Sombras de los Romanov: El Legado Olvidado

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Sinopsis

En una Rusia devastada por la Revolución, Anastasia y Alexéi Romanov sobreviven al fusilamiento que acabó con el resto de su familia. Ocultos y viviendo en secreto, luchan por recuperar lo que les pertenece mientras huyen de los bolcheviques. A lo largo de los años, se unen a un grupo de leales que buscan restaurar la monarquía, pero descubrirán que las sombras que acechan al pueblo ruso son más peligrosas de lo que imaginaban. Esta es una historia alternativa de lo que pudo haber sido el destino de los Romanov si hubieran sobrevivido, donde la verdad podría cambiar el curso de la historia.

Genero:
Other
Autor/a:
My
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1:Sombras del Pasado

El eco de las botas resonaba en las escaleras de la casa Ipátiev. Anastasia y Alexéi Romanov, los hijos menores del zar Nicolás II, temblaban mientras eran escoltados junto a su familia hacia un oscuro sótano. La incertidumbre llenaba el aire, pero nadie se atrevía a preguntar. Su madre, la zarina Alejandra, susurró una oración mientras abrazaba a Alexéi, que apenas podía mantenerse en pie debido a su hemofilia.

—Todo estará bien —dijo la zarina, aunque sus ojos reflejaban un miedo profundo.

Minutos después, el estruendo de los disparos rompió el silencio de la noche. El legado de los Romanov parecía haber terminado... pero no del todo.

Anastasia despertó sobresaltada. La pesadilla volvía a atormentarla, una y otra vez. Alexéi dormía a su lado en el suelo húmedo de un granero abandonado. Ambos habían escapado en el caos de aquella noche gracias a un guardia que, por compasión, les permitió huir antes de que comenzara la ejecución. Desde entonces, llevaban semanas ocultándose, lejos de los lujos que alguna vez definieron sus vidas.

El hambre los acosaba. La última comida decente que habían tenido era un pedazo de pan duro compartido hacía tres días. Alexéi, siempre frágil por su enfermedad, apenas podía mantenerse en pie. Anastasia, aunque joven, había asumido el papel de protectora.

—Despierta, Alexéi. Tenemos que buscar algo de comer. —Le dio un suave empujón.

Él abrió los ojos lentamente, su rostro pálido y delgado.

—¿Adónde iremos esta vez? Nadie quiere ayudarnos... y si nos reconocen… —La voz de Alexéi se quebró.

—No pienses en eso ahora. Solo concéntrate en mantenerte en pie. Yo haré el resto.

Ambos salieron del granero y caminaron por las calles empedradas de Ekaterimburgo, escondiéndose entre las sombras. Los pocos transeúntes que había a esas horas evitaban mirar a los niños andrajosos, sin sospechar quiénes eran realmente.

Cerca de una panadería, Anastasia observó un basurero. Dudó un momento, pero la necesidad era más fuerte que su orgullo.

—Espera aquí, Alexéi. No te muevas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó con preocupación.

—Solo… quédate aquí.

Anastasia se acercó al basurero y comenzó a buscar entre los restos de comida. Su corazón latía con fuerza, temiendo ser descubierta. Encontró un trozo de pan rancio y una manzana mordida. Aunque poco, era mejor que nada.

Cuando regresaba hacia Alexéi, una pareja de ancianos pasó cerca. Nikolái y Vera, antiguos sirvientes del palacio imperial, habían sido obligados a huir tras la caída de los Romanov. Aunque vivían modestamente, aún recordaban con lealtad a la familia que alguna vez sirvieron.

—¿Esos… podrían ser? —murmuró Nikolái al ver a los jóvenes de espaldas.

—Esos rostros… no hay duda. Son Anastasia y Alexéi —respondió Vera con voz temblorosa.

Los ancianos se acercaron con cautela. Anastasia, al escucharlos, retrocedió, protegiendo a su hermano.

—¡Aléjense! —exclamó, levantando un cuchillo desgastado que había encontrado días atrás.

—No queremos hacerles daño —dijo Nikolái con calma. Su voz era grave, pero cálida, como la de un abuelo que intenta tranquilizar a sus nietos.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Anastasia, sus ojos llenos de desconfianza.

—Éramos sirvientes en el palacio. Estábamos allí cuando nacieron. Mi esposa, Vera, cuidaba los jardines del zar. Por favor, déjennos ayudarlos.

Anastasia dudó. La mirada de los ancianos parecía sincera, pero después de tantas traiciones, confiar en alguien era un lujo que no podían permitirse.

—No tenemos a dónde ir —dijo Alexéi, su voz débil.

—Si esto es una trampa… —advirtió Anastasia, bajando ligeramente el cuchillo.

—No lo es. Pueden quedarse con nosotros. Tenemos un lugar seguro en las afueras del pueblo.

Los ancianos los llevaron a su pequeña casa, una cabaña modesta rodeada de árboles. Allí, les ofrecieron comida caliente y ropa limpia. Anastasia y Alexéi se miraron, incapaces de contener las lágrimas. Era la primera vez en semanas que sentían algo de esperanza.

Esa noche, mientras Alexéi dormía profundamente, Anastasia se acercó a Vera.

—¿Por qué nos ayudan? Si los bolcheviques descubren que están ocultándonos, los matarán.

—Porque su padre fue un buen hombre —respondió Vera. —Porque no merecen esto. Y porque, aunque no podamos cambiar el pasado, al menos podemos proteger su futuro.

Anastasia asintió, agradecida pero aún temerosa. Sabía que su lucha apenas comenzaba.