I
07/01/1994
La sala estaba sumida en un silencio absoluto, roto solo por el zumbido constante de las máquinas que trabajaban incansablemente. Las paredes de acero pulido reflejaban las luces frías, iluminando los pasillos como túneles interminables. La atmósfera era opresiva, cargada de una inquietud que parecía flotar en el aire. Todo en este lugar estaba diseñado para el orden y la perfección.
En el centro de la sala, sobre una mesa de operaciones, yacía un cuerpo recién formado. Aún no tomaba forma completamente ni había respirado por sí mismo. Era Eira, el experimento fallido, cuyo primer destello de vida había sido una chispa eléctrica corriendo a través de sus circuitos y tejidos recién creados.
Era difícil decir si estaba viva o en un estado de transición. No era completamente humana ni completamente animal. Su forma recordaba a la de un mapache, pero sus ojos permanecían inertes, sin la chispa de curiosidad propia de un ser recién nacido. En sus venas no corría únicamente sangre: había algo más, algo que solo los científicos que la crearon comprendían. Era el producto de tecnología avanzada y manipulaciones genéticas, un intento desesperado de alcanzar lo inalcanzable: la perfección.
La operación había sido un éxito a medias. Los patrones genéticos derivados de Shadow, junto con intentos de mejorar sus habilidades físicas, habían dado lugar a una criatura más pequeña y frágil, pero con un potencial latente. Su corazón latía con fuerza, pero su esencia parecía estar en conflicto consigo misma, como si no terminara de encajar en el molde que habían diseñado para ella.
—¿Qué opinas, doctor? —preguntó uno de los científicos principales, un hombre de rostro severo y ojos calculadores, rompiendo el silencio.
—¿Es ella la perfección que esperábamos?
Los demás intercambiaron miradas incómodas. Nadie se atrevió a responder.
El Doctor Gerald Robotnik, líder del proyecto, se acercó lentamente a la mesa. Observó el cuerpo pequeño e inmóvil de Eira con una mezcla de orgullo y duda. Sus ojos brillaban con una intensidad fría mientras analizaba a su creación. Sin embargo, su expresión revelaba una inquietud latente.
—Es... una anomalía —murmuró Robotnik, casi para sí mismo—. No tiene el control que necesitamos. No es como Shadow.
En ese instante, Eira abrió los ojos por primera vez. El destello de un verde esmeralda intenso iluminó su rostro, rompiendo el tinte grisáceo de la sala. Los científicos dieron un paso atrás, sorprendidos por su súbita consciencia.
Pero Eira no reaccionó como un experimento controlado. Comenzó a moverse torpemente, explorando su cuerpo con movimientos descoordinados. Entonces, un destello de hielo brotó de sus manos, extendiéndose sobre la mesa de operaciones y las máquinas cercanas.
—¡Deténganla! —gritó Robotnik, pero la orden llegó demasiado tarde.
El hielo se expandió rápidamente, cubriendo paredes y equipos, mientras la temperatura descendía de forma alarmante. Eira, aterrorizada por el caos que había desatado, retrocedió con la mirada llena de confusión y miedo.
—Es un desastre —murmuró Robotnik, observando la escena con expresión amarga—. No es lo que esperábamos.
Mientras el hielo continuaba invadiendo el laboratorio, Eira sintió el peso de todas las miradas sobre ella. No entendía sus palabras, pero percibía el rechazo en sus gestos. La presión de ser algo que no encajaba en el mundo se volvía insoportable.
A medida que el caos alcanzaba su punto álgido, algo en Eira pareció cambiar. Levantó las manos, y aunque el hielo dejó de expandirse, una fina capa permaneció en su piel, como un escudo protector. Sin embargo, su mente estaba fija en una única idea: escapar.
Las primeras semanas de Eira en el laboratorio estuvieron marcadas por la soledad y la incomprensión. Aunque su cuerpo era pequeño y parecía inofensivo, su mera existencia era vista como una amenaza, una anomalía en un lugar donde solo se valoraba la perfección.
