Oneshot La Maldición de Oda Nobunaga
La húmeda y cálida brisa que empezaba a traer consigo la proximidad del verano en el archipiélago japonés, invadía los días de la provincia de Omi. A la orilla de Biwa, junto al lago Sainoko, el viento mecía las hojas de los árboles que se encontraban en el interior de la fortaleza del castillo Azuchi.
En la oscuridad de la noche, el haori azul marino que acompañaba su yukata del mismo tono que este, ondeaba mostrando, en bordado color blanco, el característico emblema del prominente Clan Oda. La esbelta figura del hombre contemplaba orgulloso los llamativos colores y majestuosos detalles en oro y madera lacada del castillo donde él mismo, el Udaijin[1] y Daimyō de Owari, Oda Nobunaga, había ordenado construir su residencia oficial. Mientras paseaba de regreso tras una última mirada al exterior de aquella obra arquitectónica, el silencio fue interrumpido por el golpeteo hueco de su geta[2] de madera, que resonaban hasta perderse en la inmensidad del lugar. En algún momento, el viento cambió de dirección y se tornó gélido, extraño, que envolvía su cuerpo y erizaba su piel como la advertencia de un peligro que se cernía sobre él.
Dada su posición y su propósito de unificar Japón, se había involucrado en grandes batallas y ganado incontables enemigos de diferentes clanes, y sus avances y maniobras militares siempre lo habían mantenido en constante peligro. Por lo que, como samurái y líder militar, la muerte no era un temor en sí mismo, pero aquella sensación de inquietud había estado resonando en su mente desde hacía rato, mientras se adentraba por la puerta principal y el tintineo de su calzado se quedaba atrás, dejándolo concentrarse completamente en eso.
Ni las esplendidas pinturas ni sus finos detalles estampados en las innumerables puertas correderas que abundaban en su castillo, habían podido desviar su atención de aquella sensación. Ni aun después de haberse cambiado y finalmente acostarse en su acolchado futon consiguió calmarla. En seguida, el ambiente se volvió más frío, y el aire se condensó haciendo más difícil respirar en aquella habitación. Y cuanto más denso, más perceptible se hacía ante sus ojos la aparición de la silueta de una hermosa mujer de largos cabellos negros. Su cuerpo se fue formando, desnudo, sobre su inmovilizado cuerpo, que desde hacía rato solo podía contemplar la escena que acontecía frente a él. Su mirada, aguda y seductora, se mantenía sobre la suya, mientras que su sonrisa, delataba evidentes tintes de malicia.
Su voz, a pesar de la frialdad que transmitía, acompañaban su mirada.
— Udaijin —pronunció lentamente mientras su rostro se aproximaba—. Daimyō de Owari, el hombre que desea unificar estas tierras y convertirse en el único y supremo señor de las mismas, Oda Nobunaga.
Su respiración chocó con la suya.
—¿Quién sois, joven dama? —preguntó curioso, pero sin temor—. Si aparecéis ante mí de esta forma, no es posible que seáis humana.
Distintas posibilidades pasaron por su cabeza, desde los Yōkai, los yūrei y hasta los Oni, y todos ellos podían estar allí con intenciones diferentes.
—No—contestó, como si pudiera saber lo que estaba pensando—Mis intenciones son claras, honorable señor, y depende de vos la decisión que toméis—le comunicó, pero esto no lo hizo bajar su guardia—. Pues, como dice la sabiduría popular, mi nombre es Mara[3], y lo que busco es ofrecerle aquello que desea.
—¿Mara? —pensó por un momento, percatándose en seguida—. Entonces, ¿qué es eso que podéis ofrecerme?
Aunque precavido, Oda entró en su juego, pues sentía una enorme curiosidad por lo que aquél ser demoníaco, que simbolizaba tentaciones y deseos mundanos con el objetivo de obstaculizar el camino hacia la iluminación, tenía para él.
—Oda Nobunaga—sonrió la mujer—. Vuestro fin se aproxima, y aunque la muerte es inevitable, es posible ser aplazada.
Oda escuchó atentamente sus tentadoras palabras, esperando finalmente su propuesta.
—Y eso, honorable señor, os lo puedo conceder—aseguró—. Si aceptáis el trato, puedo proporcionarle el cuándo, el dónde y, sobre todo, por quién seréis traicionado. Y así, conseguiréis aquello que más deseáis.
Este contempló sus rojizas pupilas que, a pesar del temor que podían infundir, dotaba a aquella mujer de un extraño atractivo.
