I.
El lugar se veía como uno de esos edificios antiguos que lucen sospechosamente bien conservados; como los que, además del paso de los años, han soportado huracanes y terremotos, pero aún parecen tener unos cuantos años de construidos; todo eso junto con una capa polvo que le daba aires de vejez.
La familia había ahorrado toda su vida, lo más que pudieron, incluso privándose de adquirir lo que no consideraban completamente indispensable. No era porque quisieran asegurar su retiro a cierta edad, al contrario, querían tener un negocio propio, uno en el que trabajasen sin tanto esfuerzo hasta el último día de sus vidas y que tal vez pudieran heredar a sus hijos, a los hijos de sus hijos y a todas las posibles generaciones a venir.
Antes de que lo imaginaran, mucho antes de siquiera estar listos para el compromiso de invertirlo todo, la oportunidad les llegó de la nada. El conocido de un conocido se había puesto en contacto con ellos para ofrecerles comprar un edificio completo, con todo el mobiliario y accesorios que alguna vez usó, cuando era un hotel.
Con ayuda de amigos y familiares voluntarios que parecían compartir su entusiasmo, la familia entera se había pasado toda la semana limpiando, acomodando, seleccionando y planeando. El señor Víctor, padre de la familia, incluso había solicitado algunos días de permiso en su trabajo actual, sin preocuparse realmente por la fecha en la que regresaría; si es que alguna vez volvía a su infeliz puesto de oficina.
Hasta ahora iban bastante bien, les habían quitado todo el polvo a las paredes del interior y los muebles. Ahora se estaban dedicando a limpiar todas y cada una de las habitaciones de cada uno de los siete pisos; realmente, se estaban dedicando a los primeros cuatro pisos, los últimos tres eran la razón por la que habían incluido en el trabajo de restauración a uno de sus sobrinos (hijo de la hermana de la matriarca), quien estaba ahí más por un compromiso obligado por lazos familiares que por iniciativa; junto a uno de sus propios hijos y el mejor amigo de este.
Después de haberle dedicado toda la semana al hotel, estaban empezando a cansarse, pero claro, no iban a contratar a trabajadores profesionales de limpieza con el poco presupuesto que les quedaba; en vez de eso, le habían ofrecido a la tercia de adolescentes lo que les parecía una cantidad de dinero suficiente como recompensa por ayudarles a desechar todo lo que se encontraba en esos últimos pisos ya que, a sabiendas de ellos, los últimos dueños los habían usado como bodegas para viejos muebles, antigüedades, decoraciones, e incluso pertenencias de varias generaciones anteriores de propietarios.
Janeth, la madre de familia, recibió con excesivo entusiasmo al amigo de su hijo, a quien después de tantos años había llegado a considerar como un hijo más, sin las preocupaciones de tener educarlo o alimentarlo, gracias al cielo.
Ya que al fin disponían de sus empleados honorarios, se dispusieron a repartirles las indicaciones necesarias para completar el trabajo lo más rápido y pronto posible. Al quedar tres plantas sin asear, lo lógico era repartirse en una cada uno. Los adultos se encargarían más tarde de la limpieza a profundidad, los chicos solo debían encargarse, por ahora, de clasificar todo lo almacenado en uno de los tres montones de cosas previamente seleccionadas: Tirar, guardar y vender.
La triada ingresó en el anticuado elevador, que aún funcionaba a la perfección, y presionaron los tres últimos botones del tablero. Después de un par de segundos y una ligera sacudida, el cubo metálico comenzó a subir, lento y vibrante.
La puerta se abrió por primera vez cuando en la pantalla digital se pudo leer "Pent1". Lucas, hijo de los nuevos dueños, fue el primero en poner un pie dentro de la extremadamente iluminada estancia, haciéndole una seña a Oliver, su mejor amigo, para que le acompañara.
En secreto y antes de reunirse, la dupla de amigos había decidido que trabajarían juntos, un piso a la vez, así no se aburrirían; además de que la idea les daba la impresión de que podrían terminar más rápido.
Alexander, el primo de Lucas, no estaba contemplado en sus planes, así que tendría que recorrer a solas el tramo vertical hasta el último piso y trabajar por su cuenta, lo que en realidad era el plan inicial. Con un gesto de hartazgo, miró por de nuevo a su primo y presionó el botón para cerrar las puertas, aún indeciso de si la acción de los dos chicos le provocaba más alivio o aflicción.
A menos de un par de horas de iniciadas sus labores, los amigos sintieron curiosidad (con una pizca de remordimiento), por saber lo que Alexander estaría haciendo solo. Habían descubierto una escalera que conectaba los tres últimos pisos del edificio, misma que decidieron usar como ruta para subir, así tomarían por sorpresa al solitario chico.
Lucas y Oliver avanzaron los últimos escalones de puntillas, acechando sigilosamente a ambos lados, habiendo llegado al final de la escalera; el elevador se ubicaba justo al frente, cruzando un amplio salón que tenía más facha de ser una tienda de antigüedades sin valor alguno, apiladas de manera que dividían la habitación en pasillos con paredes al nivel de la cintura.
