Un Dragón Para Educar

Sinopsis

Para Bakugo Katsuki, un joven de 16 años de edad, hay muchas cosas molestas que no deberían existir: el tráfico, la tarea, los políticos corruptos, el alto costo en medicamentos, los vecinos molestos y no hay nada más molesto que los dragones. No es raro encontrarse con ellos, muchos de sus amigos los tienen incluso de mascotas y su vecina loca les da de comer sin importarle la hora o el cagadero que hacen, pero para él son una plaga igual que las ratas y nada podría hacerlo pensar lo contrario, o al menos eso creía a sus tiernos dieciséis. Al verse obligado a tener uno, se vio enfrentando situaciones que jamás había considerado y la tentación de rendirse modeló muchas veces frente suyo, pero la mirada rubí y escamas carmesí lo impulsaron a seguir peleando, creciendo y aprendiendo, llevándose una mágica sorpresa en el proceso. Hoy en día, sigue enfrentándose a emociones fuertes y poderosas, como lo son los dragones. Justo como es Kirishima Eijiro; su dragón para educar.

Genero:
Fantasy/Drama
Autor/a:
Borrego-Chan
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

PRÓLOGO

El programa de televisión que se encuentra sintonizado muestra a una pareja bailar bajo un cielo nocturno lleno de estrellas; el hombre sonríe a la mujer antes de sostenerle únicamente una mano para alzar el brazo, ella gira sobre su eje haciendo que la falda del vestido que lleva se eleve con gracia ante el gentil movimiento y cuando vuelven a estar frente a frente, reanudan su majestuoso baile.

La familia Bakugo observa el programa en silencio, compartiendo una agradable noche luego de una deliciosa cena. Masaru, el padre de familia, pasa el brazo sobre el respaldo del sillón y acaricia con ternura la mejilla de Mitsuki, la madre de la familia, quien es su esposa. Ella lo ve de reojo, suelta una risilla y sus mejillas se tiñen de un suave rosa, antes de que siga el movimiento de esa intima caricia; suele ser una mujer ruda, de un temperamento a temer, sin embargo, con su esposo se vuelve la fémina más frágil, pequeña y dulce del mundo.

Comparten una mirada cómplice antes de volver su atención al televisor, donde los protagonistas, luego de terminar la canción y volver a su realidad, rodeados de altos edificios y transeúntes, sueltan una risilla antes de besarse en los labios apasionadamente, las manos de ambos afianzándose al otro con desesperación.

—Qué asco —el gentil comentario de su hijo los hace reír, bajando la mirada para encontrar la expresión de desagrado en medio de ellos.

—Katsuki, es un beso —Dice Masaru, acariciando la rebelde cabellera de su hijo— y los besos son normales.

—Son asquerosos.

—Solo tiene seis años —Mitsuki suelta un suspiro, llevándose la mano izquierda al rostro para apoyarla contra su mejilla—, supongo que es normal que piense así —Katsuki voltea a ver a su madre, quien sonríe de lado al verse capturada por la mirada carmesí—, pero cuando crezcas y te enamores, darás muchos, muchos besos.

—No lo haré —responde Katsuki con firmeza, las regordetas mejillas del infante tiñéndose de rojo.

—Lo harás.

—No.

—Sí.

—Bueno, paren ya los dos —El padre de familia suelta una risilla; su mujer suele comportarse de manera muy infantil con su hijo—. Hijo —Katsuki voltea a verlo, el sonrojo permaneciendo visible en las mejillas—, ¿no te quieres enamorar acaso?

—No, no quiero —la respuesta rápida y sin titubear hace a ambos padres abrir los ojos con sorpresa.

—¿Por?

—Por eso —señala el televisor, los adultos voltean y ven a la protagonista llorar en el pecho del hombre, quien lamentablemente debe ir a la guerra—. Duele y te hace llorar.

—Hm, sí —El padre de familia cepilla con los dedos de la mano derecha la melena de su hijo, quien ahora ve con pesar a la mujer que llora—, es probable que ahora ella llore al escuchar la música que bailaban, pero eso está bien.

—¿Lo está?

—Sí, es amor. Y el amor es una fuerza devastadora, no es extraño que duela.

—Oye, no le digas eso —murmura Mitsuki, viendo reprobatoriamente al hombre que tanto ama.

