TWELVE: PURPLE VELVET VOL 1

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Sinopsis

En un mundo donde la fantasía y la tecnología se entrelazan, un sueño oscuro atormenta a Lodgarth, un joven con un misterioso poder que aún no comprende. Mientras duerme, presencia la llegada de una entidad infernal que arrasa un pueblo sin piedad, dejando tras de sí muerte y caos. Pero, ¿es solo un sueño… o un recuerdo de algo mucho más grande? Al despertar, descubre que su cuerpo reacciona de manera inusual. Su poder se descontrola, y Ogún, su padre adoptivo, deberá intervenir antes de que el caos lo consuma. Sin saberlo, este es solo el primer eslabón de una cadena de eventos que los arrastrará a una aventura donde la diversión pronto se convertirá en peligro.

Estado:
En proceso
Capítulos:
10
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n/a
Clasificación por edades:
16+

Por un poco de diversión . Parte 1

Capítulo 1

“Por un poco de diversión”

Gaia, un mundo vasto y lleno de contrastes. Sus verdes praderas se extienden hasta donde alcanza la vista, sus mares salados rugen contra costas inhóspitas, y sus montañas nevadas se alzan como colosos ancestrales. En su corazón, entre los reinos de piedra y las civilizaciones de metal, existe un pueblo rural de apariencia medieval donde convergen diversas razas. Humanos, racoons, cerdos y werewolves comparten la cotidianidad de un mercado bullicioso, entre risas, comercio y el tintineo de monedas de cobre.

En el centro de la plaza, una imponente estructura de piedra domina el paisaje. Su torre se eleva hasta tocar las nubes, y en lo más alto, una media luna adorna el pináculo, sosteniendo el símbolo de Alfa y Omega. El sol, reflejado en sus vitrales, proyecta destellos de colores sobre el empedrado. Es el santuario de las deidades celestiales, el corazón de la fe en aquella comunidad.

A lo lejos, sobre una colina cubierta de flores, una niña de cabello rojo danzaba despreocupada entre los tallos en flor. Su tez blanca contrastaba con el verdor del campo, y su sonrisa era radiante, pura. Llevaba una canasta en el antebrazo, llena de girasoles que recogía con alegre entusiasmo. A cada paso, a cada salto, su risa se mezclaba con el canto de los pájaros.

—¡Margaritas, azucenas…! —enumeraba encantada— ¡Girasoles! ¡Todas son hermosas!

Más abajo, junto a un lago de aguas cristalinas, un niño de tez aceitunada y cabello oscuro observaba su reflejo en la superficie. Vestía un overol gastado, con uno de sus tirantes rotos, y sus pies descalzos chapoteaban suavemente en el agua. El humo ascendía perezoso desde la chimenea de una casa de campo cercana.

Madeline, aún brincando, llegó hasta él. Su mirada tierna lo saludó antes de fijarse en el tirante roto de su overol. Sin decir palabra, ató la tela desgastada a una flor y, con una sonrisa luminosa, adornó la prenda con su improvisada solución.

—Ejem… —murmuró el niño, rascándose la nuca, un leve rubor asomándose en su rostro— Gracias, Madeline.

—Ni lo menciones, Lorien. —respondió ella con dulzura, cerrando los ojos con una expresión risueña— No puedo permitir que mi mejor amigo ande con su overol hecho jirones, ¿no es así?

—Ejem… supongo que no —contestó, desviando la mirada.

A pocos metros de ellos, un racoon de baja estatura, con hocico afilado y orejas inquietas, colgaba la ropa en un tendedero mientras silbaba una melodía animada. Llevaba un delantal demasiado grande para su diminuto cuerpo y sacudía la cabeza de vez en cuando, frustrado por la brisa juguetona que amenazaba con arrebatarle las prendas.

Desde la ventana de la casa de campo, una mujer rubia y de rostro amable asomó la cabeza. Su nariz refinada y sus ojos serenos irradiaban calidez materna mientras llamaba a la niña con voz melodiosa.

—¡Madeline, ven ya! Y dile a tu amiguito que se quede a cenar.

