Ahogándose en las fauces del destino
Para algunas personas, cuando miran a su alrededor, y observan que todo lo que alguna vez conocieron y amaron ha sido devorado por las terribles fauces del destino, nace en su interior el profundo deseo de concluir con su propia vida. Aun así, la tenue luz de la esperanza a veces los abriga con un poco de su calidez, mostrándoles que aun en la profundidad más oscura de la desesperación, a veces las cosas pueden parecer menos terribles de lo que realmente son.
Lo que sucedió en todo el mundo había sido insólito, las callejuelas y plazas de todas las ciudades se encontraban inundadas. La lluvia no había cesado ni un segundo durante días, tal vez semanas; la irrealidad embriagadora de la oscuridad y los relámpagos incesantes había confundido la percepción que se tenía del tiempo. El cielo parecía enfurecido; los celestiales rugidos de la tormenta y las luces cegadoras de los rayos era lo único que iluminaba la ciudad desde que comenzó el interminable y helado llanto celeste que poco a poco arrasaba con todo rastro, tanto de las bondades como de las inmundicias terrenales.
Nicolás, al igual que el resto de la humanidad, se encontraba totalmente aislado del mundo que llegó a conocer. Desde que la lluvia comenzó, no pasó mucho tiempo antes de que la energía se fuera; ya no había ni calefacción, ni televisores, ni señales de radio, internet, ni mucho menos celulares que conservasen batería tan si quiera para usarlos como linternas: la oscuridad se apoderó de todo, y comenzó a sentirse como el inicio una negra eternidad. Al igual que algunos de sus vecinos del último piso, Nicolás esperaba atento a que alguien viniera a rescatarlos, sin embargo, no había señales de que alguien pudiese llevarlos a un lugar seguro. El mundo estaba atravesando por un terrible diluvio, tan terrible que iba más allá de lo posible, tan solo podría considerarse como una de esas tragedias de carácter bíblico.
En esa situación ¿Quién podría salvarlos? ¿A dónde podrían llevar a las personas? Había una pequeña ilusión de que llegasen enormes helicópteros y los llevasen a gigantescos barcos donde no pudiesen salvarse de morir ahogados, y que hubiese todas aquellas comodidades que se necesitan en los desastres de la caprichosa naturaleza, tales como: alimento, camas, lugares iluminados donde los sobrevivientes pudiesen convivir y contar sus malestares emocionales para evitar caer en la locura, pero no era más que eso, una ilusión.
En el edificio donde habitaba Nicolás, los inquilinos del primer piso buscaron refugio en los departamentos de arriba, hecho que despertó la bondad de algunos y la maldad en otros: creando situaciones que terminaron en golpes y en muertes provocadas por el deseo de sobrevivir del más fuerte sobre el débil. En algunos días después de las riñas, los apuñalamientos y los disparos a quemarropa, todo quedó en silencio. Nicolás había sobrevivido pues hizo una perfecta barricada para bloquear su puerta; hecha con sillones, refrigerador, cama y libreros; la única manera de poder pasar, era que destruyeran la puerta con cientos de hachazos o que le prendiesen fuego; y si así fuese, él tenía un revolver cargado para evitar que alguien quisiera irrumpir en la seguridad que le proporcionaba su propia soledad.
Los primeros días reinó el caos. Desde las ventanas se podía ver a las multitudes iracundas destrozando locales, robando mercancías, gente golpeándose con brutalidad bajo la lluvia. En los callejones oscuros se escuchaban los desgarradores ecos de actos de violencia, y el griterío de cientos de locos recorriendo las avenidas predicando la palabra de diversos dioses mientras. Los alaridos poseídos en medio del caos, creaban una ópera trágica de asesinatos, donde los vencedores perdidos en el frenesí y en la histeria se movían con dificultad con el agua llegándoles hasta la cadera.
Todo ese pandemonio terminó pronto, las furibundas fauces de la bestia hecha de lágrimas del cielo, devoraba de manera insaciable las calles, las casas, los pequeños comercios; hasta que hizo imposible salir a la calle sin un bote. Con la falta de movilidad, ya no quedaban maneras de andar, robar, matar; ni siquiera de vivir como se hacía antes de que el destino, o los caprichos divinos quisieran ahogar a la humanidad como si fuesen hormigas en un charco de olvido.
