Capítulo 1
POV DE ALESSIA.
Agarro los cuadernos y los meto dentro de la mochila con una velocidad que ni rayo McQueen puede ganarme. El sonido del cierre al cerrarse se mezcla con el bullicio de los pasillos mientras guardo apresuradamente mis útiles. Miro el reloj en la pared, faltan solo unos minutos para que Didier llegue a recogerme. Mi corazón se acelera con la anticipación de verlo.
Corro por los pasillos chocando a uno y otro porque ansío llegar a la salida lo más pronto posible. Esquivo a un grupo de chicas que charlan animadamente, casi tropiezo con un chico que está agachado atando sus cordones, y por poco derribo a una profesora que lleva una pila de libros. Les grito disculpas por encima del hombro mientras sigo mi carrera. Aunque Didier siempre espera por mí el tiempo que sea necesario, yo muero por llegar lo más pronto porque me gusta estar con él, porque las tardes a su lado son fenomenal.
Cada minuto que paso con Didi es como un regalo, una aventura. Su presencia ilumina mis días, hace que hasta las cosas más mundanas se vuelvan emocionantes. Cuando estamos juntos, el tiempo parece detenerse y a la vez volar. Es mi mejor amigo, mi confidente, la persona que mejor me entiende en todo el mundo.
Didi ya tiene dieciocho años, Bastián le ha regalado un carro en el que se va todos los días a la universidad y, de paso me lleva y me trae. El auto, un modelo deportivo de color rojo brillante, se ha convertido en nuestro pequeño refugio rodante. Todos los días nos damos unas escapadas por la ciudad, donde la pasamos de lujo. Recorremos calles desconocidas, descubrimos cafeterías escondidas, nos perdemos en parques tranquilos lejos del bullicio del centro.
Paso atropellando a unas chicas en la puerta. Sus expresiones de sorpresa y molestia me siguen mientras les grito una disculpa apresurada. Abro la puerta e ingreso, el familiar aroma a cuero y el perfume de Didi inundando mis sentidos. Respiró profundo, intentando calmar mi agitada respiración, y le doy un beso en la mejilla a Didi. Es un gesto casual, casi rutinario, pero cada vez que mis labios rozan su piel siento un cosquilleo en el estómago.
—Vaya, todos los días llegas como si te estuvieran correteando —Bromea mientras me incorporo. Su sonrisa es cálida, sus ojos brillantes de diversión. Me acomodo en el asiento, abrochándome el cinturón de seguridad.
—¿Dónde iremos hoy? —pregunto, la emoción evidente en mi voz. Cada tarde con Didi es una nueva aventura, nunca sé qué esperar, pero siempre es maravilloso.
—¿Adivina? —musita al encender el coche. El motor ronronea suavemente.
—Dime, porque no soy bruja. —Respondo, inclinándome hacia él con curiosidad. Intento leer su expresión, buscando alguna pista sobre nuestro destino del día.
—Claro que eres bruja, solo mira ese pelo —me lo alborota con una hermosa sonrisa. Su mano en mi cabello envía escalofríos por mi espalda. Le miro con los ojos achicados, fingiendo molestia, pero incapaz de ocultar mi sonrisa. Ante la intensidad de mi mirada aparta la suya y procede a salir del estacionamiento—. Hay un cumpleaños de un amigo. Nos reuniremos en el club.
Mi corazón da un vuelco. ¿Un club? Eso suena emocionante, algo nuevo y adulto. Algo que normalmente estaría fuera de mis límites.
—¿Me llevas? —pregunto, incapaz de ocultar mi entusiasmo. La idea de ser parte del mundo de Didi, de sus amigos mayores, me resulta irresistible.
Didi duda un momento antes de responder, sus manos apretando ligeramente el volante. —No es para niñas. Además, habrá licor y.… algo que tú no puedes ver.
Su tono es serio, protector. Pero eso solo aumenta mi curiosidad. ¿Qué puede ser tan prohibido? Mi mente adolescente inmediatamente salta a las conclusiones más escandalosas.
—¿Tendrán sexo? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. Didier me mira horrorizado y con una sonrisa ladea la cabeza.
—Sí, habrá eso y muchas otras cosas más. Además, se alargará hasta la noche. —Su tono es casual, como si estuviera hablando del clima y no de algo que hace que mis mejillas se enciendan.
