La mascota del señor de la mafia

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Sinopsis

—Te pertenezco, papi —gemí, con los labios temblorosos mientras los dedos de Enzo jugaban con mi coño, haciéndome sentir más húmeda de lo que ya estaba. Mi cuerpo reaccionaba ante él de la forma más extraña y lo odiaba. Enzo De Luca es un demonio frío y lo último que quería era involucrarme con él. ¿Pero por qué? ¿Por qué lo sigo deseando tanto? —Así es, me perteneces —susurró él con frialdad, sus ojos depredadores oscurecidos por el deseo, lo que me hizo soltar un gemido. —Eres mía. Te poseo —declaró. Esto es todo, el infierno que será mi vida. ______________ La ya de por sí drástica vida de Maeve Hawthorn fue aún más cuesta abajo cuando fue mantenida cautiva contra su voluntad por el oscuro y peligroso mafioso, Enzo De Luca. Su difunto padre debía 3 millones de dólares a la despiadada mafia y, después de trabajar toda su vida para pagar las otras deudas de su padre, Maeve no tenía otra forma de pagarle a Enzo. Ella tiene que cumplir sus órdenes y entregarle su cuerpo, dejándolo usarlo para su propio placer o él le quitaría la vida a ella y a la de la única persona que ama, su mejor amiga, a cambio del dinero. Al no tener otra opción, Maeve aceptó ser la mascota de la mafia. Enzo De Luca ha tenido sus ojos puestos en Maeve desde hace más tiempo del que puede recordar y al finalmente tenerla, existe un intenso deseo de poseerla, usarla y conservarla. Él no tiene la intención de enamorarse de ella, pero tampoco tiene la intención de dejarla ir. Ella es suya.

Estado:
Completado
Capítulos:
200
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4.9 9 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1.

MAEVE HAWTHORN.

Miré el cheque que apretaba con mis manos temblorosas y solté un suspiro pesado. Sabía que, al igual que todos los anteriores, tendría que sacrificarlo para pagar la deuda de mi padre.

Su muerte no fue tan repentina, considerando que llevaba meses enfermo. Pero yo fui demasiado cobarde para desconectarlo, a pesar de lo terrible que se portó conmigo hasta que murió hace una semana.

Sentí que mi mundo se desmoronaba a mis pies cuando, además de las deudas médicas, descubrí que mi padre debía dinero a otros prestamistas. Para que no me mataran, tuve que buscar trabajos extra, la mayoría mal pagados, solo para poder cumplir con los pagos.

«¿De verdad vas a vivir así, Maeve?», me pregunté mientras apoyaba la espalda contra la pared, esperando a que dejara de llover a cántaros.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos, pero llorar por algo que no puedo controlar es un lujo que no tenía. Incluso tras perder a mi padre, no tuve tiempo de llorarlo como otras hijas; no tuve tiempo para el duelo por todo lo que me dejó encima.

Miré la hora en mi móvil y me di cuenta de que casi era medianoche. En dos horas tenía que estar en el club donde trabajaba como camarera.

No tenía dónde caerme muerta, mi casero me había echado de casa. Gracias a mi mejor amiga y a mi novio, Theodore, las cosas no habían sido tan agobiantes.

Ambos eran mi arcoíris en un día sombrío y, gracias a ellos, podía pasar cada día sin pensamientos suicidas. Le envié un mensaje a mi novio por quinta vez esa noche y, como las cuatro anteriores, no obtuve respuesta.

Mi mejor amiga, Scarlett, estaba trabajando y no podía pasar a buscarme. Su casa también estaba más lejos, así que, sin otra opción, corrí bajo la lluvia tan rápido como mis piernas me permitieron.

Últimamente Theo también ha estado ocupado, así que no estaba enfadada con él por no contestarme cuando lo necesitaba. Como no había taxis, corrí a su apartamento, que era lo más cercano, y entré llamando al timbre como siempre.

Tenía los músculos doloridos y tiritaba mientras iba a la cocina a prepararme un café, cuando algo llamó mi atención.

Me detuve en seco. Vi los zapatos de Theo tirados por diferentes sitios y, no solo eso, había dos chaquetas, una de mujer y otra de hombre, además de un bolso.

