El guardian-LGBT

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Sinopsis

Ben solo tenía quince años cuando su madre murió, nunca conoció a su padre y no se atrevió a preguntar por él. Huérfano quedó al cuidado de su tía soltera, Ana, y vivió una vida normal y aburrida como contable hasta su cumpleaños número treinta. Tenía una cita con un espectacular, hombre de sus sueños, cuando este se convirtió en animal. Ben descubre la herencia heredada de su padre y descubre un mundo extraordinario, pero solo tiene el diario de su tatarabuelo para ayudar.

Genero:
Adventure/Fantasy
Autor/a:
Alix
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

El primer paso al abismo

Ben no podía dejar de mirar su reloj de pulsera. 8:05 PM. Thomas Hale estaba tarde, y cada minuto que pasaba aumentaba su ansiedad. Había revisado su reflejo en el vidrio del restaurante tantas veces que el camarero le dedicó una sonrisa incómoda.


“Cálmate, Ben. Si esto es una broma cruel, al menos no te quedaste en casa viendo una maratón de documentales sobre contabilidad.”


Pero algo en el aire era extraño esa noche. Una brisa fría se colaba por la puerta del restaurante cada vez que alguien entraba, y Ben sentía un hormigueo en la nuca que no podía explicar. Se tocó el cuello instintivamente.


Cuando la puerta finalmente se abrió, el corazón de Ben dio un salto. Allí estaba Thomas, impecable como siempre. Su camisa negra parecía pintada sobre sus músculos, y sus ojos oscuros brillaban con algo más que simple interés.


—¿Llevas mucho esperando? —preguntó Thomas, con esa voz grave que hacía que las piernas de Ben se sintieran de gelatina.


—N-no, nada en absoluto. Solo cinco minutos. —Ben mintió y soltó una risa nerviosa.


Thomas sonrió y tomó asiento frente a él, su presencia llenando el pequeño espacio. Hablaron de cosas triviales al principio: el gimnasio, el tráfico, los planes para el verano. Pero había algo en los ojos de Thomas que parecía... diferente. Como si estuviera evaluándolo, esperando una señal.


Todo iba bien, o eso pensaba Ben, hasta que los postres llegaron a la mesa. Mientras Thomas levantaba su cuchara, la luz de la lámpara sobre ellos parpadeó, y de repente, Ben vio algo que lo hizo congelarse en su lugar.


Por un instante, los ojos de Thomas no eran ojos humanos. Eran dorados, intensos, con pupilas verticales, como los de un toro. Y no era solo eso: una silueta borrosa lo envolvía, como una sombra más grande que su cuerpo, con cuernos que parecían tallados en obsidiana.


Ben parpadeó, su respiración acelerada. Cuando volvió a mirar, Thomas era el mismo de siempre, pero algo había cambiado.


—¿Estás bien? —preguntó Thomas, dejando su cuchara a un lado.


Ben asintió rápidamente, aunque sentía que el mundo giraba a su alrededor. “Estoy alucinando... Debe ser el estrés o la falta de sueño.”


—Solo un poco de calor. Nada serio.


Pero no era el calor. Era algo más. Algo que Ben no podía entender, pero que lo obligaba a enfrentarse a una verdad que había ignorado toda su vida.


Cuando la cena terminó, Thomas insistió en acompañarlo hasta su departamento. El camino estuvo lleno de un incómodo silencio. Al llegar a la puerta, Ben se detuvo y lo miró con cautela.


—Gracias por la cena, Thomas. Fue... interesante.


Thomas inclinó la cabeza, estudiándolo como si pudiera leer su mente, se despidió con una sonrisa y se alejó por la calle.


--


La noche fue una prisión para Ben. Apenas cerraba los ojos, las imágenes volvían una y otra vez. Un libro de cuero marrón oscuro, desgastado por el tiempo, se materializaba en sus sueños, flotando entre sombras. Las páginas se movían solas, y figuras extrañas, medio humanas, medio bestias, saltaban de ellas como si estuvieran vivas. Un susurro gutural lo llamaba por su nombre, haciendo que despertara cubierto de sudor frío.


Al amanecer, intentó convencerse de que solo eran sueños. Sin embargo, algo en su pecho le decía que había más.


Ese día, Ben tenía un compromiso que no podía eludir. Su tía Ana, que lo había cuidado desde la muerte de su madre, finalmente se mudaría a un asilo. Ben sabía que le costaba aceptar dejar su hogar, pero su avanzada edad hacía la decisión inevitable.


