Capítulo 1
—Así que te has graduado de la universidad —le dijo Helen Perego a su hija mientras disfrutaban de una cena de celebración en Ambrosia, su restaurante favorito.
—Y tú vas después, John —le dijo Vincent Perego a su hijo, con el pelo castaño oscuro y los ojos color avellana heredados de su madre, mientras que Sandra había heredado el pelo pelirrojo y los ojos verdes de él.
—¿Has pensado qué quieres hacer? —preguntó Helen.
—Me gustaría trabajar para ti, papá —dijo Sandra—. Puedes prepararme para ser tu sucesora.
—No estoy seguro de que sea tan buena idea, Sandra —dijo Vincent—, teniendo en cuenta la naturaleza del negocio. Yo había pensado que John haría eso.
—¡Pero yo soy la mayor! Tengo 21 y John solo 20 —protestó Sandra, sonrojándose. Eso hizo que sus pecas resaltaran aún más, y sus ojos verdes chispearon—. Y soy la más lista. John es agradable a la vista y es un buen chico, pero todos sabemos que dirigir un negocio no es lo suyo. Dios sabe que lo quiero, pero John apenas puede revisar su email. En cambio yo puedo programar y mis habilidades de IT son excelentes. Y ni hablar de que he sacado puro sobresaliente toda mi vida y John saca C y B.
Hubo un silencio incómodo en la mesa. Todos evitaron mirarse.
—Sé que no soy tan listo —dijo John, con su sonrisa despreocupada de siempre—. Y no quiero llevar tu negocio, papá. Me gusta cultivar orquídeas. Eso es lo que voy a hacer.
—Sandra, es... impropio que trabajes conmigo o que te quedes con el negocio cuando me jubile —dijo Vincent—. Eres mi hija.
—Cuando Tamara Brooks fundó Toys4U —señaló Sandra—, tenía 24, y seguro que ella también era hija de alguien.
—¿Y qué te imaginas haciendo? —preguntó Vincent.
—Todo —respondió Sandra—. Si no entiendo cada aspecto del negocio, ¿cómo voy a esperar dirigirlo algún día? —preguntó—. Además, ¿cómo puede ser impropio que yo trabaje contigo y no mamá? Ella te ayudó a construir la empresa.
—Eso es distinto —respondió Vincent, incómodo—. Estamos casados.
—¿Y qué? —dijo Sandra—. ¿Qué tiene que ver eso?
—Sandra... —empezó a decir Helen.
—Juro que le escribiré a Tamara Brooks y le pediré trabajo —amenazó Sandra—. Cuando sepa quién soy, ¿qué crees que probabilidad hay de que no me contrate, sobre todo cuando le diga por qué estoy pidiendo trabajo?
—Yo... tenemos que hablar de esta... idea —respondió Vincent, claramente incómodo con toda la conversación.
—Ni siquiera tendrías que hablarlo —replicó Sandra.
En vez de una bonita cena de celebración, el resto de la comida transcurrió en un silencio incómodo.
—Bueno, desde luego arruinaste esa cena —dijo John riéndose al entrar en el dormitorio de su hermana desde el baño que compartían. El baño quedaba entre sus habitaciones. La encontró cepillándose su largo pelo rojo, sentada desnuda frente al espejo de su tocador.
—Papá es un cerdo machista —dijo Sandra, exasperada, volviéndose para mirar a su hermano—, y además un machista incoherente.
—Bueno, quizá no le gusta la idea de que te metas en su negocio de sex toys —aventuró John—. Todavía te ve como su niña pequeña, ya sabes.
—Y a ti te trata como si fueras un regalo de dios porque tienes un cock —replicó Sandra, furiosa.
—En realidad no tienen ni idea de lo nuestro, ¿sabes? —dijo John mientras se acercaba a su hermana—. No pueden ver más allá de la apariencia —dijo, sacándose el cock de los shorts y empezando a jacking it despacio. Miró la cara de su hermana mientras ella se relamía.
—No necesitaba lo de esta noche para saberlo —dijo Sandra con una risa. Le sonrió cuando él se acercó lo suficiente como para frotar la cabeza de su cock contra sus labios.
—Desde luego no saben lo talentosa que eres —dijo John cuando los labios de ella se separaron. Su lengua se estiró por debajo del cock. Su boca se abrió para que él se lo deslizara sobre la lengua y se lo metiera en la boca. John suspiró al rozar el fondo de su garganta y sentir cómo se relajaba. Todo su cock se deslizó en su boca y bajó por su garganta, sus 9" enteras.
