Capítulo 1
Hace diez años, me escapé en la parte trasera de la moto de un extraño y nunca miré atrás. Nadie vino a buscarme, y terminé superándolo. Tenía dieciocho años, estaba destrozada y sentía que no tenía arreglo.
Encontré una familia. Una familia que me quiso sin juzgarme y me ayudó a convertirme en la mujer que soy ahora. Fuerte. Feliz. Ahora, estaba de pie frente a la funeraria en el pueblo del que hui, con ganas de escupir en el ataúd de mi madre y marcharme. No me importaba que hubiera muerto. Deseaba que pasara desde que era niña, pero tener que enfrentarme a la gente que dejé atrás no era algo que me apeteciera hacer.
—Vamos, chica —dijo Ralph, tirando el cigarrillo—. Cuanto antes acabes con esto, antes podrás ver a tu padre.
Apreté los dientes: —Espero que esté sufriendo.
—Seguro que sí, pequeña. —Ralph me hizo una seña para que entrara primero. Me puse las gafas de sol sobre la cabeza mientras lo hacía. Los familiares se giraron para verme entrar, pero enseguida desviaron la mirada.
Menos mal que no me reconocieron. Tenía mucho que decirles a todos, menos a mi prima pequeña, Sarah. Sarah fue la única de la familia a la que le importé un bledo. Me ayudó a hacer las maletas y me dio un móvil de repuesto la noche que escapé. Sus padres eran una mierda, pero nunca le pegaron ni la descuidaron. Eran controladores sobre todo, pero a medida que Sarah creció, dieron un paso atrás. Ella tuvo las agallas que a mí me faltaron de pequeña.
—Ha venido mucha gente —dijo Ralph, sentándose a mi lado.
Me burlé. —Seguro que vienen por su dinero y sus propiedades. Casi nunca estaban cuando ella estaba viva.
—No puedo esperar a la lectura del testamento —sonrió él con malicia.
—Quieren lo que no pueden tener —me encogí de hombros—. Todavía le debo dinero a tu abogado.
—Qué va —se rió Ralph—. Estaba encantado de ayudarte. Eres de la familia, y la familia se ayuda entre sí.
Ralph fue el extraño que me ayudó. Pasaba por el pueblo después de una reunión en el pueblo de al lado y se detuvo cuando me vio corriendo por la carretera con la mochila al hombro. O mejor dicho, cuando Sarah se lanzó delante de su moto.
Podría haber sido un asesino en serie y aun así me habría sentido más segura. Dio una palmadita en el asiento y me pasó un casco.
Desde entonces, Ralph ha sido el padre que necesitaba y quería. Me acogió cuando se dio cuenta de que no tenía a dónde ir y me presentó a los suyos. No éramos parientes de sangre, pero eso no significaba nada. Sus amigos moteros eran protectores y me cuidaron cuando estaba enferma y en mis peores momentos.
Quería devolverle a Ralph todo lo que había hecho por mí, pero él me quitaba importancia diciendo que yo le había dado algo que nunca tuvo.
Una hija.
Lloré tanto que sus amigos tuvieron que irse para no acabar llorando ellos también. Los moteros duros y malos no lo eran tanto cuando los conocías. Su segundo al mando, Tony, alias Bones, me enseñó a montar en moto, y su mujer me enseñó a llevar el bar. Siempre acudía a su mujer, Missy, cuando estaba estancada y no podía hablar del tema con Ralph.
Mi primer susto de embarazo fue el peor momento de mi vida, y también el último.
Ralph y sus amigos cercanos le apuntaron con una pistola al chico. Por suerte, no se hizo pis encima y dijo que se haría cargo si yo estaba embarazada. Luke andaba con los moteros, y un revolcón borracho conmigo casi le cuesta la vida.
Después de eso, me vigilaron como a un halcón hasta que Missy le dijo a Ralph que se controlara y me dejara ser una mujer. A Ralph no le gustó, pero se apartó. Me sorprendió que me dejara venir aquí sabiendo que me enfrentaría a mi padre. Se lo había contado todo a Ralph, y él quería hacerles una visita a mis padres y mandarlos directos a la tumba.
—No sabía que los funerales eran tan puto aburridos —dijo Ralph cruzándose de brazos—. Esto no es normal.
—Los funerales moteros son distintos.
—Cierto. Allí hay vida. Aquí parece que todos se han metido en el ataúd con esa bruja.
Aguanté la risa y asentí. —En cuanto mi padre se reúna con ella, escupiré en sus tumbas.
—Préndeles fuego. Es más divertido —sonrió él—. ¿Cuánto tiempo quieres quedarte?
—Me iré en cuanto mi tía empiece a decir cuánto la echaremos de menos y lo buena mujer que era —dije—. Me reiré y les diré que me alegro de que la perra maltratadora esté muerta. Tanta paz lleve como descanso deja.