Los científicos, encabezados por el Doctor Gerald Robotnik, se mostraban fríos y distantes. Sus miradas siempre reflejaban escepticismo. Aunque las habilidades de Eira eran prometedoras, su falta de control era un recordatorio constante de que algo había salido mal en el proceso. Nadie parecía dispuesto a acercarse a ella, salvo una persona: María.
María era una niña de cabello rubio y ojos dulces que recorría los pasillos del laboratorio como si perteneciera a un mundo completamente diferente. Siempre llevaba una sonrisa en el rostro y, cuando podía, se acercaba a Eira con pequeños regalos o libros, intentando ofrecerle consuelo en medio de su aislamiento. A menudo, la encontraba sentada sola en una esquina, observando cómo el hielo se formaba involuntariamente sobre las superficies cercanas.
Un día, después de un experimento particularmente doloroso en el que los científicos habían intentado manipular sus poderes, Eira se retiró a un rincón del laboratorio. Miraba sus manos temblorosas, luchando por contener la energía incontrolable que hervía en su interior. Un toque suave en su hombro la sacó de sus pensamientos.
—¿Te sientes bien, Eira? —preguntó María con voz llena de preocupación.
Eira no sabía cómo responder. Nunca había conocido la calidez del consuelo, y las palabras de María la confundían. Levantó la vista, sus ojos llenos de incertidumbre se encontraron con los de la niña, buscando alguna respuesta.
—Es... difícil —murmuró Eira, apenas en un susurro—. No entiendo por qué me hicieron así.
María se arrodilló frente a ella, con una expresión sincera y compasiva.
—No eres un error, Eira. Eres especial, aunque a veces no lo sientas.
Esas palabras, tan simples, se grabaron en la mente de Eira. Nunca antes alguien le había dicho que no era un error. Por primera vez, una pequeña chispa de esperanza se encendió en su corazón. María no la veía como una falla, y eso lo significaba todo.
No todos, sin embargo, compartían la bondad de María. En los pasillos del laboratorio, Eira a menudo se encontraba con Shadow. A pesar de ser producto del mismo experimento, su trato hacia ella era distante, casi hostil. A menudo la ignoraba o la miraba con desdén, como si su sola presencia fuera una molestia.
Un día, mientras Eira deambulaba por los pasillos, vio a Shadow de pie frente a una ventana, observando el horizonte con expresión seria. Algo la impulsó a acercarse, aunque no supiera exactamente por qué. Pero cuando él notó su presencia, sus ojos se tornaron fríos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Shadow con voz dura, sin molestarse en ocultar su desdén.
—Solo... quiero ver. ¿Sera todo tan perfecto allá afuera? —respondió Asui, su tono suave y vacilante.
Shadow la miró con indiferencia.
—Nada es perfecto, Eira. Y tú no encajas aquí.
Esas palabras cortaron como un cuchillo. Eira sintió un nudo en el estómago, incapaz de responder. Había pasado tanto tiempo intentando encontrar su lugar, pero parecía que nadie estaba dispuesto a aceptarla. Shadow volvió su atención al horizonte, ignorándola por completo, dejándola allí, sola con sus pensamientos.
Poco después, algo comenzó a cambiar en Eira. Durante una de las sesiones de pruebas en el laboratorio, algo dentro de ella despertó. Su cuerpo reaccionó de forma incontrolable; el hielo que apenas había logrado dominar se volvió más salvaje, más frío, como si sus emociones fueran un detonante. Cada vez que sentía rechazo o tristeza, el hielo se formaba con mayor fuerza.
El Doctor Gerald Robotnik observaba desde detrás de un cristal, su mirada fija en la escena.
—Es más impredecible de lo que pensábamos... —murmuró, ajustándose las gafas mientras analizaba el comportamiento de la pequeña mapache—. Necesitamos control.
Las órdenes del doctor se escucharon por toda la sala, pero eran inútiles. Eira no podía detener lo que estaba ocurriendo. Su miedo, rabia y desesperación se mezclaban en su interior, desbordándola.
