pasión a puerta cerrada

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Sinopsis

Marina, una mujer de treinta y cinco años vive recluida en una pequeña ciudad sin más compañía que su hijo Aarón, de dieciocho años, ya que después de una terrible pandemia, la mayor parte de la raza humana ha sido aniquilada. Todo se complica cuando la sexualidad del chico se despierta.

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18+

Capítulo 1

Capítulo 1

Marina se mira en el espejo enorme de su habitación. Últimamente lo hace muy seguido. Seguramente sea porque está a punto de cumplir treinta y cinco años. Siente la necesidad de reconocerse como una mujer bella. Sabe que no es vieja, pero cree que sus mejores años ya pasaron o están por terminar. A pesar de sus dudas, sabe que se mantiene muy bien para su edad. Lo malo es que no hay nadie que pueda admirar su belleza. Ni en su casa, ni en el resto del mundo.

Hace quince años que una pandemia acabó con casi toda la humanidad. Todavía se ven algunos esqueletos en las calles desiertas. De hecho, hace más de diez años que no ve a otro ser humano que no sea su hijo. Ahora se observa la cara y nota que tiene la piel increíble.

Se aleja un poco para verse el cuerpo entero. Se pone de perfil y se mira el trasero. Lleva puesta una calza ajustadísima. Hacía años que no usaba una. En el pequeño centro comercial cerca de su casa solo quedaban pantalones de jogging o faldas largas. El resto de la ropa la habían saqueado hace mucho. Pero su hijo Aarón se alejaba cada vez más cuando salía a cazar. La última vez entró en una casa abandonada y encontró mucha ropa del talle de Marina. Había vestidos de fiesta, jeans, minifaldas y tops. Eran prendas que antes hacían ver a las mujeres más hermosas. Ella no dijo nada, pero esa ropa le removió algo por dentro. Pasó horas probándosela, aunque recién hoy se animó a usar la calza todo el día. Le cuesta encontrar una excusa para ponerse lo demás.

Marina trata de despejar su mente. Si llega a saber de alguna comunidad, esta vez lo pensará bien y quizás se unan a ellos. Mientras tanto, agradece que tienen salud. Viven en una especie de paraíso desde hace más de una década. Tuvieron suerte. Cuando la gente empezó a morir por el contagio, Marina huyó con Aarón. Él era apenas un nene de tres años. Se refugiaron en este lugar que es mitad ciudad y mitad pueblo. Fue una decisión inteligente pero peligrosa. Se instaló donde el virus ya había terminado con todos. Los expertos decían que el virus se contagiaba por tocar objetos de los muertos. Por suerte, era solo una teoría y Marina demostró que era falsa. Cuando otros se dieron cuenta, ya era tarde. Todos sus conocidos habían muerto.

Había muchas casas vacías, pero eligió una sencilla y amplia. Antes funcionaba como una hostería familiar. Tenía muchas habitaciones, un patio grande y se veía muy firme.

Sale de la habitación. Es un lindo día. Por la mañana va a limpiar la casa. Al mediodía cocinará el chivito que Aarón cazó ayer. Después hará ejercicio y se bañará en el arroyo. Merendará sola porque el chico suele salir de expedición por la tarde. Finalmente leerá una novela hasta que oscurezca. Después preparará la cena, irá a dormir y así pasará otro día. Tener una rutina le da sentido a su vida. Sentirse ocupada la hace sentir útil en este mundo postapocalíptico. A veces cambia un poco su rutina. Eso le da algo de adrenalina, aunque parezca una tontería. Sin embargo, se dio cuenta de que prefiere la vida tranquila.

Cuando va a buscar las cosas de limpieza, se cruza con Aarón. Parece que el chico está por salir a cazar. En ese cuartito, además de los artículos de limpieza, guardan algunas armas en las repisas. El chico elige una ballesta.

Cada vez es más difícil encontrar animales vivos. La fauna también sufrió mucho por la pandemia. Por un lado es bueno, porque así no hay animales salvajes peligrosos cerca. Por otro lado, la falta de carne complica la alimentación. De todos modos, no pasarán hambre. Tienen una huerta a unos kilómetros con tomates, papas y zapallos. También tienen naranjos y bananas. Esa dieta los mantiene en muy buena forma.

