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La Canción de un Dragón

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Sinopsis

Hay una bestia en El Bosque de los Gigantes. Cuando Branwen Lirwood lo encuentra, no se espera que esté custiodado por una criatura mucho más peligrosa e impredecible. Hemera es una curandera proveniente de tierras lejanas del mediterráneo, aislada del mundo en una pequeña cabaña de madera en la base de un antiguo sauce, con una peligrosa tendencia a los casos sin remedio. Su voluntad es de hierro y su sentido de justicia fuerte, por lo que ella no dejará que nadie dañe al monstruo si está en su poder evitarlo. Es una lástima que Branwen esté ahí para matarlo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
16
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

I. Branwen Lirwood encuentra una muerte sin honor, o algo así

La gente de Sgàilneart no encontró a los niños vivos dentro del estómago del ogro. En todo caso, apenas se las arreglaron para hallar algunos huesos entre los jugos gástricos, la sangre espesa y fría, y pertenencias como hebillas, cinturones de cuero, o dijes que los niños en cuestión debieron haber traído puestos a la hora de ser ingeridos.

Cuando Branwen había aceptado ese trabajo, no encontró razón para creer que eso era, de hecho, una mala idea. Pésima, en realidad. Pero había llegado a Sgàilneart con la esperanza de ser esa heroína que ellos desesperadamente necesitaban, a cambio de un buen precio. Pero El Bosque de los Gigantes era un terreno completamente nuevo para ella, y los monstruos que lo habitaban eran igual de impredecibles.

Cuando se dirigió al consejo conformado por los ancianos más respetados de la comunidad en busca de información, ellos le hablaron de su esperanza de hallar a los últimos niños robados vivos, pues así iba la famosa canción. Una canción que relataba alegremente la desaparición de tres niños, arrastrados por un ogro que los devoró. Y ellos pasaron tres días y tres noches en su estómago hasta que un leñador, encontró a la bestia y la mató. Liberandolos del estómago del monstruo.

Si Branwen hubiera crecido en la ciudad, y no en un pueblo costero casi tan supersticioso como ese, tal vez no les habría creído la historia, y les habría sabido explicar que eso no era posible de ninguna manera. La canción no era más que eso, una canción para niños; nadie nunca podría sobrevivir dentro del estómago de un ogro, ni por uno ni por tres días.

Si hubiera sabido mejor, no se habría ofrecido en la misión de rescatarlos tan valerosamente. No habría pasado una semana entera tratando de descifrar dónde estaba ubicada la guarida donde el ogro se escondía durante el día, porque los ogros de aquí no eran los mismos que había en los bosques de Lir —aquí eran más salvajes, impredecibles, sanguinarios—, y no habría perdido a dos niños más en el proceso.

Del mismo modo, tampoco le habría dado falsas esperanzas a nadie, y les habría evitado a varios el laborioso y desagradable trabajo de buscar a los niños en su interior.

Por eso, cuando los padres descorazonados se fueron transformando en una turba furiosa que muy pronto se lanzó sobre ella, Branwen apenas tuvo el corazón para defenderse. A decir verdad, ella no podía culparlos; se sentían enojados, decepcionados. Que ella hubiera sido la cosa más cercana y más obvia para descargar su ira le pareció razonable, pues sí era su culpa.

Así que dejó que la golpearan, en parte porque comprendía la ira, y en parte porque después de la pelea reñida que había tenido con el ogro de dos metros, donde su hacha había perdido todo su filo tratando de cortar la piel gruesa y viscosa de la bestia, no le quedaban más fuerzas como para hacerle frente a nada ni nadie. De cualquier forma, ella no creyó que ellos pudieran hacerle más daño que el que el ogro ya le había hecho, arrebatándole parte de su hombro derecho con una dentellada precisa, y parte de la vista también, porque con un zarpazo logró dejarla ciega del ojo izquierdo.

La gente de Sgàilnart, en cambio, apenas la habían apedreado y pateado. Así, hasta que dejó de moverse.

Por lo que Branwen Lirwood, nacida en una diminuta comunidad pesquera llamada Lir, a quince días de la capital de Ardann, fue abandonada en la calle lodosa, casi a las afueras de la comunidad. Dada por muerta.

«Desearía poder ver las estrellas» se halló pensando en cierto momento, al mismo tiempo que su mirada parcialmente dañada vagaba —no sin esfuerzo— por el cielo hecho de hojas y ramas. Llevaba tendida en el lodo un buen rato; había estado esperando el momento que el dolor disminuyera para tratar de levantarse, pero cuando la noche llegó y El Bosque de los Gigantes se sumió en la oscuridad y el frío que tanto lo caracterizaba, empezó a tener miedo de no poder hacerlo.

Apenas podía mantener su ojo sano abierto. La hinchazón le había reducido considerablemente la vista, y no podía oír mucho más que un molesto zumbido que de tanto en tanto le generaba náuseas, pero aún así, cuando giró la cabeza a la izquierda, alcanzó a ver las luces encendidas en el pequeño pueblo. Vislumbró los hogares hechos en el interior de champiñones, con puertas de roble en el pie, y postigos a lo largo de sus sombreros. Las casas más precarias estaban hechas en el interior de las raíces nudosas de los árboles gigantes, al ras de la tierra. El lugar de reunión, donde se habían discutido sus métodos de caza durante la última semana con el consejo, era una gran seta azul que emitía un suave fulgor, haciéndola resaltar entre aquella oscuridad espesa y el resto de hogares menos pintorescos.

Branwen dio una bocanada de aire, temblorosa, y se empecinó en tratar de encontrar, al menos, un retazo del cielo que el bosque le ocultaba. La cosa de estar dentro del Bosque de los Gigantes era que, para variar, el cielo era algo que uno no podía ver seguido. Los árboles aquí crecían tan grandes y tan altos que ver más allá de sus ramas y hojas era casi imposible. La luz del sol apenas lograba filtrarse, y cuando era de noche, no había luna ni estrellas que guiaran a aquellas almas perdidas.

Ni siquiera a la suya.

Para cuando Branwen dejó de sentir parte de su cuerpo, decidió que no le tenía miedo a la muerte. Incluso si era mentira y solo quería sentirse temeraria, porque desde que tenía uso de razón, la había deseado. La muerte de un héroe, para ser más preciso. Caer con honor y gloria ante un adversario digno, salvando vidas en pos de dar la suya.

Pero en ese momento, ella no era ningún héroe, apenas el burdo intento de uno. No había gloria ahí, y tampoco había honor. Solo barro, sangre, y un interés personal, por demás deshonesto, que había costado la vida de niños inocentes, y la suya. Pero sobre todo, tenía miedo.

No quería morir. No de verdad.

Aún así, ella cerró los ojos, esperando encontrarse con su final de una forma u otra. Había perdido mucha sangre.

Hasta que, de pronto, algo tiró de su cuerpo, generando un dolor punzante que la hizo gimotear cual bebé. Al principio, temió que se tratara de otro monstruo que la había encontrado como a una presa fácil, pero no sintió garras tomando sus brazos, ni dedos toscos y enormes, sino manos delicadas. Manos que la sostenían con cuidado. Abrió los ojos tanto como pudo y oteó a su alrededor. A pesar de que la oscuridad era densa, no le impidió distinguir la luminosa piel cerúlea de lo que, a simple vista, parecía alguna joven hada del agua.

Mientras su mente confusa trataba de recordar si existía algún tipo de hada del agua que comiera carne humana, o que salieran a buscar a sus víctimas lejos de su lugar habitual de caza —los lagos y los ríos—, ella perdió la conciencia.

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