En ese momento, María irrumpió en la sala, alarmada por el caos. Vio a Eira en el centro de una tormenta de hielo, rodeada por el miedo de los científicos. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella.
—¡Eira! —gritó, su voz cargada de angustia—. ¡Respira, por favor!
Eira apenas podía oírla. Solo veía las caras llenas de miedo a su alrededor. El frío crecía, y todo en su interior se sentía fuera de lugar, desconectado.
De repente, algo hizo clic en su mente. No era solo el laboratorio lo que la hacía sentir perdida; era ella misma. El frío que emanaba de su cuerpo no era solo un poder descontrolado: era un reflejo de lo que sentía en su interior. Era un grito silencioso, un clamor de desesperación por encontrar su lugar en un mundo que no la aceptaba.
Las tardes en la base de GUN eran, para Eira, un tormento que parecía no tener fin. Día tras día, los científicos la empujaban más allá de sus límites, obsesionados con desentrañar los secretos de su control sobre el hielo. Las pruebas eran crueles, diseñadas para forzar su poder al extremo. Cada experimento dejaba a Eira con una sensación helada que no solo invadía su cuerpo, sino también su alma. A menudo, el dolor era tan intenso que apenas podía mantenerse en pie, y las palabras frías de los científicos la hacían sentir como si solo fuera un error más en una serie de intentos fallidos.
—No es suficiente, Eira. Si no controlas tu poder, no eres útil para el proyecto —decía uno de los técnicos, su tono indiferente, como si las lágrimas que se formaban en los ojos de la mapache fueran irrelevantes.
Para ellos, Eira era un objeto, una herramienta defectuosa que debía ser corregida. Las horas de pruebas se sucedían sin descanso, cada una más agotadora que la anterior. En ocasiones, el frío de su propio poder se volvía tan intenso que sus extremidades temblaban, y un leve hielo cubría su pelaje, como si su cuerpo intentara protegerse de sí mismo.
Pero no todo era desolación en su vida. En medio de aquellos días interminables de pruebas y experimentos, existía un pequeño rayo de luz: María.
María Robotnik era una presencia constante en la base, moviéndose con una dulzura y una calidez que contrastaban con la fría eficiencia de los científicos. Cada vez que veía a Eira después de una prueba, la niña encontraba la manera de animarla, ya fuera con una sonrisa, un abrazo o alguna pequeña distracción.
—Eira, traje esto para ti —dijo una tarde, extendiendo un pañuelo bordado con flores azules. Era un gesto simple, pero para Eira, significaba el mundo.
—Gracias, María —respondió Eira con una sonrisa débil, sus manos temblorosas mientras aceptaba el regalo.
Por otro lado, estaba Shadow. Aunque ambos eran similares por sus origenes. Shadow se llevaba el mundo por delante con su determinación y su creencia inquebrantable en su propia perfección. Para él, Eira no era más que una distracción, alguien que no merecía su tiempo ni su respeto.
El trato de Shadow hacia Eira era frío, casi cruel. Aunque ambos intentaban mantener las apariencias por el bien de María, la tensión entre ellos era palpable. Cada interacción estaba cargada de rivalidad, como si el simple hecho de compartir el mismo espacio fuera una batalla.
Una tarde, después de otra sesión de pruebas, Eira caminaba lentamente hacia su habitación, sus pasos pesados por el cansancio. A mitad de camino, escuchó un ruido proveniente de la sala de entrenamiento. Cuando se asomó, vio a Shadow nuevamente solo mientras pasaba por uno de los pasillos despues de todo ambos iban a ver a Maria.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Shadow al notar su presencia, su tono cargado de desdén.
—Solo... pasaba por aquí —respondió Eira, intentando evitar el conflicto.
—¿Pasar por aquí? —replicó Shadow, dejando de entrenar para mirarla directamente. Sus ojos rojos brillaban con intensidad—. Si no puedes ni siquiera completar tus pruebas sin quejarte, no deberías estar aquí.
Las palabras de Shadow golpearon a Eira como un balde de agua fría. Había soportado demasiadas críticas aquel día, y su paciencia estaba al límite.
