Capítulo 1
El aula de Erlea estaba llena de ruido: risas, susurros y el sonido monótono de los lápices sobre el papel. Como cada mañana, la luz del sol entraba por las ventanas del colegio, iluminando los pupitres desgastados y la pizarra cubierta de fórmulas a medio borrar. Erlea estaba sentada junto a Julieta, su novia, quien no dejaba de hacerle pequeñas bromas para sacarle una sonrisa.
Julieta- Hoy sí que te ves distraída.
Dijo Julieta en voz baja, apoyando su brazo en la mesa para mirarla de cerca.
Julieta- ¿Pensando en la tarea o en mí?
Erlea bajó la mirada y sonrió tímidamente, esquivando la pregunta. A veces le costaba sostener la mirada de Julieta. No por falta de amor, antes de poder responder, un sonido cortante interrumpió el momento. La alarma de emergencia del colegio comenzó a sonar, fuerte e insistente. El aula se sumió en un silencio abrupto y todos voltearon hacia la bocina instalada en la pared.
Yuan- Atención.
Dijo una voz nerviosa por el altavoz.
Yuan- Por precaución, evacuaremos el colegio. La marea está subiendo de forma inesperada. Todos los estudiantes deben regresar a sus casas de inmediato.
Los murmullos llenaron el aula al instante. Aunque en la pequeña isla era común que el mar dictará las reglas, algo en la urgencia del aviso puso a todos en alerta. El colegio estaba a solo unas cuadras de la playa, y si la marea subía demasiado, el agua podría llegar hasta las calles.
Erlea sintió un escalofrío. La gema bajo su camiseta vibró levemente, como si anticipará lo que estaba ocurriendo. Apretó los dientes y miró de reojo a Julieta, quien no parecía preocupada, sino más bien emocionada por la idea de salir antes de clases.
Poco después, los pasillos estaban abarrotados de estudiantes recogiendo mochilas y abrigos. Padres llamaban por teléfono, y profesores organizaban a los alumnos. Pero Erlea y Julieta, cuyos padres estaban de viaje fuera de la isla, decidieron no ir directamente a casa. En su lugar, caminaron juntas hacia la playa.
Julieta- No todos los días nos regalan una tarde libre.
Comentó Julieta mientras pateaba la arena húmeda con sus zapatos.
Julieta- Además, no parece tan grave. ¿Ves?
El mar ni siquiera ha llegado a la carretera aún.
Erlea, con las manos en los bolsillos y la vista perdida en las olas. El viento olía diferente, como más salado, más denso. Y en el horizonte, el cielo tenía un matiz oscuro que no había notado antes.
Pero, a pesar de sus dudas, se dejó llevar por la calidez de Julieta y caminaron por la playa, bromeando y jugando como siempre. Incluso se mojaron los pies cuando la marea comenzó a acercarse lentamente.
Fue entonces cuando ocurrió.
Mientras ambas reían y corrían por la orilla, Erlea sintió la gema contra su piel calentarse. De repente, un cosquilleo recorrió su cuerpo y una ráfaga de viento le desordenó el cabello. Cuando Julieta la miró, notó que las puntas del cabello negro de Erlea estaban ahora teñidas de un azul profundo que destellaba bajo la luz grisácea de la tarde.
Julieta- Ah, ¿te volviste a aparecer esas mechas azules?
Dijo Julieta con una sonrisa, sin darle importancia.
Julieta- Siempre te quedan bien cuando estás cerca del mar.
Erlea forzó una risa, nerviosa. Lo cierto es que no era un tinte.Su cuerpo estaba reaccionando al agua, a la marea creciente, a la magia. Eso siempre pasaba cuando su conexión con el océano se intensificaban, cuando la gema despertaba y le recordaba quién era realmente.
