GRITO SILENTE | Pennywise y Bella Swan

Sinopsis

Después de presenciar la masacre brutal de su familia entera, Bella Swan llega al pueblo de Derry con un sólo objetivo en mente: llevar a cabo una extraña profecía que Alice le encomendó justo antes de morir. ¿Podrá Bella cumplir con tal cometido? ¿Qué pasará una vez que llegue al pueblo de Derry y se tope con una aterradora... pero muy interesante presencia cósmica?

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Toda mi familia está muerta.


Bueno, en realidad, han muerto por segunda vez. Ahora sí, de forma definitiva, irremediable e irreparable. No existe veneno ni ponzoña capaz de devolverlos a la vida. Ya no.


Ellos los acabaron hasta el punto de pulverizarlos. Quemarlos. Destruirlos.


La visión de Alice se cumplió: sólo uno de nosotros logrará salvarse. Y, para mi infortunio, esa fui yo. Todos los demás perecieron. Mi paralítico y helado corazón se estruja de dolor y agonía al recordar el rostro astillado y agrietado de mi pobre Renesmee. ¡Esos malditos la desmembraron enfrente de mí! No les importó que mi hija fuese apenas una pequeña e indefensa infante. ¡NO!


Un sonoro rugido escapa de mi seca garganta, al tiempo que acelero mi carrera dos tantos más hacia el destino que Alice, extrañamente, dictaminó. Voy al límite de lo que mi naturaleza vampírica puede permitirme. Los árboles que me rodean se vuelven cada vez más difusos. De pronto, el verde y el marrón se fusionan en uno solo, obsequiándome una vista que fácilmente podría clasificarse como psicodélica y casi mareante. Mis extremidades tiemblan ante el embate de la desmedida velocidad.


Edward. El rostro de mi exmarido y compañero de vida me taladra los sesos cual estaca de obsidiana. Mi mente no tolera recordarlo. ¡Duele, por un carajo! Ni siquiera el dolor de la transformación se le puede siquiera asomar a lo que estoy sintiendo en estos agonizantes momentos. Es como tener cientos de lacerantes cuchillos clavados a la altura del torso y la cabeza. ¡No, ni eso se le acerca!


Carlisle. Alice. Esme. Emmet. Jasper. Rosalie. Sus dulces y jovencísimos se marchitaron bajo el ímpetu de una fogata voraz y furiosa. Todos fueron desmembrados y cremados en medio de una batalla injusta y sin cuartel. ¿Qué fue el mal que ellos hicieron? Ninguno. ¡Leyes! ¡Siempre hipócritas y convenencieras, incluso del lado sobrenatural!


Sin haber cometido delito alguno, los Cullen fueron enjuiciados y castigados de la peor manera posible. Una nueva oleada amarga de ponzoña se desprende de mi garganta.


Sin mucho esfuerzo, cruzo de un salto un puente de veinte metros que separa dos generosos bocados de tierra. No me importa que algún humano me vea. Ya no importa absolutamente nada.


Todo dejó de carecer de sentido.


Con una pequeña parte de mi cerebro, la más desinteresada, logro leer fugazmente el nombre del puente en un pedazo de madera vieja en cuanto aterrizo al otro lado: «Kissing Bridge». Frunzo el ceño. Llevo más de treinta horas corriendo a más de ciento sesenta kilómetros por hora. ¿Dónde estoy? ¿Habré llegado ya?


No desacelero. El ambiente se vuelve cada vez más campirano y rural. El típico pueblecillo marginado estadounidense. Lugares apestados e insignificantes, ignorados por completo por el resto de Estados del país. Como Forks, mi antiguo hogar. Los cuchillos vuelven a quemar, dolorosos y punzantes. ¿Qué sentido tenía correr de esta forma? A pesar de que mi escudo podía mantener a raya a una buena parte de ellos, no era suficiente.


Me encontrarán tarde o temprano.


Ante mí se abre una pradera abierta y casi árida. Y, por primera vez desde que salí de aquella nauseabunda carnicería, me detengo. El Sol me da pleno y directo en mi marmórea piel. Cientos de luces refulgentes y brillantes se desprenden de mí. Parezco una auténtica bola de disco. No obstante, toda esa luz no empaña ni un poco mi aguda visión.


No hay moros en la costa; sin embargo, desde aquí ya puedo escuchar el traqueteo propio de un pueblo en movimiento: voces apabulladas, llantas de autos raspando el duro pavimento por el que pasan, radios, cláxones, gritos de niños y adultos, y más. Todo un caos matutino.


