Capítulo uno
Stasia
—¡Vuelve aquí, perra de mierda! —aúlla el tipo que me persigue por la calle oscura.
A estas alturas, ya me quité los tacones hace rato. Los llevo agarrados en una mano y el bolso en la otra mientras corro por las calles. Debo de parecer un desastre con el pelo volando al viento. Estoy segura de que tengo los pies negros, pero correr de tacones no era una opción.
Oigo al tipo resoplando mientras intenta alcanzarme. Juro que la última vez que miré atrás estaba rojo como un tomate de lo furioso que estaba. O tal vez era por el esfuerzo. Sea como sea, no le está viendo la gracia al asunto como yo.
Vale, sí, no debí robarle la cartera a su jefe. Pero en mi defensa, él no debió tocarme el culo. Me parece un castigo justo por lo que hizo, aunque él y su guardaespaldas gordo y lento claramente no opinan lo mismo.
Ni siquiera me estoy esforzando mucho para escapar. Precisamente por eso, decidir darme la vuelta para sacarle el dedo y quitar la vista del camino es una idea terrible.
Estoy en medio de una sonrisa burlona cuando de repente oigo el chirrido de unos neumáticos. Lo siguiente que sé es que no solo me tiran al suelo, sino que un maldito coche me embiste. Salgo volando por los aires y aterrizo directamente sobre el parabrisas y el capó.
El metal se dobla debajo de mí con un crujido y el parabrisas se hace añicos contra la piel desnuda de mi espalda. Si no me hubiera quedado sin aire, probablemente gritaría por el dolor que me recorre todo el cuerpo. En lugar de eso, me quedo aquí tirada, totalmente aturdida, mirando las estrellas mientras unos puntos negros nublan mi vista.
Por un momento me olvido por completo del tipo que me perseguía. Pero vuelvo rápido a la realidad cuando me agarra, me levanta del coche y estampa mi cuerpo contra el suelo frío. Ignora por completo cómo grito de dolor mientras una agonía insoportable me atraviesa.
Estoy segura de que tengo algo roto. Y por el líquido caliente que siento bajando por mi nuca, casi puedo jurar que también tengo algún corte o herida ahí. Pero mis lesiones pasan a un segundo plano cuando el tipo levanta el puño y, sin dudarlo, lo descarga con fuerza contra el lado de mi cara.
El dolor estalla en la parte izquierda de mi rostro y el sabor metálico de la sangre me llena la boca al instante. Cuando veo que vuelve a levantar el puño, no puedo evitar cerrar los ojos. Prefiero no ver venir el siguiente golpe.
—¿Qué cojones crees que estás haciendo? —ruge una voz grave con un marcado acento irlandés por encima de nosotros. Cuando me atrevo a abrir los ojos, veo a un hombre imponente de pie sobre nosotros, sujetando con fuerza la muñeca del bruto.
Al tipo se le abren los ojos de puro miedo. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que sabe quién es este hombre. Sobre todo cuando veo cómo traga saliva antes de responder.
—Blake... esto... quiero decir, Sr. O’Leary —tartamudea el tipo, y se me cae el alma a los pies al oír ese nombre.
Es un nombre que reconozco muy bien.
¿Acaso este día puede ir a peor?
Hay tres familias importantes en Birmingham.
Los O’Leary son una de ellas, más conocidos como la mafia irlandesa. Estan los veteranos, como Faolan y su hermano, que controlan un tercio de la ciudad cada uno. Los cuatro hijos de Faolan se encargan de casi toda la operación.
Blake es el hijo número dos.
También está la familia italiana, los Rossi, y mi propia sangre.
Los Petrov.
También llamados la «Bratva». No he hablado con ellos en cinco años.
A los dieciocho años me despreciaron. Básicamente me echaron a la calle y me dijeron que me las arreglara sola por algo que ni siquiera fue culpa mía. Me advirtieron que si alguna vez intentaba volver o pedía ayuda a alguien relacionado con la familia, mi padre prometió matarme él mismo.