—Por favor, Didi, llévame solo una hora. —Insisto, poniendo mi mejor cara de súplica. Sé que es arriesgado, que probablemente no debería ir, pero la tentación es demasiado fuerte.
—Amaia me echará de la casa si se entera que te llevo a esos lugares —Su voz se torna seria, preocupada. Sé que tiene razón, que mi madre confía en él para cuidarme, no para llevarme a fiestas de adultos.
—No se enterará —Prometo, aunque sé que es una promesa que no debería hacer—. Mamá no se enterará. Podemos decirle como todos los días que fuimos a recorrer los alrededores. Confía mucho en ti. —Agrego, apelando a su sentido de responsabilidad y a la vez tentándolo con la posibilidad de mantener nuestro secreto.
—Por lo mismo, no quiero perder su confianza —dice, pero puedo ver que está cediendo. Insisto hasta que finalmente accede, aunque puedo ver la duda en sus ojos.
Llegamos al club con el uniforme, lo que me hace sentir fuera de lugar e infantil. Ahí ya se encuentran algunos chicos amigos de Didier. Todos son altos y guapos como Didi. Pero ninguno como él. Hay algo en Didi que lo hace destacar, que atrae todas las miradas.
—¿Y esta hermosura? —cuestiona uno al verme. Su mirada me recorre de una manera que me hace sentir incómoda y halagada al mismo tiempo.
—Es mi sobrina, cuidado —advierte Didier. Su tono es firme, protector. Me gusta su protección, pero me revienta que me presente como su sobrina. Quiero verse como algo más, aunque ni yo misma estoy segura de qué exactamente.
Con esa advertencia, nadie se acerca a mí con ninguna intención. Me siento a la vez aliviada y decepcionada. Parte de mí quería la atención, quería sentirme mayor, deseada. Pero otra parte se siente segura bajo la protección de Didi.
Observo el ambiente a mi alrededor, fascinada y un poco asustada. Veo como los chicos toman alcohol, sus risas cada vez más fuertes y descontroladas. Algunos fuman lo que claramente no son cigarrillos normales, el olor dulzón y penetrante flotando en el aire. En un rincón, veo a un grupo más reducido inclinarse sobre una mesa, inhalando líneas blancas. La escena me sobrecoge, es como estar en una película para adultos.
Y ni se diga que se meten a los baños a follar. Las parejas entran y salen, con el pelo revuelto y las ropas desarregladas, risitas y miradas cómplices. Me pregunto si mi yo, universitaria será igual de loca que las amigas de Didier. ¿Me convertiré en una de esas chicas despreocupadas y atrevidas? ¿O seguiré siendo la “sobrina” inocente que necesita protección?
Didier aparece por detrás gritándome en el oído, sobresaltándome. Me giro para golpearlo, molesta por el susto, pero él es más rápido. Me gira dejándome encerrada en mis propios brazos, su pecho firme contra mi espalda. Siento su respiración caer en mi oído derecho, cálida y un poco agitada. Mi pecho late con fuerzas pues, para mí no es un secreto que amo a Didier, aunque él no lo sepa. Cada vez que estamos así de cerca, siento que mi corazón va a salirse de mi pecho.
—No vas a golpearme mi pequeña rebelde —dice con voz juguetona. Forcejeo para que me suelte, pero me presiona más. Su cercanía me abruma, me hace sentir cosas que no entiendo del todo. Respira sobre mi cabeza lo que hace que mi pecho se descontrole. Siento miedo de que escuche los latidos y descubra que me gusta. Que descubra este secreto que guardo tan celosamente.
—Hueles rico, pequeña. —Su comentario me toma por sorpresa. ¿Se refiere a mi perfume? ¿O es solo una observación casual?
—Siempre huelo rico —digo con altivez, intentando ocultar el efecto que sus palabras tienen en mí.
Giro el rostro para mirar a Didier, buscando en sus ojos alguna señal, alguna pista de lo que está pensando. Al encontrarme con sus ojos el aire se me detiene, la panza me hormiguea y siento unas ganas intensas de besarlo. Están tan cerca, tan brillantes, tan llenos de algo que no logro descifrar. Él humedece sus labios y por un momento, un breve y maravilloso momento, creo que va a besarme. Mi corazón se detiene, esperando, anhelando.