Cuando llegó a la vieja casa de su infancia, la encontró llena de cajas y recuerdos. Ana, sentada en su sillón favorito, parecía más pequeña y frágil de lo que recordaba.


—Hola, tía. ¿Lista para tu nueva aventura? —preguntó Ben, forzando una sonrisa.


—Aventura... claro, si contar las pastillas todas las mañanas cuenta como tal —bromeó Ana con un deje de melancolía.


Mientras organizaban las cajas, Ben se detuvo en un armario al fondo de la sala. Allí, entre mantas y fotografías antiguas, encontró algo que hizo que su piel se erizara: un libro de cuero marrón oscuro, exactamente igual al de sus sueños.


—Tía Ana, ¿qué es esto?


Ana levantó la mirada, sus ojos llenos de sorpresa al reconocerlo.


—Ah, eso... Es el diario de Efraím, tu tatarabuelo. Nunca lo mencioné porque siempre pensé que era solo una reliquia sin sentido. Está escrito en un idioma que nadie en la familia pudo leer.


—¿Por qué lo guardaste? —preguntó Ben, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.


—Tu madre quería que lo tirara, pero yo no podía. Algo en mí decía que era importante, aunque nunca entendí por qué.


Ben abrió el libro con cuidado, el cuero crujió bajo sus dedos. Al principio, las letras parecían un galimatías incomprensible, un idioma antiguo y perdido. Pero luego, ante sus propios ojos, las palabras comenzaron a reordenarse. Símbolos y frases crípticas se transformaron en un inglés claro.


—¿Qué diablos...? —murmuró Ben, sintiendo que el aire se volvía más pesado.


—¿Qué pasa? —preguntó Ana, viendo el rostro pálido de su sobrino.


—Puedo leerlo.


Ana lo miró fijamente, sus ojos llenos de incredulidad.


Ben empezó a leer en voz alta:


“Efraím Blackburn, 1847. Este diario no es solo un relato de mi vida, sino un bestiario que detalla las criaturas que acechan en las sombras del mundo. Soy un cazador, el último de una larga línea destinada a proteger la frontera entre lo humano y lo sobrenatural.”


Cada palabra resonaba en la habitación como un eco de algo mucho más grande. Ben pasó las páginas rápidamente, viendo ilustraciones detalladas de cambiaformas, vampiros y otros seres que apenas podía comprender.


—Efraím era... un cazador —murmuró Ben.


Ana se llevó una mano al pecho, incrédula.


—Siempre pensé que las historias de la familia eran exageraciones. Pero si puedes leer eso, Ben, entonces quizá... —La voz de Ana se quebró—. Quizá eso signifique algo para ti.


Ben cerró el libro lentamente, sintiendo el peso de las palabras de su tía. El sueño, el diario, Thomas... Todo comenzaba a encajar, pero al mismo tiempo, le abría las puertas a un mundo que nunca pidió conocer.


Ben regresó a su departamento con el diario de Efraím bajo el brazo, sintiendo que cargaba mucho más que un simple libro. Había algo casi vivo en él, como si su presencia irradiara una energía ancestral.


Dejó el diario sobre la mesa del comedor y se sirvió un café. Sabía que estaba a punto de adentrarse en algo más grande de lo que jamás habría imaginado. Mientras bebía el primer sorbo, abrió el diario con cuidado, deteniéndose en la primera página legible.


“Aquel que herede este diario debe entender que nuestro deber no es solo cazar lo que amenaza el equilibrio, sino también proteger lo que lo mantiene. Somos guardianes, no jueces. Las criaturas del mundo sobrenatural existen por una razón, y algunas necesitan nuestra protección tanto como los humanos.”


Ben dejó la taza a un lado, completamente absorto. "Guardianes." La palabra resonaba en su mente. Había crecido pensando que su familia no era más que un linaje de gente común. Sin embargo, las palabras de Efraím pintaban una imagen completamente diferente.


Pasó las páginas, deteniéndose en una sección titulada "Clasificación del Sobrenatural". Había ilustraciones detalladas de criaturas con anotaciones a mano, cada una dividida en dos categorías principales:


•Depredadores: Criaturas que, por naturaleza o instinto, representan un peligro para el equilibrio entre lo humano y lo sobrenatural. Vampiros, cambiaformas agresivos, y ciertos espectros.


•Presas: Seres que, aunque sobrenaturales, son vulnerables a la persecución de depredadores o humanos. Estos incluían duendes, nahuales benévolos, y espíritus protectores.


