Capítulo 1
Ava:
La máquina de espresso silbaba como un volcán a punto de estallar. Mi cerebro se sentía exactamente igual.
El aire en la cafetería del campus estaba cargado de cafeína y falta de sueño. Siempre era así durante la semana de exámenes finales.
A mi alrededor, los estudiantes estaban encorvados sobre libros y laptops con la mirada perdida. Yo me senté al fondo, bajo una luz parpadeante que no funcionaba bien desde los parciales. Me tomaba un macchiato de caramelo ya tibio mientras me preparaba para el último examen para llevar de 2025. Nada menos que de Ingeniería Química.
Mis dedos flotaban sobre el teclado, pero las palabras no salían. Mi mente estaba atrapada entre teorías científicas complicadas y el peso insoportable de todo lo que me callaba.
En eso, sonó mi teléfono.
Miré la pantalla esperando un mensaje de mi grupo de estudio o alguna alerta del campus. Pero no era eso.
Era un número desconocido con código de área de Oregón.
Se me dio un vuelco el estómago.
Nadie de Oregón me llamaba. A menos que fuera ella.
Contesté al tercer timbrazo. —¿Hola?
Hubo una pausa. Luego, una voz profunda y calmada sonó del otro lado. —¿Ava?
Parpadeé confundida. El nombre no me encajaba con la voz. —¿Sí?
—Habla Lucas Blackthorn.
Me quedé helada.
Conocía ese nombre. No mucho, pero lo suficiente. Era el nuevo esposo de mi madre. El hombre con el que se casó tras desaparecer, otra vez, de mi vida.
Nunca había hablado con él. Jamás lo había visto.
No respondí. No estaba segura de poder hacerlo.
Se escuchó un suspiro al otro lado de la línea. Luego, con voz suave pero firme, dijo: —Te llamo con... noticias difíciles. Tu madre falleció anoche.
Al principio no procesé las palabras. Me quedé en shock, en silencio. —¿Ella... qué?
—Murió mientras dormía. En paz. —Su voz no tembló ni se quebró—. Siento mucho ser yo quien te lo diga.
Me quedé mirando la ventana de la cafetería con la mente en blanco. Afuera, los árboles se mecían con el viento y los estudiantes pasaban riendo en grupo. Pero yo me sentía bajo el agua. Flotando. No, me estaba ahogando.
Hacía años que no veía a mi madre. El mes pasado cumplí veinte y ni siquiera se molestó en llamar. Y ahora, nunca más lo haría.
—Pensé que debías saberlo —continuó Lucas—. El funeral es mañana por la tarde en la casa de la manada Blackthorn, al norte de Oregón. A ella le gustaría que vinieras.
Manada.
Esa palabra resonó en mi cabeza y despertó recuerdos medio enterrados. Dientes afilados y aullidos suaves. El modo en que mi madre miraba la luna, como si le hablara solo a ella. Recordé la vida que eligió por encima de estar conmigo.
Mi voz sonó fría, aunque por dentro estaba destrozada por sentimientos que ni yo entendía. —Está bien.
—Puedo enviar a alguien por ti o darte la dirección si prefieres venir por tu cuenta.
—Iré manejando.
—Muy bien. Te enviaré las coordenadas por mensaje.
Hubo un silencio largo. Pensé en colgar, pero no lo hice.
—Preguntó por ti al final —dijo él—. Tenía la esperanza de que vinieras.
No dije nada.
—Te dejo —dijo finalmente—. Buen viaje, Ava.
Colgó antes de que se me ocurriera algo, cualquier cosa, que decir.
Me quedé mirando el teléfono un buen rato. Mi nombre se veía extraño en la pantalla. Como si yo ya no fuera real. Como si no supiera quién soy.
***
No lloré. Ni en el auto, ni mientras hacía la maleta, ni al mirar la foto vieja que guardaba al fondo del cajón de los calcetines. En la foto ella me cargaba de bebé; se veía cansada pero feliz, con su cabello rubio y alborotado por el viento.
Hacía mucho que se había ido. Decía que el lobo en su interior siempre gritaba más fuerte que el mundo exterior. Que eso la alejaba de lo ordinario. Por eso dejó a mi padre y por eso me dejó a mí. Me convencí durante años de que estaba bien y de que no la necesitaba. Pero ahora, viendo el bosque de Oregón por el parabrisas, me di cuenta de que era mentira. Era mi mamá.