—¡No sabes lo que es estar en mi lugar! —exclamó, su voz temblando de rabia y frustración—. ¡No tienes idea de lo difícil que es controlar esto!
El aire a su alrededor comenzó a enfriarse, y pequeñas partículas de hielo flotaron en el ambiente. Shadow se mantuvo firme, su mirada imperturbable.
—Lo que sé es que las excusas no sirven de nada aquí —respondió con frialdad—. Si no puedes controlar tu poder, solo estás demostrando que no eres lo suficientemente fuerte.
Eira apretó los puños, luchando por contener las lágrimas. Quería gritar, golpear algo, hacerle entender lo injustas que eran sus palabras. Pero antes de que pudiera decir algo más, María apareció en la puerta, interrumpiendo la tensa escena.
—¡Shadow, Eira! —exclamó, corriendo hacia ellos con una expresión de preocupación—. ¿Qué está pasando?
Ambos se quedaron en silencio, evitando la mirada de la niña. María se acercó a Eira, colocando una mano reconfortante en su hombro.
—Eira, ven conmigo. Necesitas descansar —dijo con suavidad, guiándola fuera de la sala de entrenamiento.
Mientras caminaban por el pasillo, Eira sentía cómo el frío en su interior comenzaba a disiparse, reemplazado por la calidez de la presencia de María.
—No dejes que Shadow te haga sentir menos de lo que eres —le dijo la niña, su voz llena de sinceridad—. Eres especial, Eira, y yo creo en ti.
Las palabras de María eran un bálsamo para las heridas de Eira, pero no podían borrar por completo el dolor que sentía. Shadow seguía siendo un recordatorio constante de lo lejos que estaba de alcanzar el control que todos esperaban de ella. Sin embargo, en el fondo, algo en su interior le decía que esa rivalidad, aunque dolorosa, sería lo que la empujaría a descubrir su verdadera fuerza.
El miedo hacia los humanos era una constante en la vida de Eira, una sombra que se cernía sobre ella incluso en los momentos de aparente calma. Cada mirada crítica, cada orden áspera y cada sesión de experimentación reforzaban la idea de que, para ellos, no era más que un medio para un fin. No la veían como un ser vivo, sino como un objeto, una herramienta que debía funcionar a la perfección o ser descartada.
Ese miedo había comenzado mucho antes de llegar a GUN. Desde el momento en que abrió los ojos en el ARK, rodeada de batas blancas y frías luces fluorescentes, Eira había comprendido que los humanos podían ser crueles, incluso en su búsqueda de progreso. Aunque Gerald Robotnik era una excepción, su bondad no bastaba para borrar las cicatrices que otros le habían dejado. Ahora, en GUN, esas cicatrices solo se profundizaban.
Una tarde, mientras descansaba en su habitación tras una prueba particularmente agotadora, Eira sintió cómo la ansiedad se apoderaba de ella. Cerró los ojos e intentó calmar su respiración, pero las imágenes volvían a su mente con una intensidad aplastante: los científicos rodeándola, sus voces monótonas y desapasionadas discutiendo sobre sus “fallas”.
—Los niveles de control siguen siendo inaceptables. Si no mejora, este experimento será considerado un fracaso.
Esas palabras resonaban en su mente como un eco burlón. Un nudo se formó en su estómago, una mezcla de frustración, impotencia y desesperación que no podía ignorar.
María hacía todo lo posible por ayudarla, pero ni siquiera la calidez de la niña podía borrar el temor que Eira sentía hacia los humanos. Había momentos en los que incluso la presencia de María le recordaba lo vulnerables que eran ambos frente a aquellos que controlaban sus vidas.
Una noche, mientras estaba en la sala común junto a María y Shadow, ocurrió algo que avivó aún más sus temores. Los tres jugaban un juego de mesa que María había traído. Por un breve instante, Eira sintió algo parecido a la normalidad, como si todo el sufrimiento en GUN fuera un mal sueño.
Pero entonces, uno de los científicos irrumpió en la sala, llamándola por su nombre con esa voz fría y autoritaria que siempre la hacía estremecer.
