Renacer

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Sinopsis

Para el año 5512 de la Edad Sombría, el Círculo Blanco llevaba gobernando al menos 500 años. El emperador Cassius, conocido como el Gran Nigromante, había instaurado una política de terror, creando profundas brechas sociales entre magos y no magos. Algunos aún guardaban la esperanza de que un Eliseim volviera a sentarse en el trono, pero eso parecía cada vez más improbable, ya que el Círculo Blanco se encargaba de ejecutar a cualquiera con la más mínima conexión con la sangre del fénix. La Resistencia, oculta en las sombras, trabajaba incansablemente para devolver el poder a su legítimo heredero, Ifain Eliseim, quien, junto a su hermana adoptiva, Eliandri, planeaba liberar al pueblo del yugo de los nigromantes. En su misión, Eliandri se infiltrará en el corazón del régimen, rodeada de enemigos, mientras la lealtad de aquellos que la rodean —como Thy, un cazador implacable, y Kirlian, un poderoso hechicero del Círculo Blanco— se pondrá a prueba. En medio de las intrigas y traiciones, Eliandri deberá decidir no solo el destino de la resistencia, sino también en quién puede realmente confiar cuando el peligro acecha en cada sombra.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Laura
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El aire en la plaza central estaba cargado de tensión. La multitud, agolpada en silencio, esperaba con ansiedad el desenlace. En el centro de la plataforma elevada, rodeado por guardias y bajo la mirada vigilante del Gran Nigromante, se encontraba el prisionero: Odrif Eliseim, el último Eliseim capturado por el Círculo Blanco. Su cabello, rojizo, característico de su familia, brillaba intensamente bajo la luz de las tres lunas. El pueblo observaba en un inquietante mutismo, sabiendo que cualquier signo de empatía o rebelión podría costarles la vida. Sin embargo, todos sentían compasión por el legítimo rey.

Entre la multitud, camuflados en un rincón sombrío, se encontraban tres figuras apenas visibles: Ifain, un niño de diez años, con una mirada demasiado madura para su corta edad; su hermana adoptiva, Eliandri, de solo seis; y Nashira, la madre de Eliandri y la única familia que le quedaba a ambos. Eliandri sentía un nudo en la garganta mientras miraba a su alrededor, asustada, apretando con fuerza la mano de Ifain, quien no apartaba los ojos de su padre en el centro de la escena.

Cerca de la plataforma, entre los altos rangos del Círculo Blanco, estaba Thy, un adolescente de unos quince años, marcado por una cicatriz en el rostro. Observaba la escena con los ojos fríos, aunque aún inexpertos. A pesar de su juventud, Thy ya había sido entrenado para reconocer a los Eliseim, y el poder oscuro del Círculo lo había moldeado desde temprana edad. No mostraba emoción alguna, solo una calma inquietante mientras observaba lo que ocurría.

Los tambores comenzaron a sonar. Eliandri sintió cómo sus piernas temblaban, deseando no estar allí. Ifain, sin embargo, no se movía. Sus ojos estaban fijos en la figura de su padre, incluso mientras el verdugo levantaba la espada en alto, preparando el golpe final.

Y entonces, en un solo movimiento, la espada descendió, y la cabeza de Odrif Eliseim rodó por el suelo de piedra.

Eliandri no pudo contenerlo más. Un sollozo escapó de sus labios, apenas audible entre el sonido del tambor que marcaba el final de la ceremonia. Ifain, en cambio, no lloraba. Sus ojos, secos, seguían mirando la cabeza de su padre. Su pequeño cuerpo estaba rígido, como si algo se hubiera quebrado dentro de él.

“Debo ser fuerte,” pensó. “Mi padre quería que yo fuera fuerte, como un rey.”

“Tenemos que irnos,” susurró Nashira. El hechizo que cubría a Ifain y Eliandri los mantenía ocultos de los rastreadores, pero no podían quedarse más tiempo. La tensión en el ambiente crecía, y los rastreadores del Círculo, como Thy, eran expertos en detectar el olor de la sangre Eliseim.