Manejé por horas hacia el norte, internándome en la naturaleza y alejándome de mi vida de siempre. Dejé atrás la ciudad y todo lo conocido. Los pinos se volvieron más densos y altos de lo normal.
El territorio Blackthorn no aparecía en el GPS. Tuve que usar las coordenadas que me mandó Lucas y escribirlas a mano.
El camino pasó de ser grava a ser pura tierra. La niebla se colaba entre los árboles y el musgo colgaba de las ramas.
Cuando llegué a las enormes puertas, solté un suspiro pesado. Bajé del auto y sentí la grava crujir bajo mis botas de cuero negro.
No sabía qué esperar; tal vez un vigilante o un guardia. Quizás al propio Lucas. Pero no había nadie.
Las puertas se abrieron chirriando, como si supieran que yo estaba ahí. De forma automática y silenciosa. Más allá, el camino subía entre árboles más viejos que el tiempo. El bosque rodeaba la propiedad; era inmenso. El aire se sentía más fresco y ligero. Podía oler el aroma del pino en el ambiente.
Seguí el sendero curvo hasta que se abrió a un claro. Y ahí estaba.
La casa de la manada Blackthorn.
Más que una casa, parecía una fortaleza; surgía de la tierra como si hubiera crecido de ella. Estaba hecha de madera y piedra, con vigas enormes y techos altos.
Estacioné a la orilla de la entrada y me quedé un minuto entero en el auto. Tenía el corazón a mil y la respiración agitada.
Siendo mitad lobo y mitad humana, en ese momento sentí que no pertenecía a ningún bando.
Nadie salió a recibirme. Nadie se asomó por la ventana. Me sentía como una intrusa en el funeral de mi propia madre.
Me temblaban los dedos mientras agarraba mi maleta y caminaba en la oscuridad de la noche.
La puerta principal era imponente, tallada con símbolos que no entendía. Espirales, garras, lunas crecientes y lobos.
Levanté la mano y toqué lo más fuerte que pude.
Nada.
Esperé y volví a tocar. Seguía sin haber respuesta.
De pronto, la puerta se abrió un poco. Dejaba ver el interior de la casa: cálido, silencioso y poco acogedor. Dudé un segundo, pero entré.
Lo primero que sentí fue el olor. Madera de pino, ceniza, pelaje. Humo viejo y tierra mojada. El aroma de mi madre todavía flotaba en el aire.
La entrada estaba vacía. Al fondo se veía un pasillo largo con pisos de madera oscura, pieles de animales en las paredes y reliquias tribales.
Apreté la correa de mi maleta y llamé suavemente: —¿Hola?
Nadie respondió. El silencio era absoluto. No sabía si era bienvenida.
Vi una nota sobre la mesa de madera, junto a la escalera. Mi nombre estaba escrito con tinta negra.
Ava, tu habitación está al final del pasillo. El funeral es mañana al atardecer. Descansa.
No tenía firma, pero sabía de quién era. Lucas. Mi padrastro. El esposo de mi madre.
No había fotos de mi madre por ninguna parte. Nadie se asomaba por las puertas. Solo se oía el viento contra las ventanas y la oscuridad de afuera devoraba la luz de la casa.
Caminé por el pasillo hasta la última puerta. Mis botas resonaban en la madera.
Mi cuarto era sencillo pero acogedor. Tenía una cama, una cómoda de madera y una ventana pequeña que daba al bosque infinito. La luz de la luna bañaba las sábanas y mi silueta.
Dejé la maleta pero no me senté. Me quedé ahí parada mucho tiempo, abrazándome a mí misma y mirando a la nada.
Este lugar no era mi hogar. Lo que sentía no era exactamente tristeza, sino el dolor de algo que quedó pendiente. Una herida que nunca cerró.
No sabía quién había sido mi madre en sus últimos años. No sabía por qué se alejó, por qué no llamó ni por qué hizo una vida sin mí.
Pero ya estaba aquí. Y mañana la enterraría en un lugar desconocido, rodeada de lobos que nunca traté.