan agotada como si hubiera luchado una batalla real.

De regreso a sus aposentos, se permitió un momento de vulnerabilidad. Se quitó los guantes con cuidado, revelando las líneas doradas que brillaban en sus palmas, un recordatorio constante de su poder. Casi de forma instintiva, alzó las manos y conjuró una pequeña esfera de luz entre ellas. La energía cálida iluminó la habitación y, por un instante, sintió que era libre.

Sin embargo, el sonido de pasos apresurados la obligó a disipar la esfera de inmediato. La puerta se abrió y una de sus damas de compañía entró con una reverencia.

- Alteza, su padre solicita su presencia en el salón principal para el banquete de esta noche.

Nessa asintió, ocultando su frustración. Sabía que debía cumplir, porque esa era la vida que le había sido asignada, pero mientras caminaba hacia el salón después de cambiarse de ropa, no pudo evitar mirar por una de las ventanas. Allí, más allá de los muros, se extendía un mundo desconocido, un mundo que la llamaba.

En lo profundo de su corazón, algo le susurraba que había más para ella, algo más grande que este palacio dorado y estas cadenas invisibles. Un destino que aún no podía comprender, pero que sentía más cercano cada vez que cerraba los ojos y escuchaba ese misterioso llamado en sus sueños.

El Llamado

El salón de banquetes estaba resplandeciente como siempre, iluminado por candelabros de oro y decorado con cortinas de terciopelo carmesí. El sonido de risas contenidas y conversaciones educadas llenaba el aire mientras los nobles de Lorhatien intercambiaban cumplidos y brindis en honor al rey. Nessa, sentada en su lugar habitual al lado de su padre, se sentía atrapada en una actuación interminable, sonriendo cuando era necesario y asintiendo a los comentarios que apenas escuchaba.

El aroma de los manjares que adornaban la mesa, normalmente apetitosos, no despertaban su apetito. Mientras fingía cortar un pedazo de carne asada, su mente se desvió hacia algo que la había atormentado las últimas noches: la voz.

Había llegado por primera vez dos noches atrás, mientras dormía. Un susurro profundo y resonante, como el eco de un trueno lejano, que había atravesado su sueño con una claridad escalofriante:

“¿Por qué me abandonas?"

Nessa había despertado sobresaltada, con el corazón latiendo con fuerza. En un principio pensó que se trataba de un sueño sin sentido, pero la voz volvió la noche siguiente, esta vez más insistente:

“Estoy atrapado. Ven a mí.”

Las palabras estaban llenas de desesperación y algo más que no podía identificar, algo que parecía una mezcla de dolor y desafío. Desde entonces, no había podido apartar esas palabras de su mente.

De regreso en el presente, dejó caer el tenedor y el cuchillo con suavidad, sintiéndose inquieta ¿Quién era esa voz? ¿Qué significaban esas palabras? Había leído sobre conexiones mágicas que podían surgir entre seres poderosos, pero nunca había experimentado algo similar.

- ¿Te encuentras bien, Nessa? - preguntó su padre, interrumpiendo sus pensamientos. La mirada del rey Arden era tan afilada como una espada y sus palabras estaban cargadas de una mezcla de interés y reproche.

- Sí, padre. Solo estoy algo cansada - respondió con una sonrisa medida, retomando sus cubiertos para evitar más preguntas.

El rey la observó por un momento más antes de regresar su atención a un embajador que hablaba con entusiasmo sobre los avances en las defensas del reino. Nessa aprovechó el momento para perderse nuevamente en sus pensamientos.

“Estoy atrapado. Ven a mí.”

Esas palabras parecían un mandato, pero también un ruego. Aunque no entendía por qué, algo dentro de ella se agitaba cada vez que las recordaba, como si la voz tocara una parte de su ser que había estado dormida durante mucho tiempo. Había un tirón inexplicable en su pecho, un deseo de responder, de descubrir quién o qué la estaba llamando.

Alzó la vista y observó los enormes tapices que decoraban el salón, cada uno narrando una historia gloriosa del reino. Uno en particular captó su atención: la representación de un dragón negro luchando contra un grupo de caballeros. Su imponente figura estaba rodeada de llamas y sus ojos, aunque bordados con hilos dorados, parecían vivos, brillando con una furia contenida.

Nessa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había escuchado historias de dragones en su niñez, pero siempre como cuentos lejanos, reliquias de un tiempo en que la magia gobernaba el mundo. Sin embargo, había algo inquietantemente familiar en aquella criatura.

- ¿Te interesa el tapiz, hija? - preguntó su padre, siguiéndole la mirada.

- Es imponente - respondió, esforzándose por mantener su voz neutral - ¿Es solo una leyenda?

El rey dejó escapar una risa breve, carente de calidez.

- Una leyenda, sí, pero basada en hechos reales. Hace siglos, nuestros ancestros enfrentaron a los dragones para establecer la paz en estas tierras. Esa criatura fue la última que se atrevió a desafiar nuestro dominio y fue derrotada y sellada para siempre.

Las palabras “sellada para siempre” resonaron en la mente de Nessa, haciendo que su corazón se acelerara ¿Era posible que la voz en sus sueños proviniera de esa criatura?

- ¿Qué ocurrió con el dragón? - preguntó con cautela, intentando sonar casual.

El rey arqueó una ceja, pero respondió:

- Fue encerrado en la Montaña de las sombras, un lugar al que nadie debe ir. Su magia fue neutralizada y su existencia ahora no es más que un recordatorio del poder de nuestra familia.

Nessa asintió, fingiendo desinterés, pero por dentro sentía que las piezas comenzaban a encajar. Si el dragón seguía vivo, su llamada podría explicar la conexión que había sentido. Pero ¿Por qué ella? ¿Por qué ahora?

El resto de la velada transcurrió en un torbellino de conversaciones y formalidades, pero la mente de Nessa estaba lejos, perdida en la idea de un ser legendario clamando por su ayuda. Cuando finalmente se retiró a sus aposentos, cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra ella, dejando escapar un suspiro profundo.

Aquella noche, mientras las estrellas brillaban sobre Lorhatien, Nessa se recostó en su cama, esperando con el corazón acelerado. Y, como lo había hecho las dos noches anteriores, la voz regresó en sus sueños, más clara y potente que nunca:

“¿Cuánto tiempo más me dejarás aquí, princesa? Ven a mí… antes de que sea demasiado tarde.”

Nessa se sentó de golpe, sintiendo cómo su magia reaccionaba, arremolinándose bajo su piel. Sabía que debía ignorar la voz, que cualquier acción contraria a los deseos de su padre traería graves consecuencias. Pero al mirar hacia la ventana, hacia las montañas lejanas que se alzaban en la oscuridad, sintió que algo estaba cambiando en su interior.

Por primera vez en su vida, Nessa Valera, la perfecta princesa de Lorhatien, comenzó a considerar lo impensable: desobedecer.