Alma de dragón

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Dranira es la princesa del reino del fuego y también la guerrera más fuerte del ejercito. Un día después de ver la traición por parte de su mejor amigo y su novio, huye al bosque donde es secuestrada por los oscuros. Sin embargo Aryan quien parece ser el líder, le confiesa su secreto, algo que cambia totalmente la perspectiva de la guerra. ************** ¡Hola! Si estas leyendo esto es porque tal vez te llamo la atención, la verdad ni siquiera tengo esperanzas de nada. Subo esta historia porque durante un tiempo puse muchas esperanzas sobre ella y al final parece que es un fracaso como todo en mi vida. Igualmente disfrute mucho escribiéndola, si llegaste hasta aquí gracias por tu atención.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
AngieNumo
Estado:
Completado
Capítulos:
23
Rating
5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Arrastrando la espada por el campo de batalla recorro la mirada por los cientos de cadáveres con el miedo de encontrarlo a él. Jadeo con cada paso, el cuerpo me pesa cada vez más y el asqueroso olor que emana en el aire inunda mis fosas nasales provocándome arcadas de vez en cuando. No sabría decir con certeza qué parte de mí no está sucia con sudor, tierra y sangre, pero nada de eso importa, lo único que quiero en estos momentos es encontrarlo vivo, así que no pienso detenerme hasta verlo sano y salvo. La última vez estaba corriendo a mi lado, sobre su caballo con la espada alzada, un grito de guerra y su cabello en un moño ondeando. Pero lo perdí de vista después de haber matado al primer hombre cuando el campo estaba lleno de bulla, gritos de fuerza, dolor y clemencia; ahora solo quedan lamentos.

 —Dranira —el llamado hace que me detenga—. Lo hicimos.

Varis sonríe con cansancio, sentado sobre una roca mientras su espada reposa a su lado enterrada en el césped. En estos momentos parece mayor, aunque sólo tiene veinticinco, cuatro años más que yo. Puede que la guerra nos haga envejecer más rápido después de todo. Trato de devolverle el gesto, pero aún no encuentro a Keo, esto no sabrá a victoria hasta saber que ha sobrevivido. 

Recorro con la mirada el lugar una vez más, la pradera que antes brillaba con un pasto verde y vivo ahora está destrozada y aplastada, el humo de algunas flechas incendiarias oscurecen el aire convirtiendo el paisaje en algo desolador. Los cadáveres en su mayoría llevan la vestimenta correspondiente a la tropa enemiga, banderas caídas, espadas tiradas o enterradas. Era algo que ya había visto antes.  

 —Tranquila —dice Varis con media sonrisa—. Lo vi hace un rato, se dirigía al campamento —suelto el aire que llevo atascado en los pulmones dejándome caer de rodillas. 

 —Podrías haber comenzado por ahí –reclamo. 

 —Esperaba que te alegraras por encontrarme vivo, ¿con quién entrenarías si no estuviera aquí?  –alza ambos brazos.  

 —Me alegro de que estés vivo Varis, lo sabes —sonrió con ánimo renovado—. Pero no es algo que me sorprenda.

 —Estoy halagado —guiña un ojo.

 —Como dicen, hierba mala nunca muere –recito desviando la vista hacia donde se encuentran unos soldados ayudando a los heridos. 

El sonido de unos cascos de caballos se acerca a nuestras espaldas, entre la niebla se asoman dos jinetes del ejército montados.  

–Señorita Dranira —Saluda el chico más joven sorprendido mientras se baja del caballo—. ¿Se encuentra bien?

–Si, gracias –asiento mientras un pequeño ardor recorre algunos cortes poco profundos en mis brazos y piernas–. Solo un poco cansada –me impulso afirmando el mango de la espada para ponerme de pie, el Joven se acerca preocupado con los brazos extendidos para tratar de ayudarme. Lo detengo haciéndole un gesto con la mano y negando con la cabeza, obediente retrocede. Volteo hacía Varis, el hombre que había llegado junto al joven lo ayuda a ponerse de pie, está cojeando–. No me dijiste que estabas herido –le recrimino. 

–No preguntaste –contesta tratando de sonreír mientras le sale una mueca de dolor—. Es solo una torcedura.

–Ayúdalo a él —pido al joven que aún está a mi lado–. Puedo arreglármelas sola.

El chico asiente y se coloca al otro lado de Varis pasando el brazo por sus hombros, entre ambos hombres lo ayudan a subir al caballo con dificultad; es el doble de grande que ellos dos y seguramente pesa un montón por la masa de músculos que es. 