Y algo más... algo extrañamente más callado y... más profundo. Como un eco resonando en una tubería de metal. El sonido es parecido al característico «clap» que rebota en una alcantarilla cuando, movidos por cualquier motivo, decidimos aplaudir dentro de ella. Hueco.


Qué extraño. Nunca había oído algo similar.


¿Será ese el mentado pueblo de Derry?


Al mismo tiempo, me doy cuenta de que no me he cansado ni un poco. Podría volver a recorrer el mismo tramo otras cinco veces seguidas, y continuar igual de vigorosa y fuerte. Cosas de vampiros. La única necesidad fisiológica que me está molestando en este momento es: la sed. Llevaba más de tres días sin ingerir sangre. 


Si no fuera porque era prácticamente imposible "morir" de hambre, ya me hubiese entregado a ese destino. Carlisle lo intentó una vez, y falló. El hambre sólo nos debilitaba, más no nos mataba. ¿Qué sentido tenía seguir respirando? Todas mis razones de ser habían desfallecido en aquel maldito prado.


Yo también tendría que haberlo hecho.


¿Por qué no me quedé? Fácil: por Alice. Ella me confió una verdad explosiva justo antes de que los Volturi nos atacaran:


—Te protegeremos mientras podamos —había dicho, con una voz cavernosa. Su cabello negro y corto estaba aplastado hacia atrás debido a la intensa velocidad a la que íbamos corriendo: ella, Jasper, Edward y yo. Renesmee iba aferrada a mi espalda. La miré con ojos vidriosos, estupefacta—. Cuando el último de nosotros haya caído, tendrás que correr. Correr como nunca en tus dos vidas lo has hecho, Bella.


Su mirada inquieta, pero a la vez decidida, me desestabilizó aún más.


—No los dejaré —le dictaminé, severa. Su quietud me estaba matando—. Si cae uno, caemos todos.


Alice negó despacio de un lado a otro, y dijo:


—Ellos no se puede salir del todo con la suya. —Sus pupilas negras como el carbón brillaron—. Alguien tiene que vengarnos.


Sus palabras se sintieron como el restallido de diez granadas juntas. Jamás la había oído hablar así. Ella siempre fue la más vivaracha, juguetona y entusiasta de los Cullen. Nunca se caracterizó por ser cruel o... vengativa.


—Alice...


—No, Bella. Escucha —me frenó. Su voz sonaba cada vez más queda y firme—: según el camino más plausible que me muestran mis visiones, si eliminamos a Demetri, tú podrás escapar y perderte del radar de los Volturi. Sin su rastreador, su piedra angular de ofensiva quedará coja y mutilada. Una vez que te libres de las bestias, deberás dirigirte a un pueblo llamado Derry que queda a unos cuatro mil ochocientos kilómetros al noreste de Forks. Allí yace la clave que necesitarás para acabar para siempre con los Volturi.


Luego miró al frente, y no dijo nada más.


La miré ceñuda, sin entender nada. De haber sido todavía una humana, me hubiese pegado un tiro justo en cuanto terminó de hablar. Después de que acusasen a Renesmee de ser una niña inmortal, y de que se esclareciera (con la presencia de muchos testigos y bajo el manto poderoso de mi escudo) que no era así, todo había quedado engañosamente en paz.


Por fin me sentí plena, feliz y sin miedos. Durante esos pequeños instantes, me convertí en el ser más dichoso del universo entero. Besé a Edward hasta quedarme sin aliento y arrullé y consentí a Renesmee tanto que, incluso, Rosalie tuvo que intervenir de vez en cuando para que dejara dormir a la niña. Todo era perfecto.


Hasta que toda esa relativa tranquilidad se esfumó.


Ellos volvieron para cobrarse la humillación que sufrieron a manos de todos nosotros, pues los habíamos devuelto a Volterra con el rabo entre las patas. En el fondo, siempre supimos que jamás nos perdonarían semejante arrastrada por el lodo. Pero nunca nos imaginamos que la revancha estaría tan a la vuelta de la esquina.


Nos dieron caza, a la mitad de los Cullen, de forma individual (y certera) al jugar con los puntos ciegos de las visiones de Alice: los tres líderes tomaban diferentes —y cambiantes— decisiones al mismo tiempo para confundirla lo más posible. De un momento a otro, el enfrentamiento se llevaría a cabo en un campo desértico a mil leguas de Forks, mientras que al minuto siguiente esa dirección cambiaba.


