Panacea

Sinopsis

En ocasiones, la cura para todo está en la sangre. La sangre es más espesa que el agua

Genero:
Drama
Autor/a:
Nadir Kasomicu
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo único

Georg afinaba su bajo, mientras que su hermano menor, Gustav, sujetaba uno de sus cabellos rubios, mirando fijamente al mechón.

El castaño detuvo su tarea y lo llamó con un movimiento de barbilla.

—¿Quieres que te enseñe o no? —preguntó el mayor, el de ojos marrones puso un puchero, frunciendo el ceño con toda la determinación de hacer un berrinche que a sus siete años le era permitido, consiguiendo que Georg riera—. Mira, puedo hacer otras cosas… mucho mejores que soportar sus lloriqueos, Gus —advirtió.

—Sí quiero aprender a tocar el bajo como tú —respondió con decisión, volviendo sus pequeñas manos en puños; Georg asintió, y Gustav se situó a su lado, mirando atento a las pautas, que aún no incluían tocar el bajo en sí.

Georg no era muy grande, tenía solo doce años, pero sí era mayor que su hermano, y para otros eso sería razón suficiente para no disfrutar de lo mismo, porque no se comprenderían, y siempre habría conflictos. Era en parte normal que siempre hubiera conflictos, porque eran hermanos, y eso crea una relación amor-odio, donde Georg por molestar decía que Gustav era adoptado, y el rubio le respondía que al menos a él lo desearon adoptar y tenerlo, y simplemente no tuvieron que soportarlo, como a Georg. Y era así, se peleaban, Georg no le hablaba, y Gustav terminaba disculpándose, por sí mismo, sin que se lo pidieran sus padres; ya que estos solían reclamar que Georg no tendría que ponerse a molestar a un niño.

No obstante, sí se divertían, como ahora, enseñándole a tocar el bajo, cómo se debía sujetar, cómo se debía ubicar la muñeca, los dedos. Georg se divertía viendo a Gustav frustrarse, y a la vez intentando concentrarse todo lo que podía. Era su hermano, y en eso se resumía todo.

A Georg nadie le obligaba a enseñarle a Gustav, ni sus padres, ni nadie, elegía estar ahí, a su lado, respirando junto a él, explicándole cosas cuando era pésimo en ello.

Hacerlo porque sí, porque le encantaba guardar recuerdos; y pronto su hermanito crecería, como cuando antes era una pequeña cosa con patas y pelusita rubia sobre su cabeza, y luego caminaba y le babeaba sus coches de juguete, cuando lo mordía porque le salieron los dientes de leche… a Georg le encantaba atesorar todo, porque eran humanos, con una sola oportunidad, mortales, y lo sabía porque ya tenía vellos por lugares que antes no.

El saber elegir qué hacer, el pasar tiempo con la gente, tontear con chicas solo porque sí, llegar a casa y tener a esa máquina de energía inagotable hasta que fuese la hora de la siesta, hablándole de qué hizo con su amiguito, o a veces teniendo que cuidarlos a los dos. Sin embargo, cuando acababa el día, y no había pijamadas, siempre quedaban los dos, sin mamá o papá, porque ellos no estaban ahí en ese instante.

Cuando eran solo Georg y Gustav, se sentían eternos, hasta que al menor le daba sueño y se dormía; entonces Georg se percataba que nunca estaría solo, que era un mortal, y su hermano también, pero, por otro lado, notaba que la sangre era un lazo para siempre, y que podía dudar de todos menos de lo real que era la relación con su pequeño hermano.

Cuando llegaba ese momento, Georg acariciaba descuidadamente la melena rubia de Gustav, lo arropaba y se iba a su cuarto. Al caer sobre su cama, una sonrisa se formaba en sus labios, cerraba los ojos y se entregaba a los brazos de Morfeo feliz, porque no estaba solo, por más que sus padres le repetían que se quedaría así por ser intolerable.