Por el negocio en el que estaban, Vincent y Helen habían sido especialmente paranoicos con Sandra y su exposición a los chicos cuando entró en la mitad de la adolescencia, aunque a ella le costaba entender por qué. Nunca se metía en problemas. Sacaba las mejores notas en todas sus clases. Así que, cuando por fin tuvo edad para empezar a salir, lo que según sus padres era en el último año de secundaria, no se le permitía tener una cita a solas. Tenía que llevar un supuesto acompañante. Y el único aceptable para sus padres era John, aunque él era un año menor. Con su 6'5", pensaban que sería un buen disuasivo ante cualquier conducta indebida de los chicos con los que Sandra decidiera salir.
Sandra siempre había sido de sangre caliente y le interesaba mucho experimentar con los chicos con los que salía. Besar y magrear, querer llevarlo al siguiente nivel. Pero sus citas se cortaban por la presencia de su hermano, el acompañante, justo como sus padres querían. Eso la frustraba, sobre todo porque su hermano no tenía ese problema. Ella lo había visto hacer de todo con sus citas y deseaba con todas sus fuerzas algo de lo mismo con las suyas.
—Sé que esto suena raro —le dijo Sandra a John después de una cita—, pero me lo pones difícil para divertirme más, y tú sí que te diviertes un montón.
—Yo no te detengo —protestó John.
—Que estés ahí me detiene —dijo Sandra—. Mis citas tienen miedo de intentar nada porque tú estás ahí.
—Yo no diría nada —le aseguró John—. Ni a ellos, ni a mamá o papá.
—Y yo tampoco —dijo Sandra—. ¿Qué tipo de acompañante se creerían que eres si tú estás teniendo todo el sex del mundo en el asiento de atrás mientras yo, en el de delante, apenas consigo que me toquen un poco?
—No es como si yo se lo pidiera ni nada —dijo John a la defensiva.
—John, me alegro por ti —dijo Sandra—. Solo quisiera divertirme tanto como tú.
—Pues haz como hacen tus amigas, simplemente hazlo —dijo John, riéndose—. Yo solo voy por donde ellas me llevan, así sé que no les molesta. Enséñales a los chicos lo que quieres. Cuando yo no digo nada, ellos irán por donde tú quieras que vayan.
—¿Y no te molestará si yo... hago cosas? —preguntó Sandra.
—¿Por qué iba a molestarme? —preguntó John—. ¿Por qué no ibas a divertirte tú también?
La siguiente vez que salieron, estaban aparcados junto al lago, el sitio típico para enrollarse. Sandra estaba en un beso profundo. Las manos de su cita manoseaban sus pechos sin sujetador a través de su suéter de cachemira cuando oyó desde el asiento trasero: «oh, wow, what a big cock». Miró por encima del hombro de su cita y se encontró con los ojos de su hermano. Tenía una expresión avergonzada. La cabeza de su cita estaba en su regazo, y los sonidos húmedos de una blowjob llenaban el coche.
Echándose hacia atrás, alejándose de su cita, Sandra se levantó el suéter de cachemira y se lo quitó, dejando libres y a la vista sus pechos llenos, talla C. Sus pezones rubí, duros y gruesos, se marcaban. Por primera vez en su vida, Sandra sintió unas manos que no eran las suyas sobre sus pechos desnudos. Enseguida su cita se inclinó para chuparle y mordisquearle los pezones. Sintió cómo respondía su pussy, empapándose. Cuando su cita empezó a deslizar lentamente una mano por la cara interna de su muslo, ella dejó que las piernas se relajaran a propósito. Jadeó en su boca al sentir su mano sobre sus panties empapadas. Su dedo frotaba arriba y abajo mientras él seguía chupándole y mordisqueándole los pezones.
—Oh, my god, you've got cum all over me —oyó Sandra que exclamaba Jenny desde el asiento trasero. Se giró para mirar. Jenny se incorporó y se lamió los dedos de una mano. Con la otra, tenía envuelto el cock de su hermano. Sus ojos se abrieron al verlo. Luego Jenny se inclinó de nuevo y Sandra oyó gemir a John. Entonces él se dio cuenta de que ella lo estaba mirando. Abrió los ojos de par en par cuando vio que estaba en topless, con el pecho que no estaban chupando totalmente a la vista y la mano de su cita apretándolo.