—Dígame, Mara. ¿Por qué a un hombre como yo, quien ha realizado incontables masacres y la destrucción de innumerables templos budistas en pos de sus objetivos, cuya acumulación de Karma negativo es tan grande, le ofrecéis un trato como este?
Ante su inesperada pregunta, la expresión de Mara se tornó severa, y Oda comprendió al instante lo que aquello significaba.
Rio levemente.
—Así que esa es la razón—comentó—. Como samurái, sabéis que, a pesar de la acumulación de karma negativo que implican mis acciones, a través de las prácticas de meditación Zen, puedo liberarme del sufrimiento, superar el apego para transcender el ego y alcanzar la iluminación—explicó sin deshacer su sonrisa desafiante hasta concluir—. Es por eso que estáis aquí, ¿cierto? Porque al caer en vuestras tentaciones, perdería la oportunidad de alcanzar el satori y acabar con el ciclo de samsara.
Sin embargo, a pesar de saber que este era consciente de sus intenciones, no se dio por vencido.
—Sois un hombre con poder, orgullo y ambición, con grandes planes y objetivos que cumplir—aduló, mientras acaricia su rostro suavemente—. Si morís, honorable señor, jamás lograreis cumplirlos.
Esta vez, su sonrisa provocó que la mujer se alejara con una mueca en sus labios, aún sentada sobre su cuerpo.
—Lo siento, Mara—la miró a los ojos con seguridad—. Pero no necesito saber cuándo será, pues no me importa. La muerte es parte de mi camino, no la temo lo más mínimo—le aseguró con su voz profunda y autoritaria—. Y en cuanto a quién me traicionará, puedo hacerme una idea, por lo que no necesito saberlo.
Ante su insistente negativa a dejarse llevar por sus deseos de poder, desvió un poco su objetivo.
—Pero no podréis vivir para lograrlo—insinuó, mientras agarraba su mano y la deslizaba por su cuerpo, procurando que cayera en alguna de sus tentaciones.
Su cabeza negó suavemente, al notar como ya podía moverse voluntariamente.
—Os equivocáis— confirmó—. Incluso si muero antes de verlo, mi nombre será recordado, y Japón será finalmente unificado por los míos.
Las expresiones de Mara cada vez se mostraban más exasperadas.
—Sin embargo, —llamó la atención de esta, incorporándose—no temáis. Porque, aunque vuestro cuerpo no me interesa—se adelantó antes de que esta tuviera la oportunidad de intentarlo—, estoy dispuesto a hacer un trato, tal y como me propusisteis.
Aquel aún apuesto hombre de cuarenta y siete años bajo ella había llamado la atención del propio Mara, quien a pesar de todo aquel rechazo recibido de todo cuanto podía ofrecerle — incluso la vida misma — , aún estaba dispuesto a realizar un trato con sus propias condiciones.
—¿Sois conscientes de lo que eso significa? —preguntó, pero tan solo necesitó una mirada fugaz para saber su respuesta, por lo que prosiguió a escucharlo, repleto de curiosidad.
—Solo existe una cosa que jamás podré tener en esta vida—le informó—. Y ese es Akechi Mitsuhide.
Escuchar pronunciar aquel nombre sorprendió al demonio, pues el hombre del que hablaba se trataba de la misma persona que lo llevaría a su muerte. Pero se percató enseguida, por la sonrisa en sus labios, que Oda Nobunaga ya lo sabía.
—¿Estáis dispuesto a renunciar a la iluminación e ir al Jigoku[4] por el mismo hombre por el que moriréis?
Su rostro aún era incapaz de comprender la razón de tal deseo, por lo fue Oda quien habló primero.
—Desde hace tiempo, he deseado tenerlo entre mis brazos— reconoció sin más rodeos—. Sin embargo, nuestro orgullo, nuestra ambición y las direcciones que tomaron nuestras estrategias políticas, de liderazgo y religiosas, nos distanciaron cada vez más con el tiempo. Ambos aceptamos que aquello que habíamos empezado a sentir nunca nos llevaría a ningún lado y, en consecuencia, sacrificamos todo en pos de nuestros ideales.
—Sabíais que algún día os traicionaría…—comprendió finalmente.
Este asintió.
—Era cuestión de tiempo que así sucediera.
—¿Y qué puedo yo ofreceros, a cambio de vuestra renuncia? ¿Deseáis que cambie mi forma a la suya? ¿Sostenerme esta noche antes de morir?
