Cenizas y recuerdos
Estaba en clase de matemáticas cuando pasó aquella tragedia que nunca podré olvidar, algo que me perseguirá durante todo lo que me quede de vida: aquel desastre nuclear. Aún recuerdo como si fuera ayer cuando mi compañero preguntó qué era aquella cosa extraña que flotaba en el cielo. Tuve tiempo suficiente para levantarme y ver aquel objeto que descendía ayudado por un paracaídas. Cuando vi aquel resplandor tan brillante que iluminó todo el cielo, tuve que apartar la mirada. No pasaron más de dos segundos cuando una onda expansiva me levantó por los aires y me estampó contra la pared más cercana. Poco duré pegado a aquella pared, ya que recuerdo cómo los cimientos se cayeron a pedazos. También recuerdo un calor insoportable, sofocante y asfixiante. Creí que iba a morir. Ahí fue cuando me desmayé. No sé cuánto tiempo duré inconsciente, tal vez minutos, tal vez horas...
Al despertar, sentí un dolor enorme en mi pie derecho, un dolor que recorría todo mi cuerpo. Un pupitre me había aplastado el tobillo izquierdo. No sé qué era peor, si el dolor o el inmenso calor que hacía. No podía levantarme. Todo estaba oscuro; tal vez ya se había hecho de noche, a pesar de que no eran ni las nueve de la mañana cuando ocurrió todo aquello. Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas como aquel río en el que siempre jugaba por la tarde. Las lágrimas no duraron mucho. No sé por qué; cualquier niño de mi edad se habría pasado horas llorando y llamando a su madre, pero yo no. Conseguí fuerzas para levantarme cuando escuché la voz de uno de mis compañeros, pidiendo ayuda, llorando. A mí se me partía el corazón. Conseguí arrastrar mi pie para ir hacia donde provenía la voz. Al ayudarle, pude ver aquella nube en forma de hongo en el cielo. Eso era lo que cayó del cielo: una bomba. Pero no era como las bombas de las que hablaban mis padres, que podían tirar los estadounidenses. Las bombas de las que hablaban mis padres no podían ser tan corrosivas y destructivas.
Pensé que habían lanzado justo en la escuela, ya que al mirar lo que quedaba de mi clase solo se veía destrucción. Pero no. Podía ver todo el exterior, y hasta donde alcanzaba mi vista, todo eran casas destruidas. Cogí a mi compañero, y nos miramos a los ojos. Me pidió que le ayudara a levantarse, y eso hice. Tenía la rótula fuera de su sitio, así que puse su brazo por detrás de mi cuello y fuimos caminando como pudimos hasta la calle. La última voz que escuchamos provenía del interior de la clase. Fue el último quejido de dolor de la profesora, quien nombraba a su hijo, su último pensamiento.
No entiendo cómo, aún siendo un niño, no estaba llorando y arrastrándome por el suelo, sino que hacía un esfuerzo enorme por ayudar a mi compañero a ver a su familia, tal vez por última vez. El corazón se me hacía pedazos con cada paso que daba. Solo había desolación en la calle. Personas con la piel cayéndose a pedazos, personas con miembros amputados, gente pidiendo ayuda... Aquella fue una escena que no debería ver ningún niño nunca. Tuve que ver a un psicólogo después de aquel desastre. Estaba tan envuelto en el ambiente tétrico en el que me encontraba que no me di cuenta de cuándo mi compañero dejó caer todo su peso sobre mí. No me lo esperaba, así que caí al suelo con él encima. Mi compañero ya no resistió más. Solo quedaban unos cuantos pasos hasta su casa, pero él no pudo más. Murió antes de siquiera comprobar si su familia estaba viva. Por suerte, mi casa estaba cerca de la suya, así que me arrastré por el suelo unos pocos metros y me levanté como pude para llegar a casa. Ya prácticamente no sentía dolor en el pie. El ambiente y todas aquellas personas pidiendo ayuda ocuparon mi mente por completo, olvidándome así del dolor.
