1 Atormentado.
Un condenado por su propia necedad, la inmortalidad se tornaba un eco vacío sin el susurro de su amado a su lado. En su debilidad, se perdió en la penumbra de la eternidad, transformándose en un vampiro quebrantado; el amor lo había despojado de su fuerza, dejándolo como un espectro errante entre sombras.
— Vuelve… por favor, lo haré. Cambiaré, cambiaré todo lo que soy… ¡y podrás vivir!
De repente, la luz del mundo se desvaneció en un gris opaco. La existencia ya no tenía sentido. Sabía que su amado reencarnaría, como siempre lo hacía, y aunque agradecía la cruel realidad de la reencarnación, no podía soportar revivir la misma historia que lo arrastraba a ese final insoportable.
— Podrás vivir una vida plena, descubrir nuevas tierras... formar una familia. No puedo permitir que la oscuridad te consuma a ti también.
La inseguridad y el profundo odio hacia la humanidad lo devoraron lentamente, guiando a su amado mortal hacia un sendero de oscuridad donde solo habitaban los monstruos; donde Átula pertenecía.
— Vuelve, te lo ruego. Juro que no volveré a cruzarme en tu camino… solo vuelve a mí.
Su amado era un hombre noble, defensor de los desvalidos, amante apasionado de la ciencia. El día en que decidió convertirse en cazador de bestias fue el instante en que perdió su libertad y se adentró en un destino sombrío.
Átula Mournwood era el señor del castillo donde el eco del miedo resonaba. Un vampiro que despreciaba a los humanos, viéndolos solo como alimento; su sangre era el sustento para los inmortales. Cien años habían pasado desde aquel fatídico accidente que selló su destino, dejando a Átula marcado por un legado oscuro.
En su adolescencia su madre había caído en las garras de la muerte por buscarlo, era común en esos tiempos, los niños salían a su antojo y muchos de ellos eran llevados a trabajar. Átula era un adolescente que ya había pasado por los trabajos mal pagados todo para que su querida madre no sufriera mucho más al ser una viuda.
Desde el asesinato a su madre nunca más fue el mismo; sin embargo, tras años de sufrimiento, él compartiría la desgracia con su primo, ambos perecerían antes de alcanzar los treinta años. Así comenzaba el nuevo legado Mournwood: dos vampiros destacados por sus habilidades singulares; Átula se dejaría consumir por la violencia y el desprecio hacia aquellos que alguna vez fueron su gente.
— ¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa!
El destino lo llevó a encontrarse con su amado en un enfrentamiento fatal. Todos sabían del peligro que representaba Átula Mournwood; los aldeanos clamaron por la ayuda de un cazador. Desde el primer choque, todo se tornó desastroso.
La valentía del humano brilló como una antorcha en la oscuridad; cada movimiento era una danza mortal que provocaba sonrisas deleitadas en Átula. En combate, su cazador se transformaba: dejaba atrás la bondad y se entregaba a los abrazos voraces del combate. A pesar de que aquel humano aparentaba ser un hombre maduro. Su apariencia pulcra y bien conservada lo delataba.
Átula nunca le había preguntado con exactitud su edad; le parecía irrelevante cuando él mismo había existido durante siglos. Sin embargo, siempre intuyó que rondaba entre cuarenta y cincuenta años; los mechones albinos en su rebelde cabello y la intensidad de su mirada eran testigos silenciosos de esa hipótesis.
— No deseo seguir así, no si cada latido mío hiere tu ser…
El primer golpe del destino pudo no ser tan devastador, ni el segundo, ni el tercero. La realidad de que su amado era un humano, frágil como un cristal, siempre había estado presente. Pero desafiar a la muerte, jugar con su sombra, nunca había sido sabio.
Su cazador era fuerte y diestro al batallar, pero, la confianza era su peor enemiga, la imprudencia y la avasalladora euforia. Átula tampoco era alguien prudente y la combinación de ambos solo les trajo desgracia y despedidas prematuras.
Átula había arriesgado la vida de aquel que amaba como si fuera inmortal. Sin embargo, la cruda verdad es que lo humano es efímero; las consecuencias siempre se tejían en un manto de dolor y tragedia para su cazador. Esta vez, el eco de la fatalidad resonaba en sus venas: nadie había causado su muerte más que él mismo Átula Mournwood.
Tal vez si lo hubiera escuchado, tal vez si se hubiera detenido cuando su cazador lo aconsejó. Hubiera escuchado los agónicos sonidos de su amado.
La entrega y devoción de su amado habían atrapado a Átula en un torbellino sensorial, desatando instintos primarios que lo llevaron al borde de la locura. Aunque ambos tenían ese tipo de encuentros esta vez el vampiro cometió el error de no escuchar a su cazador. En un momento de frenesí, se permitió acercarse mucho más de lo debido hacia él, sus dientes afilados como dagas buscaron su piel. Con un impulso salvaje, mordió su cuello, dejando que la sangre brotara a raudales, caliente y vital en contraste con el frío helado que los rodeaba.