Sus ojos brillaron acompañando una sonrisa de satisfacción al haber logrado captar la atención de aquel demonio. Mara lo sabía, pero al igual que le había ocurrido a este, le siguió el juego con precaución. Quería conocer lo que tenía en mente aquel hombre tan brillante.
—No deseo vuestro cuerpo, Mara—rechazó sin rodeos—. Lo deseo a él, en esta vida, aunque no sea durante la mía. Sostenerlo entre mis brazos toda la noche hasta el amanecer.
La lujuria se reflejaba en sus ojos, contenida durante años en aquel cuerpo, dispuesto a cuanto estuviera en sus manos por tener lo que anhelaba.
—¿Estáis dispuesto, por una noche de pasión, dejar que ese hombre os traicione?
Su respuesta le había resultado contradictoria y confusa.
—Por supuesto que no. Por mucho que lo desee, la traición es imperdonable ante mis ojos, una deshora, y la muerte es la única forma de expiar tal pecado.
En esta ocasión, Mara dirigió su mirada de nuevo a la de Oda, que contenía la viva imagen de la rectitud.
—Debemos aceptar las consecuencias de nuestros actos y, como samurái, estoy dispuesto a arriesgar nuestras vidas por ello.
Mara también asintió, y escuchó atentamente la breve explicación del plan que había pensado en unos escasos minutos. Era concreto en lo que buscaba, en los momentos en los que debía ocurrir y las condiciones en las que debía darse lugar. Le sorprendió su astucia, la forma en la que Oda se aseguraba en que todo saliera como deseaba, sin dejar cabos sueltos. Cómo si de un campo de guerra se tratase. Pero, sobre todo, cómo había logrado engatusar al propio Mara. No solo por aquella astucia y capacidad estratégica, sino también su arrogancia, ese inmenso orgullo y ambicioso hasta la médula que lo había caracterizado. Por el que se había atrevido tan presuntuosamente a rechazar su oferta y posteriormente la manipulación que había ejercido al proponerle él mismo un trato al propio Mara, bajo sus condiciones. Todo con el firme propósito de lograr cumplir con cada uno de sus objetivos, aun sabiendo que aquello lo llevaría directo al Jigoku.
—Os concederé lo que me pedís, Oda Nobunaga—pronunció mientras se dirigía hacia la puerta corredera por la que había entrado, y sus pies empezaban a desaparecer—. He de reconocer que me siento conmovido con la ambición que arrastráis en vuestro corazón para llegar hasta tal punto.
—Soy un guerrero, Mara— le recordó—. No se consiguen ganar batallas y unificar un país entero solo con palabras. Somos hombres de acción, y solo con acción, sacrificándolo todo, lograré cumplir mis objetivos—sonrió de nuevo, esta vez con un atisbo de tristeza—. Aunque sea mientras pagamos por nuestros pecados en el Jigoku y, con suerte, volver a encontrarnos en otra vida.
El 21 de junio de 1582, al suroeste de Biwa, Oda Nobunaga se encontraba alojado en el templo Honnō, donde se dio lugar el accidente de Honnō-ji. En aquel templo, la traición de Akechi Mitsuhide se llevó acabo, y la vida de Oda Nobunaga había llegado a su fin. El ejército del General Akechi atacó el templo, y Oda acabó con su propia vida realizando seppuku[5] antes de ser asesinado por estos. Sin embargo, a pesar del dolor de la traición y la agonía que suponía clavar el filo de su wakizashi[6] en su estómago hasta ser decapitado por su fiel sirviente, Mori Ranmaru, su sonrisa de satisfacción no se borró de su rostro, pues sabía que, con ello, sus deseos y su venganza se cumplirían finalmente.
En la noche del décimo segundo día tras su muerte, Akechi Mitsuhide descansaba en una de las posadas que se encontraban cerca del área de Yamazaki. Este, desde que había emprendido su camino a Kyoto, sabía con certeza que pronto se encontraría en batalla con el ejercito de Toyotomi Hideyoshi, a quien ya le habrían llegado las noticias acerca de la muerte de su señor desde la provincia de Bingo.
