Cuando éramos jóvenes
Nuestra historia de amor tardó 23 años en hacerse realidad. Conocernos no fue un accidente ni una coincidencia. Fue el destino. Estaba escrito en las estrellas y ocurrió cuando todas se alinearon. Un millón de pequeñas cosas tuvieron que encajar a la perfección. Gente tuvo que morir, nacer y encontrarse en el momento exacto para asegurar que nuestro amor floreciera. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, la conexión se forjó. Fue instantáneo. Y no hubo tiempo ni distancia capaz de romperla.
No importaba que solo fuéramos unos niños cuando pasó. El destino no entiende de edades ni de prejuicios.
Pero aun con todo el esfuerzo que el destino puso para unirnos, nuestra historia de amor tuvo sus fallas. No faltaron las pruebas ni las dificultades. Nadie pasa la vida entera sin momentos de duda, celos o enojo.
Superar esos tiempos difíciles como uno solo es lo que hace que nuestro amor sea de esos que no se olvidan. Y todo empezó cuando dos niños se conocieron.
—¡Bianca! —me llama mi madre desde el patio, mientras juego con mis muñecas en el jardín.
—¡Ya voy, mami! —empiezo a guardarlas en mi canasta cuando oigo pasos que se acercan.
—Quiero que conozcas al hermano pequeño de Jim. —Me pongo de pie y me sacudo el vestido. Miro hacia arriba, pero al darme la vuelta mis largos rizos oscuros me tapan la cara. Me aparto el pelo y soplo con fuerza, frustrada por los pelos que siguen estorbando. Cuando por fin los miro de frente, lo veo por primera vez y me quedo helada. La luz del sol sobre su pelo oscuro saca unos tonos dorados que lo hacen parecer casi un ángel. El ceño fruncido de su cara desaparece poco a poco y sus grandes ojos marrones se suavizan.
Doy un paso al frente y él hace lo mismo, acercándose a mí. —Este es Steven; Steven, esta es mi hija Bianca. —Me pierdo en sus ojos hasta que sonríe y veo sus profundos hoyuelos. Sonrío yo también, llena de emoción.
—¡Hola, Steven! ¿Quieres ver el cuarto de juegos? —Él no deja de sonreír y asiente con la cabeza un poco ladeada. Doy una palmadita y empiezo a caminar hacia la casa.
Cuando me alcanza y camina a mi lado, me toma de la mano y entrelaza sus dedos con los míos. Miro nuestras manos y siento mariposas en la panza. Al levantar la vista, sus ojos se encuentran con los míos. Tiene una sonrisita pícara en la cara y siento que las mariposas quieren escaparse.
Pasamos toda esa tarde, y cada tarde de aquel verano, siendo inseparables.
Se suponía que al final del verano él volvería a vivir con su mamá.
Cuanto más se acercaba el final, más triste me ponía.
Recuerdo la que debía ser su última noche. Inventamos cualquier excusa para quedarnos despiertos un rato más. Cuando se nos acabaron los pretextos, mi mamá y su hermano nos mandaron a dormir. Fuimos tomados de la mano hasta la puerta de mi cuarto con la cabeza baja. Al detenernos frente a mi puerta, con mi manita en el pomo, él me jaló para darme un abrazo. Solté el pomo y le rodeé la espalda con mis brazos.
Mientras apoyaba la cabeza en su hombro, una lágrima rodó por mi mejilla regordeta. Sentí un nudo en la garganta y cerré los ojos con fuerza.
—Te voy a extrañar mucho, Steven —sollocé—. Desearía que no te tu-tuvieras que ir —dije tartamudeando.
—Yo te voy a extrañar más, Pooks. Quisiera no tener que volver con mi mamá —dijo apoyando su cabeza contra la mía—. Pero te prometo que volveré para Acción de Gracias, y también para Navidad. —Me aparté para mirarlo con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad? —susurré gritando, para que mi mamá no me oyera. Él asintió con una pequeña sonrisa.
—Sí, lo prometo. Ya hablé con mi hermano y me prometió que podría venir a quedarme aquí en las vacaciones. —Con una nueva esperanza, me lancé hacia él para apretarlo fuerte entre mis brazos.
—No puedo esperar a que sea Acción de Gracias —susurré. Él soltó una risita y me besó la mejilla antes de soltarme.
Sentí que la sangre me subía a la cara de la vergüenza. Miré al suelo, incapaz de sostenerle la mirada. —Buenas noches, Steven. —Lo miré por debajo de las pestañas y vi que sus mejillas también estaban coloradas.
—Buenas noches, Bianca. —No se fue hasta que entré en mi cuarto y cerré la puerta.
Fui feliz por apenas un segundo. Pero a cada paso que daba hacia mi cama, esa sensación se iba y estaba a punto de llorar otra vez. Para cuando me metí bajo las mantas, ya estaba llorando a moco tendido. Me puse de lado, en posición fetal, con la punta de la sábana apretada contra la boca para que no se oyeran mis llantos.
No sé cuánto tiempo llevaba llorando cuando oí:
—¿Bianca? —Me quedé tiesa al oír la voz de Steven. Me incorporé y me giré para verlo. Sus grandes ojos marrones estaban vidriosos y tenía la nariz roja, como si él también hubiera estado llorando—. ¿Puedo dormir contigo esta noche? —preguntó con la voz temblorosa.
Me mordí el labio inferior y asentí. Él no perdió el tiempo; se metió bajo las cobijas y apoyó la cabeza en la almohada.
Steven abrió los brazos con una sonrisa. Yo le devolví el gesto y apoyé mi cabeza en su hombro. Él me rodeó con sus brazos mientras yo me acurrucaba contra él. —Dulces sueños, Pooks —susurró mientras yo cerraba los ojos.
—Dulces sueños, Steven. —Intenté con todas mis fuerzas quedarme despierta lo más posible. Pero, de repente, el sol que entraba por la ventana me despertó.
Me senté rápido y miré a mi alrededor. Enseguida se me saltaron las lágrimas otra vez al ver que Steven ya no estaba. —¡Ay no, se me fue! ¡No puede haberse ido ya! —Luché por salir de la cama, pero mis piernas se enredaron con las sábanas. —Malditas cobijas —mascullé.
Finalmente logré poner los pies en el suelo, abrí la puerta de mi cuarto de golpe y choqué de frente con Steven, que estaba allí parado. Lo tiré al suelo del impacto.
—¡Bianca! —gritó mientras caía al piso conmigo encima.
—¡Ah! ¡Steven! ¡No te has ido todavía! —grité rodeando su cuello con mis brazos.
—¡Pooks, me estás ahorcando! —Me eché hacia atrás con la boca abierta en forma de O. Me quité de encima y me puse de pie de un salto. Le ofrecí la mano para ayudarlo a levantarse. Él la tomó sonriendo y sacudiendo la cabeza. —No, todavía no me he ido. —Me tomó las dos manos y se inclinó hacia adelante, acercando su cara a la mía—. ¡Mi mamá y mi hermano dicen que me puedo quedar! ¡Mientras mantenga mis notas altas, me puedo quedar! —Abrí los ojos como platos, solté un grito de alegría y empecé a saltar. Solté sus manos y me colgué otra vez de su cuello, haciéndole perder el equilibrio. Los dos caímos al suelo de nuevo, riéndonos esta vez como locos.
Esa cercanía entre nosotros no hizo más que crecer a medida que pasaban los años. Donde estaba uno, estaba el otro. No importaba que él fuera cuatro años mayor que yo.
Al menos, así fue hasta que llegó el momento de que se fuera a la universidad...
Me senté a los pies de la cama de Steven mientras él hacía la maleta. Agarró un montón de calcetines y calzoncillos y los echó dentro sin pensar mucho. Sacudí la cabeza y empecé a doblarlos con cuidado. —Para ser alguien que intenta que me quede, parece que te estás esforzando mucho en dejarme todo bien doblado —me molestó mientras me apretaba suavemente el lóbulo de la oreja.
—Tal vez si ves cuánta falta te hago, decidas quedarte o llevarme contigo —dije haciendo un puchero.
—Tienes 15 años, no puedes venirte a la universidad conmigo. Acabas de empezar la secundaria. Además, volveré para las vacaciones y el tiempo pasará volando. Te lo prometo. —Luché contra las ganas de llorar; me ardían mucho los ojos. He estado enamorada de Steven desde que mi mamá se casó con su hermano. Y aunque técnicamente debería ser mi tío, nunca lo he visto así, y él nunca me ha tratado como a una sobrina. Ha sido mi mejor amigo los últimos diez años.
—Te vas a ir y te vas a olvidar de mí. Harás nuevos amigos y tendrás novia. Y yo dejaré de existir. —Incapaz de aguantar más, las lágrimas rodaron por mis mejillas. Cuando él se dio la vuelta con las manos llenas de camisetas, las tiró rápido en la maleta para poder cargarme. Enredé mis piernas en su cintura y mis brazos en sus hombros, escondiendo la cara en su cuello mientras él se sentaba conmigo en su regazo.
—Oye, mírame. —Negué con la cabeza contra su cuello. Me obligó a levantar la cara y me tomó las mejillas con las manos. Al mirarlo a los ojos, vi que los suyos también estaban vidriosos. —¡Ey! Nunca podría olvidarme de ti. Te quiero mucho, Pooks. —Él sabía que odiaba ese apodo, pero en ese momento no me importó oírlo—. En cuanto termine la escuela, vendré por ti. No habrá otras chicas. —Le di una sonrisa a medias.
—Sé que dices eso solo para que deje de llorar. No soy tonta, Steve. Sé que las chicas se te van a aventar. Pero vas a volver y te casarás conmigo. —Él soltó una carcajada y eso me alegró el corazón, como siempre.
—Sabes que sí. Y te prometo que nunca habrá otra. Para mí solo existes tú. —Me dio un abrazo apretado y presionó sus labios contra los míos. Se sintieron increíble. Cerré los ojos sintiendo cómo el calor se extendía por todo mi cuerpo y me derretí en sus brazos. Me pegó más a él y su pecho quedó contra el mío. Se apartó un poco, pero me dio unos cuantos besitos más antes de apoyar su frente contra la mía. Sonreí de oreja a oreja, sabiendo que él quería besarme tanto como yo a él.
Me besó una vez más antes de levantarse y volver a sentarme con cuidado en la cama. Me dio un beso en la frente. Me quedé allí sentada, volviendo a doblar sus camisetas desordenadas mientras él seguía empacando.
Saber que volvería y que sentía algo por mí fue lo único que evitó que me desmoronara por completo.
Tres meses; ese era el tiempo que tendría que pasar sin él. Solo tres meses. No podía ser tan difícil, ¿verdad?