—Eira, necesitamos que vengas al laboratorio. Hay un cambio en el protocolo de pruebas.
—¿Ahora? —preguntó María, claramente preocupada—. Pero ya ha tenido suficiente por hoy.
—No es negociable —respondió el hombre, ignorando a la niña y fijando su mirada en Eira—. Ven conmigo.
Eira se levantó lentamente. Su cuerpo temblaba mientras seguía al científico, y podía sentir los ojos de Shadow sobre ella. Desde su lugar, el erizo la observaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. No dijo nada, pero su mirada parecía juzgarla, como si le reprochara no tener el valor de negarse.
Al entrar al laboratorio, Eira sintió cómo su pecho se apretaba. La habitación estaba iluminada por una luz blanca que parecía más fría que nunca. Los instrumentos médicos y las máquinas zumbaban suavemente, y el aire estaba impregnado de un olor metálico que ella asociaba con el dolor.
—Siéntate aquí —ordenó el científico, señalando una camilla metálica.
Eira obedeció sin protestar, aunque cada fibra de su ser le pedía que corriera. Las correas se ajustaron alrededor de sus muñecas y tobillos, y su respiración se aceleró.
—Esta prueba será diferente —dijo otro científico, sin molestarse en mirarla directamente—. Queremos evaluar tus límites de resistencia bajo temperaturas extremas.
El miedo se transformó en pánico cuando las máquinas comenzaron a funcionar. Una ola de frío recorrió su cuerpo, más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido antes. Cerró los ojos con fuerza, luchando por no gritar, pero el dolor era insoportable.
En su mente, las imágenes se entremezclaban: las caras inexpresivas de los científicos, los recuerdos de Gerald intentando consolarla, y la figura de María, siempre tan lejana en momentos como este.
Cuando finalmente la soltaron, Eira apenas podía mantenerse en pie. Fue escoltada de regreso a su habitación, donde se dejó caer en la cama, temblando no solo por el frío físico, sino también por el miedo que seguía creciendo dentro de ella.
Esa noche, María se coló en su habitación. La niña llevaba una manta gruesa y un vaso de leche caliente, sus ojos llenos de preocupación.
—Eira, lo siento tanto —dijo mientras se sentaba a su lado—. Esto no debería estar pasando.
Eira no pudo responder. Se limitó a acurrucarse bajo la manta, sintiendo el calor que contrastaba con el frío que parecía haberse instalado en su alma.
—No todos los humanos son así —añadió María con voz suave—. No dejes que ellos te hagan creer eso.
Pero aunque María intentaba consolarla, el miedo seguía allí, acechando en la oscuridad, recordándole que, para la mayoría de los humanos, ella no era más que un experimento, un número en una interminable lista de pruebas.
La base de GUN era un lugar frío y opresivo, pero el invernadero escondido en un rincón apartado ofrecía un respiro inesperado. María lo había descubierto hacía meses, y desde entonces lo consideraba su refugio secreto. Esa noche, logró convencer tanto a Shadow como a Eira de que la acompañaran.
—Confíen en mí, vale la pena —dijo María mientras los guiaba por un pasillo oscuro, asegurándose de que nadie los siguiera.
Eira caminaba en silencio, sintiendo el eco de sus pasos en el suelo metálico. Aunque le intrigaba el entusiasmo de María, la idea de ser descubiertos le causaba nervios. Shadow, por su parte, caminaba detrás de ellas con su habitual expresión seria, como si estuviera vigilando cada movimiento.
Cuando llegaron, María abrió la puerta con cuidado, y Eira contuvo la respiración al entrar. El invernadero era un paraíso en miniatura, lleno de plantas de colores vibrantes y flores que llenaban el aire con su aroma dulce. Había un rincón donde el techo de cristal permitía ver las estrellas, y el suave murmullo de una fuente de agua hacía que todo pareciera sacado de un sueño.
—¿Cómo...? —Eira apenas podía creer lo que veía—. Esto es... hermoso.
—¿Verdad que sí? —María sonrió con orgullo—. Es mi lugar favorito. Nadie viene aquí, así que estamos a salvo.