Nicolás tuvo más suerte que muchos, o una desgracia más prolongada, pues él había sobrevivido en su amplio departamento, que convenientemente estaba en el último piso de un moderno y enorme edificio que contaba con cimientos fuertes, los cuales lograban evitar que la estructura se desplomase con facilidad. El tiempo seguía transcurriendo de una manera extraña; al momento de dormir, cansado de pasar cada segundo angustiado en la soledad y en la incertidumbre, lo último que miraba a través de su ventana era un interminable y rabiosa lluvia y un cielo lleno de relámpagos, y al momento de despertar era justamente la misma imagen. Antes de que todo comenzara, la comodidad de la vida no traía más pesares que las trivialidades de un mundo frívolo sucumbido ante el consumismo: las cuentas bancarias, las posesiones materiales, las rutinas del gimnasio y los seguidores de las redes sociales, la pregunta de si ¿era mejor Messi o Ronaldo? Pero ahora que no había nada que hacer más que esperar a la muerte mientras esta fuese subiendo poco a poco en forma de aguas turbias, Nicolás comenzaba a cuestionarse muchas cosas, ya que el sabor del tiempo desperdiciado era muy amargo. Fue como si la misma lluvia hubiese limpiado las almas y conciencias de los condenados, y las cosas comenzaran a verse más claras que nunca, pero el valor de ese nuevo despertar tuvo un gran costo, tan alto, terrible e inimaginable.
No había un escape al destino, era sentirse atrapado en una tortura que no lo hería ni lo desangraba, pero lo mantenía en un estado de soledad, culpas de un pasado que ya no podía enmendar, tan sólo deambulaba hora tras hora de un lugar a otro tratando de acallar las voces de la muerte que lo invitaban a tener un dulce descanso en sus helados brazos. El eco de sus memorias, era la única melodía que podía distraerlo de las ventanas que retumbaban con cada rugido del cielo enfurecido; y evitaba caer en la locura, sintiendo con su mano en el pecho el ritmo de su propio palpitar, imaginando que era un reloj de bolsillo que le recordaba la existencia del tiempo: y ese corazón resignado parecía hablarle a su mente, diciéndole “la vida es corta y tarde o temprano morirás”. Lo sabía, siempre lo supo, pero nunca se detuvo a analizarlo, todo aquel que ha nacido tiene un mismo destino…morir. La situación nunca pudo ser de otra manera; todo aquello que él había construido algún día sería cenizas, así como su carne, sus huesos y su nombre, lo único que no pudo prever, fue la muerte a su destino llegó de una manera muy pronta, y demasiado teatral con todos esos truenos y relámpagos.
En otros departamentos ya no había más que susurros, ruidos fugaces, algunas detonaciones de arma de fuego que anunciaban un suicidio nuevo y de vez en cuando el eco de algún llanto. A través de la ventana, Nicolás miraba como los edificios más pequeños y viejos se desmoronaban uno tras otro por las fuertes olas de un mar que ahora había tragado lo que él conoció como la gran ciudad. Durante varias tardes, la nostalgia fluía de la mente y se derramaba hasta el corazón. Él pudo ver como sus vecinos perdieron la paciencia y se aventuraron a salir del edificio; usando embarcaciones improvisadas con los muebles caseros, llevando mascotas, figuras religiosas y niños pequeños entre los brazos...ninguno de ellos regreso con ayuda, y lo más seguro es que habían perecido en el fondo de la oscuridad. Era irreal, una esperanza absurda pensar que, más allá de aquellas aguas hambrientas e insaciables pudiese haber algún lugar seguro en el mundo.
Subiendo por las escaleras, piso tras piso pudo ver el agua acercándose a su departamento, y a no estaba seguro de que sería lo que lo mataría primero: el agua que deseaba devorarlo en sus liquidas fauces de oscuridad, o el hambre. Por varios días había sobrevivido con sus alimentos enlatados, cereales y frutos secos, pretendiendo que la avena cruda eran jugosas carnes argentinas; además llevaba día tras día bebiendo su cava de vinos importados los cuales coleccionaba y sólo se atrevía a saborear en los eventos más celebres, ahora ya no había ninguna razón para conservarlos.
La mente de Nicolás había pasado por varias etapas que volvían a repetirse una y otra vez cada día; giraba la rueda de sus jornadas a través de las emociones de: nostalgia, tristeza, euforia, desesperación, calma, aceptación de la muerte y al final regresaba a su estado nostálgico, y nuevamente el ciclo se repetía, como si cada día viviese una nueva vida con pensamientos diferentes pero marcado por las mismas emociones que lo gobernaban entre los amaneceres y los ocasos.
El frío cada vez se volvía más insoportable; todavía su edificio seguía en pie, pero varias veces al día, podía sentir pequeños temblores y crujidos en las paredes; tarde o temprano todo sería arrastrado, algo tan inevitable le parecía aterrador. No sabía quién iba derrumbarse primero, los cimientos de su hogar o su espíritu. Ya no quedaban velas, tampoco nada de ropa limpia, las páginas impresas de su pequeña biblioteca ahora se habían convertido en su papel higiénico, palabras que en algún momento llenaron su cabeza de sabiduría y nuevas perspectivas de la existencia ahora no eran más que hojas manchadas de su propio excremento.