Pero Julieta seguía jugando, ajena a la tormenta emocional que sacudía a Erlea. Corrieron juntas por la arena, mojándose hasta las rodillas, mientras las olas parecían empujar más de lo normal, como si quisieran alcanzarlas. Erlea miró hacia el horizonte, la marea estaba subiendo más rápido de lo que debería, y lo peor era que sentía que el océano la llamaba, susurrando su nombre entre el sonido del viento.
Su corazón latía con fuerza. Sin embargo, había algo hermoso en esos momentos robados, con el agua subiendo y ambas riendo juntas.
Julieta- Erlea.
Julieta la llamó suavemente, y cuando Erlea giró para mirarla, notó que Julieta extendía una mano temblorosa por el frío, hacía la suya. Sin dudarlo, Erlea entrelazó sus dedos con los de Julieta, y por un instante, el rugido del mar pareció desvanecerse.
Julieta- No sé por qué, pero estar aquí contigo ahora me hace sentir que todo está bien.
Erlea sintió un nudo en la garganta. Quiso decirle que no era seguro quedarse, que la marea estaba más viva de lo normal. Pero el calor en la mirada de Julieta la dejó sin palabras.
Julieta- ¿Sabes?
Susurró Julieta mientras se acercaba más.
Julieta- Me encanta cuando estamos solas, lejos de todo. Aquí, contigo.
Se mordió el labio, como dudando.
Julieta- Me encanta sentir que eres solo mía.
Y antes de que Erlea pudiera responder, Julieta la besó.
El contacto de sus labios fue dulce, tierno y cargado de una calidez que hizo que el corazón de Erlea latiera desbocado. Por un segundo, todo desapareció, la brisa marina, la espuma de las olas, la vibración de la gema bajo su camiseta. Solo estaban ellas dos, en ese beso sellado por el viento salado.
Pero la magia, tan traicionera como el mar, no tardó en irrumpir.
Una ola más grande que las anteriores les salpicó hasta las caderas, fría y repentina.
Julieta- Mira la marea, subió más.
El mar ahora llegaba hasta donde estaban paradas. La corriente parecía jalarlas con cada ola. Ambas sabían que ya no era seguro seguir allí.
Erlea- Debemos irnos.
Dijo Erlea, recuperando la voz mientras seguían agarradas de la mano.
Julieta asintió de inmediato y, aún tomadas de la mano, corrieron hacia el malecón hasta llegar a la carretera. Desde allí caminaron en silencio hasta la casa de Julieta. El aire estaba denso y el cielo comenzaba a oscurecerse más rápido de lo normal.
Cuando llegaron, Julieta la miró con preocupación.
Julieta- Qué raro está todo hoy. Me prometes que llegarás bien a casa, ¿Sí?
Erlea la abrazó, fuerte, sin querer soltarla.
Erlea- Claro, te lo prometo.
Mintió.
Cuando Julieta cerró la puerta, Erlea respiró hondo, conteniendo la tormenta que sentía dentro. Caminó en dirección opuesta a su casa y volvió a la playa, donde la marea seguía subiendo, pero no le importó.
El cielo se había teñido de un azul profundo, y la espuma de las olas resplandecía bajo la tenue luz. Allí, sola frente al océano, Erlea sacó la gema de debajo de su camiseta. Esta brillaba con una intensidad casi hipnótica.
Erlea- Está bien.
Murmuró al viento, al mar.
El colgante vibró en su mano y su cabello ondeó en el aire como si estuviera bajo el agua. Sin dudarlo más, dio un paso al frente y se lanzó al mar.
La transformación fue instantánea.
Debajo de las olas, la magia la envolvió como un abrazo cálido. Sus piernas se fundieron en una poderosa aleta azul brillante, y su piel adquirió un resplandor perlado. La presión del agua no era un peso, sino libertad. Era como volver a casa.
El océano, tan caótico en la superficie, la recibía con paz absoluta en las profundidades. Desde allí, Erlea sintió cómo la gema y el mar estaban conectados con ella, latiendo al unísono.
Pov Erlea- Perdóname, Julieta.