¿Habría venido su hermana de visita?

Mientras subía las escaleras, un sexto sentido me decía que algo iba mal. Podía sentirlo en lo más profundo de mí con cada paso que daba, pero intenté quitarme esos pensamientos de la cabeza.

El sonido de un gemido femenino me hizo detener los pasos un momento. Mis ojos se abrieron como platos mientras seguía caminando, y con cada paso que me acercaba a su habitación, el sonido se hacía más fuerte.

Me sentí débil al acercarme y la voz se hizo más clara. No quería seguir caminando, quería dar media vuelta e irme. La rabia se instaló en mi interior, pero mis piernas parecían tener vida propia y me obligaban a seguir adelante.

—Te estás portando muy bien para papá —la voz de Theodore llegó hasta mí y me quedé helada; no podía creerlo. No soy ingenua, con esos sonidos ya me hacía una idea de lo que estaba pasando.

—Salta sobre esa polla, ¿quién es la niña de papá? —preguntó él. Mi sorpresa se convirtió rápidamente en furia mientras caminaba aún más rápido.

—Soy la niña de papá —respondió la voz femenina a su pregunta—. Más fuerte, papi, por favor. Quiero que me rompas el coño —añadió ella, y sentí asco.

Apreté el puño con rabia, rechiné los dientes y mi corazón latía como un tambor. Habría sido el momento ideal para dar media vuelta e irme, pero no pude; estaba demasiado negada como para dar media vuelta.

Theodore jamás haría algo así. Jamás me haría esto.

—Tu coño está tan apretado —gimió Theo y mi corazón se detuvo; también escuchaba el crujido de la cama— y tan jodidamente caliente, creo que me voy a correr —añadió justo cuando llegué a su habitación.

—Córrete dentro de mí, quiero que me llenes —respondió la chica, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, mientras saltaba sobre la polla de Theodore como si le fuera la vida en ello.

Theodore volvió a gemir y no podía creer lo que veía. Los observaba a ambos, envueltos en esas oleadas de éxtasis, y mis fosas nasales se dilataron.

El shock y la miseria me sacudieron mientras estaba frente a la puerta entreabierta; mi novio sujetaba la cintura de una desconocida rubia mientras ella tomaba el control.

Ella montaba su polla con desesperación y, como si no tuviera nada de malo, cambiaron de posición. Esta vez Theo tomó el control, embistiéndola en el coño con fuerza y desesperación.

Sentí un nudo en el pecho y un dolor tan intenso que mi visión se nubló. Un sollozo se escapó de mis labios entreabiertos y mis ojos escocían por las lágrimas mientras los veía disfrutar.

Mordí mi labio inferior hasta que palpitó al ritmo de mi corazón, apreté mi estómago mientras las lágrimas calientes resbalaban por mis mejillas.

Quería decir algo, quería detenerlos, pero mis cuerdas vocales me traicionaron y apenas pude soltar una palabra.

Ninguno de los dos se dio cuenta de mi presencia.

Mis manos cayeron a los lados, me dolía la garganta y mi visión se oscureció con el dolor de ver a mi novio teniendo sexo con otra mujer.

Mis dientes castañeteaban y mi cuerpo temblaba. Me quedé allí parada como una muñeca sin vida, mirándolos hasta que ambos salieron del orgasmo que los tenía atrapados; solo entonces se dieron cuenta de que estaba allí.

—¡Es que nunca te enseñaron a llamar a la puerta! —ladró Theodore. Su voz me sacó de mi aturdimiento. Con los ojos llorosos y la vista borrosa, levanté la mirada mientras él salía de la cama, sudoroso y completamente desnudo, mientras la chica seguía en la cama.

Mi boca estaba seca, como papel viejo y polvoriento, y mis labios temblaban. Me dolía el corazón y quería decir algo, pero solo abrí la boca; no salía ninguna palabra. Lo miré a los ojos y no vi ni un rastro de remordimiento en aquellos ojos oscuros.

—¿C— Cómo has podido? ¿Por qué? —logré forzar las palabras, pero en lugar de una respuesta, solo recibí una carcajada sonora y una mirada de desprecio por parte de mi novio.