-Es raro… la vida es muy caprichosa- se dijo a sí mismo en voz alta, sin que hubiese nadie que lo escuchara más que su reflejo en la soledad del espejo. Mientras jugueteaba con su barba crecida sonreía sin alegría, estaba seguro que moriría pronto, después de tantos días de sólo ver agua a su alrededor, de no tener comodidades, ni trabajo, ni diversión sólo podía tener certeza que su final llegaría pronto. Sin embargo, ya no estaba triste; había llorado tantas veces que ya no le quedaban más lagrimas que derramar. Ahora estaba invadido por una rabia interna enmascarada bajo su mueca de sonrisa melancólica. Nunca fumó, ni bebió en exceso, nunca llegó a los golpes en una discusión, nunca fue promiscuo, siempre había comido alimentos sanos, y salía a correr todas las mañanas, rezaba a su Dios cada noche, y hacía caridad a los menos afortunados, y ahora todo ese cuidado físico y moral se había convertido en el recuerdo de una tragicomedia llena de banalidades santificadas. Era consciente que la muerte está presente cada día, sabía que cualquier mañana sin importancia podía resbalarse en la ducha y romperse el cuello, o ser atropellado, y aunque lo sabía, una parte de él, todavía estaba renuente a aceptar ese proceso natural de la vida, y más cuando el ocaso de su existencia se acercaba tan lenta y macabramente.
“No, no puedo estar triste” se repitió varias veces mientras miraba las gotas de lluvia que rodaban por sus ventanas. Ese amargo sabor del tiempo desperdiciado volvió a llenarlo de un profundo asco. La mente dispersa y atormentada comenzó a llenarse de pensamientos caóticos, entre ellos surgieron varios recuerdos tan bellos como dolorosos: imágenes de aquella hermosa joven a la que no le hizo el amor porque estaba muy ocupado en sus estudios; aquel tipo al que quiso romperle la cara y no lo hizo por miedo a ser lastimado; recordó a los amigos que perdió por esa obsesión absurda de rodearse sólo de personas poderosas. No pudo evitar reprocharse todas las horas que pasó encerrado en una oficina mientras muchas personas en el mundo jugaban pool en la cantina y luego llegaba a su casa a hacer el amor con sus amantes o esposas. Pensó en los hijos que nunca tuvo porque los veía como una responsabilidad innecesaria en el momento inadecuado.
Ya todo estaba en el fondo de las oscuras aguas del diluvio; el cual no sólo devoró edificios y personas, sino también esos logros mediocres que recordaba Nicolás, sus sueños frustrados, sus ambiciones de poder, sus nostalgias, la suave piel de la mujer que perdió por no hacerla su prioridad y los rostros hipócritas a quienes tuvo que sonreírles para seguir ascendiendo: ¡Todo! todo se movía de manera caótica en las entrañas liquidas de esa bestia apocalíptica de aguas turbias, y ahora eran cenizas del tiempo y la memoria. Lo que alguna vez fue parte de la humanidad, ahora reposa en el fondo de las tenebrosas e insaciables aguas del olvido.
La nada…en eso se convirtió la vida, en ¡nada! Todos aquellos sueños y expectativas espolvoreadas con deseos triviales: los miedos, las fobias y prejuicios, las apariencias, el egoísmo y la necesidad estúpida de ser aceptado por la sociedad antes que aceptarse a sí mismo; todas esas cosas carecían de un sentido real, lo verdaderamente importante eran los pequeños y fugaces momentos de verdaderas alegrías: las caricias y los besos del ser amado, las tiernas miradas de los padres, las risas y todas aquellas pequeñas dichas que condimentan de sabor a la existencia, todo eso era la esencia de la vida. Nicolás siempre fue tan superficial, que ahora se sentía un estúpido que nunca atesoró los buenos momentos perdidos como debió de hacerlo. Se lamentaba el no haber enfrentado a la vida con las bellas características inherentes al ser humano; alguien que llora, que ríe, pero sabe valorar cada segundo que transcurre, sabiendo que esos instantes mueren y nunca regresa del abismo del recuerdo. Mientras el suelo bajo sus pies crujía y se tambaleaba, Nicolás estaba riendo en soledad, tan solo burlándose de sí mismo y se sus propios arrepentimientos.