Pero el momento pasa. Él me suelta, empujándome suavemente hacia el mueble. Seguido se sienta y me abraza, un gesto que debería ser fraternal pero que para mí significa mucho más. Me pregunto si él puede sentir cómo mi corazón late desbocado, si puede adivinar los pensamientos que cruzan por mi mente.
—¿Estás drogado Didi? —pregunto, buscando una explicación a su comportamiento, a esta tensión que siento entre nosotros.
—Como se te ocurre, no me drogo, solo que ya soy mayor de edad y he bebido algo —se acerca a hablarme muy cerca, cosa que su aliento invade mi rostro. Huele a alcohol y a algo más, algo dulce y embriagador—. Y.… me he mareado —dice con una sonrisa encantadora.
Me pierdo en su mirada, sintiendo una electricidad recorrer mi corazón y cada centímetro de mi cuerpo. Sus ojos, ligeramente desenfocados por el alcohol, parecen mirarme de una manera diferente. O tal vez es solo mi imaginación, mi deseo proyectando lo que quiero ver. Estamos tan cerca que, en un arrebato lo beso. Es un beso torpe, inexperto, nacido más de la impulsividad que de la técnica.
Didi no responde, se queda quieto y me aparto, el pánico reemplazando rápidamente la euforia del momento. ¿Qué he hecho? ¿Cómo pude ser tan tonta?
—Ale, ¿bebiste mucosilla? —pregunta, su voz una mezcla de confusión y preocupación. Niego con la cabeza, incapaz de formar palabras— Entonces...
Cierra los ojos, suspira profundamente, y se levanta. Sin decir una palabra más, se va, desapareciendo entre la multitud de cuerpos en movimiento. Me quedo allí, sola y triste, sintiéndome más pequeña y fuera de lugar que nunca.
Aunque sabía que nunca iba a ocurrir una respuesta positiva de él, porque me considera su sobrina, hermanita menor y tantas cosas, pero menos me ve como una mujer, me duele su reacción. El rechazo quema en mi pecho, las lágrimas amenazan con derramarse de mis ojos.
Miro a mi alrededor, buscando alguna reacción, alguna mirada de lástima o burla. Pero veo como todos están sumidos en sus pensamientos, ajenos a lo que acaba de suceder. La música sigue sonando, la gente sigue bailando y riendo. Parece que nadie vio que lo besé, que nadie fue testigo de mi humillación. No sé si sentirme aliviada o aún más sola.
Incapaz de soportar el ruido y la confusión a mi alrededor, me levanto y corro al baño. Necesito un momento a solas, un lugar donde pueda procesar lo que acaba de suceder. Entro en el pequeño cubículo y cierro la puerta, apoyándome contra ella mientras intento controlar mi respiración.
Las lágrimas que he estado conteniendo finalmente se derraman. Las dejo fluir por un momento, permitiéndome sentir la vergüenza y el dolor. Luego, determinada a no dejar que esto me derrumbe, me acerco al lavabo.
Friego frenéticamente el rostro, como si pudiera lavar no solo las lágrimas sino también la memoria de lo que acaba de pasar. El agua fría me ayuda a aclarar mis pensamientos, a recuperar algo de compostura. Cuando me estoy secando el rostro y las manos, escucho que la puerta se abre.
Mi corazón da un vuelco cuando veo que es Didier quien ha entrado. Por un momento nos quedamos allí, mirándonos en silencio, el aire cargado de tensión. Luego, en un movimiento que me toma completamente por sorpresa, Didier se acerca. Me rodea la cintura con sus brazos fuertes y me apega a él.
Antes de que pueda procesar lo que está pasando, sus labios están sobre los míos. Me besa, me besa como lo había soñado tantas veces. Su beso es apasionado, urgente, tan diferente al beso torpe e inocente que yo le di antes. Siento que voy a desmayarme por esto que está pasando, mi mente dando vueltas mientras intento asimilar la realidad de la situación.
Justo cuando empiezo a relajarme en el beso, a disfrutarlo plenamente, escuchamos pasos acercándose. Didier se aleja abruptamente, rompiendo el momento mágico. Mira hacia la puerta, la alarma clara en sus ojos. Al ver entrar a un grupo de chicas, su expresión cambia, volviendo a ser el Didi de siempre, el hermano mayor protector.