—¿Por qué? Porque no eres más que una arpía aburrida y fea —escupió sin dudar—. ¿De verdad pensabas que estaba enamorado de ti? —preguntó, y sentí que mis rodillas flaqueaban.

—Nunca lo estuve, jamás podría amarte en un millón de años, Maeve. No solo eres fea, también eres muy jodidamente aburrida en la cama y no puedo pasar el resto de mi vida así.

—Mis llaves —continuó, extendiendo la mano. La mía temblaba; había mil cosas que quería hacerle en ese momento. Quería coger el jarrón de su mesita de noche y estrellárselo en la cabeza.

—Y después de entregármelas, quiero que salgas de mi apartamento y de mi vida. Como puedes ver, estoy mejor sin alguien como tú viviendo a mi costa —siseó.

¿Viviendo a su costa? ¿Cómo se atrevía a decir eso? Apenas le pedía cosas.

La rabia fluyó por mí como lava y rechiné los dientes. —He estado esperando este momento, pero pensé que te merecías otra oportunidad —mentí entre dientes mientras reía.

—¡Se acabó lo nuestro, Theodore! —grité, lanzándole las llaves a la cara y, sin pensármelo dos veces, salí corriendo.

Bajé las escaleras a toda prisa, cogí mi bolso y salí del apartamento sin importarme el aguacero que caía del cielo y de mis propios ojos.

Mi respiración se entrecortaba, mi pecho subía y bajaba y sentía un nudo en la garganta mientras corría sin mirar atrás. No tenía ni idea de cuánto había corrido bajo la lluvia, tenía la ropa empapada y finalmente me detuve para recuperar el aliento.

Mis ojos se llenaron de lágrimas que ni siquiera había dejado caer cuando murió mi padre. Sentí la traición en lo más profundo de mi corazón, desgarrando cada fibra de mi ser mientras hipaba.

¿Qué tan patética soy al pensar que Theo realmente me quería?

Debería haberlo sabido, vi las señales, pero estaba demasiado ciega por el amor loco que le tenía como para querer ver algún fallo en sus acciones.

Perdida en mis pensamientos, seguí caminando sin saber a dónde iba, hasta que choqué con algo que me hizo resbalar. Cerré los ojos con fuerza esperando el golpe contra el suelo, pero ese momento nunca llegó.

Abrí los ojos lentamente y justo delante de mí, a pocos centímetros de mi cara, estaban los ojos verdes más hermosos observándome.

Me quedé sin aliento al aspirar su colonia y, en ese momento, mi coño palpitó con tanta fuerza que pude sentir la humedad en mi ropa interior.

Su mano era áspera, firme, y me dio una extraña sensación de protección. Su boca firme se curvó y sus ojos verdes se movieron mientras me ayudaba a ponerme en pie. Sentía el corazón a mil mientras lo miraba; él también estaba empapado por la lluvia.

—¿Estás bien? ¿Te has torcido el tobillo? —preguntó. Su voz era tan profunda que sentí escalofríos recorrer mi columna vertebral.

—N— No— E— Estoy bien —balbuceé, tropezando con mis propias palabras mientras lo miraba, intentando distinguir su rostro, pero bajo el cielo iluminado por la luna solo lograba ver sus ojos verdes, su barba y su boca.

Chocar con su cuerpo poderoso no solo había detenido mis pensamientos, sino también el dolor que sentía justo antes de tropezar con él. Había captado totalmente mi atención y...

—Deberías hacerte una foto, te durará más —su voz me sacó de mi trance mientras me sonreía antes de desaparecer en la oscuridad. Ni siquiera pude pedirle disculpas.

Sin palabras y totalmente avergonzada por permitirme fantasear con otro hombre cuando acababa de ser herida al ver a mi novio follándose a otra, me di la vuelta para seguir caminando.

Mientras caminaba por la solitaria carretera, sentí una palma grande sobre mi hombro que tiró de mí con fuerza antes de cubrirme la nariz con un pañuelo.

De repente me sentí ligera; no pude entender qué estaba pasando antes de que mis ojos empezaran a fallarme y todo se volviera oscuro y silencioso.

¿Qué acaba de pasar?

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