Chapter 1
Eloise Moretti
— Está bien, Eloise — Alessia acarició mi mano con esa calidez que siempre lograba tranquilizarme — Todo va a salir bien, ¿sí? Solo confía.
La miré con una sonrisa forzada, queriendo creer en sus palabras. Sabía que todo iba a estar bien. Que saldría por esa oferta y no volvería jamás... o al menos eso esperaba. Un nuevo ambiente, nuevas personas, todo sería diferente, y quizás eso me haría bien. Llevaba años conviviendo con las mismas caras, atrapada en una rutina monótona que ya me asfixiaba. Si hubiera elegido esta vida por cuenta propia, no me quejaría. Pero no lo hice. Mis padres lo impusieron cuando yo era apenas una niña, igual que a mi hermano. La única diferencia era que él estaba lejos, en otro lugar, aunque al menos se me permitía hablar con él de vez en cuando. De no ser así, probablemente ya habría olvidado hasta su nombre.
— Lo sé, Alessia. No me preocupo por mí, sino por ti.
Ella rodó los ojos y soltó mis manos en un gesto de protesta.
— No soy una niña, Eloise. Deja de tratarme como si fuera una muñeca de porcelana que puede romperse en cualquier momento —bufó, cruzándose de brazos— Bastante tengo con mis padres. No te conviertas en parte de ese círculo.
— Idiota — intervino Stella desde la ventana, recostada sobre el frío concreto con un cigarrillo sin encender entre los labios—. Si Eloise y yo nos preocupamos por ti es porque nos importas.
Alessia hizo una mueca, pero Stella la ignoró, dejando que sus palabras calaran.
—Prométeme que vas a estar bien.
—Lo prometo —murmuró Alessia, aunque sus ojos no parecían tan seguros.
—Hablo en serio —repliqué, buscando que me mirara de frente.
— Lo prometo —dijo firme, y la miré detenidamente, buscando algún indicio de mentira. Pero parecía estar hablando en serio.
Alessia siempre había sido una persona depresiva, a diferencia de Stella o de mí. Ella llegó aquí por cuenta propia, buscando escapar de su mundo. Sin embargo, todavía sufría ataques de pánico cuando la presión era insoportable.
Lo que más la consumía era la indiferencia de sus padres, que ni siquiera enviaban una carta por error. Provenía de una buena familia, con una economía acomodada y una posición respetable en la sociedad. Sin embargo, toda la atención siempre iba hacia su hermana mayor, la brillante y estudiosa, mientras que Alessia quedaba relegada a ser "la decepción". Eso la llevó a hundirse en vicios, ahogando su dolor hasta tocar fondo con una sobredosis de la que, milagrosamente, sobrevivió.
Para sus padres, era como si no existiera. Preferían mantener intacta su imagen ante la sociedad que reconocer el sufrimiento de su propia hija. Y en un acto desesperado por encontrar algo de paz, creyó ver una luz al final del túnel... y terminó aquí, entre estas cuatro paredes que la protegían y la encarcelaban al mismo tiempo.
—Deberías estar contenta — intervino Stella, con ese tono despreocupado que siempre utilizaba para ocultar su preocupación.
—Lo estoy... pero no debo mostrar mi felicidad o la madre cambiará de opinión — admití en voz baja con una sonrisa en mis labios, como si temiera ser escuchada.
Stella resopló y sacó un encendedor, prendiendo el cigarrillo mientras una pequeña nube de humo se desvanecía en el aire frío.
— Tú lo lograste, entonces todas lo hicimos — afirmó con una sonrisa torcida.
Hacía años que ninguna de nosotras salía del país, tanto tiempo que podría jurar que nuestro encierro ya estaba registrado en algún libro polvoriento de la biblioteca. Por eso, aunque ellas permanecieran aquí, la emoción era palpable.
Porque, en cierto modo, eso era lo único que teníamos: apoyarnos unas a otras cuando el encierro se hacía insoportable. Este lugar no era más que una cárcel disfrazada de santuario. Lo único que se nos permitía era salir por cuestiones sociales y comunitarias. El resto del tiempo vivíamos entre estas cuatro paredes que se habían convertido en nuestro único hogar... y en una prisión de la que no sabíamos si alguna vez escaparíamos. Aunque, para algunas de nosotras, ya había existido alguien que logró huir tiempo atrás.
— Pero prométeme algo, Eloise. Sé que siempre has sido astuta y has sabido sobrellevar toda esta mierda — continuó Stella, llevándose el cigarro a los labios. Inhaló profundamente y soltó el humo en una exhalación lenta, como si necesitara ese respiro para mantenerse serena. Su mirada se apartó del jardín del convento y se posó en mí, seria, intensa—Si se te da la oportunidad de hacer tu vida distinta, tal y como tú quieres... hazlo.