—No hace falta que salgas —le dice Marina—. Tenemos comida para más de una semana.

—Tampoco hace falta que limpies, pero lo vas a hacer igual, ¿no? —responde Aarón.

Ella sonríe. Quiere decirle que no es lo mismo, que vivir en la mugre es feo, pero no quiere discutir. Sabe que su hijo no sale solo a cazar. Le gusta estar al aire libre, ver animales y conocer lugares nuevos. Ella extraña el viejo mundo, pero para él todo es novedad. Todo lo que él sabe es por lo que ella le cuenta o por lo que ve en las ruinas de la sociedad.

Se agacha para agarrar una palita de plástico para juntar la tierra. De repente, siente un fuerte golpe en el trasero. Se da vuelta sorprendida. Aarón sonríe divertido.

—No vuelvas a hacer eso —le dice Marina.

El chico esconde la mano. Como si ella pudiera creer que fue otra persona la que le dio semejante nalgada.

—Lo siento, mamá, pero fue una tentación —confiesa el chico—. Nunca te vi con algo tan ajustado. Parece que estás desnuda. Cuando te agachaste, tu trasero respingón me llamó. ¿Te dolió? —pregunta con total inocencia.

—No, no es eso —dice Marina.

—¿Entonces? —pregunta él.

—Nada, simplemente no está bien darle nalgadas a tu madre.

—Y si no se las doy a mi madre, ¿a quién se las voy a dar? —dice él con una lógica simple pero difícil de negar.

—Supongo que no puedes nalguear a nadie entonces —sentencia Marina.

—Pero tú me dabas nalgadas de chico, ¿te acuerdas? —insiste él.

—Eso era diferente. Lo hacía cuando te portabas mal y no fueron muchas veces. No te quejes —explica Marina.

—Entonces, cuando te portes mal, te voy a nalguear yo —dice Aarón riéndose.

Tiene dieciocho años, pero su personalidad es distinta a la de los adolescentes que Marina recordaba. Su hijo es una mezcla entre un niño que ignora cosas básicas y un hombre que mantiene a su familia.

—No seas tonto. Soy tu madre. Tú no me puedes retar a mí —le contesta Marina.

—Tú y tus reglas del viejo mundo —dice Aarón divertido. Marina sabe que lo dice en serio. Él siempre cuestiona que ella siga pegada a las costumbres de un mundo que ya murió—. Pórtate mal y vas a ver —agrega el chico mirando el trasero de Marina, como si quisiera darle otra nalgada.

El chico se va y Marina se queda algo confundida. Se pregunta cuánto tiempo pasó desde la última vez que alguien le dio una nalgada. Su difunto esposo, Alexis, no lo hacía. Él era muy convencional y aburrido en la cama. Era un puritano. Ni siquiera le pedía sexo oral porque pensaba que eso solo lo hacían las putas. Pero una vez alguien sí la nalgueó. Fue un chico de pelo largo en la escuela. No recuerda bien su nombre, quizás Leandro o Leonardo. Estaban jugando un partido de hándbol mixto. Marina metió un golazo desde lejos y ganaron el partido. Sus compañeros la abrazaron para festejar. En ese momento, Leonardo le dio un azote en la nalga. Marina no pudo enojarse de verdad. Se puso colorada y sintió una descarga de excitación. Siempre le había gustado ese chico.

Al recordarlo se siente caliente, igual que aquella vez. Aunque ahora el que le pegó fue su propio hijo. Se miente a sí misma diciendo que es por el recuerdo del compañero de escuela. Se va a su cuarto a masturbarse. Lo hace seguido y después se queda muy relajada. Siempre disfruta de su propio cuerpo sin necesidad de imaginar penetraciones. Se había convencido de que así sería su vida sexual hasta que muriera. Pero esta vez es distinto. La nalgada de Aarón despertó sus ganas de estar con un hombre.

