♡ Amistad ♡
Todos en la escuela me ignoraban, como si no existiera. Caminaba por los pasillos sin que nadie me dirigiera la palabra, sin que nadie siquiera me mirara. Estaba completamente sola.
Excepto por Sofía.
Ella siempre estaba ahí. Me hablaba, me sonreía, me escuchaba. Pasábamos las tardes juntas, conversando sobre cualquier cosa. Sofía era la única que me trataba como a una… persona.
Éramos inseparables, aunque, por alguna razón, la gente nos miraba mal. Pero no nos importaba. Ni en lo más mínimo. Éramos ella y yo. Nosotras contra el mundo.
Con el tiempo, sus padres empezaron a alejarla de mí. Cada vez que Sofía hablaba conmigo delante de ellos, la incitaban a jugar con otros niños. No lo entendía. ¿Por qué les molestaba tanto nuestra amistad? ¿Acaso no veían que no necesitábamos a nadie más? ¿Que solo nos necesitábamos la una a la otra?
A pesar de sus esfuerzos, seguíamos juntas. Pero algo cambió. Poco a poco, Sofía empezó a pasar más tiempo con los otros niños, y yo lentamente volví a ser invisible.
Me dejó en segundo plano.
Mi corazón pesaba. ¿Acaso ella también empezaría a ignorarme? Sus padres parecían más tranquilos. ¡¿En serio me odiaban tanto que se alegraron de que dejáramos de hablarnos?!
Los días se volvieron insoportables. Me sentí vacía. Como antes.
Como siempre.
Hasta que, una tarde, mientras lloraba en un rincón del patio durante el recreo, recordando con nostalgia los momentos ya lejanos que pasé junto a ella, la rabia me consumió.
¿De verdad iba a dejar que se alejara?
¿Iba a permitir que me olvidara?
No.
Decidida a recuperarla, me colé en la escuela y, aunque algo dudosa, tomé un cuchillo de la cocina. Mis manos temblaban y no sabía si lo que hacía era o no correcto. “Solo quiero asustar a los otros niños, hacer que se alejen de Sofía”, me repetía. “Si lo logro, todo volverá a ser como antes”, me convencí a mí misma.
Con cuchillo en mano, me acerqué a ellos. Esta vez, no me ignoraron.
—No la miren. No le hablen. Ni siquiera se atrevan a acercarse. —Les susurré, tratando de sonar aterradora.
Los niños huyeron aterrados.
Todos, excepto uno.
Raúl
.
Ese cobarde.
Temblaba, paralizado, incapaz de moverse o gritar.
Maldito niño.
El que se atrevía a llamarse a sí mismo “el mejor amigo de Sofía”.
Lo odiaba.
Siempre lo hice. Me había arrebatado a Sofía. Se metía entre nosotras, interrumpía nuestros momentos juntas, la apartaba de mí.
Además, Sofía se había peleado con él recientemente. Era la excusa perfecta. ¿Sofía también quería esto, no es así?
Era mi oportunidad. Ya no habría otra.
Levanté el cuchillo.
No planeaba hacerlo, pero verlo ahí, vulnerable, a mi merced… me hizo cambiar de parecer.
Su boca se abrió para gritar, pero mi mano fue más rápida.
Su sangre salpicó mi rostro.
También el de Sofía.
No me había percatado de que estaba ahí hasta que escuché su grito.
Corrió hacia él.
Lloraba. Temblaba. Lo sacudía como si pudiera despertarlo.
No podía entenderlo.
¿Por qué Sofía estaba llorando?
¿No habían acaso peleado la otra semana?
¿No era eso lo que Sofía también quería?
Me acerqué a su cuerpo tembloroso y la abracé, la apreté con fuerza contra mí.
—No llores, Sofía. Ya estás a salvo —le susurré—.
Ahora nadie nos separará.
Pero ella no me devolvió el abrazo, sino que incluso trató de apartarme mientras me miraba como si de un monstruo se tratara.
—¡Aléjate de mí! —exclamó, sus ojos cubiertos en lágrimas—.
¡T-te odio!
Mi corazón se hundió.
¿Por qué?
Desde ese día, Sofía dejó de hablarme. De mirarme. De reconocerme.
Los pocos momentos que aún compartíamos… desaparecieron.
Me desesperé.
La seguí. La espié. La observé mientras dormía.
¿Por qué me ignoraba otra vez?
¿No
había acaso eliminado el problema de raíz?
Entonces lo entendí.
Los demás.
Asusté a sus amigos, pero eso no fue suficiente. Sus conocidos seguían alejándola de mí. Ya había eliminado a Raúl, solo tenía que repetirlo.
Uno por uno, fueron desapareciendo.
Martín, el niño de la bicicleta azul que le pidió el borrador a Sofía una vez en clase. Lo encontré en el parque, solo. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
Carla, la niña de las coletas. A veces se sentaba junto a Sofía en el recreo. La seguí hasta su casa. No llegó a entrar.
Cada vez que alguien caía, me sentía más ligera.
Más feliz.
Pero Sofía no.
Solo se alejaba más.
¿Por qué?
Sus padres la abrazaban, lloraban con ella, la consolaban y le pedían que no me escuchara.
Entonces lo vi claro.
El problema nunca fueron sus amigos.
Fueron sus padres.
Desde el principio, ellos habían intentado separarnos. Eran ellos quienes realmente debían desaparecer.
Así que esperé.
Esa noche, cuando dormían, me acerqué a su habitación.
Con una sonrisa de oreja a oreja… lo hice. El color rojo sangre manchó las sábanas blancas de la cama.
Ya no quedaba nadie.
Ya no había obstáculos.
Sofía y yo, solas, como siempre debió ser.
Pero no reaccionó como esperaba.
No volvió a hablarme.
No volvió a mirarme.
No corrió a mis brazos.
No me agradeció.
En cambio, gritaba.
Se rascaba los brazos hasta sangrar.
Lloraba por las noches, murmurando que “no quería hacerlo”, que “no quería escucharme más”.
Pero yo… no le había dicho nada.
Esa noche, mientras la observaba dormir, bajé la mirada a mis manos.
Seguían manchadas con sangre.
Las de Sofía también.
No lo había notado antes.
Me levanté y fui al baño. Abrí el grifo y dejé que el agua corriera entre mis dedos, llevándose el rojo poco a poco.
Entonces alcé la vista y miré el espejo.
Y ahí estaba.
Pero no era yo.
Era ella.
Sus ojos.
Su boca.
Su cara.
Yo era ella.
Siempre fui ella.
Los recuerdos cayeron sobre mí como un balde de agua helada.
No había nadie más.
Nunca lo hubo.
No existía alguien a quien Sofía hubiera abandonado.
No había un “yo”.
No había un “ella”.
Solo una voz en su cabeza.
Sofía había estado sola todo el tiempo.
Y los asesinatos…
No los cometí yo.
Los cometió ella.