Enfundo la espada en mi cintura y subo al otro caballo, después le ofrezco una mano al chico que duda por unos momentos, pero termina sentándose detrás.  cabalgamos a paso lento hacia el campamento, no puedo ir más rápido por las heridas, pero me hubiera encantado correr para llegar lo antes posible para reencontrarme con Keo.

La desesperación que se agolpa en mi pecho, disminuye cuando a lo lejos divisó las carpas y banderas rojas adornadas con la insignia del dragón: Pecho inflado, alas abiertas y escupiendo fuego. Siento que nos representa tal como somos. 

Aunque el panorama al acercarse no es muy alentador: Las personas atienden a los heridos, por otro lado, juntan los cuerpos. Siempre evito mirar demasiado ese lugar, odio perder a mis compañeros en el campo de batalla.Trato de proteger a los que puedo, pero las pérdidas en una guerra son inevitables. 

–Otra victoria para la serpiente de la arena –escucho entre las personas que se mueven por el campamento mientras voltean a mirarme cuchicheando, voy con la mirada al frente fingiendo que no los oigo. 

No sé en qué momento recibí ese “título”, no me gusta, representa un animal rastrero y venenoso del que las personas huyen por lo que nunca me detengo a pensar demasiado en eso. Varis insiste en molestarme con el nombre aunque una vez me confesó de que debería estar orgullosa ya que me llamaban así por mi rapidez y agilidad durante las batallas. 

Tiro de las riendas deteniendo al caballo frente a la carpa de Keo, se las ofrezco al joven antes de bajar de un salto, el dolor punzante en las heridas me recorre el cuerpo, aprieto los dientes y corro hacia adentro. 

–¡Dranira espera! –llaman–. ¡Estás herida! –reconozco la voz de Mérida. 

Hago oídos sordos, antes de cualquier cosa quiero verlo, me detengo por unos momentos afuera mirando el estado de mi ropa, me sacudo el cabello que está tan empolvado que ya casi no se distingue el color castaño.

–¡Keo! -llamo entrando. Se encuentra sentado en una mesa escribiendo en un pergamino, alza la mirada y sonríe. Está… intacto, no parece cansado, esperaba encontrarlo recostado; un poco herido, pero no tiene ni un mechón fuera de su cola de caballo, ¿cómo puede ser posible? sacudo la cabeza pensando en lo obvio: Por algo es el capitán. Sonrío aliviada–. Estas bien. 

–Y tú… –responde él– Te ves un poco lamentable –lo dice en tono divertido pero sus palabras me quitan la sonrisa. Se levanta acercándose y me da unas palmadas en la cabeza–. Ve a curarte las heridas.

Me toma por los hombros dándome la vuelta para dirigirme hacia afuera. Mérida espera en la entrada con las manos detrás de su espalda, el delantal ya tiene algunas manchas de sangre; seguramente por estar curando a los heridos, parece que cada día las arrugas de su rostro se pronuncian más y el cabello cano se mantiene firme en su peinado.  

–Mérida te la encargo –Keo me suelta–. Más tarde iré a verte –promete antes de entrar nuevamente a su tienda. 

Trato de ocultar mi decepción lo más que puedo, esperaba un mejor recibimiento después de haber estado bajo el filo de varias espadas, pero Keo parece ocupado en otros asuntos. Tal vez es por la suciedad en toda mi ropa que no obtuve un abrazo y un beso.

–Me alegra que estés bien –dice aliviada la anciana. siempre se preocupa por mí, a veces me pregunto si así serán las madres en realidad–. Aunque no me sorprende —admite, luego niega con la cabeza al ver la ropa rasgada. 

Con su ayuda me saco el peto que está hecho en forma de malla y las hombreras, a diferencia de los otros soldados prefiero no llevar armadura porque dificulta los movimientos durante la batalla.  Pero después de la insistencia de los superiores llegamos al acuerdo de que por lo menos vistiera algunas partes, también una falda del mismo material.  

Mérida pone ungüento en algunos rasguños, tengo unas contusiones que sanarán con el pasar de los días, pero nada grave. Deja un balde con agua para que pueda lavarme, aunque más tarde iré al río a tomar un baño de todas formas. 

–Gracias Meri –le digo a la anciana cuando se retira. 

Cuando despierto la luz del día se está extinguiendo, El agotamiento logró que me quedara gran parte de la tarde durmiendo. Bostezo estirando mis brazos. La cortina se abre, con rapidez me pongo de pie cuando una cabeza rubia se asoma y unos ojos verdes me miran. 

–No sé si arrepentirme de haber venido por la cara que tienes –dice Varis negando.