Nunca contamos con que la decisión definitiva la estaba tomando alguien ajeno a nuestros conocimientos: alguien desconocido, a quien Alice no hubiese podido "ver" jamás, tomó las riendas del asunto. Obvio, bajo influencia de Aro.


Y así fue como mi cuñada no pudo darnos nunca un lugar y fecha exactos. Y es que ambas cosas siempre fueron inexistentes. Ya no apostarían por las mismas cartas que los llevaron a sufrir una vergonzosa derrota verbal, lógica y casi física. Pues fue mi don lo único que verdaderamente los detuvo hasta el final. Los poderes de Jane y Alec no lograron, por más que lo intentaron, traspasar mi escudo de acero invisible.


Así que optaron por la cobardía. Meses después, mediante un... determinado método, supe cómo murieron los primeros integrantes de la familia Cullen en aquel fatídico día:


Los primeros en caer en sus garras fueron Rosalie y Emmet. Los emboscaron cuando éstos se encontraban de caza en los bosques que colindan con Forks. Al no contar con mi don, Jane los incapacitó dolorosamente, luego los desmembraron, y por último llevaron sus restos al mismo prado donde se llevaría a cabo la pelea inicial.


Seguidamente, a ese mismo lugar, llegaron los siguientes trozos de mi familia: los de Carlisle y Esme. Ambos fueron atacados en casa cuando el resto de nosotros nos encontrábamos de visita en casa de mi padre.


Todo esto estaba sucediendo sin que Edward, Jasper, Alice y yo oliésemos siquiera un movimiento decisivo y directo de parte de ellos. Según lo que nosotros sabíamos, los Volturi aún no habían abandonado Italia.


El titiritero continuaba en las sombras.


Al llegar a casa y encontrarla lúgubremente sola, fue como entrar en el hocico oscuro de un tigre hambriento. Algo no iba bien. Cuando Renesmee apuntó con sus manitos una carta que yacía sobre la chimenea del recibidor, sentí que el mundo se me venía abajo. A pesar de no tener el don de la clarividencia de Alice, y de no saber en lo absoluto lo que esa carta tenía que decirnos, supe de inmediato que estábamos perdidos.


Jasper leyó:


—Queridos Edward, Bella, Jasper y Alice:


»Tenemos recluidos al resto de su clan en el prado donde yació nuestro primer infortunio. Es de delicada urgencia que se presenten aquí lo antes posible para informarles, muy cordialmente, lo que está sucediendo.


»Aro.


La carta era, hasta cierto punto, amistosa y dulzona. No obstante, las visiones de Alice mostraron, de pronto, algo estremecedor, horrible y de naturaleza macabra. Quise morir en cuanto vislumbré su expresión cadavérica. Nos contó cómo su cerebro vió por fin a Aro y a su séquito. Los vió juntos, felices, satisfechos y enfrente de una pira compuesta a base de nuestros cadáveres.


Celebrando nuestra ruina total.


Al parecer, ese maldito prado siempre estuvo destinado a convertirse en nuestra tumba personal.


La decisión había sido tomada justo en el momento en que Jasper leyó la carta.


Edward dijo haber "oído", durante los instantes en que escuchábamos a su hermano leer, los pensamientos apabullados y efímeros de alguien. La casa olía a la fragancia reciente de un vampiro casi desconocido. Aro estuvo rondando por allí, acechando desde adentro. Nos observó reaccionar ante las palabras que él mismo había escrito. Imaginé a la perfección sus ojos carmesíes brillando bajo la poca luz que el cielo encapotado de Forks ofrecía.


—Ya no logro ver el futuro de Carlisle, Esme, Rosalie y Emmet —dijo Alice. Sus palabras fueron recibidas con un silencio glacial y paralizante.


Fue todo meticulosamente planeado. Eliminaron a cuatro de los nuestros casi al mismo tiempo para que, mientras paseábamos, Alice no se diera cuenta del impactante hecho de que le faltaba llenar cuatro blancas —e importantísimas— lagunas futuras relacionadas con su familia.


La realidad nos golpeó como bomba contenida. Edward temblaba y rechinaba los dientes, furioso. De haber podido llorar, como Renesmee o como una humana, me habría tirado a chillar y a berrear de pura tristeza, odio e impotencia. Alice seguía plantada en el mismo lugar, en su rostro prevalecía un gesto ausente y carente de vida. Jasper la tomó de ambas mejillas, luego le dijo algo a un volumen extremadamente bajo en el oído y la abrazó. Renesmee enterró su roja naricita en mi pelo y lloró, bajito.


