Capítulo 1
Las cosas estaban a punto de cambiar y yo no estaba lista para eso.
Desde hacía unos minutos, alguien golpeaba mi puerta sin descanso.
Habría abierto si no fuera porque sabía una cosa. En cuanto lo hiciera, la normalidad que tanto me costó crear dejaría de existir.
A decir verdad, sería más fácil volverme a dormir. Podría estar bajo el sol de las Bahamas con una piña colada en la mano y sin ninguna preocupación a la vista.
Pero si algo he aprendido en la vida, es que huir de los problemas nunca funciona.
Y así es como terminé en este lío.
Con un suspiro de resignación, me levanté de la cama y me puse la bata. Caminé sin ganas hacia la puerta para abrirla.
En cuanto abrí, me encontré con un par de ojos azul océano.
—¿Tienes idea de lo preocupado que estaba por ti? —dijo Alec, entre aliviado y frustrado.
—Hola, querido hermano, a mí también me da gusto verte —respondí, aunque desvié un poco la mirada por la intensidad de la suya.
Alec entrecerró los ojos y frunció el ceño mientras me miraba fijamente. Parecía molesto. Era una imagen extraña, porque él no parecía el tipo de persona capaz de matar a una mosca.
Las chicas de mi manada solían decirle que era un "carita". Tenía el cabello negro como el ala de un cuervo, ojos azules penetrantes y pestañas largas. Eran rasgos que claramente heredó de nuestra madre. Podría haber salido de un drama coreano y nadie lo dudaría.
Por otro lado, yo era de lo más común. Heredé los ojos y el cabello castaño oscuro de mi padre. De mi madre saqué la cara en forma de corazón y la piel bronceada. Siempre quise tener esos ojos azules tan lindos, pero Alec se acaparó todos los genes buenos.
Por desgracia, lo único que Alec y yo teníamos en común era una marca de nacimiento en la muñeca. Era una marca que él siempre me insistía que mantuviera oculta.
—¿Sabes los problemas que pasé para encontrarte? —preguntó Alec con tono cortante.
Apreté los labios porque sabía que tenía razón al estar enojado. En el fondo, sabía que no quería regañarme. Era solo su forma de demostrar que le importaba.
—Lo siento, Alec, es que ya no soportaba ese lugar —dije, apretando los puños al recordar por qué me fui.
Hace un mes escapé de mi manada por lo pesado que era el ambiente. Felix, nuestro Alfa, era un hijo de puta cruel que siempre agarraba de bajada a los hombres lobo más débiles.
Como Omega, yo sabía muy bien lo que eso significaba. Después de todo, yo estaba en lo más bajo de la jerarquía.
—Michelle —comenzó Alec, con voz más suave al escucharme—. Te entiendo, de verdad que sí, pero lo que hiciste podría costarte la vida. No puedo protegerte de Felix por mucho que quiera, él es... —Alec se detuvo con una expresión amarga—, nuestro Alfa.
Me clavé las uñas en la palma de la mano para controlar mis emociones. Tenía razón, lo que hice iba contra la ley de la manada. Fui una tonta al pensar que podía escapar. Creí que por fin sería libre de la opresión en la que siempre viví. Pero si Alec pudo rastrearme, Felix también podría.
—Ve a empacar tus cosas. Vamos a volver antes de que sea tarde y alguien le diga que te fuiste —dijo Alec. Entró al apartamento, pasó a mi lado y revisó el pequeño lugar con la mirada.
—Alec, odio ese lugar —dije cruzándome de brazos—. Quizás si me ayudas, pueda escapar para siempre.
Alec caminó hacia el sofá y agarró un osito de cristal que adornaba la mesa de centro. —No, es muy arriesgado —dijo inspeccionando el oso—. Le he dicho a todos que estás enferma. Es la única razón por la que nadie le ha avisado a Felix. Pero la gente ya sospecha.
Suspiré.
Por supuesto que no sería tan fácil. Aunque la manada era grande, siempre había ojos de chismosos por todas partes.
—No hay salida, ¿verdad? —dije derrotada.
Alec negó con la cabeza. —Lo siento, Michelle, no la hay... pero no te preocupes. Yo te protegeré del resto de la manada como siempre lo he hecho.
Esbocé una sonrisa débil. Alec siempre me había protegido, incluso de niños. Me cuidaba de los Kappa, Iota, Zeta y Epsilon que querían hacerme la vida imposible. No me malentiendan, yo sabía defenderme con palabras, pero cuando veían que no podían ganarme, se iban a los golpes.
Por desgracia, esa era mi debilidad. Ahí es cuando Alec intervenía y les ponía una paliza a todos los que se atrevieran a tocarme.
Pero repito, no soy ninguna dejada. Tengo una lengua afilada que podría matar a alguien mientras duerme. Muchos me odian por eso, pero no puedo evitarlo. Decir lo que pienso siempre ha sido mi forma de defenderme.
A los únicos que perdonaba eran a Alec y a unos pocos amigos cercanos. ¿A todos los demás?
Que se vayan a la mierda.
—Te espero en el coche —dijo Alec, encaminándose a la puerta.
Lo vi irse y solté un pesado suspiro.
—Está bien —murmuré, yendo a mi cuarto a empacar.
Parecía que las cosas sí iban a cambiar. Solo esperaba que fuera para mejor.