La culpabilidad me golpea, había pensado en ir a verlo, pero la idea de que Keo llegara a buscarme y yo no estuviera aquí para recibirlo…   

–No, lo siento –le doy unas palmadas en el hombro–. Gracias por venir, yo debería haber ido a molestarte primero, ¿cómo está tu pie? –pregunto, lo lleva vendado. 

–Nada grave, estaré bien en un par de días. 

Agarro una silla y la acerco a su lado. 

–Impresionante, pensaba que me echarías como si fuera un perro cagando sobre la alfombra —se burla sentándose. 

Trata de mostrarse enérgico pero se le escapa un suspiro de cansancio. Le falta un poco de color a su rostro. Deberia mandarlo a recostarse  pero con lo terco que es… Mejor lo dejo estar. 

–Haces que parezca una bruja a veces —niego con la cabeza. 

–Bueno… creo recordar que me dejaste inconsciente alguna vez –dice dubitativo mientras balancea las manos.

–¡Estábamos entrenando! –me defiendo. Recuerdo tumbarlo y ver como rebotaba en el piso. Al principio celebré la victoria pero al darme cuenta de que no despertaba me pegue un susto que nunca olvidaré–. Sabes que cuando comienzo no puedo controlarme la mayoría de las veces. 

–Solo bromeaba –Ríe divertido–. Esa ha sido una de las mejores siestas que he tomado. 

–No es gracioso –le lanzó una almohada que atrapa al vuelo–. De verdad me sentí terrible. 

En ese momento la cortina se abre y entra Keo, se ve impecable y fresco, como si no hubiera estado peleando hace unas horas. Varis se pone de pie para salir. 

–¿Te encuentras bien? –le pregunta Keo poniendo una mano sobre su hombro cuando pasa por su lado. Varis se detiene.

–Un poco molido, pero nada que no se recupere con un par de ungüentos —Contesta volteando a verme con una sonrisa cómplice. Guiño un ojo en respuesta y sale de la tienda. 

 Con un impulso abrazo a Keo dándole un beso en los labios. 

 –Estaba muy preocupada por ti 

 –Lo siento –pasa su mano por mi cabeza–. Cuando terminó la batalla tuve que atender asuntos urgentes. 

Asiento con comprensión, Keo siempre está muy ocupado, demasiado papeleo y reuniones. Si no lo hubiera conocido antes de que lo ascendieran, quizás no sería mi novio ahora.

Quedamos en la misma tropa, yo siendo la primera y única mujer no quería mostrar debilidades, así que no era amable con ni un soldado; tenía que ser la que pisoteara a los que se atrevieran a siquiera mirarme en menos. Con los días gané el respeto de todos: sin doblegarme ante nadie, triunfando en todos los enfrentamientos.

Keo era uno de los más débiles, a pesar de su altura, su cuerpo seguía siendo demasiado esbelto y escuálido. Todos se dedicaban a gastarle bromas y molestarlo. Un día al verlo siendo pateado en el piso no pude quedarme al margen, comencé una pelea por la cual fui castigada sin comer por dos días. Keo en forma de agradecimiento, guardaba parte de sus raciones y me las llevaba, esa fue la primera vez que alguien se preocupó por mí. 

Lo ayudé con el entrenamiento. Varis, quien desde hace un tiempo entrenaba conmigo también puso de su parte para entrenar a Keo, los tres nos convertimos en un grupo fuerte. Keo mejoró su físico en cuanto a masa muscular, dejando atrás la imagen de hombre débil que le habían impuesto los soldados. 

En las batallas nos destacamos por sobre los otros, el general al notar nuestro avance nos ofreció el puesto de capitanes, pero esto implicaría ubicarnos en distintas tropas, Varis y yo nos negamos. Solo queríamos pelear y dirigir era un tema de responsabilidad administrativa. En cambio, Keo si quería ser capitán; la estrategia se le daba de maravilla, ahí es cuando nos dimos cuenta de que podría llegar lejos. 

–Mi capitán –acaricio su mejilla con suavidad—. No sé qué haría sin ti.

Keo atrapa mi mano y deposita un beso sobre mis nudillos. 

—Ni yo sin ti, mi guerrera

Lograba que me sintiera importante, como si fuera la protagonista ante sus ojos. Era una sensación adictiva y siempre quería más de eso.

–¡Capitán! –Un soldado llama desde fuera. 

Suspiro con pesadez, pasaba muy poco tiempo con Keo y siempre había interrupciones, pero sé que es una época difícil y ponerme de novia en medio de una guerra no es lo más sensato.

–Soldado –responde keo dando autorización para que entre. Era el mismo chico que me acompañó en el caballo de vuelta al campamento. 

