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La vida de un oficial en los arrabales de una ciudad era de todo menos interesante. Julián lo sabía. Desde que lo mandaron a aquella comandancia, había aprendido que la mayoría de sus turnos consistían en dar vueltas por las mismas calles y perder el tiempo con los mismos pendejos de siempre.
Aquella noche no era la excepción. Bajo un cielo encapotado y un aire que se siente aun más pesado de lo usual, patrullaba las calles viejas de la ciudad en busca de aquellos jóvenes que se jugaban el futuro por pura adrenalina, como si meterse en problemas fuera la única forma de escapar de la miseria cotidiana. Unos fumaban mota barata en las esquinas; otros intentaban robar un par de cervezas de algún OXXO antes de que alguien los descubriera. Aburrido.
No lo malentiendan. Amaba su trabajo, pero a menudo lamentaba no tener ninguna anécdota interesante que llevar a la mesa, como hacía Iván, su esposo. Médico forense y un tipo bien chulo, lo había conocido años atrás durante un trámite en la morgue. A diferencia de Julián, Iván siempre tenía algo nuevo, algo fresco e intrigante que contar.
—Central, reporto homicidio por arma de fuego. Sujeto masculino de aproximadamente sesenta años, con múltiples impactos de bala. Solicito apoyo en mi 10-20 para asegurar el perímetro y la intervención de Servicios Periciales.
La voz de la central irrumpió por la radio, quebrando el silencio de la patrulla. Julián enderezó la espalda. Vaya, parecía que la noche por fin tenía algo que ofrecerle. Y, con un poco de suerte, también tendría algo interesante que contarle a Iván durante la cena.
—Méndez, Ramírez y Díaz —ordenó el mando por el radio—. Formen trinomio y acudan al lugar de los hechos. Esperen a los peritos, interroguen a los vecinos y busquen posibles sospechosos.
—Entendido, señor.
Tras reunirse con sus compañeros en la comandancia, abordaron la patrulla con él en el asiento del copiloto. Durante los primeros minutos nadie dijo una palabra. Mientras su compañero conducía, el ambiente dentro del vehículo se volvía cada vez más denso, como si una presión invisible los fuera envolviendo a medida que se acercaban a la dirección señalada.
Las calles se estrechaban entre fachadas desgastadas, muros manchados por la humedad y cortinas metálicas que llevaban horas cerradas. Bajo la luz mortecina de los postes, las esquinas se sucedían unas a otras, idénticas y extrañamente familiares. Julián no habría sabido explicar por qué, pero algo en aquel lugar le revolvía el estómago.
El tablero marcaba veinticinco grados. No hacía frío, ni siquiera el suficiente para justificar el escalofrío que le recorrió la espalda. Se frotó los brazos y volvió la mirada hacia la calle. Un peso incómodo se le instaló en el estómago en cuanto reconoció la fachada.
Era esa casa.
La misma que había visto tantas veces desde el otro lado de la reja, la que había aprendido a distinguir entre las demás sin detenerse nunca a observarla demasiado. Ahí vivía el padre de Iván. O, mejor dicho, ahí había vivido. El reporte no mencionaba otras víctimas, aunque todavía era pronto para descartar que hubiera alguien más dentro del domicilio.
Julián tragó saliva y se obligó a mantener la expresión serena. No tenía sentido adelantarse a los hechos. Era una escena más, un hombre muerto, un procedimiento que conocía de sobra. Nada que no hubiera visto antes. Al menos, eso intentó decirse.
El interior de la casa parecía llevar años abandonado a su suerte. El papel tapiz se desprendía de las paredes en tiras amarillentas, hinchadas por la humedad; las grietas se extendían por las esquinas del techo y una capa de polvo cubría los muebles. Había un olor agrio en el ambiente, una mezcla de encierro, humedad y algo más que Julián prefirió no identificar. Avanzó con cautela, procurando no tocar nada que pudiera estropear el trabajo de los peritos.
Las cortinas, gruesas y descoloridas, apenas dejaban pasar la luz de la calle. En algunos rincones, la penumbra era tan espesa que costaba distinguir dónde terminaban los muebles y empezaban las sombras. Un foco desnudo parpadeaba sobre el pasillo, encendiéndose y apagándose con un zumbido tenue. Cada tanto, el suelo crujía bajo sus botas, y aquel ruido, insignificante en cualquier otra circunstancia, parecía demasiado fuerte en medio de tanto silencio.
Julián conocía esa casa y, al mismo tiempo, no la conocía en lo absoluto.
Durante el noviazgo, había acompañado a Iván hasta la entrada del porche en más de una ocasión. Se despedían ahí, junto a la reja, y Julián se marchaba sin haber visto más que la fachada y un fragmento del patio. Nunca le había parecido extraño. Iván tenía sus razones para mantenerlo al margen de ciertos asuntos familiares, y él no era precisamente de los que insistían en meter las narices donde no lo llamaban.
Después se casaron. Compartieron departamento, cuentas, mañanas apresuradas y noches en las que uno esperaba despierto al otro. Con el tiempo, Julián llegó a conocer las pequeñas manías de su esposo, sus silencios y hasta la forma en que mordisqueaba el interior de su mejilla cuando algo le molestaba. Sin embargo, jamás había cruzado el umbral de aquella casa. Ni una sola vez. Ahora se encontraba ahí, con una placa en el cinturón y un cadáver en la sala. La ironía le habría resultado graciosa en cualquier otro momento.