Cuando termina, se mira de nuevo en el espejo. Su cuerpo es realmente muy atractivo. Recuerda que desde chica, cuando le crecieron las tetas, siempre llamaba la atención. Y ahora no hay nadie que la mire con deseo.

Se pone a limpiar la casa. Después sale al patio a leer el último capítulo de Cien años de soledad. Los libros la ayudan mucho a pasar el tiempo. Son tan entretenidos como las películas de antes. Como no hay internet ni electricidad, la lectura la salvó de volverse loca.

A Aarón no le interesan los libros. Es raro, porque así podría conocer el mundo que no recuerda. Pero para él son más importantes sus expediciones. Sabe leer porque Marina le enseñó, junto con algo de matemática. El chico tiene el nivel de un alumno de cuarto grado. Pero un día se rebeló. No entendía para qué le servía saber eso. Marina le dio la razón y dejó de insistir.

En parte es mejor que no lea. Muchos libros tienen escenas de sexo y ella no quería lidiar con eso cuando él era chico. Incluso escondió algunos libros. Sabía que algún día tendría que hablarle de sexo, pero quería estirar el tiempo lo más posible. Así pasaron los años y el chico ya tiene dieciocho años sin saber nada del tema. De niño le preguntó cómo nacían los bebés. Ella le dijo que si dos adultos se querían mucho y se abrazaban fuerte, el bebé aparecía en la panza. Aarón se creyó el cuento. Pero ahora Marina siente que llegó la hora de darle una explicación de verdad. La nalgada que le dio hoy confirma esa idea. Tuvo suerte de que no le hiciera preguntas antes.

Al terminar el libro, se pone a hacer ejercicio. Lo hace adentro para que el sol no le arruine la piel. Aarón se burla cuando la ve saltando o trotando en el lugar. Se ríe más cuando ella se tira al piso a hacer rutinas de piernas y glúteos. Él no lo entiende. Es joven y sus expediciones ya son un ejercicio duro. Ella, en cambio, necesita esforzarse para mantener el cuerpo firme, especialmente las nalgas.

Marina piensa con orgullo que Aarón es hermoso. Tiene el pelo largo, rubio y con rulos. Sus ojos son verdes y tiene el cuerpo muy marcado. Tiene los abdominales perfectos. Su cintura es delgada y sus hombros anchos, como un nadador. Sus piernas son gruesas y se nota que tiene mucha fuerza en los muslos.

Va a bañarse. El agua está fría pero le hace bien porque tiene calor. Tienen un arroyo cerca, pero también una ducha en la casa. El agua corre bien por las cañerías. Si quieren agua caliente, tienen que hervirla en una olla y mezclarla en un balde. Con este calor no hace falta. Marina nota que tiene los pechos hinchados. Se los mira y nota los pezones duros. Es la primera vez en mucho tiempo que siente ganas de masturbarse dos veces el mismo día.

Al salir del baño ya está atardeciendo. Eso significa que Aarón está por volver. Aunque sabe que es fuerte y ágil, siempre siente miedo cuando lo espera. Cuando lo ve llegar todo sudado, con la mochila o algún animal al hombro, le vuelve el alma al cuerpo. Esta vez no es la excepción. El chico es valiente pero respeta la oscuridad y no llega tarde. Si la expedición es lejos, sale bien temprano para volver antes de que anochezca.

Marina empieza a cocinar sin apuro. Tienen la costumbre de comer bien solo en el desayuno y en la cena. Durante el día pican algo de fruta. Aarón siempre lleva manzanas, así que no hay problema.

Cocina afuera, en una galería techada. Pone el agua a hervir para luego echar el chivito, algunas verduras y también papas. Vaya manjar el que pueden comer a pesar de vivir completamente aislados del mundo. Marina piensa que Dios es tan cruel como misericordioso.

—Hola, má —saluda Aarón.

Esta vez no había cazado nada. Marina supone que dedicó su expedición a caminar por lugares que para él eran totalmente nuevos. Quizás fantaseaba con encontrar a más personas, aunque el chico nunca lo había mencionado como un anhelo real. Más bien, la posibilidad de cruzarse con otros humanos lo fascinaba tanto como la idea de conquistar sitios nuevos y conocer animales que jamás había visto.