—Pues no lo quiero —Decide el infante, poniéndose de pie sobre el sillón y eso hace a los adultos alertarse, temen que caiga y por ello no dudan en formar una barrera con los brazos alrededor de su hijo.

—Entonces ¿qué quieres? —Pregunta la madre de familia.

—¡Quiero ser un jinete de dragón! —Responde el menor de los Bakugo, alzando en alto su peluche, un dragón rojo: las dos alas extendidas gracias al tipo de costura y las cuatro patas luciendo garras negras— ¡Y seré el mejor de todos!

Masaru y Mitsuki se voltean a ver, comparten una mirada cómplice antes de sonreír y volver su vista a Katsuki, quien baja del sillón de un salto y corre por la sala con el llamativo peluche en alto, sonriendo radiante y viendo con adoración el dragón que tiene en mano.


10 años después…

Estando en el recibidor de su casa, se coloca el calzado escolar y antes de salir, echa una ojeada al portarretrato que se encuentra descansando en el buró que yace en línea recta a la puerta.

—Ya me voy —murmura, volviendo su atención al frente para salir de casa y al cerrar tras de sí, suspira.

Bakugo camina por el pasillo del segundo piso, encaminándose a las escaleras que llevan al estacionamiento de aquel edificio de seis apartamentos, los cuales se distribuyen: tres arriba y tres abajo, todos capacitados con una habitación grande con closet integrado, un baño con bañera, sala, comedor y cocina, las recámaras superiores contando con un pequeño balcón.

La renta es baja debido a la ubicación del lugar, pues al encontrarse alejada del centro de la ciudad, esto obliga a los habitantes el recurrir al tren bala para llegar a la primera estación del metro y así poder tener acceso a los grandes comercios; el recorrido que se hace es de una hora con veinte minutos, siendo el primer viaje el más largo al ser de 00:50:00 min.

No se vive mal en esa zona; el estar lejos de la gran ciudad permite estar cerca de las áreas verdes, evitar aglomeraciones, contar con un aire más puro; no hay tráfico al haber poca cantidad de vehículos y el ruido es nulo a comparación de la vida citadina del centro, pero el único problema a señalar es la gran cantidad de dragones que pueden llegar a haber en ciertas temporadas.

Ha habido avistamientos de todo tipo, desde aquellos pequeños llamados Wyvern hasta los llamativos y nada sociales Hydra, pero se mantienen lejos de los humanos, como otros animales del bosque: osos, zorros, mapaches, gatos salvajes. Suelen verse surcar el cielo cada tanto, algunas veces se aventuran a por la basura a altas horas de la noche cuando no hay ningún humano a la vista; en invierno, los más pequeños buscan refugio del frío en el interior de los vehículos y otros más, se envalentonan entrando a las cocheras o cobertizos.

En resumen, para Bakugo esos animales son otra plaga comparada con las ratas.

—Kacchan —Al ser llamado de esa manera tan particular, suspira y frena su andar, quedando a pocos metros de la parada de autobús, uno que se ve obligado a tomar para ir al colegio—, buenos días.

—Buenos días, Deku —saluda, esperando a que su amigo le de alcance para seguir avanzando.

—¿Lograste terminar la lectura?

—Por supuesto que sí.

Misoriya Izuku, Bakugo lo conoce desde hace siete años y al principio su relación era como la de un globo y un cactus, nada sano el asunto. Para el rubio, mantener a raya a las personas se volvió un deporte luego de aquel incidente y por ello, el ser un “bully” facilitaba las cosas, sin embargo, el joven que camina a su lado se lo tomo muy personal y decidido a ser su amigo a pesar de los malos tratos y lo áspero que era como persona, se quedó a su lado.

Ambos comparten edad y por ende han estado en la misma clase desde que Bakugo fue transferido; el cabello verde oscuro de Midoriya es un desastre constante, nunca lo ha visto arreglado en lo más mínimo; la piel es de un tono crema claro que se ve manchada con pecas, las cuales son notorias. El color de sus ojos es una tonalidad mucho más clara de del cabello, pero posee motas oscuras que añaden profundidad a la mirada, aunque las cortas y rizadas pestañas no son un gran marco.

La apariencia física de uno y otro es muy diferente, y a pesar de compartir edad, Bakugo es tres centímetros más alto. De igual manera, el comportamiento y carácter es otro gran opuesto que poseen, se podría señalar que la rivalidad entre ellos y su nula habilidad social es lo único que comparten.