—¡Ya voy, mamá! —respondió la niña con entusiasmo.

La mujer alzó la vista, frunciendo el ceño con preocupación. Hasta hace un momento, el cielo estaba despejado, pero ahora, una densa capa de nubes comenzaba a acumularse en el horizonte.

—Rápido, Madeline. —insistió— Parece que se avecina tormenta, y la sopa se enfriará.

El racoon chasqueó la lengua, cruzándose de brazos.

—¡Rayos! Este clima está cada vez más loco…

Madeline corrió hacia la casa, saltando y tarareando una canción infantil, pero antes de llegar, su pie tropezó con una raíz oculta. Soltó un leve grito de sorpresa y cayó de rodillas en la hierba, esparciendo sus flores por el suelo.

Mientras se incorporaba, frotándose las palmas de las manos, notó algo extraño. Se detuvo un instante, parpadeando, y levantó la mirada.

El cielo se había teñido de negro.

No era la llegada habitual del crepúsculo. Aquellas nubes eran densas, oscuras, casi líquidas en su espesor. No se movían con la brisa, parecían arrastrarse con una voluntad propia, como si algo estuviera gestándose dentro de ellas.

El viento se detuvo.

El lago, antes reflejo cristalino del mundo, se tornó opaco.

Y entonces, el primer trueno rasgó el firmamento.

En el pueblo, el fenómeno captura la atención de todos. Sus rostros iluminados por la luz del sol se oscurecen poco a poco bajo la amenaza de unas nubes negras y densas, cargadas con extraños destellos rojos que giran en espiral sobre la torre más alta. En el centro de este torbellino, una intensa luz carmesí brilla con un resplandor ominoso.

—¡Miren allá! —grita alguien con voz quebradiza.

El pueblo entero queda paralizado, hipnotizado por la visión de aquel funesto presagio.

A las afueras, la pequeña casa junto al lago queda sumida en sombras. Lorien se pone de pie, sus pies descalzos aún húmedos, y se gira hacia Madeline. Ella, aún en el suelo, intenta recoger sus flores con manos temblorosas, pero no puede apartar la mirada del firmamento. La madre de la niña, inquieta, empuja la puerta de madera con urgencia.

—¡Rápido, Madeline, la tormenta se acerca!

La estructura de la iglesia cruje. La fuente se parte en dos. El suelo tiembla. Un rugido infernal desgarra el cielo y, del centro de la tormenta oscura, un mandoble gigantesco desciende como un meteoro. Golpea con fuerza en la fuente del pueblo, destrozándola en mil pedazos. La onda expansiva lanza por los aires a los desafortunados que se encontraban cerca.

Cuando el polvo se disipa, la gente aterrorizada contempla la figura colosal que ha descendido con la espada. Una sombra bestial con cuernos rodeando su cuello y otros dos sobresaliendo de su frente. Sus ojos, ardientes como lava, iluminan la penumbra, revelando una piel rojiza y garras afiladas que sostienen el tenebroso mandoble. La figura, ahora completamente visible, exhala una voz gutural que hiela la sangre de todos los presentes.

—Patéticos e insignificantes… han tenido el infortunio de presenciar al señor del Inframundo con sus propios ojos.

Su sombra se expande, adquiriendo formas monstruosas. A su alrededor emergen ocho figuras, cada una con una silueta grotesca: un coloso de músculos, una bestia rechoncha de insaciable apetito, un sabueso espectral de fauces descomunales, un goblin de garras afiladas que se relame con ansias, un ser esquelético con un cerebro grotescamente expuesto, una criatura flotante de medio cuerpo con una corona de arco y, finalmente, una presencia femenina envuelta en penumbras.

A la señal de su amo, sus ojos y bocas infernales comienzan a brillar con el mismo fulgor carmesí.

Baratrax, con una sonrisa macabra, alza un brazo y da su sentencia:

—¡Mis Engelgards…!

Las sombras se tensan, ansiosas por la orden.

—¡Destrúyanlos!

