𝘽𝙚𝙩𝙬𝙚𝙚𝙣 𝙇𝙞𝙜𝙝𝙩𝙨 𝙖𝙣𝙙 𝙎𝙝𝙖𝙙𝙤𝙬𝙨

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Sinopsis

Entre luces y sombras, Hatsune Saeki camina una línea que apenas distingue. En la superficie, su vida es un lienzo de perfección: galerías brillantes, rostros admirados y aplausos vacíos. Pero en el fondo, la oscuridad susurra secretos que no puede ignorar. El pasado siempre encuentra una forma de regresar. Los Haitani, pilares de su infancia, representan el ancla de un vínculo inquebrantable en un mundo que no perdona debilidades. Pero es Sanzu, con su presencia abrasiva y su sonrisa cargada de peligro, quien la empuja hacia un abismo que nunca imaginó explorar. En el caos de Bonten, donde la ambición consume todo a su paso, Hatsune descubre que incluso la belleza puede corromperse, y que el amor, a menudo, duele más que la soledad. “Between Lights and Shadows” es un retrato de dualidades, un descenso íntimo hacia la contradicción de ser: una mujer atrapada entre la vida que eligió y la que nunca pudo abandonar.

Estado:
En proceso
Capítulos:
18
Rating
5.0 7 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1. 𝙇𝙖𝙯𝙤𝙨 𝙛𝙤𝙧𝙟𝙖𝙙𝙤𝙨 𝙚𝙣 𝙨𝙤𝙡𝙚𝙙𝙖𝙙

Between Lights and Shadows

Advertencia

Estos escritos son un reflejo de mi realidad deseada, un mundo construido a partir de vivencias, emociones y fantasías personales. Aunque aborda temas complejos como el crimen, la pérdida, la violencia y las relaciones humanas, mi intención no es romantizarlos ni trivializarlos.


Cada línea escrita explora emociones y perspectivas que forman parte de mi universo interno, revelando la conexión única entre mi esencia y las realidades que he experimentado.





Lazos forjados en soledad

Me llamo Hatsune Saeki. Nací un 9 de marzo, y tengo 28 años. Crecí en Minato, un distrito de Tokio envuelto en lujo y exclusividad, donde todo parecía diseñado para impresionar. Pero la perfección es un espejismo. Mi familia, aunque acomodada, estaba rota de formas que no podían verse desde afuera. Mi padre, Ryoichi Saeki, un magnate del transporte, dueño de un imperio logístico que lo absorbía por completo. Mi madre, Itso Saeki, una escritora de novelas de suspenso cuya mente parecía siempre perdida entre personajes e intrigas ficticias. Entre ellos, el espacio para sus hijas era un vacío frío e impenetrable.

Ese vacío lo llenaba mi hermana mayor, Himari. Ella era mi refugio, mi brújula, y la persona que más admiraba. Himari iluminaba todo a su paso, como si su risa y su calidez pudieran sostener un mundo que amenazaba con desmoronarse. Fue gracias a ella que conocí a los Haitani, dos hermanos que, aunque entonces no lo sabía, cambiarían el rumbo de mi vida.

Tenía siete años cuando nuestras vidas se cruzaron por primera vez. Nuestras familias, ambas influyentes y conectadas con el mundo de los yakuza de forma velada, coincidían en reuniones sociales exclusivas. Sin embargo, no fue en esos eventos donde realmente conectamos, sino en las clases de jiujitsu. Mi interés por las artes marciales era personal, mientras que Ran y Rindou asistían por mandato de su padre, un hombre que veía en la disciplina y las cicatrices un escudo contra la debilidad.

Al principio, nuestro trato era distante, casi forzado. Pero Himari, con su calidez inquebrantable, rompió esa barrera. Después de una clase, los invitó a cenar en nuestra casa, y en esa noche sencilla nació un lazo que no sería fácil de romper.

Los Haitani y yo compartíamos más de lo que admitíamos en ese entonces: el aislamiento que acompaña a una vida de privilegios, la ausencia de padres absorbidos por sus propios mundos, y una soledad que, aunque distinta en forma, era la misma en esencia. Con Rindou encontré un compañero de tardes infinitas: películas, conversaciones sin rumbo, y un entendimiento silencioso que no necesitaba explicaciones. Ran, por su parte, era como un hermano mayor. Entre nosotros había un respeto tácito, cimentado por nuestro amor compartido por el arte. Y aunque nunca lo dijo, siempre supe que estaba enamorado de Himari.

Los años pasaron y la vida comenzó a cambiar. Los Haitani, impulsados por un espíritu rebelde, dejaron el jiujitsu y se adentraron en el mundo de las pandillas. Su evolución no me sorprendió; siempre hubo algo inquietante y seductor en su forma de enfrentar la vida. Un año en un reformatorio solo consolidó su determinación de tomar Roppongi como suyo.

Sin embargo, el mayor giro en mi vida llegó el 22 de diciembre de 2004. Himari murió en un accidente automovilístico mientras estaba de vacaciones con amigas. Ese día, mi mundo se detuvo. La luz que iluminaba mi vida se apagó, dejándome a ciegas en una oscuridad sofocante. Me alejé de todo y de todos, incluidos los Haitani, que poco después se mudaron a Roppongi.

Mi aislamiento terminó gracias a dos personas inesperadas: Mitsuya Takashi y Yuzuha Shiba. Los conocía de la escuela, pero nunca habían llamado mi atención hasta aquel día en el que Mitsuya intervino en una pelea que, según él, yo ya tenía controlada. Fue un encuentro extraño, casi cómico, pero marcó el inicio de una amistad que lentamente me devolvió al mundo.

