Sobre el lienzo | [Taekook]

Sinopsis

【Jungkook es un chico solitario que se esconde del mundo entre pinceles, lienzos y paredes que guardan más secretos que palabras. Vive recluido en su hogar, pintando lo que su voz no se atreve a confesar. Hasta que un día, Taehyung -un chico impulsivo y encantador- irrumpe en su jardín, persiguiendo a su revoltosa mascota. Flechado por la belleza del enigmático chico, Taehyung aprovecha las travesuras de su cachorro como excusa para intentar acercarse, una y otra vez. Pero mientras más lo rechazan, más empeñado está en quedarse. ¿Cuántos secretos puede callar alguien que ha hecho del arte su único lenguaje... y cuánto puede soportar un corazón que insiste en quedarse donde no es bienvenido?】

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Kaze
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

01.

“Aquellas hojas secas, cayendo lentamente, fueron la metáfora perfecta… para mostrarle que sus días en otoño estaban terminando.”

01.

Con la mayoría de edad recién cumplida, Jungkook llevaba apenas unos meses viviendo solo. Había esperado con paciencia ese momento para poder tomar la decisión por sí mismo. Sentía que, desde que sus tíos lo adoptaron, quedarse en su casa era prolongar una carga que siempre creyó representar para ellos.

Pero, contrario a lo que sus tíos y su primo pensaban, se alarmaron al creer que mudarse era parte de algún nuevo intento de su terapeuta por sacarlo de su burbuja. Que, ante la falta de una mejoría significativa en su aislamiento, había decidido probar un nuevo método.

Para todos fue una sorpresa cuando el siempre callado Jungkook reunió el valor para hablar con ellos y decir, con firmeza, que había tomado esa decisión por su cuenta.

«¿Ahora ni siquiera quiere tener contacto con nosotros?», pensaba su familia, confundida. Su aislamiento era tan severo que, a veces, no había manera de acercarse a él. Pasaba los días recluido en su habitación.

No supieron cómo reaccionar cuando les confesó que quería vivir solo… y, aún más, que planeaba regresar a la casa de su difunta madre, donde había vivido hasta los ocho años, antes de que ella muriera.

La Dra. Minji —su terapeuta desde hacía apenas tres años— le había advertido que aún no estaba preparado para un cambio tan abrupto. Jungkook seguía lidiando con crisis de pánico, pesadillas y fobias sin resolver. Además, la doctora sabía que todavía no le había contado todo su pasado ni había llegado a confiar plenamente en ella.

Además, permitir que regresara a la casa donde se habían originado gran parte de sus traumas le parecía, en su opinión, totalmente inapropiado.

Pero, como una rareza casi imposible, sorprendentemente Jungkook se mantuvo firme en su decisión. Dijo que así tendría su propio espacio, donde podría salir de su habitación y caminar sin el temor de ser visto por su familia, y que tal vez, de esa manera, podría avanzar un poco en su recuperación… pero en el fondo sabía que todo eso era una mentira disfrazada de valentía para convencerlos; en realidad, también le aterraba.

Finalmente, ante su determinación —tan frágil como terca— logró convencer a su terapeuta, quien no tuvo más opción que autorizarlo, después de que durante meses Jungkook insistiera en el tema durante sus visitas de terapia. Eso sí, debía cumplir con ciertas condiciones estrictas:

Debía mantener contacto constante con ella, permitir visitas frecuentes de su familia, asistir sin falta a sus sesiones de terapia e informar cualquier cambio abrupto en su rutina diaria. Y, sobre todo, debía mantenerse “con vida”.

Esa última condición era la más importante de todas, porque lo que más le costaba era cuidar de sí mismo. Cuando pintaba, perdía por completo la noción del tiempo. Podía pasar horas, incluso días, sin comer ni dormir bien. El tiempo parecía un simple adorno, un detalle sin importancia.

No obstante, como si fuera inevitable, su primo no permitiría que pasara por ese cambio solo, pues siempre terminaba apareciendo en su casa sin previo aviso. Sin siquiera tocar la puerta, entraba con la misma familiaridad de siempre, como si nada hubiera cambiado desde que se fue, dejándole claro que él nunca sería un simple adorno en su vida.