—¿Y luego a ver a tu padre?
Asentí. —Luego iré a la casa e intentaré no volarla por los aires.
—Esa es mi chica —sonrió Ralph—. Siempre puedes venderla. Tu padre está en las últimas y la escritura está a tu nombre. No tienes por qué decírselo. Mándale una orden de desahucio. No es como si pudiera ir allí a mover sus trastos.
—Mi abuela era una mujer lista —dije—. Lástima que no veré la cara que pondría mi madre.
—Espero que se revuelque en su tumba.
—Mientras se quema en el infierno.
El hospital no había cambiado mucho. Seguía pareciendo destartalado, aunque al menos habían cambiado las ventanas rotas. La planta de cuidados paliativos donde estaba mi padre se encontraba cruzando el edificio principal, justo pasada la zona infantil.
Una planta que conocía bien.
Me quité el casco y lo puse sobre la moto. —No hace falta que vengas conmigo.
—Sí que hace falta —dijo Ralph—. Los chicos están a unos minutos. Vigilarán nuestras motos.
Asentí y respiré hondo. La última vez que vi a mi padre fue cuando me rompió la nariz por no limpiar lo bastante rápido. Me dio un puñetazo y me estampó la cara contra la pared, rajándome el labio. ¿Mi madre? Se quedó allí riéndose, llamándome fracasada y diciendo que nadie me querría jamás.
Esa noche me escapé.
La gente se giraba para ver pasar a Ralph, y no los culpaba. Ralph no encajaba allí, y me alegraba de que no lo hiciera. Medía un metro noventa y ocho, hombros anchos y pelo entrecano en una coleta baja. Había empezado a encanecer hace unos años. Las pocas amigas que hice decían que parecía un madurito interesante. Llevaba la barba corta y el pelo le pedía un corte a gritos, pero se negaba.
Yo había empezado a vestir más como sus amigos moteros y me encantaba. Vaqueros negros ajustados con las rodillas rotas, camisetas de tirantes o ajustadas negras y siempre una chaqueta de cuero. Me hice tatuajes y piercings. Me hacía sentir libre. Mis padres pensaban que eran asquerosos y que eran cosa de criminales.
Una enfermera me indicó la habitación de mi padre. Ralph puso su mano en mi hombro y me lo apretó. Tragué saliva con fuerza y entré.
Estaba frágil y delgado. No se parecía en nada al hombre que solía darme palizas. Tenía la piel algo grisácea y los ojos hundidos. Había perdido el pelo y no sentía ninguna pena por él. Las máquinas pitaban a ritmo constante mientras dormía, pero abrió los ojos de golpe al darse cuenta de que no estaba solo.
—¿Maeve? —balbuceó.
—La misma que viste y calza.
—Oh, mi niña preciosa —dijo con lágrimas rodando por su cara—. Te he echado tanto de menos.
—¿Ah, sí? —Me quité la chaqueta y me senté—. ¿O echabas de menos pegarme?
—Cometí errores en mi vida, pero hacerte daño fue el más grande.
—Mentira —me reí con frialdad—. No te importa haberme pegado. Nunca te importó. Yo era un estorbo. En cuanto me fui, me sentí libre. Fui feliz y dejé de tener miedo.
—Nunca fuiste un estorbo.
—Deja de mentir —dije—. Solo dices esto porque te estás muriendo y crees que puedes conseguir el perdón por toda la mierda que me hiciste pasar. Pues ¿sabes qué? A nadie le importa un carajo que te mueras. A nadie. Vas a morir solo y con dolor. Y luego, te reunirás con mi perra madre en el infierno.
—Maeve, por favor —suplicó, con más lágrimas en las mejillas—. Lo siento.
Negué con la cabeza. —No es verdad. Y me parece bien. He estado bien estos últimos diez años. He hecho las paces con eso, y ahora tú puedes morir sabiendo que nunca te perdonaré.
—Yo...
—Ya le he dicho "hasta nunca" a mi madre y ahora te lo digo a ti —dije levantándome—. Encontré a un padre de verdad. Él ha hecho más por mí en diez años que tú en dieciocho. Así que buen viaje, y espero que la culpa te coma tan dolorosamente como el cáncer. ¡Ah! Antes de que se me olvide, te van a desahuciar. ¿La casa de la que tanto presumías? Siempre ha sido mía. Adiós, papá.
Me di la vuelta e ignoré los insultos que me lanzaba. Nada de lo que dijera podía hacerme daño ya.
No dije nada hasta que salimos y respiré hondo. Ralph volvió a ponerme la mano en el hombro mientras yo calmaba los latidos de mi corazón. Sé que su familia me llamaría desalmada y cruel, pero ellos no hicieron nada cuando él me dejaba el cuerpo lleno de moratones o cuando me encerraba en un armario dos días seguidos. Salía oliendo a pis y solo servía para que me pegara más. Tenía cicatrices en las piernas, brazos y espalda de cuando me pegaba con el cinturón y la hebilla me cortaba la piel. Los servicios sociales no sirvieron de nada porque les echaban la culpa de mis golpes a los amigos con los que me juntaba.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Ralph.