Mitsuya me llevó a la Tokyo Manji, donde conocí a Baji Keisuke. Entre encuentros casuales y largas conversaciones, creí encontrar algo parecido al amor, pero Baji era un enigma: constante y ausente al mismo tiempo. Decidí alejarme, convencida de que la incertidumbre no era algo que quería en mi vida.

Fue entonces cuando, en medio del caos de la pelea entre la Tokyo Manji y Tenjiku, me reencontré con Ran y Rindou. Para ese momento, ya eran figuras legendarias en el submundo. Con Ran, retomé la confianza de inmediato; nuestra relación siempre había sido sólida. Pero con Rindou fue distinto. Los sentimientos que habíamos enterrado empezaron a resurgir, y al cumplir 18 años, nuestra relación dejó de ser solo amistad.

Durante dos años fuimos pareja. Fueron días llenos de juventud y esperanza, pero al final tomamos caminos distintos. Yo me enfoqué en mi educación y en fundar la Galería Himawari, un homenaje a Himari. Rindou, junto a Ran, desapareció en un mundo del que prefería no saber demasiado.

A los 24 años, sentí que había conquistado el mundo que imaginé para mí. Era una fotógrafa reconocida, con exposiciones internacionales y una galería propia que bauticé Himawari, un tributo silencioso a mi hermana. Pero la vida, como siempre, tenía otros planes. Fue entonces cuando volví a encontrarme con Rindou, por tercera vez, en circunstancias que jamás habría anticipado.

No buscaba revivir nuestra historia. Algo en mí insistía en que nuestras separaciones no eran casuales, que quizá había razones más profundas detrás de ellas. Sin embargo, el destino —si tal cosa existe— nos seguía entrelazando en momentos y lugares inesperados. Ese reencuentro ocurrió en Corea, en una galería repleta de murmullos y luces tenues. Admiraba una pintura que me resultaba inquietante, cuando escuché una voz que reconocí al instante:

—Siempre tienes esa mirada perdida, Hatsune.

Me giré y ahí estaba, sosteniendo una copa de vino. Su cabello era distinto, ya no usaba lentes, pero su rostro conservaba aquella mezcla de serenidad y misterio que siempre me desconcertó. Nos saludamos como si no hubieran pasado años, como si nunca hubiéramos dejado de conocernos.

Cuando regresé a Tokio, comenzamos a vernos con frecuencia. Fue entonces cuando Rindou, en un gesto de honestidad inusual, me reveló lo que ya sospechaba: él y Ran formaban parte de Bonten, la organización criminal más poderosa del país. No fue una sorpresa. Había oído susurros en las fiestas de la élite donde el nombre de Manjiro Sano flotaba como un rumor inquietante, acompañado de historias sobre sus hombres más cercanos.

Con el tiempo, nuestras interacciones se tornaron menos casuales. Rindou no tardó en pedirme que formalizáramos lo que había comenzado a florecer de nuevo entre nosotros. Acepté, no sin reservas. En ese mundo, las relaciones eran un acto de fe y peligro. Pero algo en la forma en que nuestros caminos siempre se cruzaban me hacía creer que esta vez, la tercera, sería la definitiva.

Fue un año después cuando Kakucho apareció en mi galería, justo antes del cierre. Había sido un visitante habitual, pero esa vez algo en su expresión indicaba que tenía otros motivos. Hablamos del pasado, de los Haitani, y del peso que cargaban por pertenecer a Bonten. Luego, con una calma casi inquietante, me propuso unirme.

Rechacé la idea al principio. Todo en lo que había trabajado, todo lo que había construido, parecía incompatible con esa vida. Pero algo en sus palabras —o quizá algo en mí misma— me hizo cuestionar si realmente podía escapar de mi linaje, de mi historia. Sabía que tanto mis padres como los Haitani habían caminado siempre en esa delgada línea entre la legalidad y el caos. Finalmente, acepté, bajo la condición de mantener un rol que se alineara con lo que ya era: una figura pública, un enlace entre dos mundos.

En Bonten, me convertí en la estratega invisible. La Galería Himawari, que para muchos era un refugio artístico, se transformó en una fachada perfecta para las operaciones de la organización. A través de mis eventos, conectaba a políticos, empresarios y celebridades, facilitando el flujo de bienes, información y dinero bajo el velo del arte.

Todo parecía controlado hasta que Haruchiyo Sanzu irrumpió en mi vida. Durante nuestra juventud, apenas habíamos cruzado palabras, pero ahora su presencia era ineludible. Al principio, chocábamos en todo. Sanzu tenía un don único para exponer mis debilidades, para desafiarme de maneras que nadie más se atrevía. Esa rivalidad pronto se transformó en algo más: un vínculo inexplicable, incómodo y fascinante al mismo tiempo.

Al mirar atrás, entiendo cómo cada decisión, cada encuentro, me trajo hasta aquí. He aprendido que la vida no se define por los momentos que elegimos, sino por aquellos que parecen elegirnos a nosotros. Mi infancia con los Haitani, la pérdida de Himari, Sanzu y, finalmente, mi papel en Bonten. Todo encajaba con una precisión que aún me cuesta comprender. A pesar de las dudas que persisten, sé que este es mi lugar, aunque siga preguntándome si alguna vez tuve elección.




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Espero que hayas disfrutado de este capítulo y que la historia te haya atrapado tanto como a mí al escribirla. Si te ha gustado, no olvides dejar un comentario, reacción o un voto. Tu apoyo significa mucho y me inspira a seguir compartiendo más de este mundo contigo.