—I swear, I have never seen a guy cum so much —dijo Jenny desde el asiento trasero al incorporarse—. It's a good thing that I like cum so much, I'll tell you —añadió.
—Bueno, eso sí que fue divertido —dijo John mientras volvían a casa.
—Para ti —dijo Sandra, suspirando.
—Eh, tú tampoco estabas haciendo de monja —se rió John—. Tienes unas tetas geniales, ¿sabes?
—Y tu cock es grande —replicó Sandra.
—Sigue empujando los límites y conseguirás lo que quieres —le aseguró John.
—¿Por qué siempre depende de la chica? —preguntó Sandra—. Tú no haces nada y te la chupan.
—Supongo que tengo suerte —respondió John, sonriendo con picardía.
Sandra no podía esperar a llegar a casa. Agarró rápido su dildo negro favorito, grueso y con venas marcadas, sus 8" enteras, y llenó su pussy excitada. Era el mismo dildo con el que se había quitado la virginidad ella sola. Se lo metió y sacó hasta que se le cansó la muñeca y, al final, se quedó dormida. Se preguntó qué diría su padre si supiera que su juguete favorito era uno de sus productos.
Después de eso, a Sandra le resultó cada vez más fácil animar a sus citas a ir más lejos. Superó la vergüenza de que su hermano la viera y la oyera. Y sus citas se volvían más atrevidas al darse cuenta de que John no iba a decir ni hacer nada. La primera vez que chupó un cock, casi se ahoga antes de entender cómo hacerlo. Al final se incorporó cuando él dejó de correrse, con cum marcándole la barbilla mientras seguía tragando y trataba de limpiarse la boca de esa cosa pegajosa.
—Prueba a respirar por la nariz —había dicho John, sobresaltándola cuando lo vio mirándola por encima del respaldo, mientras al mismo tiempo estaba fucking a su cita.
Se sintió muy avergonzada cuando por fin volvieron a casa juntos y él le dijo que se veía bien con un cock en la boca. A la vez, sintió un subidón de orgullo por su cumplido. También sintió gratitud porque no dijera nada de su primer intento torpe de sucking a cock. A partir de entonces siempre chupaba los cocks de sus citas. Sandra se dio cuenta de que la ponía cachonda que su hermano la mirara, igual que siempre se había excitado viéndolo a él con sus citas. Cuando por fin logró que una de sus citas la fucked, vio a su hermano mirándola desde arriba del respaldo, con una gran sonrisa en la cara.
Las citas se volvieron muchísimo más divertidas después de eso. Hicieron un acuerdo para alternar los asientos delantero y trasero en cada cita. Salvo unas pocas excepciones, esa fue su vida sexual durante más de cuatro años, mientras iban a la universidad local después de la secundaria y seguían viviendo en casa. Eso los obligaba a aguantar las reglas neandertales de sus padres sobre las citas.
—Sigo esperando una respuesta sobre trabajar para ti —les dijo Sandra a sus padres en el desayuno de la mañana siguiente.
—Estoy intentando averiguar cómo hacerlo —respondió Vincent con un suspiro.
—¿Qué hay que averiguar? —preguntó Sandra, poniendo los ojos en blanco—. Solo di que sí, ponme en el puesto más bajo que haya y ya iré subiendo.
—No es tan fácil, Sandra —dijo Helen.
—¿Por qué no? —preguntó Sandra—. Tienen I+D, fabricación, control de calidad, envíos y marketing. Seguro que hay un sitio para mí en alguno de esos departamentos con mis habilidades. No estoy pidiendo un trato especial. Solo quiero un trabajo y una oportunidad para demostrarles que merezco uno. Y que algún día puedo llevar todo el negocio.
—Te prometo que me estoy tomando tu petición en serio —dijo Vincent con un suspiro—. Por favor, ten paciencia.
—He tenido paciencia más que de sobra —dijo Sandra—. Si no vas a encontrar una forma de que trabaje para ustedes, voy a mandar mi carta a Tamara Brooks. Ya la escribí.
Vincent y Helen intercambiaron miradas incómodas ante esa noticia.
—Yo creo que deberíais contratarla —dijo John—. ¿Cuándo han tenido a una posible empleada tan cualificada y tan desesperada por trabajar con ustedes? Si no da la talla, tendrás tu excusa. Pero si es buena... bueno, ¿en quién puedes confiar más que en la familia?
—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó Vincent a Helen cuando, más tarde ese día, estaban sentados en su despacho.