No tengo dudas de que eso es exactamente lo que habría hecho. No me cabe la menor duda.
Así que cuando me fui, hice lo único que podía hacer. Sobreviví.
Usé lo que aprendí viendo a mi familia y eso me ha mantenido viva. No ha sido fácil. He hecho muchas cosas de las que no estoy orgullosa, pero al final estoy viva y tengo una vida medio decente. Supongo que eso es algo.
Algo por lo que estar agradecida.
Pero con Blake cerniéndose sobre mí de esta manera, presiento que la vida que me he construido no servirá de nada si él llega a descubrir quién soy.
Nunca lo he conocido a él ni a sus hermanos, pero sé quiénes son. Sé perfectamente de lo que son capaces y lo que ganarían teniendo en su poder a la única hija de Demitri Petrov.
Aunque todavía no veo bien del todo, alcanzo a distinguir sus rasgos.
Es alto, muy jodidamente alto. Por la anchura de sus hombros, no hay duda de que también está muy fuerte.
Todo en él impone respeto y ahora mismo no sé si eso es bueno o malo.
Blake ni siquiera me mira ni lo duda mientras le dobla la muñeca al tipo hacia atrás con tal ferocidad que oigo cómo se rompe el hueso. El hombre suelta una especie de alarido y se desploma hacia un lado, empujado por Blake.
—Ella... joder... le robó la cartera a Leo —llora el tipo. Está llorando de verdad, con las lágrimas rodando por sus mejillas mientras yace a mi lado con Blake agachado sobre él.
—Tenía que darle su merecido —exclama entonces.
Los hermosos ojos verdes de Blake se cruzan con los míos un instante antes de clavarse de nuevo en el tipo.
—¿Y por eso pensaste que podías darle una paliza? —pregunta Blake con el ceño fruncido. Me doy cuenta rápido de que es una pregunta retórica, pero el idiota no lo capta.
—Se lo merecía, joder —dice entre dientes. Parece que esa no era la respuesta que Blake quería, porque cierra el puño y le pega un golpe tremendo en la cara.
—Le advertimos a Leo que si otra mujer en esta ciudad terminaba con moratones por culpa de cualquier relación con él, yo mismo lo destriparía —noto claramente que ha dicho le advertimos, y se me vuelve a caer el alma a los pies.
Advertimos, como en él y sus hermanos.
Mierda.
Blake se agacha para quedar a la altura del tipo, que lloriquea por el movimiento de su muñeca, la cual Blake todavía sujeta con fuerza.
—Pero tal vez si te mando de vuelta como un regalo, estoy seguro de que pillará el mensaje —dice entre dientes. La sonrisa sádica que se dibuja en su rostro es una de las cosas más aterradoras que he visto en mi vida.
Finalmente, suelta al tipo con un empujón brutal y se gira para hablar con alguien que yo ni siquiera había notado que estaba allí.
—Encárgate de él —le dice.
El otro no dice nada, solo asiente. Luego se llevan a rastras al guardaespaldas gordo hacia un coche que esperaba mientras él grita.
Estoy tan aturdida y me duele tanto todo que doy un respingo cuando Blake se arrodilla a mi lado. Me roza suavemente la mejilla hinchada con las yemas de los dedos.
—¿Estás bien? —pregunta con verdadera preocupación en su tono de voz.
Cuando intento asentir para decir que sí, el estómago se me revuelve. Lo siguiente que sé es que giro la cabeza hacia él y vomito con fuerza sobre sus pantalones y sus zapatos.
Sí, este día va de mal en peor.
Me doy cuenta rápido de que lo mejor que puedo hacer ahora es largarme de aquí y alejarme de Blake lo antes posible, antes de que sepa quién soy.
Con un arranque de adrenalina, logro darme la vuelta. Pero cuando voy a impulsarme para levantarme del suelo, todo se vuelve borroso. Lo último que veo es el asfalto cuando mi cara choca contra él con fuerza.