Los Engelgards se desatan como una plaga imparable. En un abrir y cerrar de ojos, el sabueso sombrío desgarra las piernas de sus víctimas, saboreando el pánico antes de arrancarles la yugular. A su lado, el goblin oscuro atraviesa los pechos de los caídos, sacando sus corazones solo para inspeccionarlos con curiosidad y desecharlos con indiferencia.

—¡Piuk! Demasiada soberbia… —Nightmare sacó su escarpada lengua rojiza con asco—. ¡Yiak! Mucha vanidad… —Se giró hacia sus compañeros de matanza con su gangosa voz—. Malditos pueblerinos de corazón impuro… ¡arruinan su sabor!

Una voz femenina, distorsionada por la locura y la lujuria, le respondió con desprecio:

—Tonto, Nightmare… Tú y tu estúpido fetiche por los corazones. ¿Cuándo aprenderás…? —Sus dedos, oscuros y etéreos, acariciaron el rostro de un cadáver recién seco—. Nadie es digno.

En otro extremo, los aldeanos que intentaban huir fueron atrapados por una fuerza telequinética. El raquítico Engelgard de cabeza desproporcionada los atrajo hacia su rango de influencia con un gesto de su mano esquelética. Sus víctimas flotaron unos segundos en el aire, con los rostros paralizados por el terror, hasta que un Engelgard musculoso los aplastó con sus enormes brazos, reduciéndolos a una masa irreconocible de sangre y huesos rotos.

No muy lejos de allí, el Engelgard rechoncho y voraz abrió una boca grotesca en su propio estómago, una grieta antinatural y plagada de dientes afilados. Succionó con violencia a vivos y muertos por igual, devorando sin distinción.

La silueta femenina se movía entre los hombres como una cazadora, sus labios oscuros susurrando palabras ininteligibles antes de besarlos apasionadamente, drenando su vida con un placer perverso. Al separarse, solo quedaban restos arrugados, cuerpos consumidos hasta la última gota de vitalidad. Mientras tanto, el Engelgard de la corona levitaba con los brazos cruzados, observando la masacre con una sonrisa de satisfacción.

Pero Nightmare, frustrado por la falta de corazones puros entre los cadáveres, se detuvo de repente. Sus fauces se entreabrieron en una sonrisa de dientes irregulares y escurridizos, su hocico vibró al percibir un latido distinto.

—Hmmm… —olfateó el aire con deleite—. Dos corazones limpios... al fin algo que valga la pena.

Desde la casa del lago, los gritos de los aldeanos resonaban como ecos de una pesadilla. Madeline, su madre y el pequeño racoon estaban petrificados en el pórtico, sus cuerpos temblando de puro terror. La mujer, con el instinto de una madre desesperada, intentó llamar a Lorien, quien corría hacia ellas con todas sus fuerzas.

—¡Vamos, rápido! —gritó con urgencia.

—¡Solo un poco más! —suplicó Madeline con los ojos anegados en lágrimas.

El niño estaba a punto de alcanzarlas. Solo unos metros más.

Pero no lo logró.

La sombra se deslizó sobre él con un movimiento antinatural, fría, hambrienta, ineludible. Una garra oscura y afilada emergió del Engelgard y se hundió en su pecho con precisión quirúrgica. Un jadeo entrecortado escapó de sus labios. Su pequeña figura quedó suspendida en el aire unos instantes, con los ojos muy abiertos, antes de que la vida lo abandonara.

Madeline no pudo ni gritar.

El Engelgard extrajo su mano lentamente, sosteniendo en su palma el corazón aún latente del niño. Con una sonrisa demente, lo acercó a su rostro y aspiró su aroma como si fuera un néctar divino.

—Ahhh… Al fin… algo de inocencia.

El cuerpo de Lorien cayó pesadamente al suelo, teñido de rojo sobre la hierba verde.

La madre de Madeline reaccionó al fin. Con lágrimas en los ojos, con la garganta cerrada por el pavor, logró dar un paso atrás y, con un último impulso de instinto maternal, cerró la puerta de golpe.

Pero el demonio seguía allí, afuera, saboreando su presa.

Y no tenía prisa.