Susurró bajo el agua, sabiendo que sus palabras no podrían llegar hasta la chica que había dejado atrás.
Pov Erlea- Ojalá pudieras conocer esta parte de mí.
Pero por ahora, debía mantener el secreto.
Mientras flotaba entre corales iluminados por la bioluminiscencia y peces que la rodeaban con curiosidad, Erlea supo que la calma no duraría para siempre. Algo, en lo profundo del océano, la estaba llamando.
Erlea nadó más allá del arrecife, dejando atrás las formaciones de corales y las criaturas que conocía de memoria. La corriente era fuerte, pero sus movimientos eran gráciles y firmes, como si el océano le abriese el camino.
Mientras descendía, una luz verdosa captó su atención. Era tenue al principio, como una chispa entre las sombras, pero a medida que se acercaba, se hizo más intensa. Al llegar al fondo arenoso, encontró la fuente de la luminiscencia. Una gema verde, escondida entre unas rocas cubiertas de algas.
Erlea la tomó con delicadeza entre sus dedos.
Erlea- ¿Qué eres tú?
La acercó a su rostro, analizando con detenimiento. No vibraba, no se sentía cálida ni parecía tener la energía mágica que solía percibir. Solo era una esmeralda, simple y pura, sin rastro de hechizo.
Erlea sonrió, sus labios temblaron.
Erlea- Es perfecta para ti, Julieta.
El pensamiento le caló hondo. Un regalo. Un pedazo de su mundo para la chica que lo era todo para ella. Guardó la gema con cuidado a través de un brillo en su collar.
Después de un instante, se permitió vagar por las profundidades, deslizándose entre bancos de peces que se dispersaron a su paso. Aquel mundo le pertenecía, pero también era ajeno; un lugar donde sentía libertad y soledad en igual medida.
Cuando creyó que todo estaba en orden, y que la marea creciente no era sino una travesura pasajera del océano, decidió volver a la superficie.
Pero antes no pudo resistirse.
Emergió en medio del mar, lejos de la costa, donde un pequeño barco de pesca se balanceaba peligrosamente. Dos marineros conversaban distraídos, sin percatarse de la tormenta que se gestaba más allá del horizonte.
Erlea- Solo una pequeña broma.
Se sumergió un instante y, al emerger de nuevo, dejó que su voz se deslizara con las olas. Una melodía dulce y etérea, cargada de notas marinas, comenzó a rodear la embarcación. Los marineros alzaron la mirada, atónitos.
Jinshun- ¿Oíste eso?
Urinowa- Parece ¿Un canto?
Ambos giraron la cabeza, intentando encontrar el origen de la melodía. Sus movimientos se tornaron torpes, como si la canción distorsionara sus sentidos. La brújula giraba sin control sobre la mesa de navegación y el timón chirriaba, como resistiéndose.
Erlea, con media sonrisa traviesa, controlaba la corriente para empujar sutilmente el barco fuera de la trayectoria de la tormenta.
Erlea- No voy a dejar que terminen dentro de la tormenta, pero tampoco se los pondré fácil.
Su canto se volvió más hipnótico, más profundo, mientras jugaba con las olas, alejando la embarcación poco a poco de la oscuridad del horizonte. Cuando se aseguró de que estaban fuera de peligro, la joven sirena dejó que la canción se desvaneciera.
Jinshun- ¡Ya no la oigo!
Urinowa- ¿Qué demonios fue eso?
Los hombres miraron alrededor, aún confundidos, pero sanos y salvos.
Erlea se sumergió de nuevo, sonriendo para sí misma.
Erlea- Hasta luego.
Regresó a la costa bajo la protección de la noche. Al llegar a la playa, sacó su forma humana y su cabello aún mojado caía sobre su rostro mientras recuperaba sus pertenencias escondidas detrás de una gran roca.
Erlea se puso la camiseta y la chaqueta apresuradamente. Mientras se secaba con sus propias manos.
