Capítulo 1
Anduvo absorto durante largo tiempo. Bulcífero le seguía, resollando entre la niebla que a la vera del camino se entrelazaba lóbrega y primorosa entre los árboles. La humedad estaba castigando sus huesos. Londres no merecía consideración, pero había de estimar obtener en palacio mayor amparo en tanto durasen los festejos en la ciudadela. Las consecuencias de no aceptar la petición del rey, rehusar hincar la rodilla y servir a la Corona, iban a ser devastadoras. Abandonar esta tierra fría conllevaba huir, y ya lo hacía por otros asuntos que, a la postre, habían zurcido su vuelta. Con la victoria en su primer lance había alimentado el resquemor de los acorazados, y tenía presente la traición de los ingleses, así el asalto franco a las murallas de Beckinsale, hiciera más de un lustro. Alejándose de la ciudad, y notando ya avanzada la noche, asió las riendas del caballo y, tras palmear en su grupa, montó; con un leve espolonazo, le obligó a iniciar el trote, apremiándolo seguidamente para no demorar en llegar al campamento. Perderse en la oscuridad era lo único que le permitía eludir a los hombres de acero y, en la misma medida, evadir encuentro alguno con las damas alojadas en castillo. El retorno a Inglaterra no era lo que quería, pero sí lo que debía. Haberse consagrado a la invitación al torneo había sido como agua de mayo sobre raíces marchitas que florecían por primavera. Su alma era una hierba mustia falta de amor y envuelta en penumbras, y sólo la guerra arrancaba de él el dolor. ¿Cómo iba a serle preciada la vida si acababa con ella? ¿Cómo iba a lograrlo si muerte era lo que recordaba? Era él un caballero formado en desdicha, un clamor hiriente en la brisa que en soledad respiraba. Luz. Era lo que precisaba. Y el tiempo pasaba sin que el sol resplandeciera. Inglaterra. En esa tierra no existía el astro rey.
Todo el asentamiento permanecía en silencio. Las siluetas en las lonas, esbozadas por la lumbre al interior de los tendales, parecieran suspirar con los últimos rezos en ruego al Señor para traerles la gloria a los caballeros. Si Dios bendijera todas las plegarias, no se forjarían espadas y no buscarían honor en justas de lores y reyes. No había nadie velando por sanar sus egos, tampoco por devolverles el hálito a los corazones rotos que ellos dejaban. Mujeres. Todo iniciaba y acababa con ellas.
A escasa distancia de su entoldado, escuchó unos pasos apresurándose, precipitándose hacia él. Estaban esperándole. Quien fuere, había mostrado astucia. Apenas tuvo tiempo a desmontar y otear en derredor cuando fue abordado por el flanco diestro, y apresado por el brazo.
—Me he escondido en la noche, caballero —susurró el intruso, con la voz contenida; y asiéndose con firmeza a él—, en cumplimiento de aquello que me fue encomendado.
Era dulce su tono, sin embargo; no como esperaba. Volviéndose, observó a una joven encapuchada, indumentada con ropas de doncella. Ciertamente, había sido sigilosa. Descubriéndose el rostro ante él, dibujó una mueca remisa, no habituada a tales irrupciones y habiéndose visto obligada a emprenderlas.
Artús no pronunció una palabra. Bulcífero mostraba signos de agotamiento y la irrupción siquiera lo había agitado. Era extraño. Le puso una mano en los ollares para que lo oliera y, tirando con firmeza de las riendas, lo aproximó a él, espetando levemente el animal un resuello.
—No pretendí allanar vuestra intimidad, ni ser tediosa, sino discreta. Es mi deber —se excusó, entonces, la fámula—. Lady Kathrin me envía. Ella… aguarda desconcertada por vuestra ausencia. Ha estado enviando por doquier a sus mandaderas con asuntos ajenos y con la sola pretensión de centrar las atenciones de los guardias en ellas. Su padre, lord Richard de Beckinsale, ha ordenado el cortejo con el conde de March y en algún momento lo oficializará, y milady ha de mantener en secreto verse con vos. Es a su doncella —e hizo un gesto en seña, refiriéndose a sí misma— en quien confía la labor de haceros llegar sus cartas y propiciar un encuentro. Vos eludís el asentamiento fuera del tiempo que supuso vuestro lance y le es arduo hallaros. ¿Qué más ha de hacer para que lo entendáis? Está, ella, sumida en incertidumbre.