Dentro de la casa, envuelta en penumbras, la madre de Madeline recibe una descarga de instinto protector. Con manos temblorosas, arrastra una silla y la encaja contra la puerta, atrancándola con la esperanza de ganar algo de tiempo. Toma a su hija de la mano y la conduce hacia el rincón más recóndito del hogar, buscando un refugio donde la sombra de la muerte no las alcance. El pequeño racoon, en un acto reflejo de supervivencia, desaparece en su madriguera secreta, ocultándose del terror que acecha tras los muros.

La madre encuentra un espacio estrecho detrás de una estantería de víveres y, con su corazón desbocado, se acurruca con Madeline, rodeándola con sus brazos en un desesperado intento por infundirle seguridad. Su aliento es errático, pero con voz temblorosa intenta calmarla.

—Respira, mi amor… respira lento… —susurra, su mirada húmeda clavada en los ojos de su hija—. Mírame, cariño… aquí estaremos a salvo. Solo… —su voz se quiebra, traicionada por su propia incertidumbre—. ¡Shhh! Guarda silencio.

La luz del fuego en la chimenea y el titilar de unas pocas velas bañan la casa con un resplandor mortecino. Las sombras danzan en las paredes como si la propia oscuridad estuviera acechando, hambrienta. Desde las rendijas de la ventana cerrada, el sol ha desaparecido. Solo los siniestros destellos rojos de la tormenta infernal iluminan el cielo como presagios de muerte.

Los golpes en la puerta resuenan con fuerza, cada impacto más feroz que el anterior.

—Señor, protege lo que cubre la faz de tu magnífica creación… —susurra la mujer con los ojos cerrados, su voz quebrada por el miedo—. Te imploro… protégenos de este inhóspito mal.

Sus dedos entrelazados tiemblan con fervor.

—En la oscuridad, sé mi luz. En la soledad, sé mi compañía… Alpha & Omega, sé nuestro refugio…

Las palabras llenan la habitación con un eco solemne, resonando en cada rincón como una súplica desesperada. El mundo exterior parece contener la respiración. La tormenta ruge, pero dentro de la casa se instaura un silencio sepulcral. La madre abre uno de sus ojos, buscando una señal de que sus plegarias han sido escuchadas. La quietud le hace pensar que la pesadilla ha terminado. Se permite un instante de fe y, aferrándose a esa esperanza, comienza a incorporarse.

Madeline, con su diminuto cuerpo temblando, la mira con angustia.

—No te levantes, mami… por favor… —su voz es apenas un murmullo, un último ruego cargado de miedo.

La mujer le acaricia la mejilla con ternura y le dedica una sonrisa trémula.

—Tranquila, mi cielo. Parece que esta vez los dioses siameses han escuchado mis rezos… Todo va a estar bien. Solo debes tener fe.

Pero la fe es un arma de doble filo.

¡Swash!

Un corte imperceptible atraviesa el aire.

Las velas se apagan de golpe.

El resplandor rojizo de una línea de calor brilla en la oscuridad, dibujando un trazo mortal en el centro de la casa… y en la cabeza de la mujer.

Un chorro de sangre salpica el rostro de Madeline. La parte superior del cráneo de su madre cae al suelo con un sonido seco y grotesco, como un pedazo de carne inerte. Su cuerpo se desploma un instante después, como una marioneta cuyos hilos han sido cortados.

Madeline, inmóvil, siente cómo su pequeño mundo se desmorona en un segundo eterno. Su mente rechaza lo que sus ojos ven.

Las paredes de la casa crujen. La estructura se parte en dos. El techo se desploma.

Madeline no muere porque la fuerza del corte es tan precisa que la sección de la casa donde se esconde permanece intacta, como si su verdugo hubiera decidido dejarla con vida… por ahora.

El polvo de los escombros y la espesa neblina sirven como telón para la silueta del amo del inframundo. Baratrax se alza entre la destrucción como un dios impío, con su mandoble aún resplandeciente por el reciente corte. Sus ojos, dos brasas carmesí encendidas, iluminan el diminuto rostro de la niña, reflejando en él su propio terror.

A su lado, las sombras toman forma.