Debía descansar, por lo que pronto se había bañado y dirigido a una de las habitaciones de las que disponía. Durante un rato, el silencio había reinado a su alrededor, pero pronto pudo notar unos pasos que se aproximaban por los pasillos colindantes. Estos se deslizaban con rapidez, descalzos, y se acercaban peligrosamente a su habitación, por lo que sus músculos se tensaron, y un extraño presentimiento recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Preparado para lo peor, enderezó su cuerpo y esperó paciente a que aquellas puertas shōji,[7] que dejaban entrever una esbelta figura masculina a través del papel, finalmente le mostraran su rostro. Sin embargo, fue la sorpresa y la confusión lo que este provocó en el suyo, mientras observaba tembloroso desde sus pies descalzos y yukata azul cubiertos parcialmente por su haori, hasta su semblante de firmeza inquebrantable.
Su mirada, fría y cautivadora, se encontró con la suya.
—O-Oda-sama—consiguió pronunciar con dificultad—. ¿Cómo es posible que…?
Este dio un paso, y sin girarse, deslizó de nuevo la puerta para cerrarla.
—¿No te alegras de volver a verme, Akechi? —sonrió atrevido, cuya voz profunda acompañaba a su sonrisa.
Aún incapaz de entender la situación, se levantó asustado.
—¿Estabais vivo…?
Una pequeña carcajada salió de sus labios, pues jamás lo había visto con aquella expresión.
—No, por supuesto que no—le confirmó—. Aquel día sabías que elegiría morir antes que huir como un cobarde. Te aseguraste que así fuera, ¿verdad? Por eso elegiste una emboscada.
—Entonces, sois un…—no pudo decirlo—. No sois real…
Oda se acercó lentamente, pero Akechi, paralizado por la sorpresa, no pudo mover ni un dedo.
—No, soy yo de verdad—le aseguró, mientras sujetaba su rostro y deslizaba lentamente su pulgar por el labio inferior de Akechi—. Se me cedió un cuerpo físico, ya que el mío no era posible, pero soy yo, el mismísimo Oda Nobunaga.
—Habéis venido en busca de venganza—alcanzó a decir, creyendo entender la razón de aquella visita.
—Por supuesto, ya que te atreviste a traicionarme—aseguró en un tono severo, que enseguida se suavizó en un bajo y profundo susurro, mientras deslizaba de nuevo su dedo por aquellos suaves labios y sus ojos se llenaban de deseo —. Pero no esta noche.
Esta vez, su pulgar se deslizó levemente hacia abajo, ayudando que este separara levemente sus labios. Nobunaga no dudó ni un instante, introduciendo su lengua con urgencia en su húmeda boca que, a pesar de la sorpresa inicial que le provocó dar un paso hacia atrás, correspondió de la misma forma, permitiéndole introducirla de nuevo cada vez que este profundizaba su apasionado beso.
Akechi se sintió extraño, pues las sensaciones que aquel hombre provocaba en su cuerpo las percibía completamente reales. Su aroma, su respiración y sus ásperos dedos por el continuo uso de la katana que le rozaban la piel no eran de nadie más, razón por la cual fue incapaz de soltar sus labios, dejando que la pasión y el deseo que jamás pudo satisfacer durante aquellos años se apoderaran de él.
—Por esta noche, Akechi—susurró sobre estos pausadamente—, te haré mío hasta el amanecer—pronunció finalmente justo antes de deslizar una de sus manos por encima del veraniego yukata de Mitsuhide, rozando con sus dedos la parte interior de su trasero para hacerle saber sin lugar a dudas sus más que evidentes intenciones.
Antes de que pudiera reaccionar a sus insinuaciones, la voz de uno de sus guardias los interrumpió.
—¡Akechi-sama! —avisó de su presencia—. ¿Está todo bien?
Mitsuhide miró a Oda, ya que dudaba lo que pudiera ocasionar aquella intromisión.
—¿Por qué estás aquí? —quiso saber primero.
—P-por nada en especial, señor. Al ver la luz de las lámparas encendidas nos preocupó que algo pudiera ocurrirle.
Akechi se percató enseguida de que, desde su perspectiva, el hombre tras la puerta tan solo podía percibir la silueta de Nobunaga a través del papel, quien cubría todo su cuerpo, y que había sido confundido con el suyo.
Esto lo hizo suspirar de alivio.
—Akechi—susurró en su oído dulcemente—, solo disponemos de esta noche. Ninguna más.
Ante su recordatorio, acercó su rostro al pecho de Oda, pegando su cuerpo incapaz de tomar una decisión, ya que no quería dejar escapar aquella oportunidad.
—Todo está bien. Lárgate—ordenó finalmente con dureza—. Y no quiero a nadie alrededor hasta que amanezca. ¿Lo has entendido?