Inmerso en su meditación, dejando que los recuerdos y añoranzas vagaran libres por su departamento pudo observar un rastro de vida a lo lejos. A través de la ventana pudo ver a un anciano delgado y con ojos desesperados, navegando por el mar de citadina suciedad, embarcado en un bote improvisado, hecho de un viejo librero con otras tablas atornilladas y bolsas de basura, impulsándose con sus huesudas y decrepitas manos: el viejo se veía de 70 u 80 años, enfrentándose contra el diluvio que había arrasado al mundo entero. Era seguro que en el corazón y mente de ese anciano aventurero había miles de historias y recuerdos, de llantos y remordimientos y sin embargo se resistía a quedarse en su habitación a esperar la muerte “¿Eso era valentía? ¿Acaso no había vivido demasiado? ¿Por qué se aferraba a la vida de una forma tan desesperada?” Nicolás no podía comprenderlo, pero si sentir una profunda admiración a ese deseo indomable de querer vivir. Parecía que ese canoso marinero improvisado tenía la misma desesperación que él sentía, pero había algo más, una férrea decisión de querer sobrevivir y hacer de su vida algo tan hermoso como heroico, desafiar a Neptuno, y escapar de las afiladas garras de la muerte. Por un momento dejó de verlo como un viejo decrepito, ahora lo miraba como un símbolo de romántica determinación, así como un poema de heroísmo hecho hombre.
Nicolás sintió en su interior una envidia alegre por ese hombre y pensaba “¿Porque tenemos que estar al borde de la muerte para darnos cuenta de nuestros errores? si yo pudiera volver a nacer, buscaría a mi amor verdadero cada segundo de mi vida, jamás me tragaría una palabra por considerarla descortés. Golpearía a personas injustas y pasaría más noches bebiendo que trabajando, gastaría más en diversiones que en trajes elegantes, correría bajo los atardeceres en vez de perder horas frente a estúpidos papeles de estados financieros. Ojalá este diluvio acabe, sin embargo, sé que eso no pasara. La naturaleza ha decidido que no merecemos la vida, no merecemos el aire que respiramos ya que sólo nos dedicamos a desperdiciar la existencia que se nos ha regalado”.
En la sombría tristeza que se había adueñado de su desvalido corazón, a Nicolás le hubiese gustado acompañar al viejo navegante en su odisea, pero sabía que no le serviría de nada, ya no podía recuperar el tiempo perdido, ya no podía ser niño otra vez y gozar de la dicha de exprimir la vida al máximo.
Sus 36 años de vida no fueron suficientes, él necesitó de la llegada del apocalipsis para darse cuenta de que vivió marchando en el rumbo equivocado, y tal vez nunca tendrá la oportunidad de renacer. El saber si existen reencarnaciones, un cielo o un infierno son meras especulaciones, lo único de lo que estaba seguro es que no podría escapar de las fauces del destino, que morirá, que nunca en esta vida que se le dio el privilegio de existir ya no podrá sentir el dulce beso de quien sería el amor de su vida, que jamás cargaría a un hijo o hija y los abrazaría al dormir, que no podría volver a visitar la tumba de sus padres y besar la lápida donde reposan, tan sólo le quedaba un corazón roto, unos ojos sin más lagrimas que derramar, unas manos temblorosas y el sabor amargo del tiempo desperdiciado.
Cerró los ojos y en silencio hizo una plegaría al universo, al diluvio y a la destrucción; deseaba que volviese a existir una nueva humanidad. Él sabía que ese mundo ya estaba condenado, pero si llegase a existir otro, pedía que aquellos que volvieran a repoblar la tierra, no tardasen lo mismo que él en conciliarse con la vida; ojalá que una nueva humanidad pueda ser feliz, ojalá que nadie sienta el sufrimiento de un alma atormentada, torturándose a sí mismos pensando en cada segundo que perdieron, y que todos puedan realizar sus sueños.
Ya no era necesario observar las manecillas del reloj; el tiempo se había congelado. La muerte que tanto tiempo estuvo esperando, ahora tocaba las puertas de su morada, no necesitaba abrir la entrada pues esta comenzó a introducirse bajo la puerta como un charco rápido e imparable. Ya no había un lugar donde pudiese esconderse de esa liquida y helada mano de la muerte, tan solo cerró los ojos, suspiró y estaba listo para recibirla cordialmente.
Se despidió del mundo; sabía que su historia había llegado su final tras 36 años de vacío. Trató de recordar ese dulce y embriagador aroma de mujer por última vez, de recordar la sonrisa y el cálido abrazo de su padre, decirle “adiós” a todos aquellos que alguna vez en su vida amó y que probablemente ya estén muertos. Mientras el agua comenzaba a llegar a sus rodillas, Nicolás se servía su última copa de vino. Le hubiese gustado ser alguien que no tuviese arrepentimientos, pero no era más que un solitario que terminaría su última botella de vino y moriría ahogado ante lo inevitable.