A su izquierda, Nix, la Engelgard de figura femenina, relame sus labios escarpados, relucientes de malicia. A su derecha, Nightmare, el goblin devorador de corazones, lame con fruición los restos de sangre en sus dedos.

—Un corazón sin maldad… lleno de inocencia pura. —El goblin suelta un gemido de placer y se acerca con ansia—. ¡Muak! Justo lo que mi paladar necesitaba.

—Ya basta de tus extraños hábitos de alimentación —responde Nix con voz melosa y venenosa—. Ni siquiera tienes estómago, idiota.

—Digamos que es un gusto que adquirí con el paso de los siglos… —se burla Nightmare mientras sigue relamiéndose los dedos—. Pero mira, mira, ¿qué tenemos aquí? Snif, snif… Puedo oler su suculento corazón desde aquí.

Madeline no se mueve. Ni siquiera respira. El miedo la ha congelado.

—La huerfanita es mía —susurra Nightmare, afilando sus garras con impaciencia.

—Tú ya tuviste al niño. —Nix lo aparta con un movimiento sutil y reclama su presa—. Quiero ser yo quien consuma a este delicioso e inocente ser.

El profundo retumbar de una voz gutural interrumpe la disputa.

—¡Silencio, mis Engelgards! —truena Baratrax con autoridad aplastante.

Las siluetas sombrías obedecen sin rechistar.

El señor del inframundo se mantiene inalterable, su imponente figura eclipsando la diminuta existencia de la niña. Su expresión es fría, calculadora… indiferente. Madeline no es más que una mota de polvo en el infinito, una criatura insignificante cuya vida no tiene valor en sus ojos.

La mira por un largo instante, sin emoción.

Entonces, su voz se convierte en un decreto que atraviesa el tiempo y el espacio.

—Buscaré en cada realidad… hasta el rincón más alejado de cada universo. No habrá lugar donde puedas esconderte.

La sombra de su mandoble se alarga, cubriendo el rostro aterrado de la niña.

—Lamentarás el día en que tu madre decidió darte el nombre de…

Su voz se convierte en un rugido atronador.

—¡Lodgarth!

Es de noche. En una habitación oscura de los suburbios de una ciudad futurista, un niño despierta de golpe, abriendo de par en par su único ojo azul mientras el eco de un nombre retumba en su mente.

—¡Ahhh!

El otro ojo permanece cerrado, sellado por una cicatriz que le impide abrirlo. Lodgarth se encuentra solo en su cuarto, iluminado apenas por la fría luz de la noche que se filtra entre las persianas y por el resplandor rojizo de una lámpara de lava que reposa sobre su mesa de noche. Su cuerpo atlético se agita con la respiración entrecortada, el sudor resbalando por su frente. Su cabello oscuro y puntiagudo se eriza mientras una sensación extraña recorre su piel.

Entonces, siente un ardor inusual en su pecho. Se mira las manos y, para su horror, un aura carmesí empieza a emanar de ellas.

—¡No... no otra vez! —gruñe, llevándose ambas manos a la cabeza en un intento desesperado por contener la oleada de energía que amenaza con desbordarse.

Su respiración se vuelve errática, su cuerpo comienza a temblar. La lámpara de lava parpadea como si presintiera el peligro inminente. Afiches de héroes vikingos y bárbaros musculosos empapados de sudor adornan las paredes de su habitación, junto a carteles publicitarios de bebidas energéticas tóxicas y pequeñas macetas con motivos tribales.

En la penumbra, la luz de Selene 13 y Afrodite —las dos lunas naturales que adornan la noche de Edenia City— se refleja en una foto enmarcada sobre su buró. En ella, Lodgarth sonríe junto a un hombre enorme y calvo, de tez morena oscura, cuyos brazos son tan descomunales que podrían envolverlo por completo. En la imagen, el hombre lo abraza con orgullo, su rostro adornado con tribales blancos y su torso cubierto por un austero atuendo de monje.

Pero ahora, Lodgarth no sonríe. Sus ojos se tornan negros, sus cicatrices laten con un fulgor carmesí y su cuerpo empieza a mutar. El dolor lo consume desde adentro como un veneno ardiente. Un rugido gutural se ahoga en su garganta.