Sabía que Iván y su padre nunca se habían llevado bien. Había escuchado comentarios sueltos, respuestas cortantes y alguna que otra historia que su esposo dejaba a medias cuando la conversación se acercaba demasiado al tema. Julián había aprendido a no presionar. Pensaba que, si Iván algún día quería hablar de aquello, lo haría por voluntad propia.
Pero nunca imaginó que detrás de aquella fachada hubiera un lugar como ese. Un sitio donde el tiempo parecía haberse detenido, no por nostalgia, sino por puro abandono. Le costaba conciliar aquella casa desoladora con el hombre con quien compartía su vida. ¿Qué clase de cosas había tenido que soportar Iván ahí dentro?
Un murmullo de voces lo sacó de sus pensamientos. Al fondo de la sala, junto a un sofá vencido por el uso, yacía el cuerpo de un hombre de unos sesenta años. La ropa estaba manchada de sangre. Tres heridas de bala le atravesaban las extremidades de forma estratégica; una cuarta, en el centro de la frente, era un tiro de gracia que no dejaba duda sobre la intención de quien había disparado.
Julián se detuvo a unos pasos.
Había visto muertos antes. Algunos habían sido víctimas de accidentes; otros, de peleas que se salieron de control o de decisiones estúpidas tomadas en el peor momento posible. Con los años había aprendido a observar un cadáver sin detenerse demasiado en la persona que había sido. Era parte del trabajo. Si se permitía pensar en cada víctima como alguien que había tenido una familia, una rutina, un lugar al que volver, terminaría llevándose el trabajo a casa todas las noches.
Pero aquel hombre no era cualquier desconocido. Era el padre de Iván.
Tenía el rostro rígido, la boca ligeramente abierta y una expresión difícil de interpretar. La muerte le había dejado una mueca que podía ser de rabia o de miedo. Julián no supo decirlo. Lo que sí sabía era que, fuera lo que fuera que había ocurrido en aquella sala, no había terminado con el último disparo.
—Revisamos las demás habitaciones —dijo uno de los peritos, acercándose a él—. No encontramos a nadie más en el domicilio. Pero la habitación del fondo está hecha un desastre. Muebles volcados, objetos rotos, todo revuelto. Parece que hubo un forcejeo o que alguien estuvo buscando algo. No podemos asegurarlo todavía.
Julián apartó la mirada del cadáver.
La habitación del fondo.
Algo se movió en su memoria, apenas un destello. Una conversación cualquiera, una noche cualquiera. Iván le había mencionado aquella habitación alguna vez. No recordaba las palabras exactas, solo el tono con el que las había pronunciado: una mezcla de fastidio y cautela que Julián, en su momento, no había considerado importante. Quizás había sido durante una cena. Quizás mientras hablaban de la infancia de Iván. El recuerdo se le escurría de las manos cada vez que intentaba sujetarlo.
—¿Puedo echarle un vistazo? —preguntó. El perito lo observó un instante y luego asintió.
—Claro. Ya terminamos de documentarla, pero tenga cuidado de no mover nada.
Julián le agradeció con un gesto y siguió sus indicaciones por el pasillo. A cada paso, el olor a humedad parecía intensificarse. Pasó junto a una puerta entreabierta y alcanzó a distinguir un armario ladeado, varios cajones tirados en el suelo y pedazos de algo que pudo haber sido un espejo. No se detuvo. Todavía no.
Al llegar al fondo del pasillo, sacó el teléfono para revisar la hora. Tenía varias notificaciones sin leer, entre ellas un mensaje de Iván que no había alcanzado a contestar antes de salir de la comandancia. Sintió una punzada de culpa. Se suponía que esa noche celebrarían su cuarto aniversario. Habían quedado en cenar juntos, aunque Julián no había tenido tiempo de pensar demasiado en los detalles.
Al menos ahora tendría una historia que contarle. El pensamiento apareció con una naturalidad tan desagradable que tuvo que apretar los labios.
Que pinche manera de arruinar una cena, pensó. Guardó el teléfono y se dispuso a cruzar el umbral. Entonces, justo cuando iba a entrar, el aparato vibró en su mano. Un número desconocido. Julián frunció el ceño. Por un instante consideró dejar que la llamada fuera al buzón, pero algo —la hora, el lugar, aquella sensación persistente de estar olvidando una pieza fundamental— lo hizo contestar.
—¿Diga?
Al otro lado hubo un breve silencio. Después, una respiración tranquila, casi divertida. Julián reconoció la voz antes de que pronunciara una sola palabra. Se le heló la sangre.
—Sé cuánto deseabas tener, por fin, un día emocionante en el trabajo.
El pasillo pareció estrecharse a su alrededor. Julián no respondió. Ni siquiera estaba seguro de poder hacerlo. La voz continuó, serena, mientras él permanecía inmóvil frente a la habitación destrozada:
—Feliz cuarto aniversario, cariño.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