—Anoche logré pasar de nivel —comenta Bakugo, una vez han tomado asiento en el transporte.

—¿Ya? Vaya, es el nivel que más te ha costado —asiente, soltando un bostezo—. ¿Cuánto dormiste?

—Cuatro horas, creo.

—¿Sabías que las desveladas pueden reducir años de tu vida?

—No, pero ahora que lo sé, me verás conectado hasta altas horas de la noche.

—No digas eso.

Al bajar del autobús, andan por el camino por el cual les tomara diez minutos llegar al colegio, en el trayecto, se cruzan con compañeros de otras aulas, los cuales pasan de ellos sin más. Ni una ojeada les dan, pero eso es comprensible; Bakugo no habla con nadie más que con Midoriya y con sus profesores cuando es necesario, mismo caso del peliverde, aunque cada uno posee una razón de ello: uno no quiere ser molestado, mientras el otro no quiere molestar.

—Por cierto, Kacchan —El peliverde llama su atención, haciendo que volteé a verlo sin dejar de andar—, ¿tienes tiempo saliendo del colegio?

—¿Para?

—Verás —Midoriya se lleva la mano derecha al rostro, usando el dedo índice para aliviar una picazón imaginaria de su mejilla—, ayer vi una transmisión en vivo.

—Ajá…

—Sobre un Coleccionador, el cual dio con un Rotten, y logré visualizar un Wyrm, lucia muy mal herido…

—No.

—Oh, vamos —Midoriya se reajusta las solapas de la mochila sobre los hombros—. Ni he terminado de hablar.

—Ahora sí, y sigue siendo la misma respuesta: no.

—Los Wyrm suelen ser usados para entrenar a los Drake, estoy seguro que fue usado y luego desechado al ya no ser útil —Bakugo pone los ojos en blanco; sabe que su amigo intenta apelar a su lado bueno, pero es que de ese tema no hay ni residuo de eso—. Por favor, solo te pido que me acompañes.

—¿Por?

—Porque el Rotten daba miedo, la verdad —Eso le hace soltar una risilla; es gracioso lo asustadizo que es el peliverde—; tenía una cicatriz en todo el lado izquierdo del rostro, iba desde la cabeza hasta la barbilla. No dudo que haya sido por el ataque de un dragón que haya capturado.

—¿No te alegra eso?

—Claro que no.

Bakugo se alza de hombros ante la genuina respuesta, aunque piensa seriamente en que, si ese sujeto roba dragones, el que haya sido herido por uno es solo el karma actuando.

Los Coleccionistas son aquellos que se dedican a la compra y exterminación de dragones; se hacen con las crías de manera ilegal, las entrenan y usan para dar caza a los problemáticos. Los Rotten son los que hacen el primer trabajo, roban los huevos y dan cuidado hasta que eclosionan.

El hurto de huevos es ilegal, la crianza de dragones necesita permiso y para la caza de estos se requiere licencia, es una estupidez que todo inicié con algo que no se debería de hacer.

Durante la primera clase, Bakugo se enfoca en el tema que se lleva a cabo, la materia es física y no le va mal en ella, sólo le gusta mucho. La segunda hora es de literatura; tercera, lógica; cuarta, sociales, y receso, donde aprovecha para solo tomar una siesta apoyado contra el taburete.

La quinta hora de clase es de química, donde el profesor dedica tiempo y esmero a dibujar un átomo, señalando las partes que lo componen con marcadores de diferentes colores. A diferencia de los otros maestros, éste demuestra lo mucho que ama enseñar y lo tan bien preparado que está, dejando de lado que lo disfruta con plenitud.

—Chicos —Una de sus compañeras se coloca al frente de la clase una vez el profesor de química sale, es la jefa de grupo—, el profesor Aizawa se encuentra indispuesto; no nos podrá dar clase —el grito de celebración por parte de sus compañeros lo hace hacer una mueca, mientras guarda sus útiles en la mochila—, pero dejó tarea.

El abucheo es general y armonioso, incluso él suelta un quejido. Saca el celular de su mochila, escribiendo en notas la tarea que recita la jefa de grupo, y al terminar, se pone de pie y se ase con su mochila, guardando el móvil en el bolsillo de su pantalón.