Y cada vez que su primo no podía visitarlo, Jungkook recibía constantes llamadas y mensajes suyos, pidiéndole disculpas y preguntándole cómo había sido su día. Justo como en ese momento.

—Perdóname, pensé que hoy terminaría temprano —dijo al otro lado de la línea—. Te había prometido que te llevaría algo rico de comer. Pero un maestro decidió dejarnos una tarea extra. ¡¿Quién deja tarea cuando estamos con exámenes y proyectos encima?! —gritó, frustrado.

Sin nada que reclamar, sujetó con delicadeza el teléfono entre sus dedos, mientras con la otra mano arrastraba calmadamente su banco de madera hasta el rincón de siempre.

Sabía que su atolondrado primo —quien había conseguido, con mucho esfuerzo, ganarse el lugar de hermano mayor— parecía tener una especie de maldición cada vez que prometía algo, porque siempre que lo hacía, algo más se le cruzaba en el camino.

—Sí, lo entiendo —respondió con una voz tranquila—. No te preocupes, Jin. Sé que estás hasta el cuello con esos proyectos finales.

Podía imaginárselo frente a la pantalla del ordenador, con la espalda encorvada por el cansancio y las ojeras profundas marcadas tras otra semana de noches en vela.

—Si tengo tiempo, iré a verte esta noche —dijo con cariño—. Pero si no termino, será hasta el fin de semana... te avisaré antes de que anochezca.

—Está bien, no hay prisa, solo serán dos días, hyung —musitó con una sonrisa tenue—. Sabes que puedo esperar.

Al escucharlo, Jin sintió una punzada de culpa. Por supuesto que su hermanito podía esperar... ¿acaso tenía otra opción?

—¡Pero dos días es una eternidad! —se quejó con un suspiro teatral. Luego bajó la voz para añadir—. Además, ya no soporto estar ni un segundo más con Yoongi. Se la pasa corrigiendo mi trabajo, ¡como si no pudiera hacer nada bien! Es... es como cuando mamá se enoja, pero sin el tacto para decir las cosas.

—¿Sigues en su casa? ¿Le pediste ayuda con algo?

—Sí. Le pedí que editara el video de mi proyecto y le pusiera una pista de fondo, algo sencillo. Pero no tienes idea de cuánto tuve que rogarle. Me quedé en su casa solo para asegurarme de que lo hiciera, ¿puedes creerlo? Es insufrible.

Jungkook no pudo evitar soltar una risita. Ya estaba acostumbrado a escuchar a su hermano quejarse de su mejor amigo todo el tiempo. Lo llamaba insoportable, testarudo, maniático del orden... pero, aun así, siempre estaba tras de él.

Yoongi, por su parte, no entendía por qué su amigo seguía siendo un inútil con la edición. ¿No se supone que en la carrera de actuación le enseñaban esas cosas? Estaba harto de ser siempre él quien terminaba haciéndole el trabajo. ¡Ni siquiera estudiaban lo mismo! Estaba seguro de que, aunque Jin sabía lo básico, prefería pedir su ayuda antes que pasarse horas editando milimétricamente un video.

Jungkook no terminaba de entender el vínculo entre ellos. Bueno, en realidad, el de nadie. Nunca había tenido uno. Ni un solo amigo. Tenía a Jin y a Yoongi cerca con frecuencia, pero eso... eso era distinto.

—¡Jin! ¿Esta parte del video la borro? —escuchó decir a Yoongi al otro lado de la llamada—. Me da pena ajena solo con verla.

—¡No te atrevas a borrar nada! —gritó—. Voy a colgar, Jungkookie, todavía me falta mucho por terminar y tengo que evitar que Yoongi borre mi trabajo —se despidió.

—Nos vemos pronto, hyung.

Al terminar la llamada, se permitió, al fin, contemplar el pequeño jardín en la parte trasera de su casa. Ese rincón íntimo donde el mundo parecía detenerse solo para él. Su lugar favorito. El único espacio donde el silencio no pesaba.

Allí, frente a él, se alzaba un majestuoso ginkgo, dorado como el sol del otoño. Sus hojas secas, agitadas por la brisa fresca, caían lentamente, alfombrando el césped con un manto amarillo.