Yo había perdido a cuatro seres muy queridos y estimados; incluso más que cualquiera de mis amigos y allegados humanos. Pero por el contrario, de ahora en adelante, ellos tendrían que aprender a vivir —si es que todos vivíamos... que no fue así— sin sus respectivas figuras paternas. Y sin sus hermanos.


Cegados de odio y dolor, corrimos sin pensarlo hacia nuestra muerte. Ya nada nos detenía en aquella lógobre casa.


Y fue allí, entonces, a medio camino, cuando mi cuñada recibió por fin una visión que le mostraba una "salida" relativa. Era el primer futuro claro, esperanzador y conciso que le obsequiaba su cabeza después de semanas y semanas de revoloteo mental:


La huida satisfactoria de uno de nosotros.


Alice dijo que ésa era yo.


Que era yo quién tendría que viajar al pueblo de Derry y vengarlos a todos.


Bajé a Renesmee de mi espalda y la abracé fuertemente, sin parar de correr en ningún momento.


Al llegar al prado, me concentré en proteger tozudamente a los míos. La guerra se desató. Alice murió a manos de un soldado anónimo de la guardia. La rabia y el dolor hacían que mi escudo flaqueara de vez en cuando. Edward procuró, con mucha valentía y eficacia, que nadie se me acercara. Destripaba cráneos y huesos sin cesar. Bueno, al menos era así hasta que Jasper cayó. Félix le había arrancado la cabeza luego de ambos se enzarzaran en una batalla digna de titanes apocalípticos.


El rostro de mi marido se tornó calcarino. Toda su familia, a excepción de Renesmee y yo, estaba muerta. Demetri, el rastreador por excelencia, aprovechó esa distracción para abalanzarse sobre mí, y quitarme a la niña. La partió en dos pedazos iguales, y luego la lanzó a la generosa pira que yacía en el fondo del prado.


Grité. Grité de horror y de agonía. De mi garganta sólo salían gritos líquidos y concentrados. En un abrir y cerrar de ojos, ya me encontraba a horcajadas sobre los hombros de aquel malnacido que había cometido tan injusta e ingrata aberración.


Edward me imitó. Antes de que cualquier vampiro pudiese siquiera hacer algo, la cabeza salió desprendida del cuerpo de Demetri. Mi escudo había dejado de proteger a Edward, así que, sin más, Jane lo atacó.


Antes de que pudiese volver a activarlo, Edward me miró hondamente a través del intenso dolor que la vampira le estaba propinando, y me gritó:


—¡Huye!


Lo último que logré ver, fueron los ojos jocosos, crispados y lechosos de Aro y Cayo. Había una fuerte y clara amenaza tatuada en esa mirada: te encontraremos pronto, última Cullen.


Luego de eso, nadie pudo alcanzarme.


De vuelta al presente, me tiro en el reseco pasto de la pradera, y trato de vaciar mi mente. La repetición de los acontecimientos me ha dejado ahogada mentalmente.


Sed.


Me palpo la garganta con los dedos, y la estrujo levemente. Quema. Un par de nubes espesas y furtivas han cubierto el Sol por completo, dejándome bajo una sombra totalmente refrescante y reconfortante.


Agudizo mis sentidos en busca de algún depredador... o presa. A mi nariz llegan un sinfín de olores: tentadora sangre humana, canela molida, masa de maíz, calcetines lavados, higos, semillas de marañón asadas, jeans, fruta madura, palomitas, globos de látex, dulces, alcantarillas rebalsadas...


Extraño...


Esos nauseabundos tufos a alcantarillas y desagües me eclipsan el resto de perfumes. No logro captar la sangre caliente de ningún animal. Me aflijo ante la posibilidad de no conseguir alimento.


¿Por qué Alice me enviaría a un lugar como éste? ¿Qué se supone que hay aquí?


Tampoco escucho las pisadas suaves y características de... Un momento. A mis oídos llega un sonidillo peculiar. Es como... un... ¿arrastre? ¿Será una serpiente? No, no huele a reptil por ningún lado. Entonces, ¿qué es?


De repente, me pongo de pie a una velocidad pasmosa. Flexiono mis rodillas e, inconscientemente, me pongo en estado de alerta absoluta. El olor a agua sucia y estancada se ha redoblado, haciéndome arrugar la nariz con asco. Es insoportable. El sonido del extraño arrastre se incrementa cinco decibeles más.


De pronto, diviso perfectamente algo que sobresale precariamente de entre los matorrales al otro lado de la pradera: unos ojos amarillos, incluso más brillantes que los míos, me miran fijamente y sin parpadear.


En lo primero que me doy cuenta es que... no son animales... ni humanos.