Sus compañeros se quedan atrás, es una hora libre y piensan aprovecharla para jugar, ir a comer fuera o ir a un local de vídeo juegos, permitiéndose disfrutar de ese suspiro con placeres banales de los cuales normalmente no tendrían permiso de sus padres al ser entre semana, pero Bakugo no piensa igual.

No importa si llega antes a casa o la noche lo alcanza estando fuera, ni su padre ni su madre lo regañarán.

Aun así, él solo quiere llegar a casa.

Frena al sentir su celular vibrar, lo extrae del bolsillo y hace una mueca al ver el nombre de quien ha mandado el mensaje: “por favor. Solo esta vez y ya no vuelvo a pedirte nada”, eso último es muy tentador. Midoriya suele pedirle muchísimas cosas, desde acompañarlo a la cafetería para evitar ser acosado hasta el pedirles a los cajeros que se han equivocado al tomar su orden.

Lo piensa por un momento y al pensar en lo solo que va a estar estando en casa y la magnitud de situaciones que se puede ahorrar, responde: “bien. Te espero afuera”.

Una vez se reúnen, Bakugo es conducido por Midoriya a donde se encuentra el Rotten, algo que logró saber al ver con precisión la transmisión en vivo y el haber estado leyendo los comentarios mientras tanto. Es un tanto aterrador el imaginar a su amigo de cabello verde sentado frente a un monitor para ver con claridad la imagen, mientras que con el celular revisa lo dicho por otros espectadores.

Las calles transitadas de grandes edificios y llamativos carteles se van quedando lentamente atrás, siendo cambiadas por un buen local y angostas avenidas vacías, luego solo un largo callejón se encuentra frente de ellos, y el olor hace a Bakugo arrugar la nariz.

Huele a mierda, a madera quemada y orina.

Sin inmutarse, Midoriya avanza hasta llegar a un par de contenedores de basura, ambos desbordando de asqueroso contenido y al verlo detenerse frente a ellos, suspira antes de alcanzarlo. En medio de los basureros hay una puerta metálica, una que, gracias al oxido y las sombras, pasa desapercibida. El peliverde traga de manera ruidosa, avanza y golpetea el duro material usando los nudillos, Bakugo observa aquello con las manos en los bolsillos.

El chirrido del seguro siendo retirado hace a su amigo retroceder hasta reunirse a su lado; ambos observan la puerta abrirse de manera lenta y tortuosa, el viento cálido que surge del interior hace a Bakugo tener un escalofrío.

Tiene un mal presentimiento. Algo muy malo está por ocurrir.

—¿Eh? —El hombre que asoma la cabeza es calvo y la barba que surge únicamente de la barbilla es tan larga que llega a la pansa del sujeto— ¿Estudiantes? —Lo miran retirarse las gafas negras, revelando una mirada amarillenta como el coñac— ¿Se perdieron o qué?

—Vengo por el Wyrm.

Declara su amigo con firmeza, a pesar de estar temblando notoriamente. El hombre de larga barba arquea una ceja, los ve de arriba abajo y suelta una risilla, abriendo por completo la puerta después.

—No sé si son muchos huevos o poco cerebro, pero me agradas. Pasen, pasen —los alienta, dándose la vuelta y andando, adentrándose a la densa oscuridad.

Bakugo ve de reojo a Midoriya, quien se mantiene inmóvil y eso le molesta, ¿dónde había quedado la valentía de hace rato? Suspira, ajusta la solapa de su mochila y da el primer paso, liderando así la caminata que los lleva a adentrase a la oscura boca del lobo.

La puerta tras de ellos es cerrada, dejándolos completamente sin visión, luego, de manera repentina y sin aviso previo, las luces son encendidas. Bakugo baja por completo la cabeza, enfocando su mirada en sus zapatos y tomando el tiempo necesario para acostumbrarse, parpadeando de manera lenta dos veces y rápida la misma cantidad.

El suelo que pisa está sucio; hay aserrín, botellas de plástico y cuerdas, no hay forma de ver más debajo de todo eso. Hace una mueca y mueve un poco la basura usando el pie derecho, frunciendo el ceño al dar con madera manchada de rojo… Un jadeo proveniente de su izquierda lo hace levantar la mirada y dirigirla a su amigo, encontrando una expresión de horror total.