El aire se sintió más pesado de repente. Mis labios se entreabrieron, pero no supe qué responder de inmediato.
—No puedo prometer algo de esa magnitud —confesé, bajando la mirada hacia mis manos entrelazadas. Era cierto que en su momento fui honesta con ella y le dije lo que realmente sentía: que esta vida no era lo que quería, que aspiraba a algo más. No quería morir siendo monja, pero tampoco podía dejarlo todo de manera tan fácil. Esto era lo único que conocía— Aún no sé cómo será mi vida en Japón, Stella. No puedo adelantarme. Además, mis padres...
—A la mierda con ellos —me interrumpió con una voz que resonó en el pequeño cuarto. Mis ojos se abrieron con sorpresa mientras ella apagaba el cigarrillo contra el borde de la ventana, dejando una mancha oscura en el concreto— Es tu vida, Eloise. No dejes que ellos decidan tu destino.
—Si estás aquí fue por la misma decisión de tus padres, Stella —repliqué, recordándole que ella también había sido obligada a seguir este camino.
—Pues ya no más —sentenció, cruzando los brazos con una expresión firme— Voy a seguir sus pasos.
Entendí de inmediato lo que significaban sus palabras, pero fue Alessia quien terminó de confirmarlo.
—Y Alessia también ha aceptado —añadió Stella, sin titubear.
—¿Qué? —Mi ceño se frunció, la confusión nublándome los pensamientos. ¿Lo decían en serio? ¿Desde cuándo estaban planeando esto? Y lo peor de todo... ¿por qué no me habían contado nada? El hecho de que me dejaran fuera me dolía más de lo que quería admitir—¿Desde cuándo?
—Desde hace unos meses —intervino Alessia, aunque su voz tembló al hacerlo.
—¿Y por qué no me dijeron nada? ¿No confían en mí? —Mi tono sonó más molesto de lo que pretendía, pero no podía evitarlo. Me sentía desplazada, como si no fuera lo suficientemente importante para compartir algo tan serio con ellas.
—Si no te lo dijimos fue porque ya nos habían dado la noticia de tu cambio, Eloise —Alessia se acercó para abrazarme, pero yo estaba demasiado rígida para corresponderle—Seamos honestas, tú tienes más privilegios aquí que nosotras. Te tratan mejor, tienes más comodidades. No te miran como un bicho raro... tu comida siempre huele rico y es deliciosa. En cambio, Stella y yo somos vistas como invasoras.
—Y ¿sabes qué es lo peor? —continuó Stella, acercándose a mí con esa sonrisa de lado a lado, arrogante y pícara— Que eres la más perversa de nosotras, pequeña monja sucia.
—¡Stella! —Mi voz salió disparada en un susurro de reproche, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. Con ellas nunca me había ocultado, pero alguien podía estar escuchando, y eso echaría a perder el perfil bajo que tanto esfuerzo me costaba mantener.
Ellas soltaron una carcajada, cómplices en su burla, mientras yo negaba con la cabeza y dejaba escapar una sonrisa suave. Sin embargo, el alivio que había sentido por un momento se desvaneció, y la realidad volvió a caer sobre nosotras como un manto pesado.
—Dejemos las bromas —dije, y mi sonrisa se apagó, dejando paso a una expresión seria. Mis ojos recorrieron sus rostros, notando el cansancio acumulado en sus miradas, la tristeza que intentaban ocultar con esas risas pasajeras —Sé que dentro de la iglesia hay jerarquías muy estrictas, y es algo que no puedo evitar... ni siquiera siendo priora tendría el poder suficiente para cambiarlo. —Bajé la mirada, sintiendo una punzada de culpa en el pecho—No sabía que se sentían así, y me duele no haberlo notado antes... yo...
—No es tu culpa, Eloise —me interrumpió Alessandra, y su tono serio hizo que levantara la cabeza. Se acercó a mí, tomando mis manos con firmeza—. Solo... no queremos estar en un lugar así, ¿sabes? Hemos estado huyendo de eso, y no es tu culpa. Es culpa del jodido sistema que se supone debería salvarnos, pero en lugar de eso nos oprime.
—Exacto —añadió Stella, encogiéndose de hombros — No nos malinterpretes. Te queremos, y sabemos que tú también nos quieres, pero estar aquí es como vivir encerradas en una jaula de oro. Tú al menos tienes una ventana abierta... nosotras ni eso.
Suspiré, queriendo decir algo que pudiera consolarlas, pero las palabras se quedaban atoradas en mi garganta. ¿Cómo podía convencerlas de que todo estaría bien cuando ni yo misma estaba segura?