Una ilustración llamó especialmente su atención: un hombre a medio camino entre humano y lobo. La descripción lo identificaba como un cambiaformas, también conocidos como "Nahuales" en la tradición mesoamericana.


“Los Nahuales son cambiaformas ligados a la tierra. Aunque algunos se convierten en depredadores, muchos son protectores de su comunidad y actúan como guías espirituales. Es deber del Guardián diferenciarlos y decidir su destino.”


Ben no podía apartar los ojos de las palabras. "Thomas..." El recuerdo de su cita, de los ojos dorados y la sombra con cuernos, llenó su mente. ¿Era Thomas un depredador o una presa?


La pregunta lo atrapó mientras seguía leyendo. Efraím hablaba de encuentros con seres sobrenaturales, algunos aterradores, otros profundamente tristes. No todo era blanco y negro. El trabajo de un Guardián no era eliminar a las criaturas sobrenaturales indiscriminadamente, sino mantener el equilibrio, protegiendo tanto a los humanos como a las criaturas que lo necesitaban.


Por un momento, el miedo que había sentido al descubrir este mundo comenzó a desvanecerse, reemplazado por una sensación inesperada: fascinación.


Ben cerró el diario por un momento, apoyándose en la silla. Su vida había cambiado irrevocablemente. Ya no era un simple contador atrapado en la rutina diaria. Había heredado un legado, uno que implicaba decidir el destino de seres que ni siquiera sabía que existían.


La pregunta ahora era: ¿Estaba preparado para aceptarlo?


---



El encuentro con Thomas se dio días después de descubrir el diario de Efraím. Ben no podía soportar la incertidumbre que lo carcomía desde su última cita. Si Thomas era lo que sospechaba, necesitaba respuestas.


Lo citó en un café al aire libre, buscando un ambiente neutral. Thomas llegó puntual, con su porte imponente y su cabello largo atado hacia atrás. Su sonrisa usual estaba ausente, reemplazada por una expresión cautelosa.


—¿De qué querías hablar? —preguntó Thomas mientras tomaba asiento frente a Ben.


Ben tomó aire, intentando calmar sus nervios.


—Quiero saber la verdad.


Thomas frunció el ceño.


—¿De qué estás hablando?


Ben sacó el diario de su mochila y lo colocó sobre la mesa.


—De esto. Sé lo que eres, Thomas. Sé que no eres humano.


El rostro de Thomas permaneció impasible, pero sus ojos se endurecieron.


—No entiendo de qué hablas.


—No me mientas. —La voz de Ben tembló—. Vi lo que ocurrió aquella noche. Tu sombra no era humana, y ahora sé que el mundo está lleno de cosas que no debería ignorar.


Thomas soltó una risa seca, aunque no había humor en ella.


—Tienes mucha imaginación, Ben. No hay “seres sobrenaturales”. Es solo un mito.


—¿De verdad? —replicó Ben, señalando el diario—. Porque parece que mi familia ha estado lidiando con ellos durante generaciones.


Thomas se inclinó hacia adelante, su mirada intensa.


—Escucha, Ben. No tienes idea de lo que estás diciendo. Este mundo es más peligroso de lo que imaginas. Si quieres un consejo, quema ese diario y olvida todo.


Sin esperar respuesta, Thomas se levantó y se fue, dejando a Ben con más preguntas que antes.


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En el trabajo, Ben intentó concentrarse, pero las palabras de Thomas y las revelaciones del diario lo atormentaban. Estaba procesando números cuando una sensación opresiva se apoderó de él.


El aire a su alrededor parecía espeso, y su pecho comenzó a doler. Un ataque de pánico lo golpeó con fuerza, haciéndolo tambalearse hacia la sala de descanso.


Allí, mientras luchaba por respirar, ocurrió algo extraordinario. Sus ojos comenzaron a arder, y de repente, el mundo cambió.


Las almas de las personas a su alrededor se revelaron. Algunos compañeros brillaban con una luz suave y cálida, pero otros tenían formas inquietantes: un hombre con ojos inhumanos que parecían arder, una mujer cuya sombra se alargaba más de lo natural, y otro colega cuya alma mostraba trazos de escamas y una cola reptiliana.


Ben se tambaleó hacia atrás, horrorizado. El mundo no era lo que parecía.


Cuando volvió a su escritorio, estaba claro que no había vuelta atrás. Ahora podía verlos, y sabía que ellos también podían verlo.