Las 7 cartas
Carta #1.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; lamento ser tan insistente con este tema, pero yo no quería venir a vivir aquí, a la abadía del escudo ardiente de Deolo en Monte mayor; un nombre demasiado largo para un sanatorio. No lo digo porque piense que aquí no puedan controlar mejor mis recaídas; más bien es porque me es muy difícil ingresar a la orden del Abad, llena de reglas que rozan el absurdo, esas que matan el espíritu mientras condenan la individualidad. Me afectó entrar en un ámbito tan radicalmente diferente, donde he tenido que verme forzado a interactuar más con la voz oculta e intrusiva entre mis pensamientos. Los libros que se me permite leer (todos tan en secos y faltos de emoción como los sermones del Abad) carecen de palabras que me ayuden a calmar mis impulsos; he vivido los últimos siete meses en este sitio, y lo único que he aprendido de verdad es a quedarme callado. Ya no duermo bien, creo que eso me ha empezado a afectar, cada que me relajo los sonidos más ligeros me resultan estridentes; el otro día, habría jurado ante cualquiera que escuche el crecer del césped. Los muros viejos de piedra color sepia me hacen sentir encerrado y carente de imaginación. Me temo que es posible que le sigan llegando malas noticias sobre mis avances por parte del Abad, pues aun intentándolo con todo mi ser, mi falta de autocontrol es notable hasta para el más inexperto en el tema. Me siento avergonzado por las consecuencias que mi manía ha dejado caer sobre los que me han intentado instruir, ver las consecuencias de mi inexperiencia solo me hacen dudar sobre si debo apartarme de aquí o volver a intentar. Todo aquí es tan recto que comunicar cualquier idea que difiera del organigrama actual levanta alertas sobre los demás. Siento que no encajo en un lugar que busca hacerme encajar. Las reglas aquí son tan claras que pensar libremente es como escupir en la cara de Deolo. No puedo acercarme a libros que no se me hayan autorizado, toser en medio de un silencio, mirar el paisaje por más de cinco minutos, sin que las miradas de los demás me quemen el cuello; siento que cada uno de mis respiros es un insulto a lo más sagrado de la orden, un desafío a la moral de esta noble abadía. Además de mi persona, solo usted sabe por qué era necesario que viniera a tan estricto recinto. Al principio pensé que todo sería más fácil, que al tener la ayuda de alguien que me entendía, de alguien que había pasado por lo mismo que yo… pensé que todo sería pan comido, entiendo ahora que las cosas no funcionan así. Usted se ha ido a Nebarre, y yo me quedé aquí, en la vieja abadía de Monte mayor. La mutua convivencia ha funcionado hasta ahora, pero no puedo esperar hasta que los vientos le traigan de nuevo a la región y me diga a mí alguna otra lección que me calme y me haga verlo todo con nuevos ojos otra vez…
Carta #2.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; hoy fue un mal día, hoy dios me puso a prueba y falle. Esta carta se la envió a causa de mis recaídas, me pareció justo enterarlo yo a usted antes que otros; tal vez también sea porque me gusta escribirle cartas, desde que me enseñaron a leer y escribir en este lugar ya no puedo dejarlo atrás. Todo empezó hace dos días, el atardecer se acercaba, hacía frío y estaba malhumorado, no lo oculto. He estado malhumorado toda mi vida, me la he pasado tantas horas pensando en lo inútil que soy, que efectivamente no he conseguido nada más que perder mi tiempo; esa tarde estuvo llena de sombras y pensamientos muertos, cuando tengo suficiente tiempo libre sueño, y cuando tengo demasiado tiempo libre me torturo de las formas más horribles. Siendo honesto con usted, el azote de las hermanas de la abadía es hasta reconfortante de vez en cuando. Pero estoy divagando, me avisaron que debía ingresar a las barracas que llamamos cuartos los ignorantes o de espíritu caído como yo; subí las escaleras, estaba cansado, camine hasta la portal de piedra, estaba frustrado, mire el último rayo de luz desvanecerse por el horizonte, estaba enojado. Justo tras entrar sentí que iba a volver a recaer. Ya sé que