—No lo sé, pero si de verdad cumple su amenaza y solicita trabajo con Tamara Brooks, no tendremos ningún control sobre ella —respondió Helen, negando con la cabeza—. Se iría de casa y estoy segura de que Tamara no dudaría en dejar que hiciera prácticamente cualquier cosa. Le encantaría restregárnoslo por la cara.
—Es que no veo cómo podríamos hacerlo sin que al final termine enterándose de todo —dijo Vincent, incómodo—. ¿Y después qué?
—Tendríamos que ir llevándola poco a poco, ver cómo se desarrolla y cómo reacciona a las cosas —respondió Helen—. Ya es adulta y, de todos modos, nuestra capacidad de controlarla va a disminuir rápido. Y más todavía si se va a trabajar con Tamara. Quizá para cuando esté lista para exponerse a más cosas, lo veamos de otra manera.
—Pero no la quiero en este negocio —dijo Vincent, dando una palmada en el escritorio—. Es nuestra hija, por el amor de Dios.
—Y yo soy tu esposa —le recordó Helen—. No te opones a que yo esté en el negocio contigo.
—Eso es distinto —dijo Vincent.
—¿Ah, sí? —preguntó Helen—. ¿De verdad?
—¿De verdad quieres que nuestra hija... que... que... que... —empezó a decir Vincent.
—No sería mi primera opción, no, claro que no —respondió Helen—, pero prefiero tener algo de control o influencia a no tener nada si se va a trabajar con Tamara. ¿Te arrepientes de cómo nos han salido las cosas?
—Tú lo sabes bien —respondió Vincent, sonriéndole—. Pero tú y yo... nosotros nacimos para esto.
—Y Sandra es nuestra hija —dijo Helen—. ¿Quién dice que ella no lo sea también? Y si lo es, prefiero que esté cerca para poder ayudarla si tiene... problemas.
—Si al menos John... —suspiró Vincent.
—Y si los sueños pudieran hacer realidad los deseos —se rio Helen—, aunque lo quiero con toda el alma.
—Jenny me invitó a pasar el fin de semana —dijo Sandra durante la cena de esa noche.
—¿Jenny? —dijo Helen, lanzándole a Vincent una mirada preocupada.
—Sí —respondió Sandra—. Será como unas vacaciones.
—Si vive a solo unas cuadras —dijo John, riéndose.
—Me gusta Jenny —dijo Sandra—. Me entiendo con ella mejor que con casi cualquiera.
—A mí también me gusta Jenny —dijo John, sonriendo con ironía al recordar cómo ella le había sucked his cock en numerosas ocasiones y lo bien que se sentía su pussy apretada alrededor de su cock.
—A todos los chicos les gusta Jenny —dijo Sandra, con cierta exasperación.
—Bueno, es muy guapa —dijo Helen.
—Sandra es más guapa —dijo John—. Y si no tuviera que arrastrarme a sus citas, tendría muchas más.
—Eso solo me dice que es bueno que vayas con ella —dijo Vincent—. Si tu presencia hace que no quieran salir con Sandra, entonces ¿qué es lo que tienen en mente?
—¿Esperas que me quede virgen toda la vida? —preguntó Sandra, con tono acalorado.
—Te prohíbo terminantemente tener sex hasta que yo me muera —dijo Vincent, y todos se rieron por la gran sonrisa en su cara. Era un chiste viejo, pero seguía siendo gracioso.
—Ay, me alegra muchísimo que hayas venido —dijo Jenny al abrir la puerta. Su pelo largo castaño claro se mecía sobre su espalda hasta la cintura, y sus ojos grises brillaban—. ¡Nos vamos a divertir un montón!
—¿De verdad? ¿Dónde están tus padres? —preguntó Sandra.
—¡En nuestra casa de las Bahamas! —se rio Jenny—. ¡Estamos solas! Deberíamos invitar a un par de chicos, ¿no crees? —preguntó, con una gran sonrisa.
—Mis padres se volverían locos si se enteraran —dijo Sandra, sintiendo mariposas de emoción en el estómago—. Ya ves cómo siempre me obligan a llevarme a John cuando tengo una cita.
—Eso es un poco raro, pero también fue un poco hot, si me entiendes, chupándole la cock a tu hermano justo delante de ti —dijo Jenny, sonriendo—. Por lo menos ustedes dos parecen llevarse bien.
—Es mi mejor amigo —dijo Sandra—. No hay nadie en quien confíe más.