Dirige la mirada hacia donde Midoriya la tiene y solo siente un nudo en su estómago formarse ante la incontable cantidad de jaulas que hay frente de ellos, las cuales no lucen en el mejor estado y, por ende, lo que mantienen cautivo tampoco luce bien.

Dragones de diferentes tamaños y especies; unos poseen bozales, otros tienen sus alas amarradas; hay razas del océano y terrestres, también voladores; hay de tipo hielo, veneno y fuego, pero todos lucen asustados, tristes.

—Ve todo derecho —Señala el hombre, llamando la atención de ambos—, está casi llegando al final.

—¿No irá usted? —Pregunta Midoriya, sin apartar su dolida mirada de los animales enjaulados.

—Mis trabajadores ya se fueron y, como podrás ver —el hombre se sujeta el gran vientre con ambas manos, meneando el abultado estómago—, no hay manera que yo pase por ahí. Lo siento, chicos, pero tendrán que ir a por ello. Pueden gritar si tienen dudas, los escucharé con atención.

Dicho aquello, el hombre se encamina a una silla de escritorio y se deja caer en ella, suspirando de alivio, como si el haber estado de pie hubiese sido demasiado para él.

Bakugo hace una mueca, da un golpe al hombro de su amigo y comienza a caminar por el camino señalado, siendo seguido por el peliverde. Los primeros dragones que pasan se lanzan al alambrado, sus garras queriendo darles alcance; los siguientes, sisean y se mantienen en medio de la jaula, solo mirándolos con aquellas inquietantes pupilas de cerradura, y más adelante, solo hay contenedores vacíos manchados con sangre.

—¡¿Seguro que está acá?! —Pregunta Midoriya, sorprendiéndolo de que haya gritado en verdad.

—¡Sí! ¡Hasta el fondo!

—¡Estaba mal herido! —Señala du amigo sin dejar de avanzar, pasando a ser quien lidera la caminata.

—¡Sí! ¡Lo sé! ¡Por eso está allá! ¡¿Para qué quieren un dragón así de herido de todos modos?! ¡Morirá pronto, créanme! —La risotada del hombre hace a Bakugo sacar las manos de los bolsillos, permitiéndose cerrar con fuerza los puños. Odia los dragones, no lo mal entiendan, es solo que aquello era una bestialidad— ¡Mejor llévense un Drake! ¡Un Basilisco es la mejor opción para ustedes!

—Puto loco —murmura.

—Debe estar acá —Susurra Midoriya, haciéndose espacio entre un par de jaulas desacomodadas—. Hay muchos dragones, más de los que vi en la transmisión.

—Es un Rotten, ¿qué esperabas?

—Es que unos no lucen salidos del huevo, ¿entiendes? —asiente, pasando se las jaulas luego de que Midoriya ha avanzado un poco más— Aquí. Mira.

Bakugo ve a su amigo arrodillarse frente a una jaula del lado izquierdo, donde un Wyrm yace enroscado en el centro del suelo metálico. Es una especie de dragón que no posee ni patas delanteras ni traseras, tampoco alas; su fuerza se encuentra en las poderosas encías y en el final de su cola; la forma peculiar de las escamas lo ayuda a deslizarse y es uno de los más rápidos, bueno, al menos los de esa especie, porque el que está ahí no luce para nada bien.

Está seguro que no mide más de cuarenta centímetros de largo, el color grisáceo que posee en algunas áreas habla de una muy mala salud; le sorprende que hayan usado algo tan pequeño para entrenar a otros, pero no duda de que haya sido así; la manera en que se encuentra enroscado revela que sufre muchísimo dolor, las escamas están rotas en algunas partes y los cuernos de su cabeza están rotos, algo que hará al animal tener dificultades para encontrar pareja.

Midoriya no duda en abrir la mochila, sacando de esta una bolsa de tela perfecta para transportar al dragón, quien solo hace un muy apenas perceptible movimiento. Es obvio que el peliverde estaba muy decidido en llevarse al Wyrm desde que lo vio en la pantalla.

Aparta la mirada de aquello, poco interesado en ver como su amigo se hace con aquel animal. Frunce el ceño al deparar en una jaula apartada del resto, incluso pegada a la pared como sino quisieran que fuera vista. Curioso, se encamina a ella pasando de la basura y barrotes tirados, y como se va acercando, se da cuenta que ese contenedor no está vacío.