—¡Aghhh!

En el primer piso de la casa, Ogún entra por la puerta principal con una bolsa de víveres en una mano. Su expresión relajada se ilumina al ver a su pequeña mascota dragón dormida sobre el mostrador de la tienda de pociones. Sobre ella, desperdigados como un descuido del destino, reposan varios recibos vencidos. Ogún toma uno y suspira con resignación.

—¡Por los dioses de Desertia, otra cuenta por pagar!

Entonces, un grito infernal rasga la tranquilidad de la noche.

—¡Aghhh!

La bolsa de víveres y el recibo caen al suelo en el mismo instante en que Ogún alza la vista con el semblante tenso. Cherry, la pequeña dragona, se despierta aterrada.

Sin pensarlo dos veces, Ogún se impulsa con una velocidad sobrehumana y atraviesa la casa en un parpadeo, destrozando la puerta del cuarto de Lodgarth con un impacto brutal.

La escena ante sus ojos lo hiela por dentro.

Lodgarth está de pie en el centro de la habitación, envuelto en un aura carmesí tan densa que parece una llamarada viva. La cicatriz de su pecho y su ojo cerrado brillan como brasas encendidas. Un cuerno espectral de energía brota en la parte izquierda de su frente y, tras él, una larga cola demoníaca de la misma materia ondea con ferocidad. Su rostro, antes humano, ha sido consumido por un salvajismo bestial. Cuando percibe la presencia de Ogún, deja escapar un rugido atronador.

—¡Roaaar!

La energía en la habitación se condensa, aumentando la gravedad como una fuerza invisible que dobla el aire a su alrededor. Ogún siente su propio cuerpo pesar toneladas, pero se mantiene firme.

—¡Lodgarth, soy yo, Ogún... tu padre! —grita, protegiéndose el rostro del ímpetu de aquella energía. —¿Acaso no me reconoces?

Lodgarth no responde. Sus ojos negros lo atraviesan como si fuera un extraño. Entonces, sin previo aviso, una ráfaga de energía infernal se concentra en su palma y la dispara con una velocidad cegadora.

—¡Maldición!

Ogún reacciona en el último instante. Con un movimiento relámpago, cruza los antebrazos frente a su cuerpo y desvía el ataque hacia el cielo a través del techo, que estalla en pedazos. La ráfaga de energía surca la noche como un meteorito encendido y, al impactar contra la atmósfera, explota con un estruendo ensordecedor.

En la ciudad, los vecinos y transeúntes que cruzaban por la calle se detienen en seco, sus rostros iluminados por el fulgor de la explosión. La multitud se congrega en los suburbios, compuesta por humanos, werewolves, cerdos y racoons, todos expectantes ante el insólito suceso.

Entre ellos, una señora cerda asomada en su balcón observa la escena con la boca abierta. Su rostro está cubierto por una mascarilla verde, su cabello envuelto en rulos y dos rodajas de pepino resbalando por sus mejillas.

La insoportable gravedad y la energía que emana del cuerpo enajenado de Lodgarth obligan a Ogún a cubrirse mientras resiste la enorme presión. Su mente trabaja rápido.

—Este poder descomunal debe ser contenido...—piensa mientras cierra los ojos—. Debo usar el pergamino. Sacrificaré una de mis cuentas. Pero mientras esté enajenado, no podré sellarlo. Rayos... tendré que incapacitarlo, aunque sea por unos momentos.

Respira hondo. No quiere hacer lo que está a punto de hacer.

—Dios, nunca imaginé que llegaría el día en que tuviera que golpear a mi hijo... pero esto es por su propio bien.

Lodgarth, consumido por la energía carmesí, se abalanza sobre él con una mordida salvaje, impropia de un humano. Ogún lo detiene en seco, atrapando su cabeza con su mano enorme. Luego, con un movimiento seco, lo estrella contra el suelo de la habitación, creando grietas en el macizo concreto. El impacto es brutal, pero calculado. Lodgarth queda momentáneamente inmóvil.