—P-pero Akechi-sama…
Ante una reprimenda, asintió a sus órdenes y se alejó del lugar rápidamente, mientras que Oda se separó de él. Pero no su provocativa mirada.
Con lentitud, se quitó el haori y lo lanzó hacia un lado, para posteriormente sentarse sobre el futon donde se había recostado momentos atrás.
—Akechi, ven aquí—señaló atrevido palpando sobre su entrepierna, esperando a que se sentara sobre ella.
Akechi frunció el ceño levemente, avergonzado por sus actos.
—Oda- sama, desde cuando sois tan…—dijo, sin saber cómo terminar aquella frase, antes de ser completamente interrumpido por el tirón que este le había dado a su brazo, forzándolo a sentarse de espaldas en aquel abultado lugar.
Oda se inclinó levemente hacia atrás, sujetándose con su mano izquierda, mientras la otra se deslizaba bajo el yukata del otro, y forzaba con sus propias piernas abrir descaradamente las de Akechi.
—Cada vez que nuestras miradas se encontraban durante las reuniones de campaña, ardía en deseo de sostenerte de esta forma—susurró de nuevo, y cuya húmeda respiración rozaba su piel. Pero fue el movimiento de cadera que presionó su trasero simulando una pequeña embestida y el recorrido de sus dedos acariciando peligrosamente cerca de su miembro lo que le hizo suspirar por un momento, movido por la impaciencia —. Mientras nos mirábamos con indiferencia, imaginaba el calor de tu cuerpo temblando sobre el mío…
Su nariz rozó la nuca de Akechi, inhalando el suave aroma que desprendía su piel tras el baño, y posteriormente saboreó recorriendo con su lengua el camino hasta morder su oreja provocativamente.
Por supuesto, su mano no se mantuvo quieta en ningún momento, y sacó el fundoshi[8] antes de acariciar su piel desnuda, desde la base hasta la punta, que lo hizo sentir una mayor urgencia por profundizar su contacto.
Los jadeos llenaron la habitación, procurando no dejar escapar el placer que se estaba apoderando de su cuerpo, mientras Oda lo masturbaba sin piedad. Sus manos lo acariciaban tan deliciosamente que su líquido pre-seminal empezó a mojarlas con cada subida y bajada. Ambos sabían que, a aquel paso, Akechi no tardaría en venirse, ya que sus jadeos se intensificaron, no pudiendo evitar dejar caer su cabeza sobre los hombros de Oda, y sus dedos se clavaran sobre la tela esperando llegar a su tan ansiado y cercano orgasmo.
—Quiero follarte, que me supliques por más—jadeó en su oreja pronunciando aquellas obscenas palabras sin vergüenza alguna.
—Ah… —no pudo reprimir el gemido al sentir que de un segundo a otro se vendría.
Pero no lo hizo. Nobunaga no lo permitió.
Una pequeña risa maliciosa se escapó de su boca.
—¡Maldita sea! —maldijo con recelo y fastidio.
—No todavía, Akechi. — Agarró con un dedo el cuello del yukata y lo deslizó para sí mismo lentamente, dejando al descubierto los hombros del otro, y lo forzó a inclinarse hacia delante, con manos y rodillas en el suelo.
La vergüenza invadió su rostro, mientras Nobunaga observaba impaciente la exposición de su trasero, aún cubierto por la tela, pero que dejaba ver con claridad la enorme y redonda forma que dibujaba.
—Voy a tocar, centímetro a centímetro, cada pequeña parte de tu cuerpo…—comunicó hundido en su lujuria y deslizando cada una de sus manos por sus caderas hacia arriba, levantando lentamente la tela que tapaba su trasero. Y no se detuvo hasta haberla levantado hasta su espalda baja, mostrándole aquella zona tan íntima—…Hasta que me supliques que te folle con mi polla.
La humedad de su lengua invadió aquel lugar, acariciando con ella, tal y como había prometido, cada centímetro de su piel, proporcionándole un inmenso placer que rivalizaba constantemente con su pudor, y que se obligaba a ahogar.
—Hmm… ¡Ah! —reprimió hasta que este comenzó a acariciar también su duro y necesitado miembro.
Aquel sonido y los que le siguieron lo cohibió, pues pensaba que, a su edad, en tan desvergonzada postura y gozando del placer que le proporcionaba la inquieta y suave lengua de aquel hombre que tanto había deseado, era totalmente inapropiado.