Un pequeño dragón negro yace en el centro, las alas no están sujetas con cintas y caen laxas al lado del delgado cuerpo; el cuello está completamente apoyado contra el suelo metálico y la cabeza se mantiene erguida, pero lo que captura la mirada carmesí son las lágrimas que caen silenciosas.

¿Los dragones lloran? Eso él no lo sabía.

—¿Qué es? —Pregunta Midoriya a su lado, sorprendiéndolo— ¿Es un Dragón…?

—Todos aquí lo son.

—Sabes de lo que hablo; mira —Midoriya señala los relieves a un costado de la columna—, tiene cuatro patas.

—Sí…

—Pero es raro ¿no? —Bakugo asiente, colocándose de cuclillas— Es de color negro, pero sus cuernos y alas no lucen como deberían, tienen la forma de un rojo.

—¡¿Hallaron al Wyrm?! —La pregunta del hombre hace a Bakugo hacer una mueca.

—¡Señor! —Grita— ¡Hay otro dragón acá!

—¡Lo sé! —La risotada hace que cierre las manos en puño, viendo como las lágrimas del pequeño dragón siguen cayendo— ¡Ese sí o sí muere en una semana!

—¿Tan poco? —murmura Midoriya y él cierra los ojos, esforzándose por empujar sus emociones lejos de su boca.

—¡No quiere comer! ¡No toma agua! ¡Si tanto desea morir, que lo haga!

Bakugo abre los parpados ante aquellas palabras, enfoca su mirada en los ojos rubí del dragón y no ve ese deseo que el señor menciona; él conoce muy bien de eso. ¡La ve en los espejos de su casa!

—¡Les tengo una oferta! ¡Si se llevan a ese debilucho, les doy al Wyrm por mitad de precio! ¡¿Qué opinan?! —pregunta el hombre, soltando una risotada que se vuelve una molesta y sonora tos— ¡¡Es una ganga!!

Gruñe con molestia, lleva ambas manos a la puerta metálica y solo frena sus movimientos cuando el dragón lo ve de reojo, espera a que haga algo más; sisee, gruña o se mueva, pero no. Solo lo observa. Reanuda su tarea y al abrir la jaula, toma en manos al animal, uno que se siente frio y ligero, eso hace que la preocupación se abra paso y se asiente en su pecho.

—¿Vas a llevártelo? —Pregunta Midoriya, viéndolo con sorpresa.

—¿Cuánto dinero traes?

—Pensaba salir por una ventana —Confiesa el peliverde—, aunque podemos solo correr; dudo que nos vaya a alcanzar.

—¿Estás loco? Traemos los uniformes, nos irían a buscar a la escuela —El rostro de su amigo palidece, lo que le hace bajar la mirada al dragón de negras escamas que sostiene con ambas manos—. Si me llevo esto, te lo dará a mitad de precio.

—Es que solo puedo llevarme uno, mi mamá no me dejará entrar a la casa con dos.

—Estará conmigo —Declara—, al menos hasta que muera.

Un quejido proveniente de la bolsa de algodón los hace suspirar, deben salir ya de ahí.

De camino a su casa, Bakugo mantiene en manos al dragón de escamas negras, quien no se inmuto con el ruido del tren, tampoco con los cláxones de los autos ni con los gritos de unos niños; estuvo tan quieto que pareció un juguete.

Al llegar a condominio, sube las escaleras y al ver a su vecina apoyada en el barandal, decide esconder el dragón tras suyo, cubriéndolo de la posible entrometida. Cuando cierra la puerta tras de sí, suspira y se encamina a la sala, yendo al rincón que se forma entre la pared de la ventana y donde tiene el televisor empotrado.

Baja de cuclillas y coloca al dragón en el suelo, el cual solo se desploma y queda acostado justo como lo conoció, haciendo justo lo que le vio hacer: llorar en silencio.

—Puedes morir tranquilo ahora —murmura, apoyando las manos en las rodillas, observando con atención el delgado cuerpo—. Se supone que los tienen desde que salen del huevo, entonces ¿por qué luces tan… roto?

Hace una mueca al percatarse que habla con un dragón, uno que no tiene mucho tiempo de vida, y no debe de olvidar que por esa razón se ha hecho de él.

Ese tipo le dijo que le daba una semana más de vida, así que le dará un lugar donde morir en paz.

Son solo siete días, ¿cierto? No es demasiado tiempo, así que está bien.