Erlea- Julieta va a amarla.
Pero su sonrisa se desdibujó cuando miró hacia el mar. Algo, en la distancia, seguía latiendo con fuerza, como un eco que no podía ignorar.
Erlea- ¿Qué está pasando aquí abajo?
Susurró para sí, sintiendo que el mar le guardaba secretos más profundos de los que podía manejar sola.
Erlea suspiró y comenzó a caminar de regreso a casa. Mientras avanzaba, su mente estaba en un solo lugar, con Julieta, imaginando su reacción al recibir la gema.
El corazón de Erlea latía con fuerza mientras caminaba por la senda que la llevaba de regreso a su casa, el sol ya se había ocultado y la luz de la luna parecía ser la única guía en la oscuridad. La gema en su collar brillaba tenuemente, como una pequeña promesa, mientras su mente seguía centrada en Julieta.
Sabía que el mar le guardaba secretos, pero también sabía que el amor de Julieta era su faro en medio de la tormenta. Aun así, no podía ignorar esa sensación creciente de que algo estaba cambiando, que algo debajo de las olas estaba tomando forma, como si el océano mismo estuviera reaccionando a su presencia.
Erlea- ¿Qué está pasando?
El susurro de su voz se perdió en la brisa nocturna, pero el eco de sus palabras se quedó con ella, inquietante. Al llegar a su casa, no podía dejar de pensar en lo que Julieta podría estar sintiendo. De alguna forma, el amor que compartían estaba a punto de ser probado, y ella no sabía si estaba lista.
Entró rápidamente, dejó sus cosas, se ducho y, con el corazón acelerado, tomó su teléfono. El mensaje de Julieta aún estaba ahí, y esta vez no podía evitarlo más. Necesitaba hablar con ella.
Julieta- ¿Te gustaría ver una película mañana?Erlea sonrió al leer el mensaje de Julieta. La invitación era simple, pero la calidez con la que se lo enviaba hizo que su corazón se acelerara. Después de todo lo que había sucedido, de las emociones que había estado cargando, un día tranquilo junto a Julieta parecía ser justo lo que necesitaba.
Erlea- Claro, ¡me encantaría! ¿A qué hora?*
En cuestión de segundos, Julieta respondió.
Julieta- A las 12, te espero. No puedes escapar.
Erlea soltó una pequeña risa mientras apagaba el teléfono y se preparaba para dormir, el sonido del mar en su mente aún resonando, pero con una nueva esperanza.
El día siguiente llegó con un cielo despejado. Erlea caminó a la casa de Julieta, sintiendo una tranquilidad inusual en su pecho. Julieta la recibió con una sonrisa brillante cuando tocó la puerta.
Julieta- ¡Por fin llegaste! Pensé que te habías olvidado de mí.
Dijo, dándole un abrazo cálido.
Erlea- Nunca podría olvidarme de ti.
Respondió, abrazándola con fuerza.
Las dos se sentaron en el sofá, las mantas y cojines preparados para la maratón de películas que habían planeado. Julieta, como siempre, se acomodó, mientras Erlea se levantó para preparar algo de comer.
Julieta- ¿Tienes hambre, verdad? Vamos a hacer esto oficial. Yo me encargaré de las palomitas.
Erlea sonrió, mientras se dirigía a la cocina. El sol iluminaba la habitación desde las ventanas, y el ambiente era perfecto para un día relajado. A medida que Erlea comenzaba a cocinar, Julieta la miró de reojo.
Julieta- Oye, ¿todo está bien? Pareces distraída hoy.
Erlea- Solo un poco cansada, supongo.
Dijo mientras removía la sopa que estaba preparando.
Erlea- Pero estar aquí, contigo, me hace sentir bien. Es lo que más quiero en este momento.
Julieta la miró con una expresión suave, entendiendo sin necesidad de palabras.
Julieta- Me alegra escucharlo. Yo también quiero estar aquí, contigo. Siempre.
