Capítulo 1: El primer nombre
-Hola.
Si encuentras este diario, lo más probable es que ya haya muerto. O al menos, eso espero.
Mi nombre es… bueno, ¿qué importa? A lo largo de mi vida, tomó muchos nombres.
Algunos impuestos por otros, otros elegidos por mí mismo, cada uno de ellos era una máscara, una mentira, pero antes de convertirme en todos esos hombres, fui solo uno.
Fui polvo.
Fui ceniza.
Fui carne entre cuevas y sombras. Nací en una época sin dioses ni reyes, antes de las ciudades, antes de las palabras.
Mi primera cuna fue una cueva oscura, mi primer techo, un manto de estrellas crueles y distantes. El llanto de un bebé resonó en la penumbra. Mi madre me envolvió en pieles toscas, me sostuvo con manos endurecidas por el frío y el hambre. No recuerdo su rostro, pero sí su calor.
El único calor verdadero que conocí en muchos siglos di mis primeros pasos entre el barro y los huesos de bestias antiguas, crecí al lado de hombres que aún no eran hombres, criaturas torpes, con ojos llenos de miedo y furia, siempre al borde de la muerte, siempre huyendo de ella.
Pero yo no morí.
No lo descubrí de inmediato, no hay un instante exacto en el que uno se da cuenta de que es diferente. Es algo que se acumula, que se siente como una sombra al acecho.
Todo comenzó el día que caí.
Era un niño aún, apenas con la fuerza suficiente para correr sin tropezar.
Jugábamos en los riscos, cerca de nuestra cueva, cuando una piedra pasó bajo mis pies. Recuerdo la sensación de vacío, el golpe del aire contra mi rostro, la rapidez con la que el suelo se acercó mi cuerpo impactó contra las rocas, escuche el crujir de huesos, luego, solo oscuridad.
Pero no morí.
Abrí los ojos la sangre manchaba las piedras, mi pierna estaba torcida en un ángulo imposible, y, sin embargo, me puse de pie los primeros pasos fueron torpedos el dolor era real, pero el hueso se enderezó, la piel se cerró, y para cuando regresó a la cueva, apenas quedaba un rasguño nadie lo notó.
Pero después vinieron más señales.
Las bestias que desgarraban a los demás con un solo zarpazo apenas me hacían retroceder, los colmillos de un lobo me atravesaron el brazo, pero la herida desapareció antes del amanecer.
El hambre me debilitaba, pero nunca lo suficiente para matarme, las enfermedades arrasaban la tribu, dejaban cuerpos pálidos y fríos a mi alrededor, pero nunca a mí una vez, en medio de una cacería, un jabalí me atravesó con sus colmillos, supe que era mortal, sentí el calor de la sangre salir de mi abdomen, mis manos tratando de contenerla.
Caí al suelo Espera la muerte Pero nunca llegó Horas después, mi piel estaba intacta. El dolor, un recuerdo borroso Fue entonces cuando lo entendí Algo estaba mal en mí. O peor aún, algo estaba ausente.
Mi gente empezó a notarlo Susurraban cuando creían que no escuchaba Sus ojos me observaban con recelo Sus manos ya no me ofrecían carne el miedo creció como un fuego en la aldea Los ancianos decidieron que debían ser un espíritu maligno, una criatura disfrazada de hombre.
Intentaron acabar conmigo…
Primero con piedras.
Luego con fuego.
Luego con cuchillos de sílex y hueso.
Me arrojaron al río.
Pero la corriente me escupió de vuelta a la orilla Me dejaron en la nieve, pero la muerte no vino por mí Seguí viviendo y cuando ya no quedó nadie, cuando el último de ellos cayó, cuando la tribu desapareció y el mundo siguió adelante sin ellos, yo caminé solo.
Sin familia. Sin nombre. Sin propósito.
Me convertí en un espectro, un errante sin fin Durante siglos fui nada más que un susurro en el viento, un reflejo en el agua, una sombra entre los árboles.
Los tiempos cambiaron.
Los hombres evolucionaron.
Las tribus se convirtieron en aldeas.
Las aldeas en reinos.
Los reinos en imperios.
Pero yo sigo igual.
Y entonces, tomé mi primer nombre.
“Ukhat”
En la lengua olvidada de mi pueblo, significaba “el que camina”. Este diario será mi legado, mi confesión, mi última compilación antes de encontrar lo único que he deseado durante toda mi existencia.