se lo expliqué mucho antes, no crea que mi memoria me falla ahora, pero no creo poder seguir escribiendo ni una sola palabra más sin sacarlo de mí una vez más. La gente normal no tiene estos problemas, de donde usted me sacó, uno no puede ponerse a explicarle a los demás que de vez en cuando uno tiene la manía de provocar accidentes, de dañar a los demás, de prenderle fuego a lo más cercano, de ser un peligro. Siempre me lo había guardado hasta que usted llegó a solucionar los incidentes de mi pueblo; no le fue difícil a usted convencerlos de que me soltaran, les dijo que me llevaría hasta el río más cercano y me daría fin; dudo que pensaran que yo fuera algo más que solo un bulto de errores y mala crianza, el resultado de la mala suerte; hay personas que nacen con fuerza o inteligencia, yo solo soy todo lo que queda al final del barril. Yo guardaba mi secreto igual de bien que mis pensamientos, al ser huérfano no muchos quieren juntarse con uno. Sé que, para estas alturas de la carta, me debe estar juzgando por desviar el tema, pero le imploro que no deje de leerla. De vez en cuando Dios me pone a prueba y yo le fallo. No es una excusa, no quiero que crea, que no lo intento, realmente intento controlarlo, no tengo razones para lo que hago, solo sé que cuando el momento llega y debo decidir, para mí es mucho más sencillo fluir con la corriente y dejar que todo lo oscuro dentro de mi salga. Cuando sé que todo está por pasar, me alejo de otros si me es posible, pero siempre hay alguien tan cerca que me es imposible evitarlo, después de todo algo dentro de mí quiere hacer daño, luego espero a sentir en mis manos el cosquilleo adormecedor que luego sube por mi espalda como una enfermiza estimulación. Soy rápido y lo corto cuanto antes me es posible, transcurre en tan solo un efímero instante. Abro mis ojos de nuevo, veo lo que mi adicción ha provocado en los que me rodean y soy juzgado por las miradas de los que apenas llegan. Las llamas son amplias y cubren tanto las cortinas como las prendas de la hermana Dolores, es una llama sucia deforme, no puedo creer que aquella destrucción saliera de mi interior, nadie nunca es testigo de cuando lo hago, solo de cuando ya pasó. Me caí al suelo en señal de rendición, como lo hice en el pueblo, miró a los demás jóvenes sabiendo que ellos me temen y me aborrecen de sobremanera, yo también lo haría. Aún puedo sentir cosquillas en mis manos, tensión en mis músculos, el sabor a metal en el aire. Todos llaman a las hermanas y ayudan a la pobre víctima de mis errores. El Abad fue comprensivo conmigo, pensó que tan solo tres latigazos serían suficiente castigo. A la edad de quince años recibí mis primeros latigazos, tuve mucho miedo, grité y lloré, pero lo peor fueron las risas de los demás, todos me vieron ser castigado, eso fue lo que me torturó incluso después de que curaron mis heridas. Entre recaídas había lapsos largos de tiempo. Cuando mi necesidad me supero, tuve miedo, no por lo que estaba por pasar, ese sentimiento fue rápidamente enterrado por la verdad que le estoy por contar: hace menos de un mes, había tenido mi anterior recaída. Desde que identifique esto como un problema, también supe cómo limitarlo, me enseñe a mantener a los demás seguros de mí por un mes, me controlaba por tres semanas, treinta días en los que mi hambre de caos se dispersaba. Yo pensé que tenía esto resuelto. Liberaba mi maldición sobre alguna pobre alma, todo ardía en llamas, me castigaban y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro volvería a fallarle a mi Dios, entonces rezaba para estar preparado y esperaba lo mejor aunque esto nunca pasara; ya sabía que todo se repetiría, pero eso no me había hecho cambiar de opinión, o no lo había hecho hasta ahora. Esta dinámica me ayudó a vivir por un tiempo, pero no sé por cuánto más podré hacerlo aquí, si mi adicción empeora y el lapso entre recaídas se reduce más y más, pronto moriré por los latigazos o terminaré haciendo algo que no deseo. Aún recuerdo el sonido de aquella arma contra mi espalda, sonaba igual que cuando cierro mis ojos y dejo que todo fluya y el caos reine. Tengo miedo.