Shadow cruzó los brazos, observando el lugar con ojos críticos, pero había una suavidad en su mirada que no solía mostrar.
—No está mal —admitió finalmente, lo que hizo que María soltara una risa.
María los guió hacia un espacio abierto donde el césped parecía más suave. Allí, se recostó sobre la hierba y extendió los brazos.
—Vamos, vengan. Es el mejor lugar para ver las estrellas.
Eira se unió a ella con cierta timidez, sintiendo el frescor del césped bajo su cuerpo. Miró hacia arriba y quedó maravillada por la vista. El cristal del techo permitía una visión clara del cielo nocturno, salpicado de estrellas que brillaban con intensidad.
Shadow se sentó a cierta distancia al principio, pero la insistencia de María lo llevó a recostarse junto a ellas, aunque con algo de reticencia.
—No sé por qué insistes en hacer estas cosas —murmuró Shadow, mirando las estrellas con una expresión neutral.
—Porque las necesitamos —respondió María con suavidad—. Aquí podemos olvidarnos de todo, aunque sea por un rato.
Eira no dijo nada, pero sus ojos reflejaban su agradecimiento. Había olvidado lo que era sentirse libre, aunque fuera solo por unos minutos.
El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Las estrellas parecían iluminar el espacio con una luz mágica, y el murmullo del agua de la fuente llenaba el aire.
Después de un rato, Eira se atrevió a hablar.
—Shadow... ¿crees que algún día podremos salir de aquí? —preguntó, sin apartar la vista del cielo.
Él tardó en responder, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—No lo sé —admitió—. Pero si lo hacemos, no será gracias a ellos. Tendremos que hacerlo por nuestra cuenta.
Eira giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos reflejaban una mezcla de determinación y algo más, algo que no había visto en él antes: una chispa de esperanza.
—No parece que te guste mucho la idea de confiar en otros —comentó ella, con un atisbo de humor en su voz.
—No es cuestión de gustos —replicó Shadow, desviando la mirada—. Es cuestión de sobrevivir.
María observó la interacción con una sonrisa traviesa, pero no dijo nada. En cambio, se levantó y caminó hacia la fuente.
—Voy a traer unas flores para decorar mi habitación. Ustedes sigan hablando.
Eira y Shadow intercambiaron una mirada rápida antes de apartar la vista al mismo tiempo. La ausencia de María hizo que el silencio entre ellos se sintiera más pesado, pero también más íntimo.
—Eira —dijo Shadow finalmente, su voz más baja que de costumbre—. No creo que todos los humanos sean iguales.
Eira lo miró, sorprendida por su comentario.
—¿Por qué dices eso?
Él tardó en responder, como si le costara admitir lo que estaba pensando.
—Por María. Ella... es diferente.
Eira asintió lentamente, sintiendo que algo en su interior se suavizaba.
—Sí. Ella es especial.
Shadow no respondió, pero su expresión se relajó mientras miraba nuevamente hacia el cielo. Por primera vez, Eira sintió que había una conexión entre ellos, un entendimiento silencioso que no necesitaba palabras.
Cuando María regresó con las manos llenas de flores, encontró a Eira y Shadow acostados lado a lado, mirando las estrellas con una serenidad que rara vez se veía en sus rostros. Ella sonrió, sintiendo que, en ese pequeño rincón del mundo, había logrado algo importante: darles un momento de paz y, quizá, una oportunidad para acercarse.
Durante los últimos días, algo inesperado había comenzado a surgir entre Eira y Shadow. La rivalidad que antes dominaba cada interacción entre ellos había empezado a disiparse, dando paso a una silenciosa camaradería. Quizá era la calidez que María les ofrecía en las noches frías del laboratorio, con su guitarra en mano y una sonrisa que parecía desafiar la dureza del lugar. Sus canciones, llenas de esperanza y dulzura, lograban que incluso el aire pesado del laboratorio se sintiera más liviano.