—Hola, bebé —dice Marina.

—Hace mucho que no me llamas así.

—Siempre vas a ser mi bebé —afirma Marina.

—Bueno, me voy a bañar. Ya sé que odias que me siente a la mesa con olor a sudor, y hoy sudé la gota gorda —dice el chico.

—Buen niño.

Por algún motivo siente la necesidad de tratarlo como a una criatura. Quizás sea porque cada vez se parece más a un hombre y no puede evitar sentir terror ante esa idea.

—Por cierto —dice Aarón, volviendo sobre sus pasos—. ¿No quieres que nos bañemos juntos?

Marina se queda de piedra ante tal pregunta.

—Pero si ya sabes que eso no lo podemos hacer más —responde ella—. Cuando eras chiquito estaba bien, pero ahora…

—Ya, pero me acabas de decir que siempre seré un niño para ti. Además, no te digo que lo hagamos todos los días. Solo por esta vez. Hoy tengo ganas de que me ayudes a bañarme.

—Entiendo, pero eso no va a pasar —dice Marina.

—¡Vamos! ¿Y por qué no? —pregunta el chico.

Marina no piensa caer en esa trampa. Si le dice que está mal que un chico de su edad se bañe con su madre, él preguntaría por qué. Ella balbucearía una respuesta y el chico la interrumpiría. ¡Esas reglas son del viejo mundo!, le diría él.

Era difícil convencerlo de que las cosas tenían que ser de cierta forma. Cuando lo lograba, era tras un largo debate donde debía recordarle que ella era la jefa de esa pequeña familia. Al final, ella sabía qué era lo mejor para los dos. Con el tiempo, como era de esperar, le costaba más trabajo imponerse ante el muchacho.

—Porque no —responde, tajante—. Además, yo ya me duché y ahora estoy cocinando.

—Puedes cocinar después —dice él.

—Nada de eso —dice ella con firmeza—. Ve a bañarte. Ya no te quiero aquí con esa peste.

El chico se va a regañadientes. Cada vez que se ponía caprichoso, Marina se llenaba de angustia. En su interior ya se hacía a la idea de que en unos años la relación sería de igual a igual. Incluso Aarón se impondría en algunas decisiones. Le da escalofríos de solo pensar que ese día llegará.

—¡Mamá! —Escucha gritar a Aarón en el pasillo. El grito la saca de sus pensamientos—. ¡Mamá! —oye de nuevo, ahora más cerca.

El chico aparece en la galería donde ella cocina. Solo lleva una toalla rodeando su cintura. Tiene el cabello mojado y el cuerpo húmedo. Su fuerte pecho parece cubierto de perlas por las gotitas de agua.

—¿Qué pasa? —pregunta Marina.

—Creo que estoy enfermo —dice el chico.

—¡¿Qué?! —exclama Marina preocupada—. ¿Qué tienes? —pregunta mientras se acerca a tocarle la frente. No siente fiebre.

En lo que antes era el centro del pueblo donde vivían, había una farmacia. Por eso, las pocas veces que se enfermaron, no tuvieron grandes problemas. Luego los medicamentos vencieron y ella no quiso dárselos más a su hijo. Hasta el momento no habían necesitado más que alcohol y gasas para alguna herida sin importancia. Cuando se resfriaban, se quedaban en cama un par de días y listo. Gozaban de una salud que en el viejo mundo parecería casi sobrehumana. Parecía que el virus daba una salud de hierro a los pocos que no mataba. De hecho, casi nunca se enfermaban, a pesar de los climas fríos y los cambios bruscos de temperatura. Por eso, ahora que Aarón menciona la palabra enfermedad, ella se aterra. El chico no es quejumbroso; más bien al contrario. Con los golpes y heridas siempre era valiente, pero ahora se veía asustado, y le contagiaba el miedo a Marina.

—Mira —dice Aarón.