Cuando llegué a casa, mi madre fue una de las primeras personas que vi. Estaba de pie con el brazo derecho ensangrentado, ayudando como podía a nuestros vecinos. Al verme, corrió a abrazarme, me abrazó con fuerza, como si llevase diez años sin verme. Me dijo entre lágrimas que pensó que nunca más volvería a verme. Yo no pude decir nada, solo correspondí al abrazo y solloqué de nuevo. Los minutos pasaban como si fueran horas. Yo ya me había olvidado del tobillo, de hecho, solo lo tenía inflamado. Las horas pasaban mientras veía con mis propios ojos cómo intentaban reanimar a vecinos, familiares, amigos...
Luego de un par de horas, mi madre cayó al suelo a pocos metros de donde yo estaba. Cuando la vi, fui cojeando y la abracé. Lo único que me dijo fue que fuera valiente. Nunca olvidaré la cara con la que me lo dijo y las últimas lágrimas que afloraban por sus ojos. Justo en ese momento comenzó a llover, pero no era una lluvia normal. Era una “lluvia negra”. En esos momentos no tenía idea de que aquella lluvia pudiera estar contaminada. A pesar del color, era tal la sensación de sed que no dudé en abrir la boca y dejar que cayeran en ella todas las gotas posibles. La mayoría de personas a mi alrededor lo hicieron también. Por desgracia, la lluvia no calmó la sed.
Ya ni siquiera podía llorar. Me había quedado completamente solo. Mis tíos vivían a varios kilómetros de mi casa, y mi padre estaba trabajando. Tal vez estaba vivo, o tal vez no. Por desgracia, no podía comprobarlo, ya que su trabajo quedaba aún más lejos que la casa de mis tíos. Abracé el cuerpo de mi madre por última vez antes de que uno de los militares que recorrían las calles me agarrara del brazo para llevarme junto con otras muchas personas a un refugio cercano. Estaba temblando, no podía más. En un momento de cansancio, sin poder siquiera decir algo, caí inconsciente al suelo.
Al despertar, me encontré en la cama de uno de los tantos refugios. A mi lado izquierdo había una cama vacía, mientras que en la de mi derecha se hallaba un hombre no muy mayor acostado boca arriba. Veía borroso. No entendí por qué, ya que nunca tuve problemas de vista hasta ese fatídico día. Tuve que entrecerrar mucho los ojos para darme cuenta de que el hombre que estaba a mi lado era mi padre. Estaba dormido y tenía la pierna izquierda totalmente escayolada. Me senté en la orilla de su cama y dije “¿Papá?” con lágrimas en los ojos. Bastó un simple roce en la mejilla para que se despertara. Sin murmurar ni una sola palabra, me abrazó y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Aún recuerdo la sensación de mi hombro mojado y ese pequeño escalofrío que me dio en ese momento. Tuvimos que pasar mucho tiempo en aquel refugio con otras personas, viendo cómo unas morían y otras agonizaban al enterarse de la pérdida de sus seres queridos.
Pasaron unos meses hasta que me enteré de que mis tíos también habían muerto, pero ya no quedaban más lágrimas que derramar. Al cabo de medio año, perdí la vista. Supongo que fue por la radioactividad, tal vez por mi propia debilidad, no estoy seguro. Por suerte, recuperé la vista aproximadamente cinco meses después.
Actualmente estoy trabajando en el Museo Memorial para la Paz de Hiroshima. Quiero que los niños y demás personas que lo visiten sepan la historia real y completa de todo lo que tuvimos que pasar los sobrevivientes de esta catástrofe. Me considero realmente afortunado hoy en día por seguir vivo. Ahora tengo una esposa, hijos y una vida feliz. Por desgracia, mi padre murió diez años después de la catástrofe, lo siento por él. Murió teniendo graves problemas cerebrales, pero aún así sonreía. Siempre lo consideraré mi héroe. Lo hacía para que yo no sufriera, para demostrarme que alguien puede sonreír pase lo que pase. Él me enseñó todo lo que pudo y, hasta el día de hoy, siempre lo recordaré vivo y lleno de esperanza.