Cautivado por aquella hermosa vista, se prometió retratar el paisaje con absoluta fidelidad. Sabía que podía hacerlo. Había algo en la forma en que sus pinceladas cobraban vida e iban siempre más allá de lo sublime.

Pasaron las horas, hasta que su celular vibró suavemente. Era su hermano, enviándole un mensaje para disculparse una vez más por no poder terminar a tiempo e ir a visitarlo. Pero le aseguró que iría el sábado, después del mediodía.

No se molestó. Ya estaba acostumbrado a sus promesas inciertas. Y aunque no siempre se cumplían, había aprendido que, viniendo de él, no era necesariamente algo malo.

Cansado de estar sentado, se levantó solo para recostarse con calma sobre el césped, que crujió levemente bajo su peso por las hojas secas. Frente a él, observó su lienzo casi terminado. Solo faltaban unos cuantos detalles, y pronto estaría listo para publicarlo y venderlo bajo el seudónimo HyeJung.

La miró fijamente durante varios minutos, con el pecho encogido por el dolor, mientras intentaba convencerse de no quedársela. Pues cada vez que sabía que debía desprenderse de una de sus obras, el corazón le pesaba. Odiaba hacerlo. En realidad, no quería deshacerse de ninguna.

Pero tenía que hacerlo si en verdad quería entender a su madre. Una de las pocas cosas que aún podía recordar de ella era cómo también odiaba vender sus obras. Pasaba horas contemplando cada trazo, aferrándose a ellos con una mezcla de dolor y desesperación, antes de finalmente deshacerse de sus propias pinturas.

«¿Por qué lo hacía?» Esa pregunta lo atravesaba una y otra vez, como una herida que no sanaba.

—Perdóname —dijo, mirando aquella hermosa pintura.

Jungkook llevaba ya varios años siendo un artista reconocido y cotizado entre los pintores más destacados del momento. Con frecuencia, recibía correos invitándolo a exhibir su obra en galerías exclusivas, reservadas solo para la élite, así como propuestas para entrevistas y eventos. Pero él simplemente ignoraba todo intento de contacto.

Nadie sabía quién era el famoso pintor conocido como “HyeJung”. Y, como si eso añadiera un valor extra, el misterio solo alimentaba el deseo por sus obras. Con el tiempo, sus pinturas se convirtieron en un lujo al alcance de pocos; solo quienes pertenecían a cierto estatus podían darse el privilegio de poseer una.

Jungkook ni siquiera tenía el valor de ponerle precio a sus obras; sentía una culpa profunda cada vez que debía desprenderse de ellas. Así que simplemente las publicaba en un sitio de subastas, donde los interesados podían ofertar y llevárselas al mejor postor.

Eso convertía cada subasta en una batalla feroz, casi sangrienta, pues el enigmático HyeJung solo liberaba tres pinturas al año, lo que desesperaba a sus seguidores, ya que nunca sabían cuándo ocurriría.

—¡Achu! —estornudó por la fresca brisa.

El aire se volvía cada vez más frío y, sobre su cabeza, algunos gorriones revoloteaban antes de perderse entre las ramas del ginkgo, buscando sus nidos para dormir. La noche no tardaría en llegar.

De repente, su silencio se vio interrumpido por crujidos entre los arbustos y el sonido de tierra removida.

Su corazón se disparó en cuanto vio unas pequeñas garritas caminando hacia él. A solo un par de metros, un pequeño cachorro había irrumpido en su jardín.

Corría efusivamente entre las hojas secas y se revolcaba una y otra vez, rebosante de energía.

Era pequeño, de pelaje oscuro y café, muy esponjoso, con las orejas erguidas y una dulzura difícil de ignorar. En sus ojos brillaba una chispa traviesa, como si siempre estuviera tramando su próxima travesura.

Sorprendido, Jungkook se sentó de golpe y retrocedió, clavando las manos en el césped con una urgencia absurda.

Miró hacia la reja. Pero estaba cerrada.

—¿Cómo lograste entrar? —preguntó en voz baja, desconcertado.