Abandonando la timidez de su mirada, de entre sus finos ropajes, extrajo un pliego sellado, haciéndole entrega.
Cierto era que lady Kathrin había deseado que Artús se dirigiese a ella tan pronto en cuanto su registro en el torneo fuese confirmado. Tenía él presente la misiva que le hubo enviado durante su estancia en la Ciudad Imperial de Toledo, en el Reino de Castilla; y pudiera haberlo hecho previamente —antes de su inscripción— si temía por su vida, pero las razones para no acometerlo eran más poderosas. De ningún modo, sin embargo, iba ella a aceptar que llegase a sus feudos para ser despreciada con grosero desamparo. Él se lo debía, y ella lo merecía.
El caballero tomó el escrito sin asentir y la doncella lo liberó de su apresamiento; luego, la misma postró la mirada y aguardó respuesta. Artús se limitó a romper la cerina y desplegar el papiro:
Tercer día del cuarto mes, 1308
Mi amado Caballero de la rosa negra:
Muerto el rey, los lores tienen más poder en la Corte. El reino pugna con Francia para retomar la guerra. La traición reside en los muros de castillo y padre no quiere hacerle frente con acero sino con la unión de sus hijas con nobles de París. Los tiempos de paz nos han traído debilidad, aunque los acorazados lo nombren cobardía. El pueblo se alza y hay que aplacarlo. No hay suficientes hombres para repartirlos en ambos reinos y controlar a la muchedumbre a su vez; algunos Señores no están dispuestos a ceder a sus hombres al rey hijo. Desposar a las hijas nobles es la única opción que se contempla y yo pudiera ser la siguiente. Llevo años tratando vuestro regreso para restablecer un honor usurpado. Nunca hubo paz. Fuisteis testimonio del asalto a estas murallas y partisteis victorioso y acusado. No hubo juicio, sino condena. Yo creo en vos. Mi corazón se marchó hace ya siete años, siguiendo vuestros pasos, y dejó un páramo de solitud y rechazo que desconozco por cuánto tiempo más lograré tolerar. Vuestro retorno siembra campos de esperanza no sólo para Inglaterra sino para mi hogar. Roger Mortimer I, conde de March y apoderado de las Marcas Galesas, ha sido nombrado Sir. Pretende mi virtud y mi mano, pero sé que sus aspiraciones van más allá: quiere la corona. Acabará con vos en las justas —y yo quiero evitarlo—. He de veros, preciso un nombre que dé razón a mi acerba desazón. Mi caballero de negra armadura, he de obviar esta espera que durante años me ha abrasado. Aguardad en el Bosque de los Robles, al caer el sol. Tendedme la mano en la coyuntura que urdo; por el bien de una damisela y el vuestro. ¡Qué dilema el deseo! ¡Y qué crudo el amor!
Siempre vuestra,
Lady Kathrin Romany de Beckinsale
Artús levantó la mirada hacia la doncella, quien se mostraba de pronto avergonzada. Quizá su repentina incursión no había sido oportuna, y la falta de decoro en sus actos favorecía en ese instante que el rubor se tejiese en sus pómulos.
—Al ocaso, caballero. Tras los lances, al término de vuestra justa —dijo ella.
Asintió el caballero, y la casadera correspondió del mismo modo.
—Permitidme, antes de irme, sin embargo… —añadió, en devoción a él—. Os precede quien sois. Por argucias que entrañen y farsas que viertan, milady sabrá recompensaros la lealtad —no pudo reprimírselo, él había de saberlo; y aguardó—. Preciso confirmación.
Aunque no asombrado, Artús tuvo la cortesía de asentir nuevamente, aprobando a su vez el encuentro para el que había sido enviada. La doncella se replegó el faldón y, visiblemente sonrosada, volvió a cubrirse el rostro con la caperuza.
—Con Dios, caballero —argüió.
Excusando demora, se respaldó con un gesto reverente y se retiró. Fue alejándose con la misma prudencia con la que se hubo infiltrado, abandonado con cautela el asentamiento; oculta en la noche, con la verdad que traía. ¿Qué sabía lady Kathrin de él? ¿Qué podía ofrecerle, cuanto el único motivo de su vuelta era lo que Sir Roger Mortimer tenía en su poder y que, a su vez, le pertenecía? ¿Cómo iba a sortearla ahora?