Ogún no pierde un segundo. Utiliza su telequinesis para mantenerlo pegado al suelo e invoca runas luminosas que emergen a su alrededor. La energía que emite su hijo se vuelve sofocante, pero el monje beduino se mantiene firme.

Cierra los ojos. Sus manos adoptan la pose de meditación; índice y anular apuntando al cielo, el resto de los dedos cerrados. Sus vestiduras beduinas y el enorme collar de cuentas que porta comienzan a ondearse por el poderoso viento que genera su conjuro.

—¡Relictus Conjuro!

Un aura plateada resplandece, trayendo consigo un enorme pergamino que se desenrolla en el aire. Las cuentas del collar de Ogún se separan y comienzan a orbitar alrededor de su cuerpo, irradiando una energía divina. En su centro, Lodgarth flota, inmóvil, su cuerpo cubierto por la arena sagrada de Desertia.

Ogún siente el peso del conjuro. Sus facciones se tensan al ver el rostro de su hijo perdido en el trance. Las cuentas de su collar giran con velocidad, inscribiendo sobre sí mismas símbolos en un antiguo dialecto beduino. Sabe que esta es su única oportunidad. Debe apresurarse.

—Vidhi ka vidhaan.

La energía rojiza y demoníaca de Lodgarth es absorbida por el pergamino. Las extremidades espectrales desaparecen. Las grietas carmesíes en sus cicatrices se apagan. Su cuerpo vuelve a la normalidad.

Ogún lo recibe en sus brazos mientras desciende flotando suavemente, como una pluma. Lo observa con ternura, asegurándose de que todo esté bien. Entonces, el ojo azul de Lodgarth se abre lentamente. Su expresión es de alivio.

—¿Oye, pá... qué rayos pasó? —pregunta, su voz quejumbrosa.

Se detiene un instante, observando la destrucción a su alrededor: el techo destrozado, las grietas en el suelo, la enorme ventana rota. Todo comienza a tener sentido.

Lodgarth es perspicaz. Sin necesidad de explicaciones, comprende lo sucedido. Una preocupación sincera lo invade.

—¿Te hice daño, papá?

Ogún, con los brazos marcados por quemaduras, sonríe con calidez y niega con la cabeza. Justo entonces, se percata de algo: una turba de vecinos chismosos ha escalado hasta la ventana rota y observan con descaro.

Lodgarth también los ve. Y entonces nota otro detalle humillante: está en ropa interior. Su cara se enciende como un farol. Con una rapidez infantil, se baja de los brazos de su padre, saca pecho y se empina ligeramente para parecer más alto.

Aclara su garganta e intenta endurecer la voz.

—Ejem... ¡Fuera de aquí, chismosos! No hay nada que ver. ¡Shu, shu!

Uno de los vecinos, un cerdo antropomórfico, cruza los brazos y lo mira con sorna.

—Oye, no hay necesidad de echarnos como perros callejeros. Pensamos que era algún tipo de evento paranormal o algo así, pero parece que solo era otra retorcida noche romántica...

—Seee, vaya bodrio —agrega otro.

Una vena en la frente de Lodgarth palpita. Su puño se cierra con fuerza.

—¡¿Cómo que noche romántica?! ¡¿Acaso no ven que es mi padre, tontos?!

—¿Padre? Si ni siquiera se parecen.

—Seee, no nos engañas, niñito. Más tonto serás tú.

El grupo pierde interés y comienza a dispersarse.

Lodgarth estalla.

—¡Lárguense de aquí, metiches! ¡Y... tonta su abuela!

—Si, lo que sea, niñito —comenta otro vecino con indiferencia.

—Seee, esa ropa interior ni siquiera es tan sensual —agrega un anciano filas atrás.

—¡Vaya pérdida de tiempo!

La turba se marcha decepcionada.

Lodgarth, con la cara roja como un tomate y echando humo por la nariz, se apresura a clavar tablas en la ventana para recuperar algo de su dignidad. Detrás de él, Ogún sonríe, nervioso y avergonzado, rascándose la cabeza.

Al menos, por ahora, todo está bajo control.