Entonces deshace el nudo de la toalla y la deja caer al piso. Marina baja la vista. Hacía mucho que no veía el miembro de su hijo. Desde muy chico le enseñó que debía mantenerlo cubierto en su presencia. Él se bañaba solo desde los diez años. Por eso, ahora era toda una impresión ver semejante aparato. Ya tenía mucho vello púbico y era enorme. Aunque quizás le parecía grande por dos razones. Primero, porque hacía años que no veía un pene y ya no recordaba el tamaño normal. Por otro lado, la verga de su niño estaba en un estado particular que la hacía crecer bastante. Estaba erecta.

—Ya me pasó varias veces —dice Aarón, muerto de miedo—. Pero es la primera vez que dura tanto así. No se me baja. Está duro como una piedra y le sale un líquido raro. No es orina, de eso estoy seguro.

—Tranquilo. No estás enfermo. Esto es normal —se apresura a decir Marina.

Se siente culpable por no haberle hablado nunca del tema. Al parecer, por la forma tan rara en que se crió, su primera erección tardó mucho en llegar. Pero ahí estaba. Y es una señora erección, piensa Marina. El miembro del chico está tan tieso que el tronco parece pegado a su pelvis. El glande casi llega al ombligo. Marina confirma que su hijo está muy bien dotado. Sacude la cabeza para quitarse esa idea absurda de la mente.

—¿Cómo que es normal? ¡Si nunca me había pasado! —dice el chico—. Madre, por favor, ayúdame.

—A ver, ven —dice Marina.

Lo toma de la mano y lo lleva a su habitación. El chico se acuesta en la cama. La verga es hipnótica. Su tronco es largo y grueso, con venas que lo hacen ver muy potente. Los testículos también son enormes. Tiene casi tanto vello como un adulto. Marina se da cuenta de que el chico ya creció frente a sus ojos y ella no se había percatado.

—Mira Aarón —dice ella—. Te aseguro que esto es normal. Debí explicártelo antes. Pasa cuando tienes ciertos estímulos ahí abajo. Quizás te estuviste masajeando demasiado. También pasa cuando piensas mucho en ciertas cosas.

—¡Pero si no me estuve tocando! Y solo pensaba en lo de siem… —De repente el chico se calla, como recordando algo—. Bueno, esta vez pensé en ti más de la cuenta. Eso es verdad. ¿Ya no usas la calza de hoy? —pregunta de pronto.

Marina suspira hondo. Al fin llegó el momento, piensa. La sexualidad del chico despertaba y la única mujer que conocía era ella. La idea la espanta. Pero se dice que debe ir paso a paso, arreglando lo más urgente primero. Aarón sigue asustado y su deber es quitarle ese miedo infundado. Además, tendrá que explicarle un par de cosas.

—Mira, así como se pone tiesa, luego se baja. Solo concéntrate y se te pasará.

—¡Pero si ya probé! Y cada vez que quiero que se ablande, se pone más dura. ¡Mira cómo está! —dice el chico sacudiendo su miembro.

Marina lo piensa un momento. No cree que sea bueno que el chico esté así mucho tiempo. No le queda de otra. Debe revelarle uno de los secretos de la vida que tenía guardados.

—Está bien, te voy a enseñar algo para que se te pase. Tranquilo —le susurra con cariño.

—Y qué es eso —dice Aarón.

—Jálatela —contesta Marina, corta de palabras.

—Qué —dice el chico, sin entender.

—Que te la jales —insiste Marina, tratando de sonar natural—. Hazlo unos minutos y verás cómo se te pasa. Eso sí, cuando acabes, vas a echar un líquido blanco. Es el mismo que ya te sale, pero ya no será transparente. No te asustes, que salga es bueno. Solo no vayas a manchar las sábanas.

—¿Líquido blanco? A veces me sale algo así.

—Sí, pero esta vez saldrá más. Mucho más. Es blanco y espeso —asegura ella.

—¿Tengo que hacerlo así? —pregunta el chico, agarrando el tronco y moviéndolo de arriba abajo como una palanca.