Era una tentación tenerlo cerca y no disfrutar de su sangre, el vampiro había luchado mucho tiempo para no dañarlo por el amor que había desarrollado hacia ese humano. Ocultándolo del mundo vampírico para poder gozar de su humano a solas, matar, asesinar y torturar a quienes Átula consideraba necesarios. Todo había acabado demasiado pronto, ya no deseaba seguir en ese juego vil de las reencarnaciones.
Mientras sorbía esa esencia que le daba vida a su cazador, la euforia se mezclaba con el horror; su amado luchaba por resistir el dolor sin apartarse, pero cada gota consumida lo acercaba más a la muerte. La vida de aquel a quien amaba con locura se desvanecía en sus brazos, como un susurro de la condena que vendría encima de aquel vampiro, dejando solo el eco de un amor devorador y trágico.
“No te culpes… está bien…”
Las palabras reverberaban en su mente mientras aún podía escuchar los lamentos agónicos de su amado, el aliento caliente y tembloroso que se deslizaba entre sus cabellos. Su cuerpo se tensaba por la mordida letal; el frío abrazo de la muerte ya comenzaba a envolverlo.
— ¡Maldita sea! ¿por qué?!
Observó con desesperación sus propias acciones con horror. Nada lo había marcado tanto como el hecho de ser el artífice del fin de su amado. Comprendió que su cazador debía vivir y él debía desvanecerse en las sombras. Se atormentó durante años, huyendo del castillo y del pueblo que alguna vez fueron su reino de terror. Dejando atrás un pasado que deseaba olvidar.
Se refugió en un lugar donde ni él mismo pudiera encontrarse. Pasaron los años y dejó atrás la dieta básica de un vampiro; no volvió a beber sangre, ni humana ni animal. Rechazó y abominó su propia naturaleza destinada a provocar dolor y derramar sangre. Esa decisión lo llevó a un estado lamentable; su cuerpo se volvió delgado y débil, el cabello largo y castaño perdió su brillo, convirtiéndose en una sombra opaca de lo que fue. Su sonrisa ya no irradiaba arrogancia; ahora era una suave tristeza temerosa.
Con el tiempo, su organismo luchó por recuperar rasgos humanos; su apariencia mortal se deterioró aún más sin la fuerza sobrenatural que una vez poseyó. Pero también recuperó la resistencia al sol; sintió nuevamente el cálido abrazo del día. Con ello vino la sensación perdida de estar vivo, y el recuerdo constante de su cazador cerca.
Un siglo después, Átula redescubrió los matices de la vida que había olvidado e ignorado. Dejó atrás el orgullo y vio algo que no había vislumbrado desde la muerte de su madre y su amado: gentileza y felicidad en esa efímera existencia mortal. La idea de poder morir y descansar después de tanto sufrimiento se convirtió en un final hermoso. Las personas parecían ser perfectas y amables todo lo contrario a los vampiros.
Quizás estaba exagerando para ocultar que solo deseaba morir; tal vez extrañaba a su cazador más allá de las palabras y se había refugiado en la jardinería, abrazando una vida sencilla en el bosque para permanecer alejado de las reencarnaciones de aquel a quien amaba. Tal vez volver a sentir la nieve sobre su piel le ofrecía consuelo mientras sus recuerdos danzaban hasta el cansancio. La rutina de ayudar a los seres del bosque le permitió honrar la memoria de su cazador; evitar dañar hasta el más pequeño ser viviente le brindaba paz, aguardando ser perdonado por sus transgresiones pasadas.
— Animales… —susurró con desprecio, mientras sus ojos se posaban en el castillo del pueblo, un vestigio de nobleza manchado por la sombra de vampiros despiadados que habían asaltado aquel hogar.
Ese lugar se erguía como un trofeo vandalizado, impregnado de un aroma a sangre que susurraba secretos oscuros, indicándole que aún había criaturas merodeando en la penumbra. Con un gesto despectivo, rodó los ojos y se alejó con prisa; no deseaba ser descubierto por aquellos que danzaban entre las sombras. La posibilidad de ser llevado ante la ley vampírica lo aterrorizaba, pues su condición de vampiro inactivo lo condenaría a un destino sombrío. Había sobrevivido a ataques previos, herido y al borde de la muerte, pero su primo siempre hallaba el camino para rescatarlo, ocultándolo de las garras de una justicia implacable.
Átula sintió una decepción profunda al comprender que no moriría. Sin embargo, había una certeza en su corazón: su primo jamás lo abandonaría. Así acordaron que él viviría bajo el radar, como una sombra furtiva en la noche, evitando llamar la atención hasta que pudiera perdonarse a sí mismo y quizás recuperar su inmortalidad.
— Hermosas… —murmuró Átula al llegar a la laguna que le había robado el aliento desde que huyó de su pasado. Al caer en sus aguas, vio su reflejo distorsionado, un espejo que le devolvía su propio miedo—. Castañitas, castañitas…
El vampiro inactivo, con una vida sencilla y austera, había cultivado un amor inesperado por las plantas terrestres y acuáticas. Hoy se cumplía un siglo entero sin beber sangre; aunque había aborrecido aquella dieta vegetal, ahora era su pasión. Un siglo sin encontrar a su cazador, un siglo viviendo en las sombras entre los humanos. Anhelaba volver a sentirse amado, deseaba reencontrarse con su amado; habían pasado cien años desde que asesinó al único amor que había conocido.