Tras unos minutos, sus gemidos y jadeos se intensificaron. Y su mojado y dilatado culo se contraía pidiendo más de sus caricias. Con desesperación y tras la frustración causada anteriormente por Oda, su cuerpo se reclinó aún más, notando impaciente como su pene se encontraba a punto de estallar.
—Ngh... ngh... — contuvo cuanto pudo, mientras volvía a gotear su fluido pre-seminal prediciendo su final.
—¡Ugh! —se quejó con frustración.
Nobunaga se había detenido de nuevo, evitando que finalmente llegara a correrse. No obstante, sabía que, con el mas mínimo toque, lograría venirse, por lo que dirigió su mano con urgencia hacia su hinchado miembro.
—¿Con el permiso de quien, Akechi? —lo detuvo regocijándose, aunque su tono se mostró sereno.
Sus manos fueron llevadas a su espalda, inmovilizado, al mismo tiempo que este frotaba su duro miembro por el mismo lugar que había estado lamiendo. Separados tan solo por la fina tela del yukata que Oda seguía vistiendo.
A pesar de ello, no tocó su pene, asegurándose de que Mitsuhide se calmara y se desesperara al mismo tiempo, dispuesto a repetir aquel proceso cuantas veces fueran necesarias.
Mitsuhide se percató de ello, pero ese orgullo que arrastraba sin razón alguna le impedía pronunciar aquellas palabras.
—Vamos, sabes muy bien lo que quiero—aceleró aún más sus roces, casi simulando pequeñas embestidas, ayudándose de una de sus manos para atraer la cadera del otro—. Dámelo. Déjame escuchártelo decir. Que, a pesar de todo, deseabas lo mismo que yo.
—Haa…—jadeó por la agitación y la excitación—Si ya lo sabéis…
Oda sonrió al ver lo desesperado y tembloroso que se encontraba por ser penetrado por su polla, pero no pararía con aquella tortura hasta no conseguir lo que buscaba. Entonces, decidió frotarlo directamente sobre su piel, que se contraía con cada toque.
—Quiero oírtelo decir. Y te aseguro que podemos estar así toda la noche hasta que lo hagas—amenazó, con aquel tono cautivador y firme que poseía.
Mitsuhide maldijo hacia sus adentros, resistiendo sus provocaciones.
Pero el tiempo pasaba, y este ya era lo bastante limitado. Además, desconocía por entero cuanto habría trascurrido desde que iniciaron, y eso sembraba en su pecho una inmensa angustia. Sin embargo, no eran, en sí mismo, sus sentimientos lo que no podía admitir, era plasmar en palabras lo que sentía lo que no podía pronunciar. Oda siempre había sido así, y aquellos sentimientos habían nacido a pesar de ello, los recocía. Sin embargo, había renunciado a ellos hacía mucho, y después de su traición, creía haberlos enterrado para siempre. Por esa razón, sacarlas de su boca y en una situación tan vergonzosa, se trataba de algo terriblemente difícil para él.
—Está bien—se rindió tras meditarlo por unos segundos, pues aquella era su única y última oportunidad—. A pesar de todo, a pesar de haberos traicionado, en cada encuentro notaba la lujuria en vuestros ojos y ardía en deseos de que no se despidiera de mí. Que me llamara a su habitación y…
La mirada de Nobunaga se intensificó, impaciente.
—Quería que me follara, y aún ahora, lo sigo queriendo—rogo finalmente, incluso si sus mejillas ardían.
Nobunaga no se hizo esperar. Lubricó abundantemente su pene dejando caer su saliva sobre este, y lo introdujo sin previo aviso hasta la base, mientras Akechi recibía sin dificultad aquella gruesa intromisión que lo embistió en profundidad y lo hacía estremecerse de placer.
—No olvides gemir para mi esta vez antes de correrte, Mitsuhide.
Aquella había sido la primera vez que Oda Nobunaga lo había llamado por su nombre y, además, mientras lo embestía con fuerza tras haberlo mantenido en vilo en dos ocasiones, excitado y exasperado por el orgasmo que no conseguía alcanzar.
—¡Ah…aah...! —Fue incapaz de reprimir sus desvergonzados gemidos de placer que tanto habían intentado ocultar.
Ya no le importaba.
Sentir su dura polla deslizarse en su interior humedecido con su saliva lo hacía gozar sin pudor. Cada roce lo exaltaba y lo hacía apretar con desesperación el kakebuton[9] de su cama. Y la sensación placentera le recorría hasta los dedos de los pies que retorcía sin control.