—Vamos a casa, sobrina querida —dice, su voz normal, pero con un ligero temblor que solo yo noto. Me toma de la mano y me arrastra hasta la salida. Su agarre es firme, casi desesperado. En el camino unos amigos se acercan a preguntarle si nos vamos. Didi dice que sí, pero no se detiene a verlos, solo me lleva de la mano hasta la salida del club.
Una vez fuera, la frescura de la noche nos golpea, un fuerte contraste con el ambiente cargado del club. Miro a Didi, tratando de leer su expresión, de entender qué está pasando por su mente.
—¿Llamo a Bastián? No creo que puedas manejar así borracho. —Sugiero, preocupada por su estado y por la seguridad de ambos.
Didi me suelta abruptamente, se detiene y me mira. Su mirada es intensa, casi feroz.
—Escucha, no estoy borracho —se acerca más de lo debido, su rostro a centímetros del mío—. Eso, que te quede claro.
Se gira sin esperar mi respuesta y pide al guardia que traiga su coche. Yo me quedo atrás de él, mi mente un torbellino de pensamientos y emociones. ¿No está borracho? Pero me besó. ¿Qué significa? ¿Le gusto también? Las preguntas se amontonan en mi cabeza, cada una trayendo consigo más dudas e incertidumbres.
Estoy tan sumida en mis pensamientos que ni cuenta me doy de que Didier ha subido al auto. El sonido del claxon me sobresalta, trayéndome de vuelta a la realidad.
—Vamos pequeña, sube —lo dice con toda normalidad. Su tono es casual, como si nada hubiera pasado. Ni siquiera se ve arrepentido o enojado por lo que ha hecho. Y eso me preocupa, ¿acaso va a hacer de cuenta que no pasó nada?
Subo al auto en silencio, mi corazón latiendo con fuerza. El interior del coche se siente pequeño, cargado de una tensión que casi puedo tocar. Didier arranca y comienza a conducir, sus ojos fijos en la carretera. Yo lo observo de reojo, buscando alguna señal, algún indicio de lo que está pensando.
Después de unos minutos de silencio que se sienten eternos, Didier detiene el coche en una vía solitaria. Se queda un rato mirando al frente, suspira profundamente.
—Eres más valiente que yo. —Sus palabras rompen el silencio.
Le miro con los ojos iluminados y el corazón latiendo desbocado. ¿Se refiere al beso? ¿A mis sentimientos? La esperanza florece en mi pecho, mezclándose con el miedo y la incertidumbre.
—Didier, ¿te gusto? —La pregunta sale de mis labios casi sin pensarlo. Es la pregunta que he querido hacer desde hace tanto tiempo, la que he temido formular por miedo a la respuesta.
Didier no me mira directamente, pero una sonrisa se dibuja en sus labios. —¿Y no te has dado cuenta, niña tonta? —Su respuesta, lejos de ofenderme, hace que mi corazón dé un vuelco de alegría—. Sí, me gustas y no sé ni cómo sucedió si apenas eres una cría.
—Tú también lo eres. —Respondo, sin poder contener mi sonrisa.
—Yo soy mayor de edad. Soy un hombre —dice al mirarme finalmente. Sus ojos brillan con una mezcla de emociones: deseo, preocupación, cariño.
Discutimos porque quién es mayor y quién es menor, nuestras palabras mezclándose con risas nerviosas y miradas cargadas de significado. La tensión entre nosotros crece hasta que, casi sin darnos cuenta, nos estamos besando nuevamente. Esta vez el beso es diferente, más intenso, más profundo.
Al separarnos, Didier murmura contra mis labios: —Alessia, sabes que esto no es debido.
—¿Por qué? No eres mi tío en verdad. Solo eres el hermano de mi padrastro, el cuñado de mi mamá. —Argumento.
—Pero...
—Cállate y bésame otra vez —lo interrumpo, no queriendo escuchar razones en este momento. Quiero perderme en la sensación de sus labios, en la calidez de su abrazo.
Nos besamos nuevamente, la pasión creciendo entre nosotros. He soltado el cinturón de seguridad y, en un impulso, he subido sobre las piernas de Didier. Él me presiona fuertemente contra su cuerpo, haciéndome sentir una excitación que nunca había experimentado.
En ese momento, en ese coche estacionado en una calle solitaria, el mundo exterior deja de existir. Solo somos Didier y yo, nuestros cuerpos y corazones conectados de una manera que va más allá de lo físico.