—Idiotas —musité, intentando suavizar el ambiente con un tono de fastidio fingido—. Mejor ayúdenme con mis cosas.
Ambas rieron otra vez, pero esta vez sus sonrisas fueron más sinceras, aunque los ojos de Alessandra brillaban con un dejo de melancolía. Se acercó y me envolvió en un abrazo apretado, como una niña pequeña aferrándose a su oso de peluche. Su cuerpo temblaba ligeramente, y pude sentir el peso de sus emociones golpeándome de lleno.
Mientras guardaba mi ropa en la maleta y las chicas ordenaban la habitación, había algo que no terminaba de encajar en mi cabeza. Nuestra amiga había escapado cuando aún éramos adolescentes, cuando apenas teníamos diecinueve años. Pero ahora, fácilmente podían salir. La entrada fue obligatoria, sí, pero la salida nunca lo fue.
—Chicas… —me animé a hablar, y un leve "mm" de Stella me indicó que me escuchaban— ¿Por qué escapar? Tienen la edad suficiente para desertar sin necesidad de hacerlo a escondidas.
—El camino es fácil, sí, lo hemos pensado —dijo Alessia, apoyando las manos en la escoba. Su mirada se desvió hacia Stella, como si esperara su respuesta.
—Porque quiero sentir la adrenalina que ella sintió. Quiero sentirme viva. Quiero que tomar ese vuelo se sienta como si estuviera huyendo como una criminal. Lo sé, ya no somos unas malditas adolescentes —dijo con una suave sonrisa en los labios—. Pero quería sentirlo aquella vez, cuando supe que se había ido. Quería que las cuatro corriéramos por las calles de Italia, que nos metiéramos en alguna tienda de segunda mano y nos deshiciéramos de nuestros hábitos. —Su sonrisa se ensanchó, y pude ver el éxtasis recorriendo su cuerpo— Quiero ser una maldita monja pecadora por huir de la casa de Dios… y que me recuerden por eso.
Mi mirada se volvió nostálgica mientras Stella confesaba sus secretos. En el fondo, las tres compartíamos el mismo deseo. Lo que alguna vez fue un grupo de cuatro, ahora se había reducido a dos… y yo ya no podía hacer nada. Pero ellas sí. Ellas aún podían. Y me contarían la anécdota, la adrenalina recorriendo sus venas mientras saltaban las murallas y corrían por las calles desiertas en plena madrugada.
—Vaya… —una sonrisilla escapó de mis labios y negué con la cabeza—¿Y los boletos? ¿Al menos tienen dinero para sobrevivir un tiempo?
—Lo tenemos —Alessia se unió a la conversación— Ambas hemos ahorrado lo suficiente para comprar boletos, comida, hospedaje… Lo único que no tenemos es un destino.
Asentí, sintiéndome un poco tonta por no haber notado antes que esto ya estaba planeado desde hace mucho tiempo.
—Bien —murmuré, soltando un leve suspiro. Al menos, en esa parte, me sentía aliviada.
—Te voy a extrañar, Eloise —susurró alessia, abrazándome, con la voz quebrada, mientras su rostro se hundía en mi hombro.
—Vamos, no hagas esto más difícil —murmuré, acariciando su cabello con suavidad.
Stella se encontraba detrás de ella, manteniendo su actitud estoica, pero sus ojos la traicionaban. Estaba triste, quizá creía que me molestaba por todo lo que estaban planeado y en ciertas parte si, yo también quería vivir, y otra vez ni se me permitía ese lujo. Aunque se esforzaba por ocultarlo tras esa sonrisa desafiante. Dio un par de pasos hacia nosotras y me rodeó con sus brazos también, juntando nuestras frentes en un gesto de complicidad.
—No te olvides de nosotras cuando estés allá afuera —dijo Stella con una sonrisa torcida— Y si encuentras a algún sacerdote guapo, asegúrate de compartir los detalles.
Solté una risa suave, empujándola ligeramente en el hombro.
—Eres una descarada... —murmuré, sacudiendo la cabeza.
Por un momento, el aire se sintió ligero otra vez. El miedo al cambio quedó eclipsado por su compañía, y la certeza de que, aunque el destino nos separara, siempre seríamos las mismas tres rebeldes soñando con una vida mejor. Y mientras ellas recogían mis pocas pertenencias, sentí una mezcla de emoción y terror al pensar en lo que me esperaba allá afuera. Japón era un misterio, un nuevo comienzo, y aunque dejaba atrás a mis amigas, también sabía que llevaría sus palabras conmigo, como una promesa de no perderme en el camino.