Carta #3.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; ha pasado un mes desde la última carta, usted debe estar aún a un mes de Nebarre; me gustaría recibir noticias suyas y de esas tres semanas de viaje que aún le falta por recorrer; usted debe estar sufriendo el camino con cada paso mientras que mi mayor martirio es haber descubierto que dentro del diccionario, que usó para escribir estas cartas, no se encuentran palabras adecuadas para expresar el cómo me he sentido estos últimos días. Al comienzo no era tan terrible provocar destrozos e incendios, pero lo fue cuando lastime a alguien por primera vez. Usted querrá saber por qué no lo evitó más fuerte, por qué tomó el camino fácil. No sé cómo explicárselo, Señor Fill. Los meses son largos y pesados, sufro cada noche y los susurros de mis compañeros son cada vez más confiados, hay días en que lo deseo, deseo con todo mi ser que ellos sean las víctimas de mis errores, las víctimas de mi adicción. Me siento solo y caer en mi adicción me consuela. Yo pensé que cuando el Abad me había llamado a su oficina era por algún error en mis notas, cosa que hasta ahora me resultaba imposible de creer, era en lo único que no me iba mal; nunca habría imaginado que la razón de su llamada sería para otorgarme un regalo. Lynn se veía hermosa, su cabello rubio colgaba hasta sus rodillas, ella se había ofrecido a instruirme como plan de fin de curso, era dos años mayor, pero yo la superaba en altura, ella desde aquel día me pareció un ser de otro mundo, todos éramos indignos de vivir en el mismo mundo que ella.
Cada día estoy más cerca de otro ataque. Lo sé, lo puedo sentir. Lynn me acompañó al bosque en donde no se me dejaba estar por miedo a que huyera, ella me pidió que liberara mi caos contra un pobre árbol; ella no era consciente de lo que me pedía, pensó que si le causaba daño a un árbol eso me relajaría de alguna forma; es un ser tan puro que incluso cree en los inútiles como yo; yo le fascino demasiado por alguna razón. Debo confesar que si el problema fuera torturar a otro ser vivo o causar desastre entre la belleza, entonces ya habría logrado controlar mi problema hace mucho, pero como Lynn descubrió aquel día, lo mío es un hambre que no se llena sino hasta que Dios mismo así lo ordena. Fue entonces cuando lo vi, una bella llama carmesí brotando de entre los dedos de la pálida chica; ella era como yo, sabía que había alumnos como yo, pero jamás pensé que ella fuera uno de ellos; no pude reaccionar a tiempo, ella lanzó la llama contra el tronco del árbol y una buena parte de su corteza se cayó tras el impacto; apenas pude responderle después de eso, ella quería que lo intentara y yo no pude negarme; me acerque, toque el herido tronco y lo torture, un patrón de ramas se dibujó sobre este, las chispas agrietaban la madera mientras se expandían, las llamas surgieron y Lynn las calmo; solo así lo comprendí, mientras estuviera con ella podría evitar mis recaídas. Dos horas después ella le explicó al Abad mi situación, le explico como mi aptitud divina era inofensiva y se limitaba a chispas sueltas de fuego débil, me agrado por fin saber que mi maldición no tendría nunca capacidad para dañar demasiado al mundo. Han pasado algunos días y siento que mi ira se ha controlado, pero el hambre crece y dentro de poco será mi recaída, debo seguir pegado a Lynn si quiero evitar dañar a otros.
Carta #4.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; me han informado del percance que tuvo, espero que los mercenarios no hayan provocado un retraso significativo en su misión a Nebarre; debo confesarle, que por un par de días, temí que su falta de cartas se debiera a un encuentro con el Raalh media oreja, del que todos hablan por aquí espero su pronta respuesta a mi carta de hace un mes.
Llegó el día. Estábamos ella y yo en el comedor, sentí como una corriente incómoda, me destemplo los dientes. Lynn se dio cuenta de inmediato y me tomó del hombro, lo siguiente que supe fue que la mesa, de la que me sujetaba, se pintó con el patrón ramificado de la última vez; a ella no le costó frenar su avance, recuerdo que las chispas se extinguieron tras un minuto en donde todos se quedaron callados; tras terminar yo caí sobre la mesa, rendido, ya en la clínica ella me contó como todos le aplaudieron y la felicitaron por haber contenido mi recaída, me dejó en claro que debía estar calmado, pues esto no había resultado difícil para ella y milagrosamente, después de ese día, deje de sentir mi hambre. Debo ser completamente honesto, no es que ya no sienta el hambre como tal, es más que esta se ha guardado en un pequeño armario dentro de mi cabeza. Ahora guardo esa hambre ahí. No me preocupo por su tamaño ni por si va a estallar y eso me ha resultado reconfortante. Lynn no sospecha que guardo mi caos en un rincón de mi mente y eso me alegra, desde hace días he sido más feliz, y el que no sospeche nada de mi horrible trastorno me da paz. He empezado a practicar. Las chispas son débiles y siento que podría hacer más, pero no lo hago. De día práctico junto con Lynn; en su habitación y con la puerta cerrada; de noche práctico solo en lo teórico, pero me es difícil sin apoyo de un buen libro o una buena mentora.