Pasa la mirada del capitán hacia mí con el rostro rojo y encogiéndose un poco avergonzado.

—L-Lo siento –tartamudea–. Siento la interrupción –me da ternura verlo tan avergonzado.  

—No hay problema —contesta Keo sonriéndole y poniendo una mano sobre su hombro para tranquilizarlo—. Dime que sucede.

—Un mensajero de la tropa vecina lo espera, tiene un comunicado importante.

—Vamos —Keo sale rápidamente de la tienda y lo sigo. Al pasar por el lado del chico le revuelvo el cabello para darle ánimo, parece tener dieciséis años.

Hay cinco tropas distribuidas por las fronteras cubriendo los puntos exactos por donde podrían atacar los enemigos, si han enviado un mensajero debe ser urgente.

 Al llegar a la tienda de Keo se encuentra Varis sentado en el escritorio con los brazos detrás de la cabeza, a un lado está el mensajero revolviendo sus manos. 

–Capitán –saluda con una inclinación leve. Es un hombre de unos cuarenta años. Veo un leve temblor en sus manos–. Disculpas por tomar primero la palabra, pero es urgente, uno de los vigilantes vio a los oscuros entrando al bosque olvidado a dos kilómetros de este campamento, tememos que van a atacar por el este.

Dice todo rápidamente pero logro entender la situación. Se hace un breve silencio. Varis deja su postura relajada y apoya los codos sobre la mesa. Keo lleva una mano a su barbilla en gesto pensativo. Llevo mi mano a mi cintura agarrando la daga que siempre tengo conmigo, incluso mientras duermo; un amuleto de la suerte. Una vez durante una batalla creí que la había perdido hasta que la encontré clavada en uno de los ojos de un enemigo. Desde ese día solo la ocupo en emergencias.  Paso los dedos por el mango de acero con forma de dragón, sintiendo la textura. Me tranquiliza en momentos como este. 

–¡Rayos! —exclama Keo con impotencia—. Acabamos de salir de una batalla contra el reino del agua donde perdimos muchos hombres y ahora el reino de las sombras…–se pasa una mano por el cabello– ¿Cuántos hombres tienen en su tropa? –pregunta al mensajero.

–No los suficientes si estamos solos –responde con angustia en sus ojos–. Por eso fui enviado, el capitán kyle solicita su ayuda para este enfrentamiento, creemos que los oscuros preparan el terreno para el ejército del reino de las sombras.

Surge una pequeña emoción en mi interior, la misma emoción loca que me  llevó a convertirme en una soldado y es que a pesar del nerviosismo; los nuevos retos me llaman. No hay nada mejor que el momento de vivir la pelea y vencer, sobre todo vencer. 

El día en que comenzó el conflicto hace dos años, el reino del aire había sufrido un golpe de estado. El rey asesinado, la familia real exiliada y todo causado por el consejo. La noticia se esparció al instante dejando al continente en incertidumbre. Los poblados del reino del aire al no estar de acuerdo con lo sucedido aborreciendo la traición del consejo a su propio rey, comenzaron a emigrar dejando al reino más debilitado 

Aquí es donde la guerra se hizo presente: el reino del fuego, el agua y de las sombras entraron en conflicto para apoderarse de las tierras del aire. 

Dentro de la guerra apareció un grupo formado por el reino de las sombras: los oscuros, operaban de forma minuciosa y rara vez se les había visto en un lugar sin que este se convirtiera en un caos.

Siempre he sentido una gran curiosidad por ese grupo, son una pieza clave para el reino de las sombras y no conozco a nadie que haya podido atrapar a alguien que perteneciera a los oscuros. Llegaban y desaparecían antes de que comenzara la batalla, algunos aseguraban que era una fachada, pero no estoy segura de eso, algo oculto hace que nazcan unas ganas irremediables de atrapar y derrotar a los oscuros.

–De acuerdo –decide Keo interrumpiendo mis pensamientos–. Avanzaremos primero con parte de nuestros hombres para tantear terreno, los esperamos ahí mientras montamos nuestro campamento, no hay tiempo que perder.

–De acuerdo señor, llegaremos lo más pronto posible –promete el mensajero, se inclina y sale apresurado. 

Mientras nos quedamos en silencio con la cabeza gacha se escucha el trotar del caballo alejándose a toda prisa.

–Iré a alistarme –dice Varis poniéndose de pie. 

–Alto ahí –ordena Keo, serio–. Estás herido, te quedarás aquí.

–¡Vamos! –reclama Varis extendiendo los brazos— ¿Es una broma? No es nada –se apunta el pie vendado–. Se pasará en unas horas.