El cachorro, ajeno a su sorpresa, se acercó juguetón, con la lengua afuera y la cola moviéndose sin parar, emocionado por conocerlo. Se detuvo frente a sus pies, olfateándolos antes de lamer con suavidad sus dedos descalzos.

—N-no hagas eso —tartamudeó, encogiéndose mientras apartaba los pies de aquella lengua húmeda que lo tomó por sorpresa.

La idea de acariciarlo cruzó su mente de forma torpe y fugaz.

Sorprendentemente —aunque no tanto para él—, nunca antes había tocado un cachorro. Ni a ningún otro animal, en realidad. Durante todos los años que vivió con sus tíos, nunca se acercó a ninguno; su tía era bastante alérgica.

Con la misma curiosidad que tendría un niño pequeño ante lo desconocido, extendió una mano con lentitud... pero se detuvo a medio camino. Sus dedos vacilaron, suspendidos en el aire.

«¿No me morderá, verdad?» pensó.

Y aunque lo hiciera, era tan pequeño que probablemente no dolería, o eso quiso creer para convencerse.

Estaba a milímetros de tocarlo cuando una voz profunda irrumpió a lo lejos, haciéndolo sobresaltarse y retirar la mano de golpe.

—¡Yeontan! ¡¿Dónde demonios te metiste?! —gritó desesperado, buscando a su amigo de cuatro patas—. ¡Tanie, si sales ahora, te daré una galleta! —intentó ahora con un soborno.

Estaba seguro de que esta vez funcionaría; cada vez que decía “galleta”, el efecto era infalible. Y, como siempre, así fue.

El pequeño, al escuchar la voz de su dueño, comenzó a ladrar con ansias, moviendo la cola como si entendiera cada sílaba.

Ante la voz del desconocido, buscó por inercia la fuente del sonido, con el corazón en la garganta.

Y entonces lo vio entrar casi en cámara lenta.

Un chico alto, de cabello castaño claro, acababa de saltar la reja con una facilidad pasmosa, aterrizando torpemente dentro de su jardín. Jungkook estaba seguro de que aquel desconocido ni siquiera se tomó un segundo para verificar si había alguien más ahí; su atención estaba completamente enfocada en su cachorro.

—¡Ahí estás, pequeño demonio! —exclamó con un suspiro de alivio, agachándose para atraparlo antes de que volviera a huir—. ¡Casi me haces infartar!

Jungkook no podía moverse. Se quedó en el suelo, observando el reencuentro con sorpresa, como si acabara de ver un fantasma. No sabía que alguien podía irrumpir tan fácilmente en su casa.

En cuanto el castaño finalmente recuperó a su bola de pelos, puso atención a su alrededor, y sus ojos se encontraron con los de otro chico, dándose cuenta de que no estaba solo.

Ambos estaban congelados.

—¡Mierda! —exclamó, dando varios pasos atrás—. ¡No te vi! —sus ojos se abrieron con sorpresa genuina.

Jungkook dio un respingo al escuchar sus gritos; el castaño tenía una voz sorprendentemente fuerte.

—Lo siento, no quise invadir. Solo seguía a mi cachorro, que se me había escapado. Llevo rato buscándolo; es muy escurridizo y... —se detuvo, mirando a su alrededor, sorprendido por la enorme casa que se alzaba frente a él.

Observó cada detalle: desde las amplias ventanas hasta los delicados adornos en la fachada, sin olvidar la extensión del gran jardín; todo hablaba de alguien con gustos refinados y un cuidado meticuloso por su espacio. Era una casa que reflejaba cierta elegancia, pero sin pretensiones ostentosas.

—Entré sin darme cuenta, lo juro —dijo, un poco nervioso al darse cuenta de que no era una casa común, sino la de alguien con mucho dinero—. No quería causar problemas ni meterme en líos.

El castaño esperaba que le creyera, imaginando el peor de los escenarios. Pero no obtuvo respuesta del propietario. Ante el silencio, pudo observarlo con detenimiento mientras seguía en el piso.