Como la carta me pareció muy corta, preferí esperar unos días más, quería ver si algo más pasaba y pues bueno, creo que no me arrepiento de mi espera. Hace una semana el Abad me permitió acceder a los textos que tenía prohibidos, por culpa de mis recaídas; además de devolverme mi Verithes. Debo confesar que volver a tomarla entre mis manos se sintió bien, fue como sentir que me reunía de nuevo con algo que había perdido. No juzgo a nadie por haberme hecho entregarlo en primer lugar; entiendo la razón y era más que necesaria para mi correcto adoctrinamiento. Aun con todo, volver a tenerla entre mis manos hizo que recordara el día que conseguí aquella tablilla de vidrio negro, mi Verithes. Recuerdo haberme levantado del fango bajo la tormenta más estruendosa que jamás hubiera visto; tenía las costillas adoloridas y me faltaba el aire; el día no difería de los demás que había vivido, una pandilla de niños me uso como a muñeco de práctica y yo no pude defenderme; me levante y persistí en vivir, después de eso todo es difuso, una luz fuerte, mucho ruido, palabras que no recuerdo y un granero ardiendo, eso es todo lo que sé que sucedió antes de fijarme que en mis manos se encontraba mi Verithes, mi alma en cuerpo físico. Aún recuerdo lo mucho que me costó entregarla el día que llegué. Desde que me la devolvieron la limpio y protejo de forma instintiva. Gracias a Lynn pude entender los glifos y ahora la razón de mis desvelos es el estudio profundo de la tablilla y sus secretos. Lynn debe sentirse agotada después de ayudarme tanto, no sabía por dónde empezar ni cómo avanzar, ella fue comprensiva y paciente, creo que debería ser más como ella.
Antes de terminar esta carta creo que debería confesarle que la última noche, al terminar de leer mi Verithes, en mi dormitorio, pude usar mi... "don" de forma más controlada; la lectura de la tablilla oscura ha resultado muy útil. Su luz es pura y limpia, aún no es como las flamas de Lynn, pero ya es más grande, que las chispas de pedernal, que antes producía.
Carta #5.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; ha pasado cerca de un mes desde mi última carta y debo informarle que mi mejoría es notable; recibí sus cartas en respuesta y debo agradecer por sus consejos; también lamento que el incidente lo hubiera obligado a retrasarse por otro mes; de igual forma le mando mi más sincero pésame por el deceso de su fiel jumento, fue amable conmigo el día que me rescato; sé que esto lo retrasara, y no debe preocuparse por contestarme muy a prisas; al no tener ahora un animal de carga es entendible que su camino sea duro y prolongado, temería de su salud si fuera un hombre ordinario, pero sé desde hace mucho que usted es la clase de hombre que puede viajar por el sur sin la ayuda de un alto y fiero jumento.
Desde hace una semana tengo impulsos destructivos. Sé que decir algo así puede y va a inquietarlo, pero tenía que decirlo lo antes posible. Son cosas simples, una hoja del árbol donde me recargo para descansar se prendió fuego; una hermana se quemó la mano, de forma ligera, con el pomo metálico, de la puerta principal, cuando lo tomé del otro extremo, aunque al tocarlo los demás lo sintieron frío, eso y la intervención de Lynn me salvaron de un castigo; y por último estaría el incidente de ayer: por accidente prendí fuego a la punta de uno de los libros que lleve a mi cuarto; no es tan malo como parece, recuerdo que tenía frío y estaba abrigado, fue cuando decidí pararme y caminar que el libro en mis manos se prendió fuego. Siento que cada día pierdo el control un poco más. No estoy enojado, pero algo dentro de mí sí lo está. Tal vez Dios disfrutaba de verme sufrir. Antes su hambre se llenaba a tiempo, comía bien y se quedaba callado hasta que la hora de arruinarme la vida llegaba. Yo solo soy un vehículo útil para mi pasajero oscuro. Yo siento que una tormenta se avecina y desearía que usted estuviera aquí para evitar un desastre. Tengo sueños que no siento míos. Casi todo lo que pienso es inofensivo, casi todo. Hay pensamientos que no merecen vivir en mí, ideas oscuras, deseos sucios, aspiraciones negativas.