Desde antes, no le había hecho falta mucho más para terminar mientras lo masturbaba, pero tras el ritmo de sus calientes y profundas estocadas y la larga espera por venirse, el orgasmo volvía a aproximarse.
—Aah...sí…Nobunaga-sama…—llamó también, dejado atrás la extrema formalidad, acortando la distancia—. Se siente tan…
Oda jadeó por el placer.
—Dímelo…—rogó inclinándose sobre su cuerpo y apretando con su mano la cadera de Akechi contra el suelo, lo que hizo abrir las piernas de este un poco más.
—…t-tan bien…aah…mmm…justo ahí, me voy a… ¡Aah! — Con aquellas pocas embestidas alcanzó su ansiado orgasmo, que fue incluso más profundo y placentero de lo que había imaginado.
Su semen se mezcló entre la tela, y sus jadeos resonaron por toda la habitación.
Sabía que no habían terminado, pues Oda aún no se había corrido, y él aún quería un poco más pese al cansancio. Por lo que, cuando este agarró su brazo para levantarlo de su posición y colocarlo sobre él, no opuso la menor resistencia.
—Yo…—trató de decir calmando su respiración, al mismo tiempo que Oda volvía a apoyarse sobre una mano y lo escuchaba atentamente—… En realidad, con el tiempo, empecé a pensar que me odiabais. Disminuí mi presencia, y en los últimos años la distancia entre nosotros se hizo aún más evidente… ¡Hmm! — sitió de nuevo su gran y duro miembro abrirse paso en su interior, lo cual lo hizo sentir una inmensa e inexplicable satisfacción.
—Yo nunca te odié—le dijo con sinceridad, rozando con su lengua uno de sus pezones que posteriormente atrapó entre sus labios, y le quitaba el obi que había impedido en todo momento que su yukata se abriera por completo—. Odiaba no poder tenerte entre mis brazos.
Sus palabras y suave tacto lo hicieron temblar levemente, buscando demostrar su alegría con sus labios, que fue rápidamente interrumpido por el movimiento de sus caderas. Sus primeros gemidos fueron ahogados en estos, hasta que pronto no pudo retenerlos de nuevo.
—Vamos, móntame—Oda rogó casi en una orden. A pesar de que él mismo había estado embistiéndolo, ahora deseaba que fuera este quien se moviera.
En poco tiempo, a él tampoco le quedaba mucho, y Mitsuhide podía notarlo en su inquebrantable expresión deshaciéndose sobre su cuello por el placer que su cuerpo le daba. Sin embargo, eso no le impidió hacer lo que él mismo le había hecho momentos atrás. Levantó su trasero para sacar su pene de aquel lugar, incluso si para él también fue una difícil acción que, para su sorpresa, fue al principio de lo más placentera.
—¡Ah—no pudo evitar gemir con ello.
Nobunaga lo miró, consciente de lo que tramaba.
—Puedes estar orgulloso, Mitsuhide— intentó decir entre evidente frustración, sosteniendo la mirada presuntuosa del otro—. No cualquiera se atreve a desafiarme como lo has hecho tú hasta ahora.
Akechi sonrió satisfecho, y volvió a meterla por sí mismo, subiendo y bajando sus caderas buscando ese punto que lo hacía estremecer hasta venirse con cada roce de su pene en si interior.
—Lo sé…Aah…Lo sé…—gimió aumentando el ritmo y la profundidad, que hizo a Nobunaga soltar un gemido ronco antes de venirse—¡Ah, sí!¡No la saques, yo también…!
Una oleada de placer recorrió de nuevo todo su cuerpo, atrapado en la sensación de satisfacción que el orgasmo y el caliente semen de Nobunaga le produjo. Sin embargo, esta no tuvo mucho tiempo antes de la siguiente, pues fue empujado con fuerza sobre el suelo.
— ¿Queréis más? — preguntó sorprendido y agotado, ya que Oda posicionaba sus brazos tras las rodillas de este, presionándolo contra el suelo e introduciendo su miembro que aún permanecía erguido.
Este sonrió con malicia, observando como su propio semen se derrababa de aquel caliente y resbaladizo lugar que lo succionaba con fuerza.
— Hasta el amanecer.
Como había prometido, sus cuerpos no se detuvieron hasta aproximarse la salida del sol.