Marina niega con la cabeza, algo desesperada. Pensó que la masturbación era algo que se aprendía solo. El cuerpo suele indicar la mejor manera. Pero a su hijo lo tomó por sorpresa y no tiene ni idea. Sabe que es culpa suya; de niño, cuando se exploraba el cuerpo, ella lo regañaba para que quitara las manos de ahí. Ahora no tiene más remedio que ser clara.

—¡Entonces dime cómo se hace! —grita el chico, ahora más enojado que asustado.

—A ver, no te pongas así. Ya te dije que no estás enfermo —dice ella, y con mucha vergüenza, añade—. Presta atención. Te enseñaré cómo se hace, pero solo una vez. De ahora en adelante lo harás tú solo. Y siempre asegúrate de estar a solas. Una madre no debe ver estas cosas.

Se inclina y agarra la verga de Aarón. Ya ni recordaba qué se sentía tener una en las manos. La siente pegajosa y caliente, algo natural. Empieza a frotarla con la mano. Aarón abre los ojos de par en par, lleno de placer.

—¿Ves? —dice Marina, deteniéndose—. Ahora hazlo tú. Cuando acabes, límpiate con esto y tíralo a la basura.

Le da un trapo limpio. Aarón empieza a masturbarse mientras ella intenta salir del cuarto. El chico empieza a gemir y su cara muestra un placer nunca visto. Después de esto no hay vuelta atrás, piensa Marina. Acaba de abrir la caja de Pandora. Hace un esfuerzo para no mostrar su nerviosismo ante el muchacho.

—Espera —dice el chico antes de que ella se vaya—. Sabes, esto se siente muy bien. Pero cuando lo hacías tú, se sentía mucho mejor.

—Ya, pero es algo que debes hacer tú solo —responde Marina.

—Vamos madre, no seas mala. ¡Jálame la verga! —grita Aarón.

—No entiendes. Esas cosas no se hacen entre madre e hijo. Solo lo hice una vez para que aprendieras —explica Marina con paciencia.

—Madre. Te veías muy bien con esa calza —dice el chico mientras se jala la verga más rápido—. Quiero que uses las otras que te traje. Ese pantalón que llevas es muy suelto. Me gusta cómo se te marca el culo cuando usas calzas. No tienes por qué esconderte de mí.

El chico empieza a jadear nada más terminar de hablar.

—Eso tampoco deberías decírselo a tu madre —refuta Marina—. Además, tú no me vas a decir qué ponerme. No olvides que aquí mando yo.

—Qué terca eres, mamá. El viejo mundo ya no existe, ahora solo estamos tú y yo. Vaya, siento que voy a explotar. ¿Segura que no me va a doler?

—Te prometo que no —asegura Marina, sintiendo una extraña ternura.

De repente, Aarón se levanta y se acerca a ella.

—¿Qué haces? —pregunta ella, escandalizada.

Intenta salir del cuarto, pero retrocede de espaldas porque no puede quitar la vista de la mano de él sobre su verga. Cuando cree que va a salir, choca con la pared; la puerta está un poco más a la derecha.

—Solo quiero estar cerca de ti mientras lo hago —explica Aarón—. Vamos, no seas mala —dice jadeando—. Ya no me la quieres jalar, pues al menos déjame hacerlo aquí contigo.

Marina no tiene tiempo de repetirle que eso debe hacerse a solas. Antes de que pueda hablar, Aarón se corre. No es una descarga cualquiera. Es algo que el chico venía guardando por mucho tiempo. Semanas acumulando leche en sus grandes bolas. Marina ve cómo dos chorros espesos y abundantes salen disparados con una fuerza increíble. Todo le cae encima. El delantal se ensucia, pero por la potencia, uno de los chorros le da directo en la barbilla y el cuello.

—Madre, lo siento. No me dijiste que salía así —se disculpa el chico, agitado.

Ella sabe que Aarón tiene razón y que no lo hizo a propósito, pero no puede reaccionar. Siente el semen tibio bajando por su cuello. En cuanto recupera el sentido, sale corriendo de la habitación de su hijo.