(Le agradezco por la información proporcionada sobre su viaje, en la segunda carta que me envió, a Lynn le gusto escuchar sobre el monte salvaje y las criaturas que ahí viven.)
Carta #6.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, le escribo de nuevo para contarle sobre mis avances; sé que usted ya debe estar a siete o nueve días de Nebarre, casi una semana; espero que su misión sea cumplida y regrese pronto para visitarme.
Ya no lo resisto, Fill. La tensión me rodea, siento que todo está demasiado bien y eso me ha alterado. No creo que lo que me rodea pueda estar seguro de mi, el armario se ha llenado y las gotas de brea se escurren por las esquinas. No es culpa mía, no puede serlo, tan solo se que un sonido en mi cabeza crece cada día, advirtiendome del peligro inminente, tengo miedo, no se si creerle.
Los eventos recientes me han alterado. Ingrese a las clases especiales. Vi a mis compañeros usar sus dones de formas que yo solo podría imaginar. No pudé producir ni una sola llama roja, todos los demás devotos de Deolo si pudieron, se supone que soy su hijo, su elegido, al igual que el resto, pero a mi solo me dio la más ligera de las chispas, el comienzo más humilde de una llama, es como si no fuera su hijo, es como si fuera su bastardo. No pude dar evidencia de mis habilidades. No pude cosechar el fruto de mi esfuerzo. No pude persuadir a la hermana Dolores de perdonarme; ni pude evitar sus golpes, a mi persona, por mi falta de “dedicación”.
He empezado a estudiar al Abad, sus movimientos, sus gestos; algun dia quiero ser como él, pero aun me tiene rencor, eso lo se; se que me oculta cosas, la forma como habla lo delata, se que en su oficina guarda cosas, cosas que me haria mas facil el camino, necesito aligerar mi carga; se que esto está mal pero si quiero esos textos tendre que tomarlos yo mismo, señor.
Señor Fillantreas. Le escribo después de haber entrado a la oficina del Abad, me tomó horas de prueba y error pero creo que ahora soy tan bueno abriendo cerraduras como esos demonios del norte. Es muy de noche y he descubierto que el hombre guarda nuestros Verithes en su escritorio; leí todo lo que pude encontrar suelto, no se si debí hacerlo pues ahora se que, dentro de un mes, Lynn se retirara de la abadía. Tome el registro de alumnos de la orden local, Lynn fue aceptada en la Citadel. Perderé mi norte, Fill. No puedo volver a ser el de antes. Tengo que hacer algo.
He escrito un párrafo de esta carta cada día, creo que esperaba que se cumpliera un mes más para mandarla. No se que hacer y escribo como si esperara una respuesta del papel amarillento con olor a moho. Hago lo que puedo para aparentar que estoy bien, pero la jaula en la que vivo se siente cada dia mas apretada. Cada día la brea se escurre más del armario. Cada noche practico y lleno, con la luz más pura posible, la habitación en la que me confinaron desde un principio; he llegado a pensar que solo así puedo hacer algo hermoso, dejándolo ir, solo así la belleza dura de verdad. He hablado con la hermana Dolores, Señor Fill. ¿Acaso sueñan los demás con la voz de Dios? ¿Acaso él les susurra en sus momentos más oscuros? Sé tan poco de Deolo que desconozco si este regalo es una prueba o una burla cruel. Por eso he soportado los golpes y los gritos, los latigazos y las burlas; confío en que mi Dios me deje de susurrar y me comience a hablar. De nada me sirve contarle esto si el único que puede tomar las decisiones soy yo, Fill.
Volví a hablar con la hermana Dolores, Señor Fill. Hoy aprendí que para alcanzar la plenitud debo aceptarme a mí mismo, debo aceptar lo que soy y como soy, debo aceptar que no puedo culpar a mi Dios de lo que he hecho, solo yo soy culpable de mi deseo, solo yo soy culpable de mis ansias y mi pena. Debo aceptarme para poder servir correctamente a mi Dios. Debo aceptarme para ser quien siempre debí ser.
Hoy espié la plática que tuvieron Lynn y el Abad; los escuche tras la puerta de su armario, había entrado para estudiar los textos en secreto; ambos hablaron de mí, jamás creí escuchar tales palabras salir de la boca de Lynn. Yo solo fui su proyecto, su investigación de campo, su tesis, su boleto a la Citadel.