Las puertas del elevador se encontraban abiertas, produciendo un ruido de golpe cada varios segundos, pues entre ellas se encontraba una enorme caja de madera que les impedía cerrarse. Alexander, probablemente, la había colocado ahí a propósito, con tal de evitar que Lucas y su amigo pudieran hacer uso del elevador; él quizá habría descubierto ya la escalera u otra forma de recorrer el descenso del edificio, o simplemente lo había hecho para evitar ser molestado en su propia soledad.
Lucas miró a Oliver con chasco y rompió el silencio de la semi penumbra para decir a modo seco y fulminante: -Te dije que era un imbécil-.
Ambos caminaron hacia el elevador para eliminar el bloqueo y poder bajar a continuar con sus tareas, sin mayor interés por encontrar a Alexander; quien salió de una de las puertas que rodeaban la habitación al mismo tiempo que ellos cargaban la empolvada caja de madera con la inscripción "Voodoo Express & Co.".
-¿Qué hacen aquí? -Dijo en voz alta a sus espaldas- Y, ¿Cómo subieron?
Ambos hicieron caso omiso, mientras dejaban la caja fuera del elevador, a los reclamos del tercer chico, quien caminaba hacia ellos con desconfianza.
-Solo queríamos ver qué tal ibas, -respondió finalmente su primo a la vez que inspeccionaba velozmente todo el espacio a la vista- pero, ni siquiera has hecho algo, ¿verdad?
-Iba a llevar esa caja abajo, pero tuve que ir al baño; y encontrarlo antes. -Respondió sin particular gusto en tener que dar explicaciones. -
Alexander se puso detrás de la caja, que estaba entre él y el ascensor, se agachó y empujó contra ella con todo su peso para hacerla entrar arrastrando.
-Deja esa cosa, vamos a bajar y no cabremos todos con la caja. -Le ordenó Lucas a su primo mientras bloqueaba con su pie el pausado avanzar de la caja-.
-Quítate. Yo estaba trabajando, ustedes vinieron a molestar -Alexander puso más fuerza en la caja mientras le lanzaba una mirada de odio a su primo-.
Ambos mantuvieron sus posiciones, mirándose fijamente a los ojos y cada uno aplicando más fuerza para no ceder contra el otro. La fricción de la alfombra y ambos chicos empujando en diferentes direcciones, junto con un desafortunado choque contra una esquina de las puertas metálicas, hicieron que la caja se volcara a un lado; llevándose con ella, hacia el suelo, a ambos chicos.
Oliver, que se había limitado a participar como espectador por la tensión del momento, finalmente soltó una carcajada que rompió con la seriedad del grupo.
Ambos se quedaron unos segundos derribados, tratando de comprender lo que había pasado, como siempre que uno se cae. Lucas lo había tomado con humor, mientras que Alexander tenía la cara completamente roja, lágrimas en los ojos y los dientes tan apretados que sentía que se romperían todos a la vez en cualquier momento.
Los clavos oxidados que sostenían la tapa de la caja habían cedido al desgaste del tiempo y la brusca sacudida, haciendo que su contenido se esparciera parcialmente sobre la raída alfombra. Nadie lo había notado, excepto Alexander, que era el único en la habitación que no se estaba riendo ahora.
El molesto muchacho fijó su mirada en el contenido de la caja que ahora estaba en el suelo; aserrín viejo y mohoso, unos curiosos muñecos de tela con pinta de ser hechos a mano con materiales baratos y un cuadernillo de papel con los bordes desgastados que lucía una advertencia como portada.
"Atención. Seguir cuidadosamente las instrucciones de uso puede prevenir (y causar) heridas serias o la muerte".
Alexander, con un gesto más relajado que antes y lleno de curiosidad, había comenzado a leer el instructivo, ignorando por completo la presencia de todos los demás ahí, quienes ahora se encontraban secándose las lágrimas de risa y sujetando su adolorido abdomen.
"Paso 1. Sujete el muñeco mirando hacia el destinatario.
1.1. Asegurarse de evitar la intrusión de un tercero antes de continuar al siguiente paso."
Alexander balbuceaba palabras en susurros a la vez que leía.
"Paso 2. Retire la cubierta de seguridad de la cabeza del muñeco para activar.
Paso 3. Mantenga en la misma posición por 7 segundos. El muñeco debe mirar siempre hacia el destinatario; si es necesario, mueva al muñeco en la dirección ideal.
Paso 4. Si ha realizado correctamente los pasos previos, el muñeco debería estar activado*. *Para comprobar su funcionalidad, pellízquelo en cualquier zona."
El instructivo contenía un par de páginas más con el resto de los pasos a seguir, aunque para este punto parecían innecesarios, además de las transcripciones a otros idiomas, algunos de ellos ni siquiera le parecían conocidos, o como mínimo reales, a Alexander. En las últimas páginas el cuadernillo finalizaba con la leyenda: "Voodoo Express & Company no se hace responsable de cualquier daño y/o pérdida material o biológica. Los productos Voodoo Express tienen garantía de funcionalidad, por lo que su uso es de completa responsabilidad del usuario. Las instrucciones de desactivación se venden por separado. Para soporte técnico o quejas, comuníquese al 01 800 VOODOO."
