Treinta y cinco minutos antes de cenar
Treinta y cinco minutos antes de cenar, con la ventana abierta de mi habitación, las nubes se adueñan del cielo que, horas antes, se ha mostrado claro, limpio y precioso. No es que ahora no lo sea, pero algo dentro de mí habría querido que así se mantuviera hasta que el sol le ceda a la luna el turno de noche.
Las primeras luces de algunos apartamentos comienzan a encenderse. En uno de estos edificios —altos, fríos y, sinceramente, feos— vislumbro la silueta de alguien, un desconocido que, al igual que yo, debe estar “haciendo tiempo”.
Hacer tiempo. Qué maravilloso sería. Como quien posee una máquina capaz de fabricarlo, aquí y ahora, con el mínimo esfuerzo. Tengo la sensación de que decimos “hacer” por miedo a decir “perder”, porque, como bien sabemos, de hacer no hacemos nada y de perder, lo perdemos todo.
Intercambio unas palabras con mi compañero de habitación y, al volver a mi escritura, la luz que tímidamente entraba por la ventana se desvanece. Es ahí, en la penumbra que me rodea, donde tomo conciencia de que, en breve, apenas podré distinguir entre las nubes y el cielo.