Mi consuelo, mi único consuelo era Lynn y ahora sé la verdad, se que solo me uso. Pero la quiero perdonar. Hace meses que no recaigo y se que fue gracias a ella. Hoy en la noche rezaré por consejo y dejaré que Dios me hable por fin, espero que finalmente de mis manos nazca la llama de Deolo y no la intrincada red de luz azulada que me eriza la piel y toca el metal de mi candelabro.
Carta #7.
Para: Fillantreas Musth.
Vicario Fill, a estas alturas ya debe saber para que le escribo; usted ya está en Nebarre y yo ya estoy a kilómetros de la pila de rocas que antes era la abadía.
Los pies me duelen y no tengo rumbo. He sucumbido a mis deseos. He hecho lo creí necesario. Ahora escucho a mi Dios, entiendo sus palabras de forma muy clara; por fin se lo que me susurraba, ahora es todo lo que escucho de él, pero pronto me dirá más, se que lo hará, pues ahora sabe que lo escucho y que ya no abandonare su camino.
Esa noche fue cuando todo sucedió; recuerdo enviar al cuervo con la anterior carta; recuerdo que me puse mi capa y aliste todo lo indispensable. Decidí reclamar mi Verithes y en el proceso le hice algo inhumano al Abad que había empezado a confiar en mí, bajó la guardia y su alma se escapó de su freído cuerpo tras un ligero toque en la espalda; me quemo parte del brazo como última acción, no esperaba menos de él. Esa noche puse las treinta y siete tablillas de vidrio negro sobre el escritorio del hombre que acababa de asesinar, frente al cristal sobre el portal de piedra de la entrada principal. Baje por las frías escaleras de piedra, me dirigí a la salida, debí suponer que ella estaría allí, esperándome.
Le dejaré esta carta al cuervo, cuando me encuentre, y después me iré con rumbo al futuro; aquella noche revolqué esa oficina y encontré suficiente como para hacerme una vida; tal vez esta sea la última carta que le escriba, Fill.
Los cristales se rompieron, desgarraron las cortinas; las camas, los cuadros y los sillones, todos fueron aplastados por la roca que siempre los había protegido de las lluvias; las hermanas gritaron, me arrepiento de eso, no todas eran malas, pero cazarlas una por una habría sido peor. Desde esa noche ya no hay un armario en mi mente. Se que lo que pasó en esa abadía no fue noble, pero fue lo que se debía hacer, Fill. Aún cargo con Lynn, la llevo a cada lugar conmigo, extraño sus palabras dulces, extraño su mirada llena de amor, aunque ambas fueran una mentira. Es extraño que no me importe ya controlarme; lo que piensen los demás de mí está lejos de interesarme ahora. No creo que vuelva a sentirme miserable nunca más.
En cuanto a lo que hablé con Lynn al terminar de bajar esas escaleras, prefiero guardarmelo para mi, pero puedo decir lo siguiente: ella se arrepintió al final. Yo ya me encontraba tocando el césped más allá de la puerta cuando ella me tomó del brazo, no podía dejar que me fuera, pues aún era útil para ella, aun no era hora de desecharme y yo lo sabía. Le ofrecí irse conmigo por segunda vez; ella volvió a negarse, esta vez con miedo en su voz. Sus latidos eran claros para mi oído, temía que me fuera más de lo que temía que me quedara. Tome su Verithes de mi macuto y se lo ofrecí, ya no esperaria mas; le pedi irse conmigo, por última vez, fue solo cuando se negó y tomó la tablilla temerosa, con su pálida mano fría, que la deje ir; entonces sucedió, acepte quien era y quién quería ser y dios me habló, por fin.
El día en que usted regrese a aquella abadía sabrá bien lo que sucedió, pero nunca estará cerca de imaginar lo que yo vi esa noche. Dios abrió los cielos oscuros y decretó la luz, pues de estos descendió un pilar luminoso tan grande y estruendoso como la misma abadía, hecho de las luces que expulsan las tormentas, hecho de su caos y mi veneno. Lynn aun sostenía su Verithes en mi mano. La luz me toco y me acaricio; me curo; y limpio, de mi alrededor, todo lo que no fuera yo. Aun recuerdo su última mirada, se arrepintió.Su Verithes se deshizo en polvo tras llegada la oscuridad, tomé la perla negra que quedó de la tablilla y la guarde; tras algunos días he hecho un lindo collar con ella; al final no importaba su respuesta, Lynn siempre habría terminado viajando a mi lado. Ahora que me he aceptado, escucho sus palabras, sus únicas palabras: No soy Deolo.