Septiembre 22, 1989
Gomitas ácidas, el éxtasis de las comidas azucaradas: tiras arcoíris, regaliz relleno de crema, gomitas de gusanos, aros de cereza. Cualquiera de estas en tu boca era como morder un pedazo de cielo, un golpe de acidez en tu lengua que terminaba con un resto dulce bajando por tu garganta. Nada podría saber mejor.
Ibas frecuentemente a un 7-Eleven cerca de tu casa. Los precios ahí estaban bastante inflados, pero te parecía razonable, teniendo en cuenta que no tenías que ir hasta un supermercado para adquirir tus preciadas gomitas ácidas; simplemente caminabas un par de cuadras. Lo mejor de todo es que era autoservicio y estaba abierto las 24 horas.
Era un viernes por la noche. Hoy tu mamá tenía turno en el casino de bartender y, además, no había nada muy apetecible para cenar en la despensa. Ansiabas aquella sensación ácida en tu boca una vez más, estos antecedentes eran razón suficiente para tomar tu abrigo y dirigirte a tu 7-Eleven de confianza.
El sonido de la campanilla ubicada sobre la puerta de la tienda ya era familiar para ti. Entraste sin dudarlo y miraste a tu alrededor. Como de costumbre, sonreíste y agitaste tu mano a las cámaras repartidas por las esquinas de la tienda. Qué bueno que es una tienda autoservicio; qué vergüenza si alguien te viera, alguien que no fuera el guardia detrás de las cámaras, por supuesto. A este punto sentías que tenías algún tipo de relación unilateral con quien fuera que estuviese mirándote en ese momento, un poco inquietante si lo pensabas bien.
Miraste entre los estantes, primero tomando un vaso de fideos instantáneos sabor carne de res para luego pasar a tu decisión más difícil: la sección de dulces.
Te paraste frente a la diversidad de bolsas de gomitas ácidas. A veces te gustaba cerrar los ojos e imaginar que eras un millonario. Definitivamente tendrías una habitación enorme con estantes llenos con todos los tipos de gomitas y dulces ácidos que existieran. Pero, como no era el caso, tenías que elegir sabiamente una sola bolsa y asegurarte de que no te arrepentirías de tu decisión cuando llegues a casa.
Había tubos de regaliz recubiertos con ese celestial polvo azucarado mezclado con pequeños cristales ácidos, aros de arándano, cereza y limón, tiras arcoíris, sabor chicle, sabor sandía, sabor naranja, y ya no querías ver más porque, si no, iba a ser imposible decidir.
Estabas intentando recordar en tu mente el sabor de cada una de las gomitas para así decidir cuál era la que querías comer en ese momento, cuando el sonido de la campana te sacó de tu trance mental. Instintivamente te volteaste a ver quién había entrado, ni siquiera lo pensaste; ya sabes, un instinto humano que todos tenemos.
Un chico ojeroso, con un cabello oscuro que lucía como si estuviese mojado (dándole el beneficio de la duda de si estaba mojado porque había tomado una ducha o lucía así porque en realidad estaba grasoso y no se había bañado) , y lo que más te llamó la atención de aquel extraño individuo: llevaba una gabardina negra que llegaba hasta sus rodillas.
Hiciste contacto visual con él por unos segundos antes de voltear rápidamente y comenzar a toquetear los paquetes de gomitas delante de ti como si estuvieras muy ocupado, mientras intentabas observar de reojo. Viste cómo caminó directamente a la máquina de Slurpees. Te pareció que la noche era demasiado fría para un granizado, pero ¿quién eras tú para juzgar?
Te concentraste nuevamente en los paquetes de gomitas, cruzaste los brazos y centraste toda tu energía en pensar en ello. Cuando estabas a punto de rendirte y elegir uno al azar, la repentina voz del chico granizado casi te dio un paro cardiaco.
—"Cereza" —te dijo mientras pasaba de largo y se dirigía al mostrador para pagar su compra.
—"¿Disculpa?" —lo miraste confundido, y esta vez, en lugar de pasar de largo, te devolvió la mirada.
—"Cereza, cereza es un buen sabor" —te dijo, apuntando el paquete de gomitas de aros de cereza con su vaso. Notaste que su vaso contenía un color rojo. Asumiste que realmente le gustaba la cereza, ya que era el único de color rojo de los tres sabores de Slurpees que estaban disponibles.
—"¿Oh? Gracias" —dijiste, pero el chico ni siquiera se volvió a verte; simplemente salió por la puerta en cuanto había pagado. Qué tipo más raro.
—"Cereza será entonces" —dijiste luego de tomar el paquete en tu mano y llevarlo junto a los fideos instantáneos que ya habías elegido para, por fin, pagar e irte a casa. Aunque no pudiste evitar mirar de reojo aquella máquina brillante de granizados.