Su piel era notoriamente pálida, con unas ojeras oscuras que marcaban profundamente el contorno de sus ojos redondos, como si los desvelos le hubieran robado el sueño más de una vez. Su cabello despeinado era completamente negro. Vestía una camiseta blanca y holgada, salpicada de manchas de pintura, un short gris... y estaba descalzo, con los pies manchados de tierra.

Notó su nerviosismo en la manera en que sus dedos se aferraban al pasto, casi arrancándolo. Y aunque no giraba la cabeza, se dio cuenta de cómo lanzaba miradas de reojo hacia la puerta trasera de la casa, con una especie de urgencia.

«Parece más un mendigo que un rico excéntrico», pensó, esbozando una sonrisa. Aun así, era un chico bonito. Probablemente el más bonito que había visto en toda su vida.

En ese momento, no sabía si estaba metido en problemas... o si había corrido con suerte.

De la nada, una fuerte ráfaga de viento agitó el lienzo que descansaba sobre el caballete, tambaleándose y amenazando con caer.

Jungkook reaccionó al instante. Se incorporó con torpeza, empujado por la urgencia casi desesperada de no dejarlo tocar el suelo.

Pero no fue el único en moverse.

Aquel chico castaño, aún sin obtener respuesta a sus disculpas, también se adelantó por puro reflejo, estirando una mano para sujetar el bastidor justo antes de que cayera.

Pero en el instante en que lo atrapó, quedó boquiabierto.

La pintura no era solamente hermosa... era indescriptible.

No supo exactamente qué fue lo que sintió. Pero solo sabía que no podía dejar de mirar.

—¡No lo toques! —advirtió Jungkook, con voz temblorosa y cargada de pánico, mientras le arrebataba el bastidor de las manos con brusquedad.

El castaño dio un paso atrás de inmediato.

—Lo siento... —murmuró, sorprendido al ver cómo el chico bonito evitaba su mirada después de haberle gritado.

Hubo un silencio breve, tenso e incómodo. Y en un intento por suavizarlo, esbozó una sonrisa tímida y, señalando el lienzo, murmuró suave, como si supiera que cada palabra debía pisar con cuidado:

—Wow... es increíble. De verdad, tu pintura es muy bonita.

Tocado por sus palabras, alzó la mirada con recelo y la mandíbula tensa.

—Tú no lo entiendes —dijo, sin ocultar el desprecio en su tono, dejándole en claro que lo consideraba demasiado ingenuo.

—No buscaba halagar por halagar. Lo decía con sinceridad. —bajó la mirada y, con una sonrisa, intentó explicar nuevamente—. Verás, yo estudio fotografía, y uno de mis pasatiempos es tom-

—¿Puedes irte? —preguntó, interrumpiendo al castaño.

—¿Qué? —preguntó confundido, rascándose el cabello con una sonrisa apenada—. Digo, sí, claro. Ya me iré... Perdón por molestarte.

Jungkook lo observó fijamente, esperando que se fuera.

Con la misma agilidad con la que el castaño había saltado para entrar, ahora saltó para salir. Y el alborotador, mejor conocido como Yeontan, le lanzó una última mirada inocente, antes de desaparecer.

En cuanto perdió de vista al chico, tomó sus cosas con rapidez y se precipitó hacia la puerta de su casa, cerrándola de golpe y asegurándola con un giro desesperado del cerrojo.

Se dejó caer lentamente contra la puerta, sintiendo cómo sus piernas flaqueaban y un temblor involuntario recorría su cuerpo. Estaba seguro de que habían pasado meses, quizá incluso años, desde la última vez que había tenido una interacción con alguien desconocido. Sentía que su alma se desvanecía, como si dejara su cuerpo.

En cuanto se recuperó, subió rápidamente las escaleras hacia el segundo piso, impulsado por la inquietud. Se acercó a la ventana que daba hacia la calle y, con una lentitud cargada de tensión, apartó apenas la cortina con dos dedos temblando, asomando un solo ojo por la rendija. Buscaba al extraño.

Y allí estaba.

El chico seguía parado justo frente a su casa. Aún sostenía al cachorro en brazos, apretándolo contra su pecho con una mano mientras en la otra sostenía su celular, el cual miraba con el ceño fruncido.

—¿Por qué no se va? —dijo en casi un susurro, temiendo que fuera escuchado.