Para cuando Lucas rodeó la caja para ver con más detalle la abertura y lo que había salido de ella, su primo ya sostenía fuertemente, aunque temblando de rabia, uno de los muñecos con su brazo extendido hacia él.
-¿Qué haces, bruto? -Preguntó con fastidio.
-Viendo si funciona.
A Oliver de nuevo le estaba pareciendo graciosa la escena. Se acercó a los primos a la vez que cuestionaba para todos.
-Y, ¿Qué se supone que hac...?
Oliver no había dejado de moverse, acercándose a su amigo, por lo que justo cuando Alexander quitó una pequeña bolsa de terciopelo negro de la cabeza del muñeco, Oliver lo tuvo cara a cara, justo frente a él.
El joven, boquiabierto, observaba su propio reflejo en los cristalinos ojos del muñeco. Le parecían tan brillantes que ni siquiera había podido descifrar de qué color eran. Oliver sentía adentrarse cada vez más en los paisajes fractales dentro de los ojos del muñeco y, repentinamente, pareció perderse en sus pensamientos, mirando al infinito, lo cual a sus compañeros no les pareció algo anormal, sino hasta que pasaron varios, muchos, segundos.
Lucas le habló a su mejor amigo, le tocó la espalda y después le dio un zape en la cabeza, pero él seguía sin responder. Miró a su primo con incredulidad, este parecía parcialmente satisfecho al ver que el artefacto funcionaba.
Alexander encogió lentamente el brazo y miró al muñeco que yacía entre sus dedos. Acercó su otra mano al personaje de tela y le dio un tirón a uno de sus brazos. Justo en ese momento, un fuerte crujido los puso en alerta; Oliver, aún inmutado, lucía igual de firme de pie, pero repentinamente tenía uno de sus brazos mucho más caído que el otro, casi haciendo parecer que se había vuelto de algún material elástico que hacía que su extremidad se estirara poco a poco, como si quisiera alcanzar el suelo.
Lucas soltó un grito ahogado. Dio una zancada hacia su amigo y trató de regresar su brazo a su posición original. Lo sostuvo a la altura de donde originalmente debería encontrarse, dirigiendo la vista hacia cualquier otro lado, pues la sensación gelatinosa y textura antinatural del miembro ya le provocaba suficiente asco.
-¡Ayúdame, imbécil! ¡Haz algo! -Seguía gritando a su primo. A Lucas le había ganado el sentimiento de desesperación por sobre el asco- Oliver. ¡Oliver!
Sus intentos eran bastante poco útiles. Alexander solo observaba fijamente a Oliver y al muñeco repetidamente. Su gesto era de bastante asombro, pero también de terror. Sin previo aviso, soltó al muñeco y se llevó ambas manos a la boca, en un intento desesperado por contener el vómito repentino, que solo pudo ser contenido por un par de segundos antes de que se fugara, primero por sus fosas nasales y luego, finalmente, por la boca.
Sin querer, ahora el muñeco de Oliver se encontraba cubierto y dentro de un charco de líquido amarillo semi traslúcido. El Oliver real había caído al suelo sin que Lucas pudiera hacer algo para evitarlo, ahora tenía la piel enrojecida y con laceraciones formándose, cada vez más grandes y profundas, que dejaban varias partes al descubierto en carne viva. Nada parecía indicar que Oliver era consciente de lo que sucedía, a excepción de sus ojos, abiertos mucho más de lo que una persona los abriría cotidianamente, con el blanco de los ojos tornados de carmesí e hilos de lágrimas fluyendo sin parar.
Lucas miraba a su primo, que estaba de nuevo en el suelo, profiriendo violentas arcadas y gemidos de llanto, y quedándose sin respiración cada tanto. No se le ocurrió más que ir a esculcar en el resto del contenido de la caja de madera; se agachó delante de la caja, a un lado de su primo, quien no parecía poder hacer nada más que seguir llorando y asfixiándose con la sensación de vómito en su garganta. Tomó el instructivo y hojeó velozmente las húmedas páginas, teniendo que repasarlas varias veces para poder comprender el contenido. Ninguna información parecía ser de utilidad, por el contrario, la contraportada del manual rezaba:
"Este producto se encuentra en fase experimental y nunca ha sido probado en humanos fuera de ambientes estrictamente controlados. Los efectos secundarios podrían variar en función de la fecha, hora y condiciones climáticas o astronómicas."
Lucas tomó un muñeco nuevo y lo observó con detenimiento, inspeccionándolo cuidadosamente y tratando de concentrarse en averiguar qué podía hacer para remediar algo (lo más que le fuera posible tomando en cuenta a su amigo inconsciente y su primo sollozando junto a él).
Miró al muñeco tendido suavemente sobre su mano y le quitó la cubierta de la cabeza, siendo sus brillantes, hermosos e infinitos ojos lo último de lo que tuvo consciencia.