— La soledad es una condena cuando eres inmortal… —dejó caer hojas secas en la laguna, danzando al compás de la brisa nocturna de verano—. Una condena amarga si aún cargo con tu pérdida, si llevo conmigo tu muerte…
Las lágrimas comenzaron a acumularse, amenazando con dejarlo ciego si continuaba reprimiéndolas. El nudo en su garganta se volvió doloroso mientras recordaba el instante fatal: cada gesto, cada sonido, el agarre firme y la mirada compasiva de quien nunca ofreció resistencia. Hoy se conmemoraba un siglo entero desde aquel día fatídico.
— Perdóname…
El vampiro intentó recomponerse cuando chocó accidentalmente contra otro cuerpo, cayendo ambos al suelo terroso. Átula tardó un momento en levantarse y observó cómo el vampiro con el que se había topado mostraba una expresión de terror absoluto.
— ¡Corre! ¡Ya viene! —advirtió el vampiro temblando mientras sus ojos estaban fijos en algo que se acercaba desde más allá del bosque.
— … ¿Quién? —Átula se petrificó al escuchar el eco retumbante de un disparo resonar por todo el bosque, trayendo consigo recuerdos de escenarios llenos de violencia.
Entre las sombras, tres vampiros intentaban recomponerse y huir, pero era imposible. Algo en esas balas les provocaba un dolor inimaginable. Uno cayó muerto, el segundo tenía el rostro aplastado contra el suelo, mientras ese hombre, con una risa macabra, lo mantenía sometido. El tercer vampiro intentó escapar, pero al ser atravesado por una bala, cayó como un bulto inerte.
Solo quedaban Átula y el vampiro que había intentado advertirle.
—Dos balas… para dos bestias —dijo el hombre, acercándose al vampiro que tenía bajo su control. La luz de la noche iluminó su figura, revelando una oscuridad aún más profunda en su mirada.
Átula se quedó sin aliento al reconocerlo. Allí estaba de nuevo; su mirada y gestos eran los mismos, pero había algo más perturbador en él. Tragó en seco al percibir que el humano, además de eliminar a aquellos vampiros, tenía el aroma inconfundible de sangre fresca humana. Buscó con la mirada la fuente de aquel olor.
—Mmm... —El humano esquivó con agilidad a otro vampiro que intentó enfrentarlo. Apretó el gatillo y una bala especial atravesó al atacante con precisión mortal—. Uno menos. Dime, ¿me enfrentarás?
—... ¿Dónde está? —Átula se sintió desorientado por un instante. ¿Era posible que este cazador matara humanos por sí mismo? este humano no era su cazador. —¿Dónde está la persona que heriste? Puedo sentir su sangre...
—Interesante —respondió el humano con una sonrisa arrogante. Miró a su alrededor y disparó a la presa que había huido minutos antes—. Gracias por el aviso…
Un grito desgarrador resonó en la noche. Ese hombre se burló de su presa recién cazada, volteó la mirada y caminó lentamente hacia el Átula quien se congeló al presenciar como este cazador asesinó a una persona sin mostrar ni un ápice de remordimiento. El cazador lo tomó de las ropas y lo levantó hasta su mirada, estudiando cada matiz de terror en su rostro.
—Suéltame… —Átula sintió un escalofrío recorrerle la espalda al darse cuenta de que esta reencarnación no era nada parecida a su cazador. El pánico lo invadió al verlo tan distorsionado.
—Un... vampiro que no bebe sangre; patético —el humano rio con una voz ronca y cruel, estampando al vampiro contra el suelo y comenzando a ahorcarlo—. Si deseas morir, te puedo ayudar.
Átula luchó por liberarse del agarre, pero fue en vano. La respiración se le dificultaba y todo comenzó a sonar borroso; la muerte se cernía sobre él como una broma cruel del destino. A pesar del horror inminente, Átula no pudo evitar sonreír ante la ironía de su final; si así debía ser, entonces no se negaría.
—... ¿Pero ¿qué...? —El humano estaba a punto de terminar su tarea cuando sus manos se detuvieron abruptamente. Intentó volver a apretar el agarre, pero fracasó.
—Termina con tu trabajo... —una voz resonó en la mente del humano, instándolo a retomar su acción contra el vampiro que ahora recuperaba la respiración con dificultad.
—Eso intento…! —el humano susurró con desesperación, apartándose para observar sus manos temblorosas antes de mirar al vampiro que tosía mientras retrocedía aterrorizado.
En ese instante, Átula recuperó la estabilidad necesaria para observar al humano consternado mientras recordaba aquel día en que huyó de su presencia. Corrió hacia su cabaña y se encerró en ella; las lágrimas comenzaron a brotar al comprender que el destino los había vuelto a reunir. Pero esta vez era diferente; había algo perturbador en el humano y todo había cambiado radicalmente para un vampiro que ahora vivía alejado de las sombras de su pasado.