Esa noche no fue diferente. María estaba sentada en una esquina del cuarto, rasgueando su guitarra con suavidad mientras Shadow y Eira permanecían cerca, en un cómodo silencio. El sonido de la música llenaba el espacio, mezclándose con el suave zumbido de las máquinas y el crujido ocasional del viento helado que golpeaba las ventanas.
De repente, la puerta se abrió de golpe, interrumpiendo la paz del momento. Gerald Robotnik entró al cuarto, jadeando como si hubiera corrido todo el camino hasta allí. Su rostro, normalmente sereno y compuesto, estaba ahora marcado por la urgencia y el miedo.
—¡María! ¡Shadow! ¡Eira! —llamó, cerrando la puerta detrás de él con un movimiento rápido.
Los tres lo miraron, alarmados por su tono. Shadow se puso de pie de inmediato, sus ojos rojos brillando con una mezcla de confusión y desconfianza.
—¿Qué está pasando? —preguntó, cruzándose de brazos mientras su mirada se estrechaba.
Gerald se acercó a ellos, posando una mano temblorosa sobre el hombro de María. La niña, siempre perceptiva, dejó su guitarra a un lado y se levantó, sus ojos llenos de preocupación.
—Abuelo... ¿qué sucede?
—No hay tiempo para explicaciones detalladas —dijo Gerald, su voz temblorosa—. GUN nos ha traicionado, quieren llevarse a Shadow y Eira.
Ambos animales se sorprendieron ante las palabras del científico, lo que los puso tensos como si, por primera vez, temieran verdaderamente por algo. María, igualmente preocupada, miró a sus amigos con ojos llenos de angustia mientras corría junto a ellos y a su abuelo hacia la salida del laboratorio.
Pero, en un abrir y cerrar de ojos, los soldados ya estaban detrás del grupo, pisándoles los talones, cada vez más cerca. En ese momento, Eira soltó la mano de María, su mirada determinada a pesar del miedo que se escondía tras sus ojos.
—¡Sigan corriendo! ¡Les daré tiempo! —gritó Eira, casi en un intento desesperado de ocultar la duda y el temor en su voz.
Aunque sabía que no era suficiente, Eira usó todo el poder de su hielo para intentar detener a los soldados. Pese a los gritos y lágrimas de María, quien se negaba a dejarla atrás, el grupo no tuvo más opción que seguir adelante.
Mientras tanto, Eira se enfrentaba sola a los soldados de GUN. Con cada movimiento, lograba congelar las piernas de algunos, pero los demás seguían avanzando. La desesperación crecía en su interior. Uno de los comandantes, intentando evitar que los disparos hirieran al grupo, trató de mantener el control, pero el caos era inminente.
Entonces ocurrió lo inevitable. Uno de los disparos impactó en uno de los tanques que contenían la energía utilizada por Shadow. La explosión que siguió fue devastadora, sacudiendo todo el laboratorio.
Cuando Eira despertó, la escena que encontró era como un fragmento de sus peores pesadillas: el laboratorio, ese lugar que tantas heridas le había causado, estaba ahora en ruinas, consumido por llamas que bailaban en un macabro espectáculo. Pero lo que realmente le rompió el alma fue ver a María tendida en el suelo, sin vida.
Gerald estaba a su lado, milagrosamente vivo, pero destruido emocionalmente. Shadow, arrodillado junto al cuerpo de la niña, parecía hundido en una mezcla de furia y desolación.
Eira quiso llorar, pero el dolor la paralizó. La culpa la carcomía. Si solo su hielo fuera tan fuerte como la tormenta que habitaba en su interior, tal vez habría sido capaz de proteger a aquella niña que tanto quería. Sin embargo, no había tiempo para lamentos, porque los soldados de GUN hicieron acto de presencia una vez más.
Gerald fue tomado como el principal culpable de los hechos, pero los soldados sabían que Eira y Shadow eran demasiado importantes como para destruirlos y demasiado peligrosos como para dejarlos libres. Así, ambos fueron encerrados en cámaras criogénicas, congelados en el tiempo.
Y entonces, el silencio reinó. Nadie sabía cuándo volverían a despertar.
Hasta ahora.