La mañana siguiente llegó más rápido de lo que había anticipado. El convento, ese lugar que alguna vez se sintió como una jaula dorada, ahora parecía abrazarme con una calidez extraña, como si las paredes quisieran retenerme un poco más. Me despedí de cada hermana, de cada rostro conocido que había aprendido a tolerar e incluso, en algunos casos, a apreciar. Sentía un nudo en el pecho que me dificultaba respirar. No era mi lugar favorito, jamás lo fue, pero después de tanto esfuerzo, después de moldear mi camino para alcanzar la cima, partir se sentía como lanzar todo al abismo.
—¿Las veo en Japón? —me detuve en la puerta del taxi que me llevaría al aeropuerto, observando a mis amigas con una mezcla de emoción e incertidumbre. Ambas intercambiaron una mirada antes de fijar sus ojos en mí. ¿Estaba siendo egoísta al asumir que vendrían conmigo?
Una punzada de inseguridad se instaló en mi pecho. Tal vez tenían otros planes. Quizás Japón no era su destino. Pero antes de que la ansiedad pudiera arraigarse en mi interior, ambas se acercaron y me envolvieron en un abrazo. Sus brazos me reconfortaron, disipando mis miedos, recordándome que, sin importar lo que pasara, seguíamos siendo las mismas.
—Solo si prometes presentarme a un japonés adinerado —dijo Stella con una sonrisa traviesa.
Las tres reímos.
—Lo haré —aseguré con convicción.
— Bien, entonces está decidido. Nos vemos pronto, Eloise.
Asentí, sin necesidad de más palabras. Subí al taxi y, a través de la ventana, las vi levantar las manos en un último gesto de despedida. El vehículo arrancó y, poco a poco, aquel lugar se desvaneció en la distancia. Mi infancia, mi adolescencia, todo lo que alguna vez fui, quedaba atrás. Pero, por primera vez, no sentí miedo.
Dios no era el castigo.
La iglesia lo era.
Había luchado demasiado para conseguir el puesto de priori. Aprendí cada regla, cada protocolo y cada secreto oculto entre los pasillos de piedra de este lugar. Conocía el convento de pies a cabeza, como la palma de mi mano, y dejarlo atrás me hacía sentir como si me estuviera traicionando a mí misma. Sabía que en Japón podía recuperar mi puesto, pero el temor persistía. Las reglas allí eran diferentes, y no tener el control absoluto de la situación me inquietaba. Aquí ya tenía el poder, la influencia, el respeto. ¿Por qué cambiarlo todo?
Sin embargo, había algo más fuerte que el miedo: el anhelo de libertad. La única razón por la que acepté irme fue por el dulce sabor de la posibilidad. Las mujeres de alta jerarquía en Japón gozan de más privilegios, más libertad. Y yo necesitaba eso, lo anhelaba. Imaginaba lo que sería caminar por un parque, observar a las personas correr o jugar con sus hijos, sentir el aire fresco y la tierra bajo mis pies. Quería conocer el mar, ver las olas rompiendo en la orilla, pisar la arena húmeda y sentir el agua acariciando mis tobillos. Había vivido tanto tiempo bajo la sombra de las expectativas de mis padres que ahora el simple hecho de imaginar la libertad me hacía temblar.
Ellos nunca lo aprobaron. Querían mantenerme bajo su control, como una muñeca de porcelana que solo se mueve cuando alguien la toma entre sus manos. No soportaban la idea de no saber qué hacía cada segundo del día, incluso llegaban a obsesionarse con detalles insignificantes, como cuántas veces iba al baño. Su afán de control era asfixiante, y aunque fingía ser sumisa y obediente ante sus ojos, la frustración hervía en mi interior, alimentando esa rebeldía que nunca permití salir a la luz.
Stella tenía razón al decir que me aterraba el cambio, pero no era tan simple. Por fuera, me mostraba como esa mujer audaz y aventurera, sin miedo a lo desconocido, capaz de lanzarse a un pozo lleno de pirañas y salir ilesa. Pero por dentro... por dentro me consumía el pánico. Había vivido en una burbuja durante tanto tiempo que ahora enfrentar el mundo exterior se sentía como arrojarme al vacío. Era como si el simple hecho de dar un paso fuera de este convento me dejara vulnerable, sin mi escudo de poder e influencia.
Aun así, ya estaba hecho. El destino estaba marcado, y aunque el miedo me carcomiera por dentro, no iba a permitirme dar marcha atrás. Porque aunque el riesgo fuera alto, también lo era la posibilidad de encontrarme a mí misma en el proceso. Y eso, quizás, valía cualquier sacrificio.