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Una tenue luz proveniente de una bombilla era lo único que daba vida a los oscuros colores reflejados en las paredes. Por suerte era una noche agradable, y la ventana que daba a la calle principal mostraba unos colores dignos de un anochecer de verano. Por primera vez, en los 2 minutos que Harry llevaba contemplando la sala en la que se encontraba, el doctor Martin decidió romper el incómodo, pero a la vez tranquilo silencio.
—Bonitas vistas. ¿No cree?
Harry se limitó a asentir con la cabeza, todavía absorto en la belleza del paisaje frente a sus ojos.
—Veo que de verdad le fascina —añadió el doctor con una ligera sonrisa.
La sala en la que se encontraba era pequeña pero acogedora; hacía menos de un mes que Martin había trasladado su consulta para una mayor comodidad. Ésta nueva no tenía nada de especial; dos sillones acolchados para doctor y paciente, alguna estantería con libros y trofeos decorativos y una pequeña cafetera, en la que algunos días especiales Martin preparaba café para sus pacientes.
El doctor se sentó en uno de los sillones, dejando que soltara un ligero suspiro. Esperó unos segundos a que Harry le devolviese la mirada, y cuando éste lo hizo, señaló el sillón que se encontraba frente a él.
—Siéntese, señor Evans. Creo que estará más cómodo.
Harry obedeció y se sentó al igual que el doctor había hecho unos segundos atrás. Observó la sala una vez más, en esta ocasión con un poco más de atención. Pasó la mano por el tejido de su asiento, apreciando la rugosidad del material. Escrutó cada esquina, cada rincón. Se sentía observado, y eso en parte era cierto. Tal vez no lo estuviera siendo en ese mismo instante, pero sí probablemente siendo grabado. O puede, solo puede, que simplemente esté siendo paranoico.
Volvió a posar su mirada en el doctor, el cuál asintió con la cabeza para buscar la aprobación de su paciente y saber si podía continuar la conversación.
—¿Qué tal lleva esta última semana, Harry?
—Bien.
—¿Podrías ser un poco más preciso?
—He visitado a mi familia —se cruzó de brazos y miró con recelo al doctor, no muy contento por el hecho de tener que estar profundizando en su vida personal—. No he tenido ninguna pelea.
—¿Estás seguro? —el tono de Martin se volvió oscuro, pero sin perder su toque sarcástico. Su actitud hizo que Harry se tensase, y más aún al darse cuenta de que alguien había delatado sus acciones. Y ahora su psicólogo lo sabía.
—¿Qué quiere decir? Gracias a los ejercicios que me propuso, todo ahora está bajo control. No he vuelto a beber ni he tenido ningún arrebato de ira.
—Entonces no tendrás ningún problema en explicarme qué es esto.
El rostro de Harry se oscureció, plasmando claramente su miedo. Tragó saliva, sintiendo un nudo en su garganta, no pudo evitar apartar la mirada de las fotos que Martin había colocado sobre la mesa. En todas ellas se podía ver a un hombre de unos 22 años siendo golpeado brutalmente con lo que parecía ser una barra de metal. El joven estaba tirado en el suelo sangrando por diferentes partes del cuerpo, aunque en la mayoría zonas de la cara.
—¿Quién crees que fue el agresor? —prosiguió el doctor mientras volvía a guardar las imágenes.
Harry simplemente negó con la cabeza, con la mirada aún lejos de la del doctor. El pánico le consumía, pero no podían ser tan malas las consecuencias si la primera persona que supo de los sucesos fue el doctor Martin.
Reunió las fuerzas suficientes para mirarle a los ojos y, todavía inquieto, consiguió responder verbalmente.
—No fue mi culpa. Solo fue un accidente...
Quiso continuar hablando, para intentar buscar alguna excusa válida, pero un fuerte golpe en la mesa lo detuvo.