Tumbado sobre su pecho, Akechi dormía plácidamente, inmensamente agotado por todo lo que Nobunaga lo había hecho hacer durante horas. No le importó, pues solo disponía de una noche, pero su cuerpo notaba irremediablemente el peso de los años, y aquel ritmo desenfrenado había sobrepasado sus límites.
Mientras, Nobunaga lo observaba esperando lo poco que le quedaba antes de que el sol empezara a entrar a través de la puerta.
Se había acabado su tiempo.
—¿Ya os vais? —se aseguró con tristeza aún medio dormido, sin despegar sus ojos del tonificado cuerpo de Oda, que ya se encontraba dirigiéndose a la puerta.
—Sí—afirmó sin rodeos con una sonrisa antes de despedirse, lo que sembró en Akechi Mitsuhide un atisbo de confusión en su rostro—. Nos vemos.
Aquel día, el 2 de julio de 1582, Akechi Mitsuhide despertó de nuevo, y se preguntó, antes de continuar su camino, si todo lo que pasó había sido un sueño. Sin embargo, ese había sido el menor de sus preocupaciones. Tras su partida, Toyotomi Hideyoshi se había aproximado a Yamazaki y organizado su ejército mejor y mucho antes de lo que Akechi había previsto. Él, quien había tomado el poder con una vil traición, se vio envuelto en una batalla a la que su desorganizado y pequeño ejército no pudo hacer frente, tomando la decisión final de huir del lugar. No muy lejos de allí, tras ser herido en la lucha, el golpe recibido por una piedra que un campesino sostenía a sus espaldas lo hizo caer al suelo.
Sus ojos brillaban en un tono rojizo, y su voz suave llenaron sus oídos.
—Oda-sama tiene un mensaje para ti—llamó su atención antes de expresar sus palabras—. "Nos vemos en el Jigoku".
Akechi Mitsuhide se percató enseguida, y a pesar de las heridas comenzó a reír, pues Oda Nobunaga había cumplido con cada una de sus palabras.
—Sí, nos vemos en el Jigoku—logró pronunciar, mientras conservaba su sonrisa y su mirada se desvanecía de aquel mundo.
NOTA EXPLICATIVA
Tras la muerte de Akechi Mitsuhide, Japón fue finalmente unificado por el general Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu, dando lugar al Shogunato Tokugawa. Oda fue reconocido y recordado en la historia como uno de los más famosos y poderosos daimyō que jugó un papel fundamental en la consolidación del poder y la unificación del país.
En la cultura popular, se creía que la muerte de Akechi Mitsuhide puo ser obra de una maldición relacionada con el propio Oda Nobunaga, ya que murió poco después de traicionar a su señor, y que este, vencido y humillado al tener que huir, murió en la deshonra, asesinado por algún miembro del ejército o un campesino cualquiera, pues no se sabe con certeza.
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[1]Ministro de Estado
[2] Calzado tradicional japonés, similar a unas sandalias, hechos de madera y tienen tiras de soporte llamadas “dientes” o “hashira” en la parte inferior que los elevan del suelo
[3] Mara es el nombre que recibe la figura simbólica en el budismo que tratar de crear distracciones, tentaciones y obstáculos en el camino hacia la iluminación o la verdad para alcanzar el nirvana. Se trata de una deidad demoníaca que trata de tentar a los humanos con deseos y placeres mundanos para que se desvíen de ese camino, como trató de hacer con Buda. Puede tomar tanto la forma de un hombre como de una mujer, según sus intenciones.
[4]En pocas palabras, el Jigoku (地獄) es el término japonés para referirse al “infierno” en el contexto del budismo japonés. En este, el jigoku no es en sí un lugar de castigo eterno, sino más bien una manifestación del sufrimiento y d elas consecuencias que tienen las malas acciones en vida. Tiene relación con la idea del karma y el ciclo de renacimiento y muerte interminable que supone no alcanzar la iluminación del alma para liberarse de este ciclo de sufrimiento continuo.
[5] Suicidio ritual de la clase samurái también conocido como Harakiri en el que cortan su abdomen con una espada o una daga
[6] Se trata de una espada tradicional japonesa más corta que la katana del conjunto que portaban los samuráis; Katana (espada larga), Wakizaki (espada corta)
[7] Puertas correderas de madera con panales de papel.
[8] Una tela usada como ropa interior en la época Sengoku (1467-1568), parecida a la que usan los luchadores de sumō
[9] La tapa del futon, con un edredón.