Eliandri, aun sollozando en silencio, sintió cómo Ifain apretaba su mano, tirando de ella para moverse entre la multitud. Sus pies pequeños tropezaban en el caos mientras trataba de seguir el ritmo de su hermano mayor. Ifain no miró atrás ni una sola vez. A pesar de su corta edad, entendía que el destino de su familia dependía de su supervivencia. Eliandri solo podía seguirlo, con lágrimas en los ojos y el peso del horror anclado en su pecho.

Desde la distancia, los ojos azules de Thy siguieron el movimiento de la multitud. Por un instante, su mente se inquietó, pero rápidamente volvió a centrarse en la tarea que tenía delante. La muerte de los Eliseim era lo único que importaba.

—¡Ifain! —exclamó Eliandri, interrumpiendo la meditación de su hermanastro.

El muchacho abrió los ojos de golpe y dio un pequeño brinco. Frente a él estaba Eliandri, mirándolo con dulzura, con esos grandes ojos oscuros que siempre parecían reflejar una mezcla de ternura y determinación.

—¿Estabas durmiendo, o simplemente soñando con ser rey? —preguntó ella con una sonrisa pícara.

—No, Eli... solo estaba pensando —respondió él, intentando ocultar su sorpresa.

Pensar no era realmente lo que el joven heredero hacía; cada día, el recuerdo de la ejecución de su padre se posaba en su mente, recordándole por qué luchaba. Ifain no tenía muchas ganas de ser rey, ni creía que sería bueno en ello, pero sabía cuál era su deber: recuperar el trono para su familia. Hacía ya 500 años que este derecho les había sido arrebatado a los Eliseim, legítimos reyes del territorio de Fantásica, ya que descendían directamente de una deidad, Ángora. Por sus venas corría la sangre de Ángora, también conocida como el Fénix o Señora de la Llama. Pero en estos tiempos, poseer la sangre del Fénix era casi una maldición, como bien le recordaba la muerte de su padre a manos del Círculo Blanco.

Ifain se recompuso del susto y se puso en pie.

– ¿Y bien? ¿Para qué has interrumpido mi meditación? ¿Acaso ya está lista la cena? – dijo en tono jocoso.

– Por supuesto que está lista la cena... su majestad – inquirió Eliandri, mientras le daba un pequeño puñetazo en el hombro con complicidad.

Ambos se miraron y sonrieron. A veces desearían volver a ser unos niños inocentes, que no entendían nada de la resistencia contra los magos y solo se limitaban a jugar con palos en el bosque. Pero ese tiempo ya había pasado; ahora eran prácticamente adultos y tenían responsabilidades.

Se pusieron en marcha y caminaron rumbo al comedor. El campamento de la resistencia estaba situado en el continente, oculto en el interior de una montaña nevada, en lo que alguna vez fue una vasta mina de la antigua república de Elvenor, en el extremo sur del planeta. Las entradas, casi invisibles desde fuera, se camuflaban entre las rocas y la nieve, ocultas por muros de hielo y túneles sinuosos que solo los miembros de la resistencia sabían cómo transitar. Desde afuera, parecía una montaña cualquiera, azotada por el viento y el frío perpetuo, pero dentro, se extendía un refugio subterráneo resistente y bien organizado. Las antiguas galerías, que antaño habían albergado a mineros y su maquinaria, ahora eran utilizadas como cuarteles improvisados y almacenes. En algunas cavidades más grandes, habían establecido zonas comunes, donde se discutían las estrategias o se compartía una comida sencilla. El comedor del campamento era una gran sala excavada directamente en la roca de la montaña, situada en uno de los niveles más profundos de la antigua mina. Las paredes de piedra oscura estaban pulidas por el uso constante y el paso del tiempo, y el espacio, aunque sombrío, transmitía una extraña sensación de refugio. Las mesas de piedra, grandes y robustas, llenaban la sala en filas ordenadas, cada una acompañada de bancos del mismo material. Aunque la piedra era fría al tacto, los miembros de la resistencia no se quejaban: habían aprendido a valorar las comodidades mínimas que el lugar ofrecía. El comedor, al igual que el resto del campamento estaba iluminado por lámparas en las paredes. Tiempo atrás la tecnología había avanzado, y se había fusionado con la magia dando lugar a algo similar a la electricidad. Esta energía alimentaba las lámparas y bañaba el comedor en una luz amarillenta que suavizaba las sombras, proporcionando un ambiente acogedor a pesar del frío perpetuo de la montaña.

