Chapter 1
El sol despiadado cuelga en el cielo como una brasa viva, quemando cada grano de arena del desierto. Danna avanza con pasos tambaleantes, la piel cuarteada por el calor, los labios agrietados y resecos. Cada paso le roba una parte de su voluntad, pero detenerse significa rendirse, y rendirse es un lujo que no se permite, al menos no todavía. Las dunas onduladas se extienden hasta donde alcanza la vista, como si el mundo entero fuera un interminable mar de polvo y silencio.
El hambre es un cuchillo que le perfora el estómago. Hace días que no come. Las pocas provisiones que tenía se agotaron cuando los chacales atacaron su campamento. Ahora camina con las manos vacías, el estómago rugiendo como un animal herido. Una alucinación comienza a formarse en su mente: un tazón de arroz caliente, acompañado de un trozo de carne jugosa. Danna cierra los ojos y se detiene un momento. Cuando los abre, solo hay arena.
En el horizonte, algo llama su atención. Al principio, no está segura de si es real o una cruel jugarreta de su mente. Unos puntos oscuros rompen la monotonía del paisaje. Con el corazón acelerado, acelera el paso. Podría ser un refugio, o incluso personas. Cualquier cosa es mejor que este vacío infinito.
Cuando llega más cerca, el olor la golpea primero: un hedor espeso y dulzón que la hace detenerse en seco. Es un campamento, o lo que queda de él. Las tiendas de lona están calcinadas, reducidas a escombros humeantes. Pedazos de madera y metal retorcido sobresalen de las cenizas. Pero lo que realmente la paraliza son los cuerpos. Están esparcidos por el suelo como juguetes rotos, carbonizados y grotescamente deformados. Algunos yacen con los brazos extendidos, como si hubieran intentado escapar de algo que los atrapó demasiado rápido.
Danna se lleva una mano a la boca para contener la náusea. Nunca ha visto algo tan brutal, y eso es mucho decir para alguien que ha vivido toda su vida en un mundo en guerra. Pero no tiene tiempo para flaquear. Necesita buscar algo útil: agua, comida, cualquier cosa que le permita seguir con vida.
Con pasos cautelosos, comienza a registrar los restos del campamento. Entre las cenizas encuentra una botella de agua parcialmente derretida, con apenas unos sorbos de líquido en su interior. Lo bebe lentamente, dejando que cada gota se deslice por su garganta ardiente. Luego halla una mochila chamuscada. En su interior, un pedazo de pan tan duro como una roca. Lo mastica con dificultad, ignorando el sabor acre de ceniza que lo impregna.
Mientras explora, nota algo extraño en los cuerpos. No todos están completamente calcinados. Algunos tienen heridas que no son resultado del fuego: cortes profundos en el pecho y la garganta, marcas de balas en la cabeza. Este no fue solo un incendio accidental. Fue una masacre.
Danna se arrodilla junto a uno de los cuerpos, un hombre joven que aún sostiene un cuchillo en su mano quemada. Sus ojos, ahora vidriosos, están congelados en una expresión de puro terror. Junto a él hay un rastro de sangre que conduce a una pequeña estructura parcialmente derrumbada. La anciana sigue el rastro, cada paso lleno de una mezcla de miedo y curiosidad.
Dentro de la estructura, encuentra más cuerpos. Una mujer abraza a un niño, ambos reducidos a sombras negras contra la pared chamuscada. La escena le arranca un nudo en el estómago. Esa mujer podría haber sido ella hace años, si la guerra no le hubiera arrebatado a su propia familia. Danna retrocede, incapaz de soportar la vista por más tiempo.
En el centro del campamento, encuentra algo aún más perturbador: un poste con restos humanos colgados de él. Las extremidades cuelgan en ángulos antinaturales, y el torso está marcado con lo que parecen ser símbolos grabados a cuchillo. Danna no puede evitar preguntarse qué clase de personas hicieron esto, qué podría haberlos llevado a semejante barbarie. En ese momento, comprende que el verdadero peligro no son las bestias del desierto, sino los humanos que han olvidado lo que significa ser humanos.
El sonido de pasos la saca de sus pensamientos. Se gira rápidamente, agarrando una vara de metal que encuentra entre los escombros. Una figura aparece entre el humo: un hombre tambaleante, con la ropa hecha jirones y el rostro cubierto de hollín. Tiene un cuchillo en la mano y los ojos desorbitados, como un animal acorralado.
—¿Quién eres? —gruñe el hombre, apuntándola con el cuchillo.
Danna levanta las manos lentamente, dejando caer la vara.
—No busco problemas —responde con voz ronca—. Solo estoy buscando agua y comida.
El hombre la observa por un momento, luego baja el cuchillo. Se deja caer al suelo, agotado.
—Están todos muertos —dice, más para sí mismo que para ella—. Los quemaron vivos. Y los que no murieron en el fuego... ellos... los degollaron.
Danna se sienta frente a él, manteniendo una distancia prudente.
—¿Quiénes fueron?
El hombre sacude la cabeza.
—Bandidos. Animales disfrazados de hombres. Nos encontraron en la noche. Dijeron que querían nuestras provisiones. Cuando no fue suficiente, comenzaron a matar. Los niños primero. Dijeron que querían “enseñarnos una lección”.
Un silencio pesado cae entre ellos. Danna cierra los ojos, dejando que las palabras del hombre se hundan. Siente una ira sorda burbujeando en su interior, pero también una profunda impotencia. Este no es el primer campamento que ve destruido, y probablemente no será el último.
El hombre se levanta con dificultad, tambaleándose. Mira a Danna con una mezcla de desesperación y determinación.
—Si vas a quedarte aquí, será mejor que encuentres un arma —dice—. Ellos podrían regresar.
Danna asiente. No piensa quedarse mucho tiempo. Este lugar apesta a muerte y desesperanza. Pero antes de irse, hará todo lo posible por recoger lo poco que quede de utilidad. Aunque sea una anciana, no está dispuesta a morir sin pelear.
Mira una vez más los restos del campamento, grabándolos en su memoria. Este es el mundo en el que vive ahora: un mundo donde la vida humana no vale más que un puñado de cenizas. Y si quiere sobrevivir, tendrá que adaptarse. Incluso si eso significa ensuciar sus manos con la misma brutalidad que tanto desprecia.
Con una última mirada al poste macabro en el centro del campamento, Danna se pone en marcha. Su viaje no ha terminado. No hasta que encuentre un lugar donde la muerte sea algo más que una forma de sobrevivir.
ting here…