1: Adios Maryland, hola Forks
¿Qué sentirías si tu hermana mayor te dijera que va a casarse con solo 18 años?
Exacto, eso mismo pensé yo: ¿¡Se volvió loca!?
No voy a mentir: cuando leí el mensaje de Bella, casi escupí la soda que estaba bebiendo sobre mi tarea de historia. “Me voy a casar, Lily. La boda será en unas semanas. Espero que puedas venir.” Así, tan simple, tan casual, como si me hubiera dicho que había comprado un nuevo par de zapatos, no que estaba a punto de arruinar su vida.
Primero me reí. Pensé que era una broma. Una muy mala, por cierto, porque Bella jamás fue buena para ese tipo de cosas. Pero luego, cuando llamé, su tono de voz me dejó claro que hablaba completamente en serio.
Se va a casar. Mi hermana. ¡Con solo 18 años!
¿Quién se casa a esa edad hoy en día? ¿Acaso estamos atrapados en un episodio de televisión de los años 50?
Y para colmo, ni siquiera me dio demasiados detalles. Solo mencionó que era “lo correcto”, que estaba “muy feliz” y que de verdad esperaba que pudiera estar con ella en su gran día.
Claro, como si pudiera decir que no. Como si pudiera mirar a mi hermana a los ojos el día de su boda y no estar allí. Aunque quisiera matarla, igual tenía que acompañarla.
Así que ahí estaba yo: sentada en mi cama en Maryland, mirando los boletos de avión que Charlie (mi papá) me había comprado de emergencia. Volaría sola hasta Forks, Washington. Un viaje de casi todo un día para presenciar cómo mi hermana mayor cometía el mayor error de su vida.
Perfecto. Maravilloso. ¿Qué podría salir mal?
No sabía mucho más. Bella no me había dicho quién era el afortunado —o el pobre tonto, dependiendo de cómo se viera—, ni cómo había sido la propuesta, ni por qué demonios todo parecía tan apresurado. Solo sabía que, de repente, mi verano tranquilo había sido arrojado por la borda.
Ahora tenía que conseguir un vestido. Y zapatos. Y aprender a sonreír como si estuviera feliz mientras, por dentro, gritaba:
¡¿En qué estabas pensando, Bella?!
Porque, honestamente, no lo entendía.
Bella siempre fue reservada, sí. Medio rara a veces, con ese aire melancólico que arrastraba desde que se mudó a Forks. Pero casarse así, tan de repente… ¿Desde cuándo siquiera estaba saliendo con alguien de manera seria?
Pensándolo bien, no la había visto hablar de ningún chico desde Edward Cullen, ese misterioso tipo de su escuela. Pero ni en un millón de años pensé que... No. No podía ser él. ¿Verdad?
Sacudí la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos mientras terminaba de hacer mi maleta.
Jeans, camisetas, un vestido decente para la boda... y paciencia. Mucha paciencia.
Mis padres habían estado algo extraños también. Charlie no paraba de repetir que “Bella sabía lo que hacía”, pero su expresión parecía decir todo lo contrario. Y mamá… bueno, mamá se había vuelto una versión llorona de sí misma. Cada llamada era una nueva tanda de lágrimas: “Mi bebita, casándose tan joven”, “Debes ir a ayudar a tu hermana, Lily“, “Ve a apoyarla y hacer que su futura familia la adore, ¿me escuchaste? No puedes faltar a la boda de tu hermana”.
Claro, mamá. Claro que la apoyaré. No como si tuviera muchas opciones, ¿no?
Respiré hondo, lanzando la mochila sobre mi hombro. Mi vuelo saldría temprano en la mañana.
Maryland a Seattle, escala, luego un pequeño avión hacia Port Angeles.
Después, Charlie me recogería en su patrulla, porque claro, el sheriff de Forks no iba a dejar que su hija menor tomara un taxi como una simple mortal.
Perfecto. Todo absolutamente perfecto.
Mientras cerraba mi puerta, una sola pregunta martillaba en mi cabeza, incesante:
¿Qué demonios estaba pasando en Forks?
No sabía que, en realidad, nada podría haberme preparado para la respuesta.