Cuando llegaron al comedor el olor a sopa y pan recién horneado impregnaba el aire, mezclándose con el aroma a tierra húmeda y roca que siempre dominaba los túneles de la mina. Aunque la comida era sencilla, siempre se sentía como un alivio bienvenido después de un largo día. A veces, en las noches más tranquilas, alguien comenzaba a tararear una antigua canción o a contar historias en torno a las mesas de piedra, y la sala se llenaba de un breve pero reconfortante sonido de risas y conversación. Ifain y Eliandri se acercaron a la cocina para recibir su plato y después se sentaron en una de las mesas.

– Hoy es tu última noche aquí, Eli – comentó Ifain, claramente apenado.

– No estés triste, idiota. Cuando vuelva de la capital habré matado a todos los magos del Círculo y tú podrás sentarte en tu brillante trono – le guiñó un ojo.

Eliandri, una joven de veinte años, era una maga excepcional que había estudiado en la Torre de Hechicería de Celebrior. En su mundo, donde la longevidad permitía a las personas vivir hasta 150 años, ella apenas había salido de la adolescencia. Desde pequeña, había rechazado su don, pues nació dentro de la resistencia y la magia tenía para ella una connotación negativa. Sin embargo, cuando se descubrió su inmenso poder, fue enviada a aprender con un archimago de confianza. Cada cierto tiempo, el Círculo Blanco acudía a las torres de hechicería en busca de potenciales aprendices de nigromancia, y Eliandri se había preparado para ese momento. Como era de esperar, el Círculo se fijó en ella

Esa noche era la última que pasaría en el campamento, ya que a la mañana siguiente partiría rumbo a la capital, allí estaría prácticamente sola, en territorio desconocido y hostil. Allí no estudiaría para ser nigromante; tenía una misión que cumplir: destruir al Círculo Blanco desde dentro.

Mientras los dos hermanos compartían su cena, una chica se acercó a ellos con un plato humeante. Era Mirlana, conocida en el campamento por su simpatía y energía, además de por su extraordinaria capacidad para sanar heridas. Ella tenía más o menos la misma edad que Ifain, se conocen desde siempre pero su relación nunca ha sido especialmente cercana, sin embargo, Mirlana siempre miraba con admiración al joven Eliseim. Su rostro se sonrojó cuando se encontró con la mirada de Ifain, quien apenas la miró antes de volver a concentrarse en su comida.

— Hola, Ifain – dijo Mirlana, sonriendo tímidamente.

— Hola, Mirlana – Ifain la miró brevemente, pero su mente ya estaba en otra parte, centrado en terminar la sopa.

Mirlana se sonrojó aún más y, con un ligero tartamudeo, se despidió de ellos. – Bueno, ¡disfrutad de la cena!

Cuando Mirlana se alejó, Eliandri no pudo contener una sonrisa burlona.

— ¿Ves? Le gustas ¿Cuándo vas a acostarte con ella? – susurró, inclinándose hacia su hermano con una expresión traviesa.

— Siempre estás insistiendo, quizás deberías ir tú –

—Yo creo que eres tú quien realmente le gusta —replicó Eliandri, jugando con los mechones de su cabello rubio—. Además, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que te diste una alegría?

Ifain la miró, reflexionando sobre sus palabras. Tenía razón; había estado tan centrado en sus responsabilidades que se había olvidado de disfrutar de la vida. Con un ágil movimiento, terminó su sopa de un solo sorbo, dejando el tazón sobre la mesa con un golpe que resonó en toda la caverna. Se levantó con determinación.

— Deseame suerte – comentó.