–Varis –digo con lamento—. No seas terco, Keo tiene razón, estás herido.

–Drani –súplica Varis–. Si este fuera tu caso, ¿cómo te sentirías?

Terrible y no puedo negárselo, si me impidieran pelear a cuestas de una batalla sería como prohibirme comer cuando la cena está lista

–Por favor –insiste Varis–. Les aseguro que mañana estaré mejor, por lo menos déjenme acompañarlos, no pelearé –se pasa la mano por el cabello con frustración, un mechón rubio se le queda parado graciosamente. Sonrió, no puedo negárselo. Pongo una mano en el rostro de Keo.

—Me asegurare de que no le pase absolutamente nada –Garantizo. 

–Está bien —se rinde Keo después de unos segundos. Relaja su postura—. Pero si veo que no estás en condiciones cuando llegue el momento, te enviaré a un lugar seguro, amarrado a un caballo si es necesario —Varis ríe negando con la cabeza.

–Gracias –parece recordar algo al exaltarse y buscar en su bolsillo–. Dranira, esto lo envió tu padre –saca una carta.

Agarro el sobre entre mis manos mirando el sello de mi padre, una llama en espiral con una corona perteneciente al rey del fuego.

–Gracias –con una sonrisa vacilante la guardo en mi bolsillo. 

–Iré a dar el anuncio para preparar la partida —comunica Keo saliendo rápidamente de la tienda.

—Drani –Varis tiene el ceño fruncido– ¿Estás bien?

—¿Ah? –debe notar mi nerviosismo en estos momentos–. Si –asiento, no muy segura.  

—Siempre te pones nerviosa cuando llega una carta de tu padre —desvio la mirada hacia la entrada—. Vamos, dime que sucede.

Suelto aire por mis labios, si no le digo no me dejara en paz, no tengo escapatoria. 

—Varis… Mi padre no me envía las cartas.

—¿Como? —frunce aún más el ceño—. Tiene su sello, solo él puede ponerlo y es igual a los otros…

—Lo sé, es de él —los ruidos del exterior dan a entender que el campamento esta movilizándose—. Pero todas las cartas dicen lo mismo, no es su letra, alguien más las escribe y él pone el sello. 

—¿Por qué piensas eso?

—Siempre dice lo mismo —saco el sobre un poco arrugado del bolsillo y se lo entrego. La abre rompiendo el sello con cuidado y despliega el papel — Hola Danica –usa mi verdadero nombre–, aquí todos te extrañamos, por favor cuídate y vuelve a casa sana y salva, atentamente tu padre el rey del fuego —recito cada palabra escrita, Varis pasa su mirada del papel a mi, incrédulo. 

 Niega mientras arruga la hoja con molestia. 

—Sé que tu padre no estaba de acuerdo con que vinieras a la guerra, pero…

—Claro que no lo estaba, él siempre quiso que siguiera el camino de mis hermanas, casarme y quedarme en casa todo el día bordando y sirviendo té –miro mis manos duras por el entrenamiento–. Cuando la guerra termine… le prometí que volvería para cumplir mis deberes como princesa.  

La culpabilidad de desear que no se terminara la masacre para seguir saboreando un poco más la poca libertad que se me otorgó, me golpea cada día. Varis se acerca para luego rodearme con sus brazos. 

—Pero no eres como tus hermanas, eres la mejor guerrera de este ejército, claro después de mi –suelta una carcajada. no puedo evitar sonreír—. No importa lo que piense tu padre y tu familia, acá tienes el respeto de todos y es porque te lo has ganado, por ser tú.

 Le devuelvo el abrazo con fuerza. El vacío que se apodera de mi cada vez que llega una carta es algo difícil de llenar, lo sobrellevo día a día fingiendo que estoy bien pero ahora gracias a Varis ya no será así. 

—Nunca me habían dicho algo tan alentador —limpio apresuradamente unas lágrimas que se escapan—. Gracias, no podría encontrar un mejor amigo en el mundo –y así lo siento. 

—No me hagas llorar —Varis se da la vuelta dándome la espalda. Lo sigo intentando ver su rostro—. ¡Basta! me da vergüenza. 

—¡No puedo creer que estés llorando de verdad! —las carcajadas brotan de mi garganta y me doblo de la risa. Varis se tapa la cara con las manos.

 Le doy unas palmadas en la espalda y salgo para darle privacidad sin antes decirle que empaque sus cosas. Era la primera vez que tenía un momento tan emotivo con Varis. Lo único que hacíamos todo el tiempo era gastarnos bromas entre nosotros y pelear. Ahora podía tener el corazón en calma al sentir su compañía.