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El sonido estridente de una explosión aturdió sus sentidos; tras su paso, una ráfaga de destellos blanquecinos nubló su vista, sumergiéndola en un remolino de luces de diferentes colores, que fueron, poco a poco, atenuándose. Hasta dejarla inmersa en una densa oscuridad que por algún motivo le parecía como si estuviera cayendo dentro de un abismo.
En este escenario desolador, lo único que sentía era el latir desbocado de su corazón, acompañado de un terror indescriptible que la hacía temblar. De pronto, aquellas sensaciones se interrumpieron por un chillido agudo y desesperante, que se iba incrementando de a poco; pero que de alguna manera la estaba ayudando a que la luz comenzara a filtrarse en aquel horrible lugar.
La densa oscuridad fue atenuándose con el pasar de los segundos, dejándola ver manchas deformes, que luego tomaron forma definida.
Dos de estas manchas se movían desesperadas a su alrededor; cuando pudo ver con mayor claridad, descubrió que eran dos hombres. Uno de ellos era joven, con el cabello rizado que se movía libre con sus movimientos, mientras que el otro era de mayor edad, ya que su rostro mostraba las huellas que el tiempo nos dejan, además de que su escaso cabello estaba blanquecino, así como su largo y puntiagudo bigote.
Ambos guardaban un parentesco cercano, que a simple vista era difícil de notar, no solo por su complexión, ya que el más joven era delgado y el otro más grueso, sino por sus facciones. El más joven había heredado los rasgos de su madre de cabello rizado y rojizo, y muy pocos de su padre, que en su juventud llevaba el cabello castaño claro.
Ambos hombres hablaban y manoteaban con desesperación hacia un tercero que no alcanzaba a ver por la posición en la que se encontraba, tirada boca arriba en el piso, de donde solo podía ver el techo de madera y a los dos hombres.
Trato de entender lo que ellos decían, pero le parecía todo tan confuso, hasta que nuevamente el agudo y desesperante chillido la invadió.
Cerró los ojos con fuerza al mismo tiempo que se tapaba las orejas pensando que así evitaría escucharlo, pero este se encontraba solo en su cabeza y cada vez le parecía más irritante; hasta que de pronto, su cuerpo reaccionó, arqueándola por instinto y vomitando todo el almuerzo sobre las zapatillas de los dos presentes.
Los hombres dieron un salto y se pusieron de puntillas; el más joven comenzó a asquearse y hacía sonidos como si estuviera a punto de vomitar su comida, también sobre las zapatillas manchadas de su padre, el hombre de bigote puntiagudo.
—¡Pero qué asco! ¡Aléjate de mí, Hugo! —Lo apartaba su padre, empujándolo con brusquedad fuera del pequeño cuarto donde la mujer los atendía.
Toda aquella escena le parecía tan hilarante que, bajo otras circunstancias, se hubiera arqueado, pero de la risa y no por el vómito, pero se sentía tan débil y masacrada que solo podía respirar y sonreír apenas, tirada aún sobre el piso manchado con su vestido verde oscuro, también sucio por el vómito.
Un brazo levantó su cabeza, procurando no jalar su cabello suelto, mientras otro la jalaba hacia arriba, tomándola por su cintura para que pudiera incorporarse y apoyarse sobre la pared; entonces pudo distinguir al tercer hombre. Por la posición en la que la había ayudado a levantarse, tenía su rostro delgado muy cerca del suyo, sus labios rosados y ojos miel le recordaban a alguien, pero el que estaba viendo era más joven, además de que a su piel blanquecina parecía faltarle su brillo habitual. Entonces, por inercia le hablo:
—Eben… —dijo casi en un susurro, pero para la aguda audición del joven elfo fue bastante claro.
—No, mi señora, mi nombre no es ese –dijo el joven al mismo tiempo que limpiaba suavemente la boca de la mujer con un pañuelo áspero y percudido.
—Es cierto —La mujer sonrió al darse cuenta de su error; quizás su rostro era muy parecido, pero este joven no era él, sino su aprendiz.
El joven elfo se levantó nuevamente, no sin antes acomodar el vestido de la adivina y aventar unas sábanas sobre el deshecho para que se absorbiera y no tocara a su señora; se acercó al hombre de bigote puntiagudo que buscaba cómo limpiarse sus zapatillas café manchadas de líquido amarillento y verdoso. Le tendió, agachando su cabeza en modo de respeto, otro pañuelo percudido, a lo que el hombre hizo una mueca de repudio, pero, sin otra solución a la mano, lo tomó sin decir ni un gracias.
Los seres mágicos, como el aprendiz, eran repudiados solo por ser lo que la naturaleza les designó. Y los humanos ostentaban su superioridad solo por no ser tan allegados a la magia y a la naturaleza como ellos lo eran.