Eliandri se sorprendió ante este repentino arrebato de pasión. Mientras su hermano se dirigía casi a la salida del comedor, no pudo evitar gritarle.

— ¡Hazlo por los Eliseim!

Lo observó alejarse, sintiendo una extraña mezcla de orgullo y ansiedad. A lo lejos, vio cómo se acercaba a Mirlana. Ambos comenzaron a conversar, y Eliandri notó que la muchacha se sonrojaba intensamente. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro al ver que, poco después, se alejaban juntos, conversando y riendo.

Al amanecer, la luz de los dos soles se filtró entre las rendijas de la montaña, iluminando suavemente el campamento. Eliandri se despertó con una extraña sensación en el estómago, una mezcla de emoción y nerviosismo. Era el día que había esperado, pero también el que más temía. No tenía mucho tiempo antes de irse; Celebrior llegaría en pocas horas para recogerla y llevarla a la Torre, y posteriormente emprenderían el viaje rumbo a Ángora, la ciudad situada en el antiguo reino Eliseim de Fantásica, que actualmente era la capital del Imperio.

Aún era bastante temprano, así que apenas habría alguien despierto. Ya se había despedido de la gente el día anterior, y lo había hecho de su madre hacía cinco días, cuando ella partió en una misión en otro territorio del planeta. Eliandri se aseó, se vistió y recogió su equipaje. Luego, se dirigió al comedor para desayunar. Creyó que no habría nadie, pero para su sorpresa, Ifain la esperaba sentado en una mesa con dos cuencos de avena preparados.

Eliandri sonrió al verlo.

—Qué madrugador, ¿qué tal la noche? —le guiñó un ojo.

Ifain se quedó pensativo.

—Bueno... al final se puso interesante. —Ambos se rieron, conscientes de que esa sería la última risa que compartirían juntos en mucho tiempo.

Durante el desayuno, conversaron sin pausa, principalmente sobre la misión de Eliandri en la capital. No era sencillo: debía convertirse en una más del Círculo y conseguir cualquier tipo de información útil para la resistencia. Esta misión podría cambiar el rumbo de la historia y permitir la destrucción del Círculo Blanco, restaurando así el mundo a lo que era antes de su imperio del terror.

Juntos se acercaron a la salida de la gruta, donde Celebrior esperaba impaciente a su alumna predilecta. Celebrior era un poderoso archimago que nunca estuvo de acuerdo con las ideas del Círculo; le había jurado lealtad solo para mantener su posición y poder seguir educando adecuadamente a las nuevas generaciones de magos. Era verdaderamente leal a la causa y a los Eliseim.

Ifain y Eliandri se unieron en un largo e intenso abrazo. Ninguno de los dos quería llorar, pero Eli no pudo evitarlo, mientras Ifain intentaba consolarla.

—Puedes con esto, Eli. No estarás sola. De vez en cuando podremos hablar.

Eli sabía lo que Ifain quería decir. Cada ciertas generaciones, un Eliseim nace con un don especial, y en este caso, le había tocado a él. Ifain podía enviar su espíritu más allá del mundo físico, a un plano conocido como el mundo ancestral. En dicho plano predomina un tipo de energía mística e infinita denominada, sinergeia, mientras que en el plano físico la energía predominante es la energeia, también conocida como magia. Este don también le permitía mover su espíritu a través del mundo físico, lo que significaba que podría aparecer donde estaba Eli y comunicarse con ella. Sin embargo, esto conllevaba riesgos, ya que, si el cuerpo de Ifain era dañado hasta el punto de causarle la muerte, su alma no podría volver a habitarlo y quedaría perpetuamente atrapado en el mundo ancestral, lo que significaría su muerte.

Además, aunque fuera su alma la que se comunicaba con Eli, no perdía su esencia Eliseim, por lo que seguía siendo rastreable, aunque en menor medida, para los cazadores del Círculo.

Ella asintió tristemente, se volvieron a abrazar y, finalmente, se acercó a Celebrior para salir de la gruta y emprender el viaje.