—Libre —suspiré profundamente—. Debería haberle dicho más cosas, pero creo que le ha dolido. Me alegro. Podría haberlo destrozado, pero... no he podido.
—Es tu padre —dijo Ralph—. Haya odio o no, a veces es difícil expresar los sentimientos. Sé que le has hecho daño, y ahora se va a hartar a llorar de culpa. Tiene suerte de que el cáncer se lo lleve antes que yo.
—Gracias —dije—. Vale. Estoy bien. Vamos a ver cómo está la casa de mi infancia, y decidiré qué hacer a partir de ahí.
Cuando llegamos, había coches fuera y suspiré, sabiendo de quiénes eran. Mi familia había decidido usar la casa para el convite del funeral, y probablemente para registrarlo todo. Lástima que estaba a punto de aguarles la fiesta.
El rugido de las motos llamó la atención de mis parientes, que salieron fuera. Divisé a Sarah, que se tapaba la boca mientras sonreía.
Bajé de la moto a la vez que los demás y me quité el casco. —Están todos invadiendo una propiedad privada. Tienen un minuto para irse, o los echaré yo.
—¡No puedes hacer eso! —chilló una tía—. Esta no es tu casa. ¿Tú quién te crees que eres?
—Vaya, me duele que no me reconozcas —sonreí—. Linda, lárgate de aquí de una puta vez y dile a tu marido el vago que se guarde las manos en los bolsillos. La última vez que estuvo aquí, robó un montón de cosas.
—Quién...
—Maeve. ¿Quién si no iba a darte una patada en el culo? —pregunté, y todos me reconocieron de golpe.
—¿Estás viva?
—Es obvio —me mofé—. Es hora de que se larguen.
—No. Esta no es tu casa. Esta era la casa de mi hermana.
Suspiré y saqué la escritura de la casa de mi bolsillo. Me acerqué a ella y se la entregué. —Esto es una escritura. Y como puedes ver, mi nombre está en ella. El de nadie más. Así que sí, esta es mi casa, y se van a marchar. No llamaré a la pasma porque no me hace falta. Tengo amigos que dan miedo y que los lanzarán al otro lado de la calle sin pensárselo dos veces. Si fuera tú, tomaría la decisión correcta y me largaría por las buenas.
Linda jadeó de forma dramática. —¡Cómo te atreves! ¡Cómo te atreves a volver aquí y a dar órdenes! Siempre fuiste una busca-ruidos. Me alegré cuando mi hermana me dijo que habías muerto.
Sonreí de oreja a oreja. —Oh, desde luego que soy una busca-ruidos ahora, Linda. Y no me importaría darte una bofetada. Te haré sentir lo que yo sentí creciendo con padres maltratadores.
—Tú...
—¡Que todo el mundo salga pitando de mi casa y lo deje todo tal cual! ¡Si pillo a alguien robando, le rompo los putos dedos! —grité.
Mis familiares salieron corriendo a por sus abrigos y se marcharon mientras me gritaban insultos. Ralph y sus hombres se quedaron por allí, vigilándolos para asegurarse de que no se llevaban nada.
Cuando se fueron, Sarah me abrazó. —¡Eres una pasada!
—No les rompería los dedos de verdad —me reí—. Me alegra verte.
—Te oí reírte cuando mi madre dijo que Lucy era una mujer amable y cariñosa. Yo puse los ojos en blanco. —Sarah sonrió—. Me alegra que hayas vuelto. Podría ser bueno para ti.
—Lo dudo —dije y miré a Ralph y a los chicos—. Pasen. Siéntanse como en su casa.
Ralph asintió y entré, sintiendo que los recuerdos dolorosos me golpeaban como un ladrillo en la cara. Mi respiración era inestable mientras caminaba por el gran vestíbulo hacia el enorme salón. Los sofás eran nuevos y demasiado blancos. Los cuadros eran de arte caro, y sobre la chimenea había un retrato al óleo de mis padres.
Ni una foto mía.
Era como si hubieran borrado mi existencia.
—¿Te criaste en la abundancia, Trouble? —silbó Luke—. Nada mal.
—No me crié rica —dije mirando alrededor—. Solo vivía aquí. Era un estorbo.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Ralph.
—Yo digo que hagamos una hoguera. —Descolgué el retrato de la pared—. Esto arderá de maravilla.
Nota del autor: Espero que disfruten de esta historia mía. Es diferente a las demás. Nunca había escrito una historia de este estilo.
Solo para que lo sepan, es un harén inverso y habrá un final feliz <3