—Siempre he querido un hermano, o incluso una hermana —suspiró Jenny—. En cambio, soy la niña mimada, hija única —se rio Jenny—. ¿Te molesta ver a tu hermano así? —preguntó.
—No —respondió Sandra, negando con la cabeza—. Me pone verlo.
—¿Y no te importa que John te vea having sex? —preguntó Jenny, con los ojos grises chispeando.
—Al principio daba un poco de vergüenza —respondió Sandra—, pero luego me empezó a excitar saber que me estaba mirando.
—Para los chicos es fácil en un coche —dijo Jenny—, pero para nosotras no tanto. A mí también me gusta que un chico me coma, pero en un coche es demasiado complicado.
—Solo me lo han hecho unas cuantas veces —dijo Sandra con un suspiro—. Y no fue en un coche. Es maravilloso sentir la lengua de alguien en mi pussy.
—Me encanta, una lengua en mi pussy, o incluso mi lengua en una pussy —dijo Jenny, sonriendo ante la cara de Sandra.
—¿Tú... tú lo has hecho con chicas? —preguntó Sandra, atónita.
—Sí —respondió Jenny, sonriendo—. También son divertidas, pero nada puede sustituir a una buena cock.
—N-no sé ni qué decir —dijo Sandra.
—¿Nunca lo has pensado? —preguntó Jenny.
—Bueno, claro, pero no en serio ni nada. Solo por curiosidad —respondió Sandra.
—¿Tienes suficiente curiosidad como para probarlo, tal vez conmigo? —preguntó Jenny.
—¿¡En serio!? ¿Tú... tú quieres... conmigo? —jadeó Sandra.
—Claro —respondió Jenny—. ¿Por qué no? Somos amigas, tú estás hot, yo estoy hot —se rio—. Las dos hemos tenido sex en el coche juntas muchas veces. ¿O prefieres que solo encuentre a un par de chicos y nos quedemos bien laid?
—Mis padres me matarían igual, de cualquier forma —dijo Sandra, con el corazón latiéndole a toda velocidad.
—Tus padres son unos hipócritas —bufó Jenny—. Al menos yo puedo decir que los míos no lo son.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sandra.
—Tus padres son de los de «haz lo que digo, no lo que hago» —respondió Jenny.
—No tengo ni idea de qué estás hablando —dijo Sandra.
—¿Qué sabes de tus padres? —preguntó Jenny.
—Son mis padres —respondió Sandra, mirándola con una expresión de desconcierto.
—¿Eso es todo? —preguntó Jenny.
—Tienen un negocio —añadió Sandra—. Hacen juguetes sexuales.
—¿Nada de vida social? —preguntó Jenny.
—No sé —respondió Sandra—. Seguro que sí. No es algo en lo que me haya fijado. Quiero decir, salen todo el tiempo.
—¿Cómo te sentirías con la manera en que tus padres intentan protegerte si supieras que ellos fueran, no sé, kinky sex freaks? —preguntó Jenny.
—Me reiría —respondió Sandra—. Solo porque tengan un negocio que hace juguetes sexuales para adultos no significa que sean perverts ni nada. Y, en cualquier caso, odio cómo intentan controlarme así.
—Yo no he dicho nada de perverts —dijo Jenny—. Pero imagina que fuera verdad, que les va el kinky sex. ¿Cómo te sentirías?
—Cabreada, supongo —respondió Sandra.
—¿Por qué? —preguntó Jenny.
Sandra explicó su deseo de trabajar en el negocio familiar, la reacción de sus padres ante esa idea y la amenaza que había hecho de irse a trabajar con Tamara Brooks si no le daban un trabajo.
—¿Querrías saber si ellos estaban, ya sabes, metidos en kinky sex? —preguntó Jenny.
—Y-yo no sé —respondió Sandra, incómoda.
—Si fuera verdad, tendrías más palanca con ellos, ¿no crees? —preguntó Jenny.
—Probablemente —concedió Sandra—. ¿Tú sabes algo?
—¿De verdad quieres saber si lo sé? —preguntó Jenny—. Si es cierto, te cambiaría todo.
—Y-yo no sé —respondió Sandra.
—Aparte de que te cabreara por la hipocresía, ¿te molestaría descubrir que les va el kinky sex? —preguntó Jenny.
—No lo sé —respondió Sandra—. N-no creo. Es que cuesta imaginarlo. Son tan... straight.
TBC......