Uno - Freya
Me había pasado la vida entera metida en bares. De niña, me quedaba en un rincón mientras mis padres se emborrachaban. De adulta, me tocaba estar detrás de la barra limpiando mesas. No se me escapaba la ironía de la situación. Ahora que me había ido de Chicago con la esperanza de no volver nunca, estaba en un bar otra vez. Mindie me había hecho un favor enorme y yo estaba agradecida. Quería demostrarle que no era una perdedora, aunque ella supiera bien que mis padres sí lo eran.
—¡Freya, ¿puedes traer otra caja de whisky?! —me gritó desde arriba. Solté un quejido mientras lograba subirla por las escaleras y arrastrarla hasta la barra.
—Gracias, dulzura —me dijo con una sonrisa. Llevaba el pelo teñido de rubio por la barbilla y un vestido demasiado provocativo para su edad, pero yo no era quién para juzgarla. El bar Hammers había pertenecido a su familia desde antes de que ella naciera. Era un sitio pequeño en una calle secundaria de Peoria, Illinois. El clásico bar de pueblo con suelos y barra de madera, y mesas repartidas por aquí y por allá. Había pocos clientes. Uno levantó la mano, me acerqué con una cerveza nueva y me llevé la botella vacía. —¿Puedes abrir tú mañana? No me gusta pedírtelo, pero... —empezó Mindie.
—Claro, no tengo nada más que hacer —respondí riendo mientras pasaba un trapo por la barra. Mindie me había dado trabajo por dos razones. Ella necesitaba personal desesperadamente y yo necesitaba salir de Chicago como fuera. Además, conocía a mi madre, o al menos a la mujer que fue antes de volverse una alcohólica perdida.
—Ya harás amigos pronto, dale tiempo, dulzura —me aseguró Mindie. La verdad es que era una mujer encantadora.
—Bah, no me importa —dije encogiéndome de hombros y apartándome el pelo de la cara. Tenía que volvérmelo a teñir. El rojo se estaba borrando y asomaba un castaño aburrido. Normalmente me tocaba el turno de mañana, pero Mindie tenía que irse pronto y yo estaba dispuesta a ayudarla en lo que hiciera falta. Ella me consiguió un apartamentito diminuto arriba de una carnicería a un minuto de aquí. Me vino de perlas porque llegué a la ciudad sin tener donde caerme muerta. Me arrodillé detrás de la barra para limpiar la nevera de las cervezas cuando oí sonar la campana de la puerta.
—Chicos, ya se saben las reglas —dijo Mindie con firmeza. Me puse de pie y se me abrieron los ojos como platos. Entró un grupo de hombres con cascos de moto negros y brillantes. Sus chaquetas hacían juego. —¡Fuera cascos! —les gritó Mindie. Ellos se acercaron a la barra y se los quitaron.
—¿Por dónde han andado, muchachos? —preguntó Mindie mientras los demás hacían lo mismo. Eran unos cuatro, pero mis ojos se clavaron en el que estaba en medio. Tenía el pelo oscuro, corto por los lados y más largo arriba, peinado con una raya que dejaba caer un mechón sobre la cara. Tenía la mandíbula marcada y la nariz fuerte. Aunque llevaba la chaqueta de cuero, se le veían tatuajes por el cuello y en las manos al apoyarlas en la barra.
—En Rockford —respondió con voz ronca mientras me miraba. Tenía los ojos grises. Tragué saliva con dificultad al ver cómo brillaba el diamante que llevaba en la oreja derecha. —¿Quién carajo es esa? —preguntó señalándome y volviendo a mirar a Mindie.
—Es Freya, mi chica nueva. ¿Cervezas? —preguntó Mindie. Él asintió lamiéndose el labio inferior. —Están en el estante de abajo —me dijo Mindie. Volví a la realidad y puse cuatro botellas sobre la barra. —Trip, ¿puedes conectar este puto barril? —le pidió Mindie a otro tipo de pelo oscuro, más bajito y con barba. Me aparté para dejarle sitio. —Gracias, dulzura —suspiró Mindie.
—¿De dónde eres? —me preguntó el hombre. Volví a tragar saliva, sentía un nudo en la garganta.
—De Chicago —solté con un hilo de voz.
—¿En serio, Mindie? —se burló él, y ella dio un manotazo en la barra.
—Deja a la niña en paz, Raze, te lo digo en serio —ladró ella. El que estaba con el barril, que creo que se llamaba Trip, se levantó y me sonrió.
—No le hagas caso, no le caen bien los desconocidos —se rió mientras salía de detrás de la barra.
—¡Vayan a sentarse a beber su puta cerveza, vamos! —gritó Mindie señalando hacia el fondo. Se sentaron en una mesa redonda, en un rincón del bar.
—No les hagas caso, pero si te dicen alguna mierda, tú se la devuelves —me dijo con tono impertinente.
—¿Quiénes son? —pregunté, todavía apoyada contra la nevera de las bebidas.
—Por aquí las motos lo son todo —dijo encogiéndose de hombros mientras abría la caja para cobrarle a un cliente. —Son The Knights. ¿Y Raze? —preguntó ella. Yo asentí, entendiendo que se refería al que estaba para morirse de guapo. —Él es de los que mandan. Los otros son solo miembros, pero protegen mi local. Si ellos están aquí, los más viejos no tardarán en llegar —añadió soltando una carcajada con su voz ronca.
—¿Los más viejos? —pregunté con curiosidad. En Chicago veía moteros todo el tiempo, pero solían ser tipos gordos en una Harley Davidson. Nada que ver con lo que acababa de ver.
—El presidente y el vice, Banks y Jett. Aunque no lo creas, son más simpáticos —se rió con una carcajada ronca mientras contaba unos billetes. Miré hacia la mesa y vi que uno levantaba la mano. Supuse que querían más, así que les llevé otras cuatro botellas y me llevé las vacías. Estaban hablando. Raze estaba recostado con las manos en la nuca. No pude evitar quedarme mirándolo unos segundos antes de volver a la barra y tirar los cascos al contenedor de reciclaje.
—Voy a cerrar la caja —dijo Mindie yéndose a la parte de atrás con el fajo de billetes. Yo aproveché para ordenar un poco. El bar se iba llenando según avanzaba la noche. Mindie salió y se puso a secar vasos mientras yo servía cervezas. Raze y los demás volvieron a la barra.
—Mindie, toma —dijo Trip entregándole unos billetes.
—Gracias, chicos —asintió ella abriendo la caja. Miré hacia arriba cuando ya iban por la mitad de la puerta. Raze se estaba poniendo el casco, pero se subió la visera para que pudiera verle la cara.
—Oye, Chicago, tienes un culo que haría que hasta el papa se quedara mirando —dijo con picardía. Yo puse los ojos en blanco.
—¡Vete a la mierda, Raze! —gritó Mindie. Se giró hacia mí en cuanto salieron.
—Un consejo, dulzura: evita al puto Raze como si fuera la peste —me dijo chasqueando la lengua.