—¡Y una mierda que fue un accidente! Que hubieras bebido no significa que te libres de culpa. Te avisé. <> Pero no me escuchas; nunca lo haces. En qué líos te metes.
Martin relajó el puño que tenía sobre la mesa apretado y se pasó la otra mano por el pelo, soltando un suspiro exasperado.
—¿Qué es lo que ocurrió exactamente? —prosiguió, ahora siendo él quien evitaba la mirada del otro.
—Bebí bastante...
—Puedes saltarte esa parte.
—Volvía a casa tarde, ya sabes, esos días en los que sales a tomar algo y luego vuelves a la una de la madrugada —consiguió responder, jugando con sus dedos mientras los miraba fijamente —. Todo iba bien, estaba conduciendo...
—En condiciones lamentables.
—Sí, bueno...
—Continúe.
—Durante todo el trayecto las calles estaban desiertas, excepto por un coche que se encontraba justo detrás mío. Empecé a tener sentimientos de paranoia. ¿Y si alguien me estaba siguiendo? ¿Querría hacerme daño?
—Entonces pensaste que lo mejor sería enviar a ese hombre al hospital por tu propia seguridad. Oh, que gran idea.
—Yo... Yo no pretendía hacerle tanto daño.
—Tienes suerte de que no fue a mayores. —Miró a Harry a los ojos seriamente, con decepción; la misma mirada que posiblemente un padre les daría a sus hijos tras haber actuado irresponsablemente.
—Lo siento mucho, doctor.
—Está bien, está bien. Haré lo que pueda para sacarte de esto, y como mucho puede que solo tengas que pagarle una cirugía y la ayuda hospitalaria al joven.
Martin se levantó de su sillón, dirigiéndose a la puerta de salida para despedirse del paciente, pero para su sorpresa éste no se movió de su sitio. Lo observó detenidamente, parecía pensativo.
—Harry, ¿en qué piensas?
Evans esperó unos segundos hasta que miró al doctor a los ojos. Parecía preocupado y pensativo al mismo tiempo. Habló, y sorprendentemente salió un tono melancólico de su voz. Como si de verdad lo sintiese por todo y solo necesitase ayuda.
—¿Doctor, sinceramente cree que hay alguna manera de detener estos ataques que tengo? Ira, frustración, pánico... ¿Y de detener mi adicción? No quiero seguir así. Alejo y daño a todas las personas cercanas a mí.
—Probablemente. Siempre hay una solución para todo, sin tener en cuenta que el resultado pueda ser mejor o peor. Y creo que sé cómo ayudarle con estos... problemas suyos que tiene, aunque sea arriesgado. Pero por el momento descanse. Ya le llamaré para hablar con usted sobre el nuevo plan de ejercicios que tendrá, y hablaremos sobre el progreso que haya tenido, todo esto la semana que viene. Por ahora, como ya le he dicho, no se preocupe y descanse.
Con eso se despidieron, Harry se levantó y salió por la puerta para ser recibido por una horrible lluvia. Ya no era visible el cielo colorido que disfrutó hace menos de una hora. Solo nubes negras que soltaban pequeñas gotas de agua. Caminó rápido, sin importarle pasar por encima de charcos, embarrándose los zapatos. Vivía bastante lejos, y tras haber perdido el coche intentando provocar un accidente justo después de lo del joven —suerte que el doctor no se enteró de eso también— le confiscaron el vehículo y el carnet de conducir. Aunque no le será muy difícil falsificar uno.
Llegó a la puerta de su casa, en un pequeño bloque de pisos. Antes de poner la llave en la cerradura notó que la puerta ya estaba entreabierta. Le dio un vuelco al corazón, y por instinto entró a su apartamento sin pensarlo dos veces. Lo primero que notó no fue lo desordenado que estaba todo, sino una nota arrugada pegada a una de las paredes de la entrada, en la que leyó en voz alta:
—Vas a pagar por todo, cabrón.