Introducción
Hasta hace tiempo atrás, mi vida era simple: 23 años, trabajo en casa, cero problemas. Mi mundo cabía en ese pequeño departamento. No necesitaba más. O eso creía, hasta que tome la mala decisión de salir por aquella puerta.
Era imposible que algo cambiara. Mis días eran copias baratas unos de otros. Sin subidas, ni bajadas solo una línea recta. La vida soñada, le llaman. Despertaba cuando quería, sin alarmas gritándome. Me arrastraba de la cama al escritorio en tres pasos. Encendía la PC y arreglaba los problemas de una empresa cuyo nombre nunca me aprendí. Soporte técnico, admin, esclavo digital. Llámalo como quieras. Para mí era la vida perfecta.
Mi interacción con el mundo se reflejaba por medio de pixeles. Sí, exacto: pantallas. Eso era todo mi contacto con las personas. Cero amigos. Cero familia. Cero gente que notara si dejaba de existir. Pero no estaba triste, no extrañaba a nadie. Terminé acostumbrándome. Llenaba las horas con Youtube a las 2 a.m, maratones de series y artículos de ciencia que no le importaban a nadie más.
Mi mundo terminaba en la puerta. Salir era ineficiente si la comida venía a mí. Una forma inteligente de optimizar recursos.
Todo en mi vida era un sistema: rutina limpia, dieta estable de lunes a viernes. Sábados de pizza y series. Equilibrio perfecto y funcional.
Uptime del 100%
Llegó el sábado. Día de cheat meal, día de nachos, mi boca ya saboreaba el queso.
Podía pedirlos, pero esperar 40 minutos me pareció una eternidad ese día, además llevaba mucho tiempo encerrado así que caminar a la tienda no sonó mal. Solo eran dos cuadras. Un poco de aire fresco, una caminata tranquila para estirar las piernas, solo eso para después regresar a mi habitación.
«Debe ser una bello atardecer», pensé tomando las llaves y mi abrigo.
¡¡Que fantástica idea, una mejor no pude tomar!!





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