Capítulo uno
Josephine Troval se acomodó en su asiento junto a la cabecera de la larga mesa de reuniones, como siempre, antes que nadie. El silencio de la sala vacía le permitía reunir sus pensamientos, dominar el fuego que amenazaba con arder en su interior. Había perfeccionado el arte de la compostura: sonrisas calculadas, palabras medidas, una máscara que ya no requería esfuerzo para mantener. Era una costumbre tan natural como respirar.
Las reuniones semanales eran un ritual impuesto por Víctor, el heredero de Psionia. Todos los lunes, a las diez en punto, sus campeones se congregaban en la mansión ubicada en los límites del reino. La rutina era siempre la misma: reportes de misiones, análisis de negocios con las ciudades subterráneas, asignación de nuevos objetivos. Sin embargo, nada de aquello era realmente rutinario para Josephine.
Un destello en el aire anunció la llegada de Víctor. En un parpadeo, ya estaba sentado en la cabecera, a su lado. Su traje negro grisáceo, impecable, reflejaba la sobriedad de su reino. El cabello corto y perfectamente peinado brillaba bajo la luz tenue, y una sombra de barba añadía dureza a su rostro. La teletransportación era su habilidad más distintiva, y Josephine ya había aprendido a no sobresaltarse. Dos años bajo su propiedad la habían obligado a conocerlo, aunque nunca lo suficiente.
—Puntual como siempre, Josephine. —Su tono era seco, carente de emoción, mientras revisaba una carpeta llena de fotografías.
El sonido de las puertas abriéndose de golpe interrumpió el ambiente. Tres figuras irrumpieron en la sala. Dos minutos tarde. El bullicio comenzó.
Los mellizos Cárter entraron primero, sus cabelleras rojizas y pasos exagerados dejaban claro que buscaban atención. Saludaron a Víctor con reverencias teatrales, sus sonrisas burlonas iluminando el espacio. El tercero, Rogger, llegó distraído, tecleando furiosamente en el dispositivo de su muñeca. Apenas levantó la mirada para saludar.
Josephine observó cómo Moira, una de las mellizas, se sentaba frente a ella. Con un movimiento de mano, apartó algunos mechones rebeldes de las trenzas que enmarcaban su rostro.
—¿Te caíste de la cama, Jo? —preguntó Moira con un tono cargado de provocación. Ella sabia que amaba la puntualidad.
Josephine se limitó a cruzar los brazos y responder con una sonrisa tranquila, tan medida como siempre. Sabía que la pelirroja la detestaba, aunque desconocía la razón. Y, francamente, no le importaba averiguarlo.
—Buenos días, Jo —dijo Mathias con un asentimiento cortés, como siempre.
—Jo. —Rogger murmuró el saludo casi sin mirarla, con el ceño fruncido mientras seguía tecleando. Josephine dejó que el murmullo de las teclas y los roces tensos de la conversación llenaran el aire, mientras su mente divagaba.
Víctor se aclaró la garganta, exigiendo silencio con su sola presencia. Su voz cortó el ambiente como una navaja.
—Necesito su atención. Hay un nuevo requerimiento.
Josephine alzó la mirada, notando cómo los ojos avellana de Víctor recorrían la sala, deteniéndose en cada uno de ellos. Su tono era calmado, pero Josephine conocía la autoridad que cargaban sus palabras. Recordó la primera vez que lo vio, cuando apareció entre el público de aquella subasta. No había sido su salvador; había sido su comprador. Víctor la había elegido, no por misericordia, sino por su utilidad. Desde entonces, era su campeona, su esclava. Aunque él jamás usara esa palabra, Josephine nunca olvidaba lo que realmente era.
—Se acerca el Torneo Anual de Rarezas —anunció Víctor.
El aire se volvió pesado. Josephine sintió que la habitación se hundía en un silencio opresivo. Todas las miradas cayeron sobre ella.
Sabía lo que significaba ese torneo. Lo había visto antes: una arena ensangrentada donde los reinos enviaban a sus campeones para luchar hasta que uno quedara en pie. Rendirse no era una opción. Morir, en muchos casos, era inevitable.
—¿Por qué tiene que ir Jo? —protestó Moira, sus ojos destilaban recelo. —Me encantaría partirle la cara a esa idiota de Orotopia. —Una risa burlona escapó de sus labios mientras miraba a su hermano.
—Porque ya fue Mathias el año pasado, tú el anterior y Rogger antes de eso. —La respuesta de Víctor fue simple, cortante, como siempre.
Josephine apretó los dientes, manteniendo su expresión neutral. Por dentro, su mente era un torbellino de pensamientos oscuros. Había pasado años soportando misiones homicidas y condiciones despiadadas. La idea de luchar en aquel torneo no era más que otro recordatorio de su lugar en ese mundo.
—Este año tenemos que ganar. —La voz de Víctor resonó, firme, dejando claro que no había espacio para la discusión. Sus ojos se encontraron con los de Josephine, y en ese momento ella supo que no había escapatoria.
Si debía luchar, lo haría. Haría que sus oponentes se rindieran, o los destruiría antes de permitir que acabaran con ella.
—Moira. —La voz de Víctor resonó con calma, mientras sacaba una fotografía de la carpeta y la deslizaba frente a la pelirroja. Ella sonrió de inmediato, una expresión de entusiasmo que parecía iluminarle el rostro cuando sus ojos se posaron en su nuevo objetivo.
Con el mismo gesto preciso, Víctor colocó fotografías frente a los otros dos hombres, ignorando deliberadamente el ligero fruncir de ceño de Josephine. Ella intentó prepararse, rogando internamente que no hubiera ninguna imagen para ella. Sabía que era un deseo absurdo.
—Tienen una semana. Nos vemos el próximo lunes. —El tono de Víctor era definitivo, inmutable. Y, en un parpadeo, ya no estaba.
Josephine observó la fotografía frente a ella, sus dedos apretándola con fuerza mientras luchaba contra la oleada de frustración que le subía por la garganta. Sentía como si el papel ardiera en sus manos, un recordatorio tangible de la jaula en la que vivía. No tenía escapatoria. Las órdenes no eran una sugerencia; eran un mandato inquebrantable.
Por más que quisiera imaginar otro futuro, algo distinto, sabía que no había lugar para eso. Esto era lo que era: una asesina, una herramienta afilada y desalmada al servicio de un reino que nunca pidió servir.
Cada día era una batalla entre dos Josephines. Una, la que soñaba con huir, esconderse en la espesura de algún bosque lejano y dejar que la tierra la tragara. La otra, la que se alzaba con la cabeza alta, endurecida por los años, cruel y despiadada, incapaz de sentir remordimientos por las vidas que había arrebatado. Ambas se debatían el control de su mente, y el conflicto la desgarraba por dentro.
Josephine obligó a sus labios a curvarse en una sonrisa tensa mientras se ponía de pie. La máscara debía mantenerse intacta. No había tiempo para flaquezas. Sus manos temblaban, así que necesitaba ocuparse, mantenerse en movimiento antes de que esa chispa de descontrol explotara.
Giró sobre sus talones y salió del salón, apretando la mandíbula con fuerza. Tenía un trabajo que hacer.