Después de un rato, Erlea terminó de cocinar y limpiar la cocina, y volvió al salón donde Julieta ya estaba cómoda, con una manta sobre las piernas.
Erlea- Todo listo. ¿Qué película vamos a ver primero?
Julieta-Pones lo que quieras. Yo estoy aquí solo para estar contigo.
Dijo, sonriendo mientras pasaba su brazo alrededor de Erlea.
Las horas pasaron volando mientras veían películas, y el ambiente entre ellas se llenaba de risas y miradas cómplices. Erlea se acomodó a su lado, descansando en su hombro mientras las películas continuaban. La tarde pasó sin que se dieran cuenta, y el sol comenzó a caer lentamente.
Finalmente, cuando la última película terminó, ambas estaban cansadas pero contentas. Julieta se acurrucó en el sofá, y Erlea la abrazó por detrás. El silencio envolvía la habitación, solo interrumpido por el suave sonido de su respiración. El reloj marcaba las 10 de la noche cuando ambas se quedaron dormidas, abrazadas, en una paz perfecta.
Sin embargo, esa tranquilidad no duró mucho.
De repente, Erlea sintió una cobija que la cubría, algo suave y cálido que la sacó de su sueño. Abrió los ojos, confundida, y se encontró mirando a los padres de Julieta, que los observaban con sonrisas suaves.
Jessica- Creo que olvidaron cubrirse. Estaban tan tranquilos que no queríamos interrumpir.
Dijo, en tono cariñoso, mientras ajustaba la cobija.
Erlea se levantó rápidamente, sintiendo que su rostro se sonrojaba.
Erlea- Oh, lo siento, no quería.
Balbuceó, sin saber qué decir.
Jessica- No te preocupes, Erlea. Están en casa, aquí no hay necesidad de disculparse.
Dijo con una sonrisa comprensiva, solo no hagan algo estupido. Mientras cargaba a su esposo dormido en la espalda.
Julieta despertó poco después, frotándose los ojos, y al ver a sus padres en la habitación, se sentó rápidamente, sonrojándose también.
Julieta- ¿Mamá, papá? ¿Qué están haciendo aquí?
¿No regresaban el miércoles?
Jessica- Terminamos el trabajo antes y regresamos temprano. Es sábado, ¿no? Pensamos que podríamos dejarles un poco de privacidad, pero mi esposito estaba muy cansado. No se preocupen, sigan durmiendo.
Dándole un pequeño beso en la frente, Erlea se llevaba super bien con sus suegros, ellos sabían que no iban a hacer nada malo. Y les tenía total confianza.
Erlea sonrió nerviosamente, mirando a Julieta, que parecía un poco avergonzada.
Julieta- Ya, ya, mamá, papá son demasiado cariñosos. ¡Nosotras estábamos bien!”
Erlea- Lo siento, realmente no quería molestarlos.
Comenzó, mirando a los padres de Julieta con una expresión tímida.
Jessica- No te preocupes, Erlea. Sabemos lo que es tener momentos así, no hay problema. ¡Disfruten de su noche!
Ambos padres sonrieron y salieron de la habitación, dejando a las dos solas nuevamente. Julieta suspiró y se dejó caer hacia atrás en el sofá, sonriendo con una mezcla de diversión y ligera vergüenza.
Julieta- Bueno, eso fue inesperado.
Erlea- Sí, pero tus padres son muy cariñosos.
Respondió, riendo tímidamente.
Julieta- Sí, lo son. Pero también son increíbles. Me siento tan afortunada de tenerlos, y de tenerte a ti.
Erlea se inclinó hacia Julieta, besándola suavemente en la mejilla.
Erlea- Yo también me siento afortunada. No sé qué haría sin ti.
Y con esas palabras, se abrazaron de nuevo, disfrutando de la paz que las rodeaba, sabiendo que, sin importar lo que el océano o la vida les trajeran, siempre tendrían una a la otra.
Continuará.p