Pero había personas, humanos, con la excepción de que la magia fluía por sus venas como el líquido rojizo que bombeaba su corazón. Este era el caso de la dama sentada en el suelo, que además de una singular magia, poseía rasgos de tierras lejanas, de piel morena y ojos miel como el elfo, pero con el cabello tan oscuro y brilloso que era difícil no verla cuando andaba por la ciudad.
—Lady Mirari —El hombre se dirigió a la mujer sentada, recargada sobre la pared de piedra fría y grisácea—, me queda claro que lo que acaba de ver fue desgastante y perturbador, claro, todo lo que se trate de ese lugar es espeluznante. ¡Un lugar situado en los confines del mismísimo averno!
Mirari no respondió; se preguntaba quién era aquel hombre vestido tan peculiar, con una túnica verde claro con detalles dorados, ajustada con un cinto dorado debajo de su estómago abultado, detalle que lo hacía sobresalir aún más. La vestimenta de aquel hombre le recordó a la que usaban aquellos que pertenecían a un estatus social y económico elevado, como la de un cortesano.
El hombre en cuestión, un cortesano del rey, suspiró preocupado, no solo por la condición en la que esta predicción había dejado a la adivina más prestigiosa del reino y de las provincias cercanas, sino porque sus esfuerzos por detener la batalla que se acercaba parecían inútiles.
Las familias más influyentes de las tres provincias cercanas habían estado mostrando su inconformidad al rey ante la baja en las riquezas de los pueblos que dirigían. Era bien sabido que invadir otros pueblos y reinos podía mejorar esta situación, pero los reinos a los que se podían enfrentar eran, además de fuertes y estratégicos, lejanos. Por lo que plantearon la posibilidad de invadir aquel reino que se escondía tras el bosque, al que nombraban tal cual, el reino escondido.
Sin embargo, el reino escondido era tan difícil de acceder que solo se conocía un camino: atravesando el bosque oscuro. Era de esta manera, ya que se encontraba acunado por una cordillera difícil de cruzar.
El reino que no conocían era prácticamente una leyenda contada de boca en boca, cada una con la versión de sus hechos, sazonándola con un poco de esto o de aquello, pero que al final coincidían en algo todos estos cuentos: algo acechaba en la oscuridad; algo que acababa con ejércitos enteros y quienes lograban regresar, lo hacían trastornados, fuera de sí y jamás volvían a decir palabra alguna.
Aterrado por todos estos relatos, el cortesano buscó la valiosa ayuda de Lady Mirari y que le confirmara si la incursión que su rey y las tres familias importantes de las provincias estaban planeando a esta región tendría resultados desastrosos o exitosos, o al menos, que no todos los soldados desaparecieran como los de estos cuentos.
Pero no esperaba que Lady Mirari se desplomara ante sus ojos al ver en su bola de cristal y perdiera conciencia de sí misma hasta la locura, o así le pareció a él.
—¡Papá! —gimoteó el otro hombre a sus espaldas, entrando al cuarto con brusquedad, interrumpiendo sus reflexiones —. ¡Mis zapatillas están mojadas! Vomité allá afuera y me siento mareado. ¡Vámonos de una vez!
Casi a modo de un reclamo caprichoso, el joven hombre hacía ademanes de indignación hacia su padre, mientras que él se llenaba de una sensación bochornosa más que de molestia.
El cortesano del rey sonrió con educación y se despidió, no sin antes acentuar que todo lo que había pasado esta tarde, incluyendo el berrinche de su progenie, quedaba entre los presentes.
A lo que el joven elfo asentó, agachando su cabeza cubierta por un paliacate para evitar que su cabello cayera sobre sus ojos cada vez que hacía aquel movimiento que mostraba su obediencia.
—Por favor, despídeme con mayor propiedad cuando Lady Mirari se encuentre mejor —Dio media vuelta, pero se detuvo en seco y volteó nuevamente—. ¡Ah! Y recuérdale que la próxima cita para “el día de las predicciones” será en 2 días; el rey espera visitas pronto y quiere que ese pendiente, que se ha estado posponiendo tanto, quede ya resuelto. Odia la inconformidad de los pobladores, además de que la reina quiere una predicción antes de que arriben las 3 familias. Recuérdalo, elfo, es importante.
—Por supuesto, Señor Consejero Barbone —Su cabeza se mantenía agachada, mostrando su obediencia y atención.
El cortesano salió satisfecho con la educación impecable que la adivina le dio a aquel ser repulsivo, que deseó que lo mismo hubiera hecho él con su hijo mayor, que seguía quejándose por sus zapatillas estropeadas.