Capítulo 1: El inicio
Ryuji Takeda colocaba en silencio las vendas en sus manos, sintiendo la tensión de su cuerpo mientras su mente se perdía en un recuerdo lejano. Tenía diez años cuando vio su primer combate de MMA. Estaba sentado en el suelo de su pequeño apartamento, un lugar modesto, con pocos muebles pero lleno de la calidez que solo su padre podía ofrecerle. Frente a él, la pantalla del televisor mostraba a un luchador japonés levantando el título de Pride, la promotora más grande del mundo.
El combate había sido épico, un verdadero duelo de titanes. El luchador japonés, con su enfoque implacable, esquivó el cross de su rival y, con una precisión impresionante, conectó un overhand que hizo que el oponente cayera pesadamente a la lona. El rugido de la multitud resonaba a través del televisor, y Ryuji, absorto, pensó: “Yo seré como él algún día.” Ese momento encendió una chispa que nunca se apagó.
“¡Takeda!“, gritó una voz, sacándolo de su recuerdo. Ryuji levantó la cabeza y regresó al presente, dejando atrás su recuerdo. Con determinación, se dirigió al gimnasio, un lugar al que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo. La sala era amplia y bien iluminada, con sacos de boxeo, peras, y sacos de kickboxing alineados a lo largo de las paredes. El color verde del espacio era acogedor, y una de las paredes era completamente de cristal, reflejando la figura de un joven de 17 años, de 178 cm, algo musculoso, con el pelo negro corto y una mirada decidida.
Allí, en el centro del gimnasio, se encontraba Hajime Nakamura, un hombre de 39 años con un rostro serio y una presencia imponente. Su mirada fija y su tono firme daban instrucciones precisas a los demás alumnos. “Perdón por tardar”, dijo Ryuji, inclinándose ligeramente en señal de respeto. Nakamura, sin apartar la vista de los demás, asintió con un leve movimiento de cabeza, indicándole que se uniera al calentamiento.
Ryuji se dirigió hacia donde su amigo, Kenji Tanaka, estaba esperando. Kenji, un exboxeador de 25 años, era conocido por su humor simple y directo. “¿Por qué llegas tarde? ¿Pisaste una caca en el camino?“, bromeó Kenji, soltando una carcajada.
Ryuji, sin perder la compostura, le respondió con seriedad, mientras comenzaba a saltar la cuerda: “Muy gracioso, Tanaka.”
Hoy era un día especial. Aunque era solo un torneo local, su primer combate amateur de MMA era una oportunidad que no iba a desperdiciar. Sabía que era un paso pequeño, pero cada avance lo acercaba más a su sueño. Cada golpe que lanzaba, cada entrenamiento, cada sacrificio, lo hacía sentir